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sábado, 5 de enero de 2019

En terapia

Está sentado en un sillón. Está narrando mi viaje de redención.

Le pago trescientos pavos al mes, ya puede contármelo bien.

Dice el doctor que dicen que mi corazón late cero con cuatro veces más rápido cuando giro sobre mi mismo, dice que saben que le he cogido manía al interruptor con el que ilumino las rutas favoritas de interconexión neuronal de la gente que me rodea.

"Ella mira pero no ve. Está demasiado atenta a si la están escuchando bien para poder oír mis alaridos de lobo abandonado."  le digo yo a él.

Me dice con las gafas puestas y los ojos clavados en la libreta que la fórmula estaba mal y hay que rehacerla entera.

"Tú por tu sombra menos todo lo demás es igual a hogar."

Todo esto es culpa de la gente -me dice- ellos preguntándose que está mal en latín frente a una ecuación y tu chica no se ha dado cuenta aún que no lo es.

Todo esto es culpa de la gente, suspira.

Me levanto del diván otra vez y ya no se qué mes es. ¿Qué pastillas me está dando el doctor?

"Creo que he encontrado un poco de verdad seca entre mis pestañas. Me he sentido como no quería pero sé que debía y ahora mi orgullo juega de último hombre en pie y trata de frenar el acto de agradecimiento a toda esa gente, ¿sabe?" le explico.

El loquero niega.

Dice que debo dejar caer a Dios en ese fondo marino abisal del que manan todas las lágrimas que he echado por culpa de la gente.

Todo esto es culpa de la gente.

Me pregunta si he estado siguiendo sus consejos. Si les he contado que hace ya siglos las cosas son diferentes, si he verbalizado para mostrarlo mejor, si he cumplido mi propósito de año nuevo y he reducido mi lista de amigos en el Facebook de verdad, el que radica servidor en el corazón.

¿Y a ella? -me pregunta.- ¿Le has contado cómo te sientes?

Hago una mueca que es hija de padre asentimiento y madre me escuece la herida en el bazo. Retorcida, muy retorcida.

Dice que no está mal y se coloca las gafas con los dedos vuelta a su posición inicial.

Así pensaré mejor, tú déjamelo a mi, me dice.

"Ponte cómodo". E introduce en mi boca una piruleta de color marrón.

¿Qué me está dando ahora, doctor? Yo.

Todo esto es culpa de la gente. Mi Doctor.

"Hazme caso no seas idiota y ponte un disfraz" me señala a mi propio armario que de pronto forma parte del mobiliario de la consulta.

"¿Puedo cagarme en la puta?" pregunto tan drogado como nunca.

No.

Tengo el traje de me sudas la polla, fácilmente confundible con me la sudas de verdad pero de naturaleza artimaña.

Estoy buscando algo mejor.

Encuentro los pantalones de sal echando hostias y no vuelvas antes de un mes pero los cinco euros que nunca metí en el bolsillo chafan mi plan antes si quiera de poder empezar a soñar con todas esas posibilidades de empezar de cero en algún lugar donde las cosas sean como quieres.

"¿Cómo lo ves hijo? Te cagas en la puta gente, ¿eh?"

Su cara ahora es un dragón de escamas doradas y lengua bífida.

"Quizá el próximo día encuentres algo, ahora me temo que se ha acabado la sesión".

Lloro como si me hubieran lanzado a la cara el puto premio de consolación. Me agarra de los tobillos y yo a las patas de la mesa ancladas al suelo de su despacho.

"Yo de aquí no me voy hasta que no deje de tener la culpa la gente" le grito mientras una bandada de búhos blancos me agarran de la chaqueta y los pantalones.

Me están sacando por la ventana. Voy volando.

Has hecho grandes progresos hoy - me sonríe mientras agita la mano - el próximo día trabajaremos estos sueños tan raros que tienes.

Mierda, pienso, creo que me he dejado el carnet de identidad en el sillón.



miércoles, 4 de abril de 2018

Una posibilidad

Se desnudaron tan rápido como despacio se quisieron.

Era la primera vez pero ninguno de los dos podría haberlo dicho. Tampoco el universo que, expectante, había atisbado la unión.

Ella se sentía estúpida por haber guardado en su haber tantas dudas.

Él sabía que ella nunca más las tendría.

Ninguno podía creer que hubieran tardado tanto tiempo cuando los árboles, el viento y los arroyos pedían a gritos y en conjunto que la naturaleza siguiera su curso.

