Me encanta decirle a la gente que nadie es tan importante como para robarte la sonrisa, la felicidad o el sueño. De verdad lo creo, estamos solos hasta que dejamos de estarlo y aprender a aguantar mientras llega esa mano amiga no es una forma de acercarse a la verdad, es una forma de no saber mirarse bien.
Y después me voy a descansar y tu fantasma me mira a mi todas las noches. Me dice que me escuche, que siga adelante, que nadie es tan importante. Y quiero creerlo, pero lo dice mientras brilla como una estrella fugaz y tengo las pupilas demasiado grandes como para no deslumbrarme.
Nadie pide permiso para ser importante. No te dicen que pasarán a ser una voz en tu cabeza por el resto de tus días.
Hay personas, uno pensaría, pasarán a vivir en ese cuarto al que voy cuando estoy conmigo y jamás hacen acto de presencia. Esas personas los demás quizá piensan, bien porque parece lógico, bien porque yo mismo lo di a entender, grabaron su número de serie en mi piel a fuego por tiempo indeterminado.
Ni una sola foto en mi oficina.
Hay personas que, por propiedades curativas, deseo pasen a formar parte de esa casa interior que soy, como personal de limpieza de miedos, traumas, demonios y prejuicios. Pero el timbre jamás avisa de que tengan la menor intención de quedarse una vez se han marchado.
Y luego estás tú. Rompiendo las ventanas, quemando mis papeles, arañando mis muebles.
Gritándome que no importa cuánto trate de obviarte, de darte la espalda y fingir que no te oigo
que esa casa es tan tuya como mía
que no te vas a ir.
Y mientras te ruego que te marches me dejo caer con los brazos abiertos sobre tu regazo, cerca del fuego de la chimenea, para contarte qué es lo que me pasa y qué no me ha pasado aún.
Está en el fondo de mi mirada sin importar a quién esté mirando. Está en el cuadro que aparece ante mi propio reflejo cuando sentencio que mi corazón no le pertenece a nadie vivo en la Tierra.
Y es verdad.
Soy capaz de cegarme y de no mencionar tu nombre a no ser que me pregunten. Soy incluso lo suficientemente valiente para no pronunciarlo a pesar de que quieran saber.
Y digo que estoy bien porque lo estoy. Y avanzo. Y me enamoro. Y dejo que la gente entre y salga a un lugar inhabitado donde preparo una cena para dos y mis ganas y mi voluntad son nuevas.
Todo es verdad.
Y después vengo aquí, a hablarme, y me dices que todo estará bien sin haberme pedido permiso para quedarte a vivir en mi.
He perdido al amor de mi vida, he sido rechazado por aquellos a los que he tratado de pertenecer desde que tengo uso de razón, he perdido toda esperanza y el norte en unos ojos que recé me devolvieran la mirada pero permanecieron cerrados.
He caído presa del humo y los espejos donde dejarme engañar era la única forma de afrontar la realidad. De no limitarme a sobrevivir y poder borrar con ignorancia la primera parte de la palabra.
He aprendido que siempre estaré solo cuando la vida me ponga contra las cuerdas; todos los años se repiten en goteo días donde la filosofía aprehendida se va por el desagüe y no hay receta que cure el dolor de mi corazón fracturándose y dejando de latir en mi.
He sentido mi alma apagarse gradualmente extinguiendo la persona que soy.
He perdido oportunidad tras oportunidad tras oportunidad. Lo he hecho luchando con cada músculo de mi cuerpo.
Podría llorar si me parase a recordar todos los besos en los que la he sentido de cartón, ausente, lejos de mi amor, y he tratado de traer su alma de vuelta a este mundo. Todas las veces en que he sentido que lo único con lo que he conectado en mi vida no podía conectarse a mí.
Podrían caerme lágrimas si te confesase que esa es la sensación de soledad más grande del mundo.
Podría llorar si me parase a recordar cada vez que he corrido con fuego en mis pulmones y cristales en mis piernas y la meta permanecía tan distante que se tornaba invisible como una liebre que no se dejará alcanzar por un lobo que, seguro, morirá de hambre.
Podría plañir si pesase en la balanza el esfuerzo que me ha costado el esfuerzo desde que tengo uso de razón per se y cómo cuando me superé a mi mismo como una bala de cañón mi sueño vestido de uniforme me decía "no, vuelve por donde has venido, no eres lo que buscamos, lo que necesitamos, no eres la persona que quieres ser, no eres la persona que en el fondo creíste que eras."
Podría gritar anegado en mi propia tristeza sin más agua en el cuerpo si me detuviese a recordar cada vez que ardí por ella en todos estos años, cada vez que luché contra mi mismo pensando "he perdido una batalla, pero no la guerra" cuando detrás de cada obstáculo lograba distinguir un reflejo de amor en sus ojos, revés tras revés, ladrillo tras ladrillo del muro del material más duro del mundo que juntos construimos y mantenía nuestros cuerpos separados.
Podría morir si me dejase hablar en mi cabeza para decirme "al final lo lograste y tras un par de tropiezos te rendiste, como haces siempre".
Podría cavarme mi propia tumba y elegir un nicho intentando que las personas cercanas a mi jamás notasen nada de todo esto, tratando de no culpar a ninguno cuando al sonreír diesen por hecho que todo está bien.
Soy un penitente sin Dios al que rezar, sin salvador en el que depositar mis más grandes miedos para dejarlos mutar en una fe férrea que me empuje a caminar.
¿Estoy, acaso, acabado?
Puedo asegurarte que a pesar de todo esto me verás levantarme bajo la lluvia, sobre mi propio charco de sangre. Gritaré con el fuego que abrase mis pulmones y volveré a golpear con todos mis nudillos fracturados. Mover el peso muerto de mi cuerpo agotado será como levantar una montaña sobre mis hombros en el día más nevoso del invierno pero me romperé cada hueso en mi cuerpo si es necesario.
No suplicaré, no me arrodillaré. He aceptado el dolor, he curado mi sufrimiento.
Ya no tengo miedo, pues yo soy mi propio diablo y ni castigándome al mayor de los infiernos habrá Dios capaz de someterme.
Somos dos extraños que se han conocido hasta olvidarse de quienes son.
