martes, 14 de abril de 2020

Confinamiento en verso

Tener frío de primavera disfrazada de otoño
charlando bajo las luces y sombras naturales
de una libertad prohibida a mediodía.

Salir a través de la ventana en un anhelo de escapismo
descender las enredaderas de olores y viento
y encontrarme con ese rostro amigo a las tres de la tarde
y encorsetarnos en palabras y calles ya transitadas tantas veces
que peinan canas en sus edificios y bares.

Que nos ilumine la exclamación tras el humo del primer cigarrillo
mientras nuestras ganas de relatarnos se agolpen como tambores invisibles en un instante de vida.

Ensuciar la suela de las zapatillas y arrastrarlas calle arriba, calle abajo,
tansitarlas escaleras arriba a alguna casa vecina.
Hablarlo todo en la terraza.
Escupirlo todo en un par de horas, quizá seis.

Y tener calor de verano lisiado en clave de pandemia derrotada. Aplastada.

Y subir esa calle.

Y verlas venir en las caras de la gente.

Y no encontrar bombillas de bajo consumo
iluminando celdas de una cárcel global
robándole a las nubes
su función
de romantizar
el dibujar con la mente.

El roce ruborizará los corazones de la gente
que nunca aprendió a llorar.

Los amantes aprenderán a desenredar los nudos
que tanto tiempo
pudo haber provocado en el pelo.

Y todos los demás volveremos a disfrazar
caminar
de
pasos que separan de
cuando realmente son
pasos que preparan
para llegar a.

Quien se salga en una curva
que charle un rato conmigo
antes de volver a ponerse en marcha.

Levantemos el culo de la silla, pongámonos en marcha.





Eclipse

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