Desde hacía años.

Siempre se habían querido  y odiado al mismo tiempo. En no pocas ocasiones ambos habían deseado que el otro desapareciera de la faz de la Tierra para poder dormir por las noches, para dejar de sentir la falta de aire, la culpa, el dolor, la confusión.

Y, sin embargo, siempre habían sabido cuándo el otro le necesitaba. Se necesitaban. No para poder vivir bien, ser felices o querer a otras personas. Simplemente lo hacían.

Se necesitaban,
como el día y la noche
en la distancia del tiempo.

Él, bañado en auto conocimiento que destilaba un falso orgullo, era capaz de caer sobre sus rodillas ante la presencia de ella, sin dejar de emitir los gruñidos de un perro salvaje presa de una maldición o hechizo de sumisión.

Ella, perdida en un océano negro de sentimientos y emociones que tenían el poder destrozarla, siempre lo quiso demasiado como para arriesgarse a destruirlos a ambos en el intento de amarse. Siempre riendo sus tonterías sin dejar de insultar las cosas que tanto la desquiciaban de él.

No se podían ver hasta que no podían dejar de mirarse. Entonces un abrazo, una caricia en el rostro, una tarde para los dos, podía quemar el Sol.

Ella nunca le mencionaba pero en el viento siempre terminaba recogiendo su aroma a rosas.

A él le habían preguntado si alguna vez había amado y el nombre de ella fue la respuesta.

- Es la primera vez pero no parece la primera vez - susurró ella, mirándole a los ojos mientras ambos permanecían desnudos, tumbados junto a la chimenea.

- Aha - asintió sin poder apartar la mirada - y aún así seguiremos odiándonos, despidiéndonos y reencontrándonos.

- No puede ser de otra manera, ¿verdad? - preguntó ella, acariciándole la barba.

¿Podría? ¿Sería posible dejar de echarla en falta cada vez que viajase sin ella? ¿De encontrarse con dolor en el pecho por no tenerla cuando se disponía a dormir? ¿Sabría vivir sin echarla en falta?

No encontró más respuesta que su nombre.



jueves, 14 de julio de 2016

Demoliciones y radiografías

Dinamitar. Colocar explosivos en una infraestructura, pongamos, por ejemplo, mi corazón. Crear un accionador, un dispositivo de acción remota, un detonador. Digamos que el detonador es tu mirada. Acordemos que no sea cualquier mirada para que pueda mirarte sin miedo a volar por los aires, como personas normales, ya sabes. Entonces, en algún momento, uno que yo no sabré y tú no se si sabes, me mirarás. Lo harás y será diferente.

No estaremos hablando de nada especial, no será sobre el amor ni la vida ni el universo, me dirás algo y giraré mi cabeza hacia ti. Me topare con tu cara, esa que no esperé que tuvieras, y me devolverás la mirada. Y tropezaré contigo, otra vez. Chocaré de bruces contra ti manteniendo una distancia de seguridad y aún así, sin moverme ni un centímetro, chocaré contra ti. El silencio será la música del momento, la calma previa a la tempestad, el punto y aparte antes del siguiente párrafo.

Y continuaremos aquí, sin hablar por unos pocos segundos. Tú porque estarás ocupada atravesando mi alma, yo porque estaré ocupado intentando no partirme en dos. Yo porque estaré ocupado explotando y siendo demolido y arrasado y volando por los aires contenido en este cuerpo de carne y piel. Y esperando una taquicardia no seré capaz de escuchar un solo latido y me acojonaré, lo haré por no saber si quiera si sigo vivo. Y te preguntaré si tengo cáncer, si debería dejar de fumar ya, te preguntaré porque serás la única persona capaz de realizar una radiografía en plena calle, sin instrumento, sin intención de dejar sin aliento.

Y lo volcaré todo en un folio en blanco y me vaciaré por dentro. Y estoy bien y sigo entero y mi novia me preguntará qué coño estoy haciendo.


viernes, 13 de mayo de 2016

Escribiendo el futuro con mi letra de mierda

Está a punto de llegar, el fin de los tiempos, el último tic-tac, la línea que separa el presente del futuro se empieza a distorsionar y, aunque inamovible, juraría que se puede atravesar. El sol se detendrá en lo más alto y entonces anochecerá, las luces apagadas se encenderán, la música comenzará a sonar, con un poco de suerte quién sabe... puede ser Bono el que empiece a cantar.