Somos dos perros que se ladran amor.
Yo soy el que olfatea rincón a rincón buscando tu olor. Tú la que espera que la encuentren con esa pose de no te esperaba por aquí y sin embargo llevo tanto esperándote.
Somos dos enemigos que se sostienen la mirada sobre las muertes de devotos e inocentes.
Dos genocidas que se hieren.
Yo soy el del bigote de cepillo y tú el calvo con los ojos demasiado pequeños.
Somos la faraona y el emperador callando las ganas de follar, veneno en mano y dolor en el corazón oculto cuando los nuestros nos empujan a asesinarnos.
Somos dos abejas que no saben si se pelean o bailan swing sobre las flores.
Somos el espejo y la mala suerte desternillados de la risa ante la ignorancia.
Somos más de los siete años de maldición que nos han perseguido hasta el confín de aquello nos hemos atrevido a soñar a puerta cerrada.
Soy la duda, tú la certeza. A veces al revés. A veces ninguno.
Nos vi caminar de la mano y ya no sé si sucedió. Creo fue alguien más quien lo hizo, no yo.
Hay algunas cosas que me gustaría decir y no sé si son verdad. Sé que no las querrías oír. Sé las cosas que hemos firmado con silencio callar, al menos, con la boca.
Somos la fría distancia que separa dos puntos que se quieren unir. La línea recta entre tu boca y los latidos de un corazón que esperaba desbocado y encontré remanso de certeza y serenidad.
"Lo sabía" siendo las palabras que una de mis voces quiere gritar.
"No sé por qué te sigo" siendo la duda que una de mis voces cuela entre mi yunque y mi estribo.
"No me importa una mierda" dice mi razón vistiendo de blanco a tus dudas de domingo tarde y chándal.
Somos dos gilipollas que se contradicen cuando tienen las manos uno encima del otro.
Y no las apartes o podría replanteármelo todo desde el principio. Sería capaz de pensarte la mitad restante de mi vida y llegar mal y tarde a una capilla en algún prado de película para gritarte que volvemos a estar en las mismas y decirte todo aquello que firmamos con silencio jamás verbalizar.
Dices que nunca te escribo bonito. Ojalá pudiera leerte lo que tú me escribes por dentro.
Somos dos perdices que intentan no ser devoradas.
Yo tengo miedo y tú no.
Tú eres preciosa y yo soy suficiente. Por mí, genial.
Somos dos personas que se piensan, hieren, miran, entienden, discuten, lloran, abrazan, sienten.
Y aun sin haberlo dicho aquí mancho mis pensamientos, gritándote que.
Naces rodeado de batas blancas, estetoscopios y azotes en el culo que te arrancan tu primer llanto.
No sabes por qué te hacen llorar pero todo el mundo parece contento.
Las lunas se van sucediendo y dices tu primera palabra. Es mamá. Sigues llorando para comunicarte, vuelves locos a tus padres.
Llega el invierno y ves el juguete al otro lado del pasillo. De pronto, sin saber muy bien cómo lo has conseguido, estás de pie. Te balanceas y con dificultad das tu primer paso. Tus padres no lo ven, pero días más tarde repites la hazaña delante de ellos.
Lloran. Tú no, no es el momento.
La vida se sucede entre juegos y baños calientes. Es tu primer día de clase. Te llevas tu juguete favorito al colegio, te da seguridad. La profesora está con uno de tus compañeros, está llorando. Coge tu juguete del suelo y se lo da. Notas como se humedecen tus ojos.
Hace ya más de una década de aquello y tienes acné. Te preocupa pero tus padres te dicen que desaparecerá con el tiempo, tú solo quieres que ese momento llegue ya.
Hay una persona en el instituto, dos mesas por delante de la tuya. Cuando la miras tus hormonas se disparan. Un día, tras un examen que no habías preparado, sales triste al patio. Te cruzas con ella y te dice hola. La cara se te pone roja. Salís juntos tras hablar un par de días. La tarde es divertida, camináis hasta su portal. Os besáis. Es tu primer beso.
Cinco semanas después te dice que le gusta alguien más, alguien que no eres tú. Ese día tus padres no pueden evitar que llores toda la tarde. Temes deshidratarte hasta morir. No te mueres.
El acné ha desaparecido y han dejado de llamarte adolescente en los sitios. Estudias lo que te gusta, el problema es que no te gusta estudiarlo. Apruebas el último examen y haces una fiesta por todo lo alto.
Has bebido lo suficiente para perder la vergüenza y el miedo. Tus amigos te presentan a alguien nuevo. Habláis un poco y a ti te parece que os conocéis de antes. Te dice que hueles a colonia y alcohol, tú contestas que está de moda beberse las colonias y bañarse en cerveza.
Os vais a vivir juntos.
La vida es maravillosa. Vais a la perrera y ampliáis la familia, se llama Rufo. La idea es suya y no sabes si ya quiere al perro más que a ti. Esa misma noche os vais pronto a la cama y te recuerda que no, que tú eres lo más.
Cenando una pizza en la cama propones matrimonio. Se ríe de ti y tras un par de chistes te dice que si. Os reís y comenzáis a llorar entre carcajadas. Rufo se sube a la cama de un salto y comienza a ladrar, él también se quiere casar.
Si, quiero suena a lo más convincente que has dicho nunca. Te lo devuelven y te retumba por dentro durante el resto de tu vida.
Es vuestra luna de miel. Os bebéis un mojito sobre la orilla de una playa con el agua casi cristalina. Ella se marea y cae inconsciente sobre la arena. Con el corazón en un puño consigues reanimarla, te dice que está bien, que ha sido un golpe de calor. No la crees, es de noche.
Cáncer. No llora, no es el momento. Tú si, más tiempo de lo que jamás lo habías hecho.
En cuestión de tres meses cuelga sobre ti un cartel que dice viudedad. Vas a visitarla al cementerio, sabes que es estúpido y que no puede oírte pero hablas como si nunca se hubiese ido. En ocasiones te parece escuchar su voz riendo por lo bajo, como un susurro que arrastra las hojas por el suelo.
Pero no es así.
Un día te despiertas gritando con lágrimas en los ojos y le pides a Dios que te la devuelva, no importa si regresa junto a tu acné.
