domingo, 7 de enero de 2018

La rosa

Te busqué. Lo hice antes de conocerte. Jamás supe que nunca sería capaz de descifrar el mapa de pecas que granjean tu rostro, ese que parece predecir el futuro que podríamos tener.

Te encontré perdida en un mar de emociones que no sabías discernir ni reconocer. Yo no supe decirte jamás que quería ayudarte y lo intenté, joder si lo intenté. Lo hice hasta sentirme arder por dentro.

Te perdí segura de no querer compartir el tiempo que tenemos conmigo y aunque costó al final lo acepté. Me di cuenta, el único alma que necesitaba para seguir respirando, interpretando y disfrutando de la serie de problemas que la vida me pondría delante era la mía.

El problema llega después, cariño. El problema me golpea cuando entiendo que no te necesito pero te quiero sin atisbo de la locura que en algún momento, creo, me llegó a poseer. La dureza de una roca seca contra la que mi espalda resbala en tiempo y dolor.

No puede ser, me digo, que no sea un capricho, que no sean mis demonios buscando una salida, que no sea mi necesidad pidiendo compañía. No puede ser que la quiera. Que la quiera como siempre sospeché sin tener ni puta idea de por qué.

Por qué tú, por qué tú a tu manera, por qué no. Pero por qué. Por qué cojones por qué y no la chimenea, el bosque, nuestros lobos y los cachorros aullando a la luna mientras me miras con esos ojos que parecen de un oro castaño que acaricia mi piel por el mero hecho de ser objeto de mi percepción. 

Mi corta percepción de mierda. Mi limitada percepción.

Y me pregunto una y otra vez si es por ser quien eres, si es por no ser quien quieres. Me cuestiono los dedos de los pies, la barba, mis ideas y el tono de mi voz. Y lo sé, se que están bien pero por qué.

Por qué no pude disfrutar de lo que siempre me pareció que buscabas en mí cuando me escupías encima el café. Reías de aquella manera que me hacía pensar, mierda, esto no se puede romper.

¿Se puede romper?

Y fue mi culpa encima de tu indecisión la que nos sentenció a seguir caminos separados y perder para siempre el beso que nos debemos en navidad. El beso que escucho cuando miro por la ventana y es de noche y alguien menciona tu nombre para referirse a otra persona. Ese al que busco mirando hacia las estrellas estirando el cuello como si se me fuera a romper.

En toda la rosa la púa clavada que es la sensación de que jamás llegaste a entender que no te quería para, que te quería por. Por tu mente jodida, por siempre, por haberte visto delante de mi y haberme hecho dudar de todo aquello que daba por cierto en la corta vida de mierda que me condujo hasta esa chica con sudadera negra y mirada traviesa. 

Esa púa que me dice no te pedí lo que no podías darme, que no quería el sexo por el placer de hacerte gemir hacia nuevos horizontes. Que era por el rato de después.

Y el de antes. Y el de ayer. Y que mañana veríamos qué teníamos que hacer.

Y aún así, a pesar de entender, de conocer, de saber, de haber aprendido a no esperar el milagro a las tres de la mañana ni soñar con mi cabeza en tu almohada, la rosa que crece en tu mirada permanecerá perenne en el jardín de mis recuerdos hasta que la tierra muera y yo cierre los ojos, estéril, para dejar de apreciarla.


Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...