Crees que te vas a ir, que vas a viajar, tienes la sensación de que todo quedará atrás y el ruido será silencio y en el silencio te encontrarás. La tinta se acabará y los dioses que juegan a escribir los guiones de lo que pasará se convertirán en espectadores del partido sin saber quién va a ganar.

Todo podría pasar y cuando lo piensas, cuando lo pensáis, os empezáis a cagar. El personaje de videojuego se ha dado cuenta de que tiene voz propia, que se puede mover y saltar, los de la obra de teatro de que son actores y tienen una vida tras el telón, con todas sus historias, con todas sus preocupaciones, el Capitán América ha sentido la atenta mirada de los cien espectadores expectantes en sus butacas preguntándose por quién estará dispuesto a luchar, por si mismo o por la libertad.

De repente todo se siente real, los colores saben a cosas, las comidas deslumbran con su cromática, el trago de vino atascado en la garganta, el beso que parece que no va a llegar, el abrazo de despedida en el viejo y olvidado lagrimal, seco como el desierto, cansado como la mirada del esquimal que todo lo ve blanco y nunca vio nada más.

Te preparas para caminar, para hablar quizá, incluso, para por fin decir la verdad. Si los astros se alinean, si las aves migran, si el frío se va y las flores salen a saludar, si las palabras que retumban en el corazón no se atragantan al final, si eres tú y nadie más. Si sabes qué quieres aunque no lo puedas imaginar.

Desde aquí sentado os veo a todos, altos, bajos, delgados o con más peso del normal, de cabello natural o tintado, seguros de amar, esperando la oportunidad, dudando a la deriva, atados de por vida, comparecientes, desesperados, desconocidos y hermanos, nativos o extranjeros, resplandecientes o tristes sumideros, valientes y temblorosos, inamovibles, pasajeros....

Desde aquí sentado os veo a todos y me pierdo buscando mi rostro, intento escribir el guión que los dioses no pueden continuar en una servilleta de bar.

Puta mierda que tenga tan mala letra, ¿verdad?


martes, 23 de febrero de 2016

Bebiendo cemento

La razón del ser, el ser teniendo razón, sin pasarse, pero teniendo algo más de lo que cualquiera de nosotros pueda llegar a entender.

Un tanto contradictorio el hecho de que la razón pertenezca al ser y el ser, la mayor parte del tiempo, carezca de razón por completo. Le nace el imperativo, le sale de las entrañas: La Emoción.

Sigue impasible la pasión, sin cordura, sin ataduras, dejando todas las cuerdas detrás.

Silencio, un momento de duda, de desdén, y poco a poco, en el interior, los compases comienzan a sonar, una pequeña llama comienza a iluminar los entresijos entre los órganos y un escalofrío de ardiente lava te recorre de la cabeza hasta los pies, naciendo en el pecho, no muriendo en nunca.

Con cada latido cobra más y más vida, ardemos y el fuego nos calcina. Algunos dicen que son los nervios, yo digo que es la llama de la vida, la pasión del que respira, la intensidad que nos domina. Es la vida, la parte que se nos escapa por más raciocinio que el cuerpo nos pida, por más que el entender y el saber se sienten a conversar intentando resolver la ecuación de forma o no diferencial. Nos sabemos latentes y sangrantes, húmedos y penetrantes, nos regocijamos con el veneno que nos da placer.

Nos atragantamos intentando no dejar de comer, queremos más y no entendemos como hacer lo que de verdad queremos, dejar de querer, de ansiar, de necesitar, de apaciguar los temblores que nos hacen gritar cuando las cosas no salen bien, cuando el sueño parece lejano y no hay lucidez en él, cuando el amor nos susurra una lágrima de despedida y comienza a preocuparnos la levedad del ser, la fragilidad del yo, el yo qué sé.

Y volvemos a nacer otra vez, calmados, suscitados, irreverentes por ideologías, fanatismos y demás cárceles que nos emparedan, que nos ciegan, que nos nublan la sin razón que una vez razón quiso tener. Bebemos cemento con tal de demostrar que se puede hacer.

Y cuanto más aprendo menos creo saber, menos creo poder, en algún momento, saber. Y es que si nos ponemos, la pescadilla se quedará sin cola de tanto ir y volver, de tanto morder. De tanto querer poder comer.