No importa. No vuelven ninguno de los dos.
Rufo la echa de menos tanto como tú. De vez en cuando se sienta en mitad del pasillo y mira fijamente a la puerta. Llora. La espera. La escena te rompe el corazón una y otra vez.
Llega el tercer agosto desde que estás solo y con él energías renovadas que te permiten mudarte. Rufo y tú os vais al bosque. Ama dar largos paseos y ver otros animales. La cabaña es bonita, estar lejos de tus amigos es lo único malo. Eso y no poder ir al cementerio. Te dices que puedes hablar en cualquier sitio pero te sientes más lejos de ella.
Te acostumbras con el paso de los años.
Estás en el supermercado, se te cae una naranja al suelo. Una mujer se agacha rápidamente y la recoge.
No puedes creerlo, pero por un instante era ella. Contienes las lágrimas y recoges la naranja.
Es el décimo aniversario de su muerte y Rufo no se despierta. Le entierras en el bosque, junto a su árbol favorito y aprendes a vivir completamente solo durante los siguientes dos años.
Tus huesos suenan cuando te mueves y las arrugas en tu rostro son innegables. El médico no te lo ha dicho pero no parece que vayas a llegar a los noventa años. Tomas seis pastillas al día y hace mucho que no sabes cómo es no tener dolor.
Lo piensas y te asustas. Podría ser hoy. Podría.
Te arrastras en pijama apoyando tu bastón sobre el suelo de la cabaña. Te sientas frente a un papel en blanco con un bolígrafo en la mano y lloras. Quieres contarlo todo pero no sabes cómo.
Te busqué. Lo hice antes de conocerte. Jamás supe que nunca sería capaz de descifrar el mapa de pecas que granjean tu rostro, ese que parece predecir el futuro que podríamos tener.
Te encontré perdida en un mar de emociones que no sabías discernir ni reconocer. Yo no supe decirte jamás que quería ayudarte y lo intenté, joder si lo intenté. Lo hice hasta sentirme arder por dentro.
Te perdí segura de no querer compartir el tiempo que tenemos conmigo y aunque costó al final lo acepté. Me di cuenta, el único alma que necesitaba para seguir respirando, interpretando y disfrutando de la serie de problemas que la vida me pondría delante era la mía.
El problema llega después, cariño. El problema me golpea cuando entiendo que no te necesito pero te quiero sin atisbo de la locura que en algún momento, creo, me llegó a poseer. La dureza de una roca seca contra la que mi espalda resbala en tiempo y dolor.
No puede ser, me digo, que no sea un capricho, que no sean mis demonios buscando una salida, que no sea mi necesidad pidiendo compañía. No puede ser que la quiera. Que la quiera como siempre sospeché sin tener ni puta idea de por qué.
Por qué tú, por qué tú a tu manera, por qué no. Pero por qué. Por qué cojones por qué y no la chimenea, el bosque, nuestros lobos y los cachorros aullando a la luna mientras me miras con esos ojos que parecen de un oro castaño que acaricia mi piel por el mero hecho de ser objeto de mi percepción.
Mi corta percepción de mierda. Mi limitada percepción.
Y me pregunto una y otra vez si es por ser quien eres, si es por no ser quien quieres. Me cuestiono los dedos de los pies, la barba, mis ideas y el tono de mi voz. Y lo sé, se que están bien pero por qué.
Por qué no pude disfrutar de lo que siempre me pareció que buscabas en mí cuando me escupías encima el café. Reías de aquella manera que me hacía pensar, mierda, esto no se puede romper.
¿Se puede romper?
Y fue mi culpa encima de tu indecisión la que nos sentenció a seguir caminos separados y perder para siempre el beso que nos debemos en navidad. El beso que escucho cuando miro por la ventana y es de noche y alguien menciona tu nombre para referirse a otra persona. Ese al que busco mirando hacia las estrellas estirando el cuello como si se me fuera a romper.
En toda la rosa la púa clavada que es la sensación de que jamás llegaste a entender que no te quería para, que te quería por. Por tu mente jodida, por siempre, por haberte visto delante de mi y haberme hecho dudar de todo aquello que daba por cierto en la corta vida de mierda que me condujo hasta esa chica con sudadera negra y mirada traviesa.
Esa púa que me dice no te pedí lo que no podías darme, que no quería el sexo por el placer de hacerte gemir hacia nuevos horizontes. Que era por el rato de después.
Y el de antes. Y el de ayer. Y que mañana veríamos qué teníamos que hacer.
Y aún así, a pesar de entender, de conocer, de saber, de haber aprendido a no esperar el milagro a las tres de la mañana ni soñar con mi cabeza en tu almohada, la rosa que crece en tu mirada permanecerá perenne en el jardín de mis recuerdos hasta que la tierra muera y yo cierre los ojos, estéril, para dejar de apreciarla.
Ven y siéntate un rato con tu abuelo en la mesa. La hora del café es de verdad, existe, no es una excusa cualquiera.
Y antes de sentarte tráeme una rodaja de melón, date prisa, quiero poder saborear su azúcar antes de que todo esto se derrita como acuarela aguada y abra los ojos. Quiero escuchar al hombre del tiempo sin novedades repitiendo sol y calor, sol y calor, como hizo ayer y como hará mañana.
Sube el volumen de la televisión. Si le das una oportunidad, la película de esta tarde te gustará. Se que los argumentos de estas obras son siempre el mismo, creo que por eso son tan importantes. Dejas de prestar atención a la historia y te sumerges en sus bosques, en sus casas perfectas, en sus malas actuaciones y en el lago junto a la casa donde siempre sucede lo mismo.
Podría contar los pedazos en los que rompo las hojas caducas del suelo.
Quiero pensar que vivo en este recuerdo que se esfuma, se eleva y disuelve en mi cerebro como una invención, la de un viejo aburrido que habita en las callejuelas más recónditas de sus sinapsis.
No sé como huele el azafrán pero lo recuerdo como si lo tuviera delante.
Siéntate hijo y acércame el cenicero. No voy a molestarte, no quiero hablar, solo mirar por la misma ventana de siempre y ver transformarse el más soleado de los días en la tormenta perfecta.
Perfecta
por nosotros
y la lluvia que nos envuelve.