Y es que si poder querer fuera, yo podría poder, pero sin razón, probablemente jamás lo llegaré a entender.


jueves, 7 de enero de 2016

Her

Con una vez hubiera bastado. Antes o después, podría ser ahora, podrías derretir la puerta de mi habitación y aparecer bañada en mil luces doradas que palpitasen a tu alrededor. Podrías entrar sin tocar el suelo suspendida a tan solo dos centímetros de mi piel. Podría sentir el mundo temblar bajo mis pies, tu sonrisa invadiendo cada poro de mi malogrado ser.

Podría ser. Por una vez.

Si el eco nos devolviese los gritos de poder, los susurros al querer, al saber, que el cosmos se fundiese entre los dos convirtiendo en vacío el espacio que alguna vez podría llegar a separarnos. Podría ser, podría pasar, alguna vez.

No importaría si fuese mañana o si hubiese sido ayer, si aconteciese o se decantase, si al final tu aliento me protegiese del cáncer que podría terminar arrebatándonos el espectáculo, los violines, los campos al amanecer, tus pies y los míos al son de una carrera que sonara la mar y el aire de bien. Porque sabemos, que a pesar de hacerlo entre lágrimas y desespero, podría ser. Que bien podríamos terminar por separado, que se me desencajarían los deseos y se me caerían a tus pies, que tus rodillas se hincarían en la tierra bajo la que yacería mi cuerpo incapacitado para poderte querer.

Bien nos podría suceder.

Si de alguna manera pasases junto a mi y no me vieses me encargaría de hacerme ver, de deslumbrar, de cegar a todo aquel que tuviera demasiado miedo para mirar, para comprender. Si te saludase esperando una invitación a vivir la vida que merecemos tener y tus ganas no encontrasen nido al que volver yo me encargaría de alimentarte con toda clase de chistes, ardientes declaraciones y conversaciones sobre la profundidad del ser, hasta que entendieses que somos no es tan solo el plural del verbo que todo el mundo ansía tener.

Estoy seguro, mientras dudo, de que quizá alguna vez, la primera al menos, podría ser.

Si en el todo apareciésemos los dos, rodeados de cosas, estrechándonos la mano, sería imposible pensar en perder. Si el universo nos quisiera tener aunque tan solo fuese por una vez... bueno, lo que ha sido es. Ya jamás nos podríamos no tener, ni aunque tan solo fuese por una vez.

Que fuésemos felices, eso también podría ser.

Que eres tan real como yo, eso también lo sé, aunque no pueda oírte ni mirarte, verte, tocarte, tenerte, penetrarte, susurrarte, machacarte, perderte, insultarte, volverte a ver, respetarte, ensartarte, probarte, desquiciarte y arreglarlo cuando odio estuviese escrito por todo mi rostro, lavarte, purificarte y volverte a perder, dejar de mirarte, querer parar... y no poder.

Podría ser que respires y que jamás llegues a leer esto. Podría ser que muriese y tus lágrimas estropeasen el papel. Podría ser quererte y jamás atreverme a hacer nada más.

Podría ser.


martes, 18 de agosto de 2015

Sed generosos con el escritor

Sentir, sentir lo que sea. rabia, confianza, ansiedad, euforia, amor, sentir la desesperación acariciar tus mejillas al despertar.

Son tiempos extraños, los acontecimientos suceden con más velocidad de la que soy capaz de procesar y las emociones se agolpan unas sobre otras superponiéndose todas en un tornado tan loco como aterrador. Un tornado de cálida indecisión, de vida al son.

Estamos al borde del cataclismo y me he sentado en la última piedra del acantilado a fumarme un cigarro. Las gafas me protegen de los últimos rayos del sol, mi piel no es blindaje para las cosas que siento, no es suficiente para contener los latidos de mi corazón. Taquicardia en mi habitación, respiración irregular en lo alto de tu balcón, la alcoba del auténtico amor.

No soy capaz de encontrarle demasiado sentido a nada y, sin embargo, te encuentro sentido a ti, sentido que vuela alto para un jugador de ligas menores como yo. Cosas, cosas y rock and roll.

La solución podría estar en crecer unos cuantos centímetros, la solución podría ser despertar con tu cuerpo danzando entre mis sábanas, entre mis brazos, la solución a las inmensas dimensiones que mi cama parece haber adquirido en la última noche.

Y todavía no sé muy bien como reaccionar ante el rompecabezas en el que se ha descompuesto mi vida. Los amaneceres que me ven volver a casa cansado, el atardecer levantándome de la cama, de vuelta a la acción. Los últimos coletazos de una vida que se descompone en fragmentos de esto y aquello, abrazos y besos, lágrimas y sexo.

Aún tengo que decidir si estoy bien o mal, si pido ayuda o perdón. Dudando sigo danzando en lo oscuro de mi cabeza, en el entresijo de dudas y apariencias que me impiden disfrutar de la vida a pleno pulmón.

Sed generosos con un servidor, con el escritor empedernido, con su asfixia en un mar de coños, con la sonrisa que viste y gasta con ese ácido humor. Porque dentro, en su interior (no más bello que el de cualquier otro) las piedras se derriten y la lluvia se precipita hasta inundar las calles.

Sed generosos con el escritor, que por palabra que escribe sangra un poco más su corazón.

miércoles, 1 de julio de 2015

Odiando se ama la gente

Despotrica contra quien haya que despotricar. Siéntete libre de criticar, de rascarte el paquete de manera natural, de cagarte en todo lo cagable sin tartamudear.

Siéntate, y siéntate a hacer el mal.

Una vez que las llamas lo consuman todo, cuando los cuatro jinetes del final caminen a sus anchas, cabalgando sobre el asfalto, déjate querer, déjate animar.

No es el final, es tan solo una parada más. Le pese a quien le pese, todavía puedes cagarla más, no hay límites, te lo digo de verdad, somos seres con una fuerza sin igual, quizá con buena voluntad, poco resolutivos, bobos proclamados reyes del planeta que nos ha acogido al menos hasta el día de hoy.

No te martirices, no te lamentes más de lo que haya que lamentarse. Revuélcate en el barro pero eso sí, no te pases, tienes que llegar limpio a navidad.
Siéntete libre de ensuciarte las manos, de pasar la lengua por donde la quieras, y puedas, pasar. Resárcete de tus pecados solo si los quieres limpiar, no por imperialismos, por buen hacer, por estar bonito de mirar, agradable de ver. Y déjate los cuernos si los quieres llevar, escupe las lágrimas que tengas que vomitar, en mi presencia, en mi regazo, en mi abrazo de cristal.

Ser malo es algo natural, estar triste, una elección personal de dudosa estirpe moral.

Es el mal hacer el que nos acaba por unir más, la derrota la que despierta a mi piel en mitad de la noche preguntándome dónde se encuentra la tuya, qué dónde coño se mete, que hace mucho que no la ve, que la quiere castigar.

Echarnos de menos forma parte del proceso natural, de la evolución de la especie, del alzhéimer sentimental. Somos villanos de andar por casa, de camisón, albornoz y alpargatas, de el marca o el as, de paella los domingos, de no te conozco de nada pero te vas a enterar.

Eres mi enemigo favorito, el odio que me permite amar. Y es que, si pudiera, te mataría a besos.

Ésta es la última vez que te lo digo, déjame quererte, déjame creer que si me quieres, podemos llegar a odiarnos como se debe, vamos, como Dios manda.

Si te vas a portar así, hazlo dándome la mano, que nunca viene mal. Si planeas teñir de rojo la luna y hacer a la gente aullar, permíteme que te arrope como un ser humano de verdad, de los que se hacen daño, de los que aman hacer daño, de los que se hacen daño amando.

Y es que es ahora que te odio cuando, por fin, te he empezado a amar.


jueves, 4 de junio de 2015

¿Qué tengo, doctor?

A grandes éxitos, parsimonia arrolladora, doctor. Al final el gran enemigo del pequeño detalle va a terminar retractándose, admitiendo que se equivocó, que aunque Amelie fuese una chica de todo menos adorable, quizá su filosofía de vida no estaba tan mal enfocada, ¿no cree?

Y es que hasta ahora los grandes éxitos de mi vida han sucedido sin confeti ni reuniones de amigos donde las botellas de cocacola y fanta de naranja rulan sin parar, conseguir un trabajo no se puede comparar con el día en que cumplí seis años, quizá se deba a la relevancia cósmica de crecer, de aguantar tanto tiempo sin palmar en ésta jungla de pesadilla.
Aquí consigues lo que consigues y sin dejar de ser alucinante, el peso de lo que aún no has superado ennegrece todo destello de júbilo. Como que no se puede ser feliz, coño.