Y que lo haga sin avisar, con la sola advertencia de un olor fantástico que atraviesa ventanas y paredes.
Sentarnos,
tumbarnos en la terraza,
y esforzarme por escuchar las palabras que dijiste mientras las estrellas,
ellas
y nosotros
y ahora tú,
brillamos en el cielo.
Tranquilo pequeño, todo esto ya ha pasado. Sigue vivo dentro de ti y permanecerá en el universo mucho tiempo después de que hayas desaparecido. Y volveremos a ver esa película, una y otra y otra vez mientras te comes un helado o un chocolate caliente, mientras el ventilador nos tape la televisión o la chimenea nos dé calor.
Acércame tu mano ahora que me ves cuando cierras los ojos. Coge fuerza, te queda todo por hacer y pude ver en ti desde el primer momento que conseguirías todo aquello que te propusieras. Todo lo que siempre soñaste ser.
No te pongas nervioso, puedes jugar un rato en el suelo, tranquilo hijo, tranquilo.
Puedes jugar un rato conmigo. Podemos intentar recordarnos hasta que me desvanezca con una sonrisa y mi corazón latiendo dentro del tuyo.
Tus labios quedan a una altura genial. En ellos la llave, el transporte a un viaje de veinte segundos que desintegra todo ápice de realidad.
Tan solo una nariz por encima un par de ojos, dos de ellos, observan cada movimiento que hago en un intento por alcanzar todo aquello que te intento enseñar. Dos vórtices de límites castaños que mutan en un verde coral cuando tu día tiene melodía y todo te sabe bien, más a sidra que a champán.
También se escribe así.
Y acompañas esa cara que cada día se me antoja más divina, que no angelical, con gestos de épica trivial.
Una torrija en un banco que sabe a navidad.
El shushi sobre la almohada que no sabe lo suficientemente mal para poder parar.
El libro de cabecera que no sabes que leo y que me hace llorar.
El pájaro de Amsterdam que atrapaste con las manos y me pusiste para llevar.
Diez minutos de seriedad, treinta y cuatro de risas desafinadas y energía que no antigua sino ancestral.
Toda una gamma de pequeños trozos de vida que compartes conmigo por algún motivo que no atino a adivinar.
Debe ser por mi sonrisa o mi forma de mirar, por mi inoportunismo o falta de tacto al delirar, por los si si si, no no no, guau guau guau y todos los demás.
O quizá porque te pasa como a mi. Porque se te para lo que se mueve cuando te detienes a mirar. A hacerlo por dentro y hacerlo de verdad.
Me pasa cuando sabes que tengo algo que decir y me llevas a una escalera para subirte un escalón por encima y quedar a mi altura (no sabes que hace tiempo que andas por encima aún estando de rodillas), también cuando te encuentras mal y me dejas decir para que me puedas escuchar cómo te intento consolar.
Me pasas cuando me atrapas con fuerza de amazona contra tu cuerpo y gritas en mitad de cualquier calle, aquí y en Marte.
Eres extraterrestre. Y estás loca. Y tienes defectos.
Y si no los tuvieras, o si lo hicieras pero no fueras capaz de rectificar, jamás te diría que te quiero de verdad.
Sé que es difícil. Sé que cuando tengo esa mirada triste en mis ojos no puedes verme, que estoy lejos de aquí.
No soy fácil. ¿Quién lo es?
En la vida las cosas ocurren y no tienes que esperar entenderlas. Solo están ahí, ocurren. Ocurren.
Y cuando lo hacen todo cambia y no siempre es para bien. El cambio a mal existe, las cosas se deterioran, la salud se marcha y el amor se acaba.
La vida es una hoja en un árbol que un día fue verde y fuerte pero eventualmente, un día, cambiará de color, se secará al sol y al frío y simplemente caerá. Y cuando lo haga jamás volverá a ser la que era.
El tiempo hace eso. Pasa, avanza hacia delante lo quieras o no. Lo llores mucho o poco. Lo hace.
No soy fácil o merecedor de la pena porque yo también la tengo, pena.
¿Quién no la tiene?
Quién no ha conocido mejores tiempos al sol, enganchando en un árbol a metros del suelo. Quién no ha visto muerte, enfermedad o dolor.
La vida tiene todas esas cosas y algunas más. Simplemente cógela en tus manos y acaricia su pelaje, su carne, hazlo aunque duela, aunque te arranque más lágrimas de las que pensaste derramar cuando llegaste aquí y todo eran trenes de plástico, cubos y palas, olores y rayos de luz atravesando el cristal de cualquier ventana.
No soy fácil, ni si quiera me conozco. Solo sé quién soy algunos días, ya sabes, no pueden ser todos los días porque soy humano y estoy vivo. Tengo dudas y defectos y ellos me hacen ser quien soy, como lo hacen mis facciones o mi dermis o el tono de mi voz.
A veces estoy caduco y abro los ojos y me doy cuenta y me lamento por ello porque estoy vivo. No es triste, no es malo, es vida. Estoy aquí igual que tú.
Somos un bosque y todos nosotros nos marchitamos y caeremos, algún día, y terminaremos rastrillados y dejaremos libre el suelo que ocuparán nuestros cuerpos.
La vida no puede ser cambiada, siempre está cambiando y nosotros con ella. Solo no puedes nadar fuera del río sin morir. No puedes ganar la partida sin abandonarla ahogándote entre las aguas.
No soy fácil y no es una elección. Solo lo es. Solo lo soy.
Esto no es una poesía porque no soy un poeta, solo soy yo.
Y aún así solo somos hojas en árboles que se secan al sol y al frío y algunos días, cuando llueve, beben bajo la lluvia.
Esta entrada podría ser la última.. o bien podría ser la primera.
Esta entrada podría tratar de tantas cosas... del amor, de la amistad, las cosas importantes de la vida.
O sobre el tacto de las teclas bajo las yemas de mis dedos, sobre la música que suena en el momento en que escribo esto, sobre los colores que adornan lo que tengo delante.
Podría tratar de todo o nada, ser solo letras que naufragan en busca de un faro que ilumine un rumbo concreto y definido. Un rumbo que las lleve donde se supone deben estar si existe destino, donde ellas quieran terminar si existe libre albedrío.
Esta entrada podría ser la prueba tangible de que existe la inspiración y que aunque no se puede acariciar o agarrar se puede deslizar por la carne hasta convertirse en arte. Las teclas de un piano, el pincel de un Picasso en Móstoles, las teclas mecánicas de una antigua máquina de escribir.
Tratase sobre lo que tratase esta entrada algo es seguro y no cambia.
Estás leyendo esto y yo también. El arte atrae almas.
En el miedo me armo. Miedo de opresión en el pueblo que vota referéndum en mi pecho, a cada segundo más y más pequeño, que consulta sin permiso si estoy dispuesto a permanecer indispuesto el tiempo necesario, con cuidado, sin aliento.
En el miedo romántico donde me acompañas cuando las estrellas brotan en el cielo haga frío o calor, esté vacío o lleno. Donde me acompañas desde tu habitación sin si quiera mostrar un ápice de intención de comunicarte, de dejarte ver y aparecer en el rincón desde donde se ve mejor. Desde donde allá arriba parece que llueve y son astros y somos amantes en secreto y sólo lo sé yo y tú no y no quieres saberlo.
Asi que me quiero bajo este manto de miedo eterno, del miedo del que lo intenta y se le tensan las facciones y destrozan los nervios, del miedo que afronto sin que sepas como me encuentro y dónde me siento, del que me hace querer huir hacia ti y ofrece pelea al valor que me clava al suelo. Si sigo apretando al final echaré raíces atravesando el pavimento y florecerán todas aquellas inseguridades en forma de girasoles al viento confundidos bajo un cielo gris y una cortina de lluvia que les roban el sustento.
El miedo bajo los truenos y tú partiendo con el sol en la mochila, abandonándonos a todos, suena a despedida.
Y al final solo me valgo yo y el aguanta coño y el me cago en la puta, mira qué huevos tengo.
Y el mira es para mi, porque no me lo creo y tengo que verlo.
Entonces me armo con el terror del tiempo de un invierno que tardó en llegar pero se instaló sin dudar en hacerlo. Dijo 'he llegado y aquí me quedo'.
Un minuto de lluvia para todos, para siempre.
Y yo sin paraguas y tan contento temblando de miedo, por si no me mojo y cuando llore parece que lo esté haciendo. No quiero tener que pedirte de nuevo que traigas el buen clima que añoro con anhelo, que cuando exhalo la fuerza se transforma en vaho y desaparece ante mis ojos acuosos de castaño claro y hielo.
Soy el director de una obra de teatro y me he visto perder tantos papeles arrastrados por el viento que no me contrataría como actor principal ni aunque de ello dependiese mi sustento, por supuesto. Por eso me amo en el miedo, acojonado ante tan grande sentimiento. Con el desparpajo del tartaja que no pronuncia palabra sin encasquillarse, que tiembla demasiado para llevar sus sueños en bandeja de plata que paraliza, que atrapa.
Es tarde, es trampa, ya basta de tanta batalla embotellada en el cuello de mi garganta.
Descórchame, córcholis, quítame la tapa, déjame fluir sin miedo al matarratas, al alquitrán, al qué dirán. Desísteme del intento, empújame a la certeza quitándome la ropa sin movimientos bruscos, sin aspavientos, que no eres un molino, que eres un portento. Desvísteme y hazlo lento. Quítamelo, pélame capa a capa todo aquello que me capa, que me incapacita para querer poder querer, para poder hacerlo.
Por eso me armo en Roma, porque soy pequeño, porque el ¡ave cesar! era un dios en la tierra, en su tiempo. Por eso me amo en el miedo, porque es donde crezco, me reproduzco y muero con tiento, al menos de momento.
Será sin ti, al final del cuento, encontraré todo aquello que de momento no tengo y ya no quiero, al tigo que ha dejado en bragas al con, al feo interludio que distancia tu cuerpo del mío, sin vergüenza sinvergüenza, sin miramientos, sin duda, y al mal de ojo de cien tuertos, a la maldición gitana que me quita toda gana y a la patraña que rebana mi cuello con hoja de daga.
A mi miedo, a ti, ha sido un placer conoceros, os espero jamás de los jamases para volver a veros.
Que todo os vaya bien, que bonitos veáis los peros.
¿Cómo lo hemos hecho? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Las posibilidades eran remotas, casi nulas, inexistentes. La probabilidad nos susurraba al oído que jamás nos miraríamos a la cara. Encontrarnos y reconocernos, vernos una primera vez y tatuarlo en el tejido del tiempo.
¿Cómo ha pasado si era imposible, si el universo nos decía que las apuestas eran claras?
Habíamos perdido el combate antes de subir al ring. Nuestro entrenador nos estaba consolando por un ko que todavía no habíamos recibido pero estaba claro, ya nos dolía la mandíbula, ya sentíamos el puño cerrado del rival arrancándonos las muelas, mandándonos a la lona, apagando las luces del local.
Nuestro caballo era claro perdedor, nos abucheaban en el hipódromo y el resto de jinetes nos miraban por encima del hombro como si ya nos hubiesen adelantado. Y he de admitirte, en la intimidad de este escrito, que yo tampoco confiaba. Reconozcámoslo, era difícil hacer una buena salida, de facto no la hicimos.
El árbitro aún no había pitado el inicio del partido y nos pesaba un hat-trick en las redes de nuestra portería. Contábamos con un guardameta ciego y diez cojos sofocados corriendo tras el balón. Eran superiores, eran el claro ganador. Recuerdo ver a nuestro entrenador tras el primer tiempo llorando a lágrima viva en el banquillo, recuerdo a nuestros suplentes enfundándose los vaqueros y marchando a casa, abandonándonos en el campo, a nuestra suerte, al azar, a la voluntad del cosmos.
Y entonces conspiramos, o fueron las estrellas, o el destino, o una puta suerte que aún no me puedo creer. Que digo suerte, ni buena ni mala, la neutral, la despreocupada de andar por casa, la que no deseas porque aún no conoces, la que golpea en tu puerta y recibes con los ojos como platos y el corazón galopándote en el pecho intentando adelantar a los caballos rivales.
Sabes que tengo razón, era imposible, improbable, inverosímil, inviable, era desalentador. Demasiadas variables, demasiadas rutas en el laberinto, demasiada vida por ahí delante como para encontrarte. Sencillamente no podía pasar.