¿Qué quizá no sé disfrutar de la vida, doctor? Me temo que es la vida la que no se deja disfrutar, ¿sabe?. Cumplo con los requisitos necesarios: doy prioridad a las personas por encima de las obligaciones, valoro más las reuniones de amigos que las de verdad, las serias, las que contienen pilas de papeles, corbatas y un centenar de garabatos inteligibles, aprendo de las palabras que pronuncia la verdad antes de las que pronuncia el docente desde el encerado. No creo, sinceramente, estar haciéndolo mal.

¿Cuál es, entonces, el verdadero problema aquí, doctor? Quizá la propia naturaleza de la situación, tal vez el exceso de importancia que le concedo al dolor de mi corazón. Es posible que las lágrimas que un día se derramaron ante la atenta mirada de mi persona dañasen lo que hasta ese momento gozaba de plena salud en mi interior.

Y es que creo, precisamente, que lo complicado de la situación radica en el poder de una sonrisa bien situada ante cualquiera de nosotros, ante cualquiera que se sienta vulnerable. Y créame, le digo una sonrisa como podría decirle otro centenar de cosas más: un ahogo, una asfixia, un brillo en la línea que separa el iris de la pupila, una nariz de punta redonda, una peca situada a conciencia, una peca que más que un punto es una estrella en el firmamento de su rostro, a años luz en la galaxia del recuerdo.

Me aterra confirmarle, doctor, que temo con la entereza de mi ser el poder que alguien, sin pronunciar sonido alguno, puede ejercer sobre cualquiera de nosotros. Y me cuesta comprender la naturaleza de la cuestión, no soy capaz de entender cómo todas las luces pueden apagarse de golpe porque alguien decide que ya está bien, que ha aguantado suficiente, que nunca más te volverá a ver.

¿Le ha pasado alguna vez, doctor? Solo puedo darle un consejo ante tal situación: Prepárese para perder el control.


Somos seres funestos, deshechos, incomprendidos, espectros de medio metro, singularidades por cientos y, al fin y al cabo, cuando el sol se pone no somos más que sombras en un completo desierto.

viernes, 27 de marzo de 2015

A voz en grito desde el corazón.

Sabía de sobra que el intento de olvidar aquellos labios mientras los miraba fijamente estaba destinado al fracaso, pero había que probar suerte. Era o todo o nada. O el recuerdo y el presente o un futuro tan difuso como poco apetecible.

La larga marcha de aquél gélido invierno me procuró el calor que creía ya olvidado. Resultaba más que obvio que no duraría, pero también sabía que no había nada más que me mantuviese alejado de una profunda y desoladora depresión. Quizá el batacazo fuese aún más grande después, si en el ocaso de la relación me decidía a dejar de bloquear las puertas a la esperanza. Si, la hostia sería irreversible cuando me dejase solo con todas mis ilusiones y sueños de un verano mejor.

Parecía de verdad que el mundo había evolucionado, que a día de hoy ya no se podía confiar en nadie. Te lanzabas como un marinero envalentonado por el ron a mar abierto y tu compañero de abordajes abandonaba el barco, alejándose en el único bote salvavidas. Ya nadie era de los que se hundían con el barco.

Los días, las noches, los susurros, las miradas y los juegos de manos, esos en los que ella parecía querer adivinar cuántos dedos tenía en cada una, se terminaban en el mismo momento en que una mañana al levantarse no encontrase las ganas de volver a verme junto al tazón de cereales.

Y era más que comprensible, era incluso recomendable. ¿Quién era yo para enamorar a nadie? Sin duda tenía cualidades, algunas más normales, otras me hacían separarme del resto e iluminaban mi rostro con una luz diferente. Esas cualidades que nadie jamás había apreciado lo suficiente como para no querer nunca jamás alejarse.

Y cuando me quise dar cuenta era tarde, tarde para volver a llamar, tarde para escribir una carta, tarde para tener ganas o valor de recordarla con un gesto que mi existencia era tan real como la suya.