Pero pasó. Pasamos. Sucedimos.
Y con una vez bastó.
Porque tenía que haber una primera vez antes de la segunda, porque si ha sucedido una vez ha sucedido para siempre. Jamás podremos desencontrarnos, no reconocernos cuando lo hicimos.
Nos levantamos en ese inmortal tercer asalto y en un fugaz intercambio de palabras, de miradas y caricias noqueamos al rival y sonó la campana tras la cuenta de diez.
Susurramos a la oreja del equino y le mentimos, nos pusimos de acuerdo, le dijimos que había una yegua tremenda esperando su victoria en los establos. Y corrió como un rayo, cuando quisimos darnos cuenta era tarde para echarse atrás, los habíamos adelantado, nos habíamos ido hacia delante sin preguntar.
Empatamos en el minuto final y en la prórroga nuestro equipo de segunda be se transformó en estelar, en nuestra selección y defendieron nuestra bandera con los pies y el corazón.
Hombres del partido, encuentro del año.
Tenemos la victoria en forma de oro sobre las manos, lo hemos conseguido, hemos ganado, ha sucedido.
No es el último de los combates, ni de las carreras, ni de los partidos. Es el comienzo de la temporada y no podemos desinflarnos ahora, el entrenador nos está alentando. "Ya estáis aquí, lo imposible ha sucedido, luchad con todas vuestras fuerzas, merece la pena".
Hazlo como si tuvieses cinco años otra vez. Agarra la pintura con la fuerza con que solías hacerlo y destapa el entusiasmo que te llevaba a sacar la lengua entre los dientes cuando la cera rozaba colonizadoramente el papel. Enséñame esa concentración que te hacía perder noción de todo lo demás de tal manera que terminabas mordiéndote la lengua. Que terminabas manchando de sangre ese dibujo que era yo.
Coloréame.
Demuéstrame los primeros destellos de talento sin pulir que anticipaban una técnica de campeonato. Dame forma de manera sencilla, bicolorista, bocetéame. Déjame aparecer en blanco y negro, construido a base de sombras y reflejos. Usa el carboncillo sobre mi y mancha tu dedo tratando de pulir esos pequeños detalles que en tu juventud comenzaste a apreciar. Refleja en mi cuerpo todas las dudas sobre el mundo que te envolvía y te hacía perder la cabeza. Hazlo tranquila, hazlo adolescente.
Coloréame.
Acaríciame en tu mente, proyéctame con tus superpoderes sobre el lienzo en blanco. Enfoca el trazo, encuentra el estilo, delinéame con la sabiduría que te han otorgado los años. Bórrame cuanto necesites hasta que no dudes más. Hasta que sepas que me quieres. Y déjame así, porque no soy perfecto y ambos lo sabemos. Soy quien tú sabes que soy, con mis ojos desalineados, con mis gestos desproporcionados. Retrátame como me sientes, no como me ves.
Coloréame.
Con o sin temblores, con calva o canas. Transfórmame en la caricatura que tu sentido del humor exija. Sonríeme como cuando eras una niña y salpicate las gafas al mezclar los colores en la paleta. Déjame sin respiración a base de historias, porque ahora hablas cuando te concentras, aprendiste cómo no morderte la lengua. Susúrrame las aventuras que te otorgaron la habilidad de la que ahora haces gala. Tómate tu tiempo, aprendiste a ser paciente, lo hiciste al final, después de todo. Déjame reposar durante días al sol y que se seque la pintura, que se resquebraje mi mirada acuosa y desteñida por el calor. Por la vida. Por el color.
Salte de los bordes si lo ves necesario. Píntame fuera de tu vida, dibújame cuando estés lista y las ganas se deslicen por tus mejillas como acuarelas de sal.
Hazlo como quieras, pero coloréame, dame vida, dame color.
Las apariencias engañan. Es algo que todos sabemos y olvidamos constantemente y aunque por lo general suelo dirigir mis textos a todos vosotros y trato temas que todos tocamos mientras vivimos, aderezado con vivencias personales, esta vez va para mi. Hoy es por mi.
Han llegado a mis oídos palabras que tratan sobre la impresión que doy, sobre el reflejo que proyecto desde mis aguas, sobre el tono de mi voz y el color de mis ojos. Y es que parece que soy un tipo duro, que rehuyo al amor, que sé bien por dónde voy y que camino sin dudar y con el semblante entero.
Lloro. Lloro más de lo que podríais pensar. Lloro en treinta segundos si un personaje de cualquier serie de televisión lo hace con la suficiente convicción. Cuando me sonríen se me ensancha el alma. Levito sobre la silla de mi habitación todas las tardes mientras navego en mi diccionario intentando encontrar las frases adecuadas, palabra a palabra, desgastando el teclado de mi ordenador. Con cada botón se me fractura un poco más el corazón.
No soy de metal, ni de acero, en todo caso de neón. Subo tropezando escalón a escalón aunque desde fuera pudiera parecer que me los salto de dos en dos con la agilidad de quien tiene claro en que piso vive. Entiendo que pudiera parecer qué sé dónde está mi casa, a qué puerta he de llamar para que me reciban entero, como soy.
Es verdad que no soy persona de medias tintas, que puedo salirme de los bordes dibujando pero lo haré con ganas. Todo lo demás no es cierto. Todo lo demás son falsas apariencias o quizá son las correctas desdibujadas por la percepción y la falta de educación. Por haber tardado tanto en entender que uno debe ser quien es cuando está pensando en la soledad de su cama vaya donde vaya, esté con quien esté, tenga la edad que tenga.
Me tiembla el pulso aunque parezca que amanezco y anochezco como un cirujano con veintidós años de profesión a sus espaldas. Las cosas pequeñas son las que más me afectan cuando me desnudo y visto solo con mi piel. A partir de ahora con más piel y menos tela.
Ayer la pulsera que llevé atada por cuatro años estaba débil, trastabillada, más fina de lo normal. Se rompió. Era una pulsera. Costó un euro. Y un euro valió sentirme acompañado desde aquél día, en todos esos besos y lamentos, momentos de conocer gente nueva y emocionarse hasta que la vida no de más de si, ratos de despedirse de personas que por uno u otros motivos van a seguir viviendo sin dejarte estar ahí para verlo. E incluso ha habido reencuentros, de esos que no esperabas y te sorprenden órgano y hueso. Y ella estaba ahí, adornándome la mano y los momentos, las respiraciones y su pelo. Vistiéndome con sus colores rojo, verde, amarillo y rosa de tonalidad sentimiento. Esto es difícil, espera un momento.
Ayer se me cayó pero hoy se ha roto la pulsera, hoy se me ha roto por dentro. Ayer quedé huérfano de muñeca pero hoy se me ha deshilachado la vida. Se me ha desatado el cordón.
Puede que parezca el típico tipo que lleva una pulsera y ni tan siquiera lo recuerda. Las apariencias engañan. Resulta que no soy el tipo que huye del amor, soy del que Cupido corre con pavor cuando ve cómo lo persigo, no soy el tipo que entra por la puerta con una sonrisa, soy el que con el pelo de punta y los labios estirados recuerda la despedida en la estación y llora entre dientes, no soy el tipo que continua con la conversación mientras arroja despreocupado el trozo de tela que llevaba atado al cuerpo, soy el que se siente desnudo y se pierde en el mundo con la sensación de que la vida ha atentado utilizando como arma el tiempo.
Con todo y como siempre, viene el cambio. Habrá que aprender a mostrar lo que uno es, habrá que aprender a enseñar la piel ahora que se ha desatado el nudo. Ahora que no hay disfraz que me tape.
Voy a atarme el alma con un doble nudo, sin temblor de intención.
Ten cuidado, ándate con ojo como dirían algunos. Ten cuidado porque estás viva y puedes llegar a perdértelo todo. Tienes que andar con precaución, sin pasarte, sin pisarte, fíjate bien.
Ten cuidado de arriesgarte, ve con la precaución y la seguridad de lanzarte a la piscina, nunca te quedes demasiado quieta en el mismo sitio, no te pases demasiado tiempo sentada y fíjate bien en este torbellino que son los días, los soles y las lunas, la vida. Fíjate bien para no perder ninguna de todas esas imágenes que amanecerán en tu pupila y que, antes o después, anochecerán hasta desaparecer en el imaginario colectivo.
Sé que la mayoría de las cosas que aquí te diga las hemos hablado pero permíteme rescatar los puntos más importantes y repetir alguna que otra frase en un intento por hacer de estas palabras un todo con una pizca de sentido.
Me he roto mil veces yo solo en mi habitación con mis sentimientos. La melancolía corta, la nostalgia asfixia, puede llegar a apretar fuerte tu cuello mientras, despistada, lo analices todo en blanco y negro. O sepia. O con cualquier otro filtro que se antoje romántico.
Y hablando de romanticismo, y de eso se un poco, sé como te hace sentirlo todo. Sé que es una forma de vivir la realidad que entre todos hemos creado y que cada uno ve de una manera especial. La tuya lo es, especial. Esa sensibilidad que tienes te hará pasarlo realmente mal, te lo dice un llorica empedernido, pero merece la pena. Merece sentir a los demás dentro de ti, porque antes o después lo harás, de eso no me cabe ninguna duda. Te tirarán piedras a la ventana, esperaran en tu puerta a las cinco de la madrugada y con un corazón maltrecho irán en busca de remedios, remendados por dentro.
Se que son millones las preguntas que se te antojan sin respuesta y que eso también te enamora. Se que estás enamorada de las cosas. Me dijiste que hablaba de forma muy bella de ella y te dije que aunque la había olvidado no había olvidado el amor. También te dije que una vez que un ser humano conoce el amor jamás puede olvidarlo, que lo transforma para siempre. También te dije que estoy enamorado del amor. No es malo, puede ser peligroso, pero nos gusta vivir así, a nosotros, a los románticos, ¿verdad?
Hasta lo malo, lo feo, lo triste es bonito, porque somos una especia capaz de crear belleza, ¿cierto? No tengas miedo porque al final vas a amarlo todo.
Es bonito saber lo bonito que sería lo que no puede ser. Es bonita la idea, es bonito el sonido cuando se te escapa entre los labios viendo amanecer.
Te van a hacer daño y en ocasiones querrás hacer desaparecer esa parte de ti que siente el motor del universo funcionando en tu interior. No lo hagas, ningún dolor debería jamás poder con eso, nadie debería ser jamás capaz de demostrarte que todo sería mejor si la ingeniería del corazón no funcionase, si sus trabajadores se recrearan en huelga, que todo sería mejor si una coraza te resguardase.
Tu piel es suficiente limitación, no te impongas más, no te endurezcas por fuera, no madures de la forma equivocada, no te alejes de esa llama que desprende calor con cada una de tus palabras.
Anoche me reconocí en tu interior, y por fin pude verme desde el exterior. Fue precioso. Te doy el relevo en cierta parte, de forma inevitable, inequívoca, con lágrimas en los ojos. De romántico a romántico, de alma a alma.
Te sentirás morir, tu propia voz perderá sentido y la locura del corazón arañará tu cerebro en una llamada de atención general. "Estoy sufriendo", está bien, jamás estarás sola. Porque somos uno con diferente rostro, somos uno en la multitud, somos luz.
Vive, querida berenjena, para que cuando mueras puedas notar la diferencia.
Marlboro ha llegado a la fiesta, desde mi bolsillo, siempre puntual, directo a la puerta entre mis labios, vía libre a mi alma, mal real a mis pulmones.
Hoy voy de negro otra vez. Es el color de mi pelaje, bueno, en eso no me he fijado. Esta noche no encuentro el frío que me ordena marcharme a casa, a enrroscarme bajo el edredón.
Barra libre de oportunidades, cerramos con el ocaso, cuando el mar esté en calma, cuando tengas la decencia de hacerme caso. Pórtate bien, sé bueno, me dice la carra de perro que me devuelve el espejo. Me sonrío, el chucho ya ha pensado dónde va a mear, el número de veces que levante la pata lo deja al azar.
Me sacudo las pulgas de encima, me coloco el tupé con el pulgar, mis cuartos traseros aún están por reaccionar. Vibra el teléfono, conduzco por el barrio de nuevo, bajo la ventanilla, me he sacado a pasear, saco la lengua, comienzo a jadear.
Camino con el resto de animales, en el zoo sirven cerveza, no me encuentro los dedos para contar. Bebo hasta olfatear. Oigo al gato de al lado maullar. Se ha atragantado con el humo, otra vez, una bola de pelo va a vomitar.
Los aspersores saltan, el verde comienzan a regar. Reímos sin poder parar, sin saber que nos estamos yendo, en realidad.
De pronto un hueso volando en forma de mensaje en mi teléfono, muevo el rabo, salgo disparado como cohete hiperespacial. La contesto, debería darme igual pero esta noche es especial, incluso el agua lleva gas. Noto las burbujas estallar en mi cerebro, la efervescencia creciendo y aúllo a la luna como si fuese mayor, más salvaje, más letal. Lo tengo claro, es ella a la que debería hacer aullar, la que me quiere castrar.
La noche ha terminado, todos de vuelta a casa, por la puerta de atrás. Podría ser peor, podría ser el veterinario.
Cacarean, bufan en tono de burla, croan a modo de despedida. Chocamos huellas, hasta que nos vuelvan a sacar, me separo. Esta noche vuelvo a pata, como buen can.
De camino a casa mi sombra es alargada, como de pastor alemán, y la hija de perra me ha hecho llorar a gimoteo vivo, sin lágrima alguna.
Con una vez hubiera bastado. Antes o después, podría ser ahora, podrías derretir la puerta de mi habitación y aparecer bañada en mil luces doradas que palpitasen a tu alrededor. Podrías entrar sin tocar el suelo suspendida a tan solo dos centímetros de mi piel. Podría sentir el mundo temblar bajo mis pies, tu sonrisa invadiendo cada poro de mi malogrado ser.
Podría ser. Por una vez.
Si el eco nos devolviese los gritos de poder, los susurros al querer, al saber, que el cosmos se fundiese entre los dos convirtiendo en vacío el espacio que alguna vez podría llegar a separarnos. Podría ser, podría pasar, alguna vez.
No importaría si fuese mañana o si hubiese sido ayer, si aconteciese o se decantase, si al final tu aliento me protegiese del cáncer que podría terminar arrebatándonos el espectáculo, los violines, los campos al amanecer, tus pies y los míos al son de una carrera que sonara la mar y el aire de bien. Porque sabemos, que a pesar de hacerlo entre lágrimas y desespero, podría ser. Que bien podríamos terminar por separado, que se me desencajarían los deseos y se me caerían a tus pies, que tus rodillas se hincarían en la tierra bajo la que yacería mi cuerpo incapacitado para poderte querer.
Bien nos podría suceder.
Si de alguna manera pasases junto a mi y no me vieses me encargaría de hacerme ver, de deslumbrar, de cegar a todo aquel que tuviera demasiado miedo para mirar, para comprender. Si te saludase esperando una invitación a vivir la vida que merecemos tener y tus ganas no encontrasen nido al que volver yo me encargaría de alimentarte con toda clase de chistes, ardientes declaraciones y conversaciones sobre la profundidad del ser, hasta que entendieses que somos no es tan solo el plural del verbo que todo el mundo ansía tener.
Estoy seguro, mientras dudo, de que quizá alguna vez, la primera al menos, podría ser.
Si en el todo apareciésemos los dos, rodeados de cosas, estrechándonos la mano, sería imposible pensar en perder. Si el universo nos quisiera tener aunque tan solo fuese por una vez... bueno, lo que ha sido es. Ya jamás nos podríamos no tener, ni aunque tan solo fuese por una vez.
Que fuésemos felices, eso también podría ser.
Que eres tan real como yo, eso también lo sé, aunque no pueda oírte ni mirarte, verte, tocarte, tenerte, penetrarte, susurrarte, machacarte, perderte, insultarte, volverte a ver, respetarte, ensartarte, probarte, desquiciarte y arreglarlo cuando odio estuviese escrito por todo mi rostro, lavarte, purificarte y volverte a perder, dejar de mirarte, querer parar... y no poder.
Podría ser que respires y que jamás llegues a leer esto. Podría ser que muriese y tus lágrimas estropeasen el papel. Podría ser quererte y jamás atreverme a hacer nada más.
Caminaba por inercia, me movía. El tráfico gritando, mis pisadas susurrando. Giré la esquina y me encontré con Dios. Estaba fumándose su último cigarro, solo.
-¿Dónde has estado? - le pregunté.
- Pregunta lo que quieras - me respondió sin fijarse en mi, con la mirada perdida.
Clavé la mirada en su cazadora de cuero negra, en el fornido cuerpo que la vestía, en su larga melena blanca a juego con la barba. Estaba apoyado contra la pared, un pie en el suelo, el otro flotando.
- ¿Existes?
Su respuesta fue una negación con la cabeza.
-¿Estás aquí?
- Claro, ¿acaso no me estás preguntando?
Me saco un par de cigarrillos y le ofrezco uno. Levanta la mano en la que sostiene el suyo, está servido. Sonrío.
- ¿Dónde estabas cuando más te necesitaba? - quiero saber. Quiero respuestas.
- Aquí.
- ¿Por qué no te he encontrado antes?
- ¿Me has buscado antes?
Su tono burlón me pone nervioso. Tiene una respuesta entre signos de interrogación para cada pregunta que le formulo.
- Te he necesitado antes.
- Yo a ti no.
Y me mira, me mira por primera vez en mi vida, me mira por primera vez desde que él es Él y yo soy yo.
- Pregúntame lo que tienes que preguntarme - me pide en un tono que suena más a orden celestial que a petición.
Sonrío una última vez.
- ¿Quieres preguntarme algo?
Asiente con la cabeza. Despega su pie y la espalda de la pared y se acerca a mi con una forma de caminar tan pura como el bien y el mal.
Si yo quisiera, si tú quisieras, si nosotros quisiéramos, podríamos estar juntos.
Juntos quiero decir si yo quiero y tú quisieras.
Juntos toda la vida o no, juntos en este mismo momento, juntos justo ahora.
Si quisieramnos, queriendo yo y tú si lo hicieras,
podríamos estar juntos sin dejar de quererlo.