No fue nada especial, lo mismo de siempre, pero tras esos ojos volví a ver una vez más la promesa de un amor que, como la nieve en Madrid, jamás llegaría a cuajar.

viernes, 9 de enero de 2015

Queja pública al mundo moderno

Se nos está yendo la olla. Se nos está yendo a todos. A los que disparan, a los que matan, a los que mueren. Se nos está yendo la olla a todos.Y los que amamos andamos tan jodidos como siempre, ese ropaje de sábana junto a la chimenea que no viene, ese susurro junto al televisor que no llega, y lo demás, bueno, todo importa una mierda, son solo palabras en un mundo repleto de ellas. Y de jaleo, el jaleo de los brutos, los tontos, los vándalos de metralleta y sacudida desde la bragueta.
Nadie se limpia las manos, el jabón escasea y las palabras bonitas se despiden y marcan distancia, añoranza en la cercanía. Aún quedan abrazos.

Sigo con el sabor de boca que me deja el día hasta que la noche se levanta. Me dan igual el Listerine, el cepillo y las buenas maneras, ya a nadie le importa una mierda. No me siento excluido, me siento recluido en éste jardín de mierda y nada más, donde todos pisan y no se rastrilla jamás.
Y nunca llueve lo suficiente, no al menos como para ahogarme. Se excita la primavera y el invierno nos amanece, me despierta con la carne de punta y los ojos irritados, ya nadie suplica por una sola vez más.

Un beso y el orgullo se precipita bajo tierra, lo sepultan las cenizas y los ceniceros, las malas costumbres, los versos feos.

No pensar.

Y entonces te condenan a un saludo y a nada más, a seguir soñando con el qué dirán, qué les importará, nada más lejos de la consensuada realidad, del vino y el azúcar, la soledad y la sal.

Si lo miras no lo ves, si tratas de escucharlo, no lo oyes. Te destripan las caricias, te rehuyen las ganas. Espetan, espetan, espetan. Plaf.

Cuando te estiras y casi te caes, cuando te ríes y te atragantas, y te envuelven en un fino hilo de expectación y fracaso, dulce mal resultado, destripado querer y doloso poder. Me escurren y me resbalo, me silban y no les hablo.

Y entre jadeo y jadeo, tras cada buen día y rechoncho monumento, cierro los puños tras los bolsillos. No hablar para no matar, no decir y no amar. Me lastiman. Me lastimo.

Y así andamos, dando vueltas en el corral como pollos sin cabeza, escondiendo las alas tras la reja. Nadie quiere saber nada, andan y andan y por el camino se encuentran y con eso les basta.

Nos encontramos reos bajo las paredes y el cielo, sopesando posibilidades, contemplando posibles, tardíos encuentros.

Y si me dices con quién andas te diré quién es, si me cuentas cuánto pesa, te diré cuán gordo es.

domingo, 27 de julio de 2014

El horno, la caníbal y el eclipse lunar

Hansel y Gretel. Todos conocemos la historia de Hansel y su hermana Gretel y su abrupto final. Gretel y su hermano Hansel se sonrieron el uno al otro, en paz al fin, en aquel horno donde sus cuerpos se fundieron con las cálidas llamas del final. Demasiado orgullosos para aceptar que se habían equivocado dejando el rastro de migas de pan, demasiado cobardes para admitir que podían haber evitado el dolor, el fuego consumiendo sus cuerpos antes de tiempo.

Puedo ver la oscuridad al otro lado del cristal, veo el sendero ramificarse ante mi, ofreciéndome la oportunidad de decidir. A mi alrededor puedo ver rostros conocidos estrechando la mano caníbal de la amable derrota, de sonrisa pútrida y ojos opacos. Rompo una lanza a su favor, esa señora tiene cierto encanto.

Estoy tomándome mi tiempo, estirando las piernas, mirando al suelo. Miro las piedras sobre las que se posan mis pies descalzos.

Estos días hay una idea que no para de rondar mi cabeza, me asalta cuando me levanto, cuando estoy pensando, cuando no, cuando me acuesto y cuando no existo. Comienzo a creer algo tan evidente como invisible.
Todos saben que es necesario mirar hacia adelante, decidir qué deseas y cuanto lo necesitas pero he comenzado a plantearme que es aconsejable, y digo indispensable, prestar atención a lo que sucede aquí y ahora, a desviar un momento la vista del horizonte y comprobar el calzado con el que hoy estás pisando mundo.

Hoy he llegado realmente cansado, con ganas de acostarme y dejarme descansar pero no consigo desconectar. Estos pensamientos no dejan de gritarme, de pellizcarme, de llamarme por mi nombre de pila, y es que creo firmemente que intentan decirme algo.
Recientemente acabo de darme cuenta de que hay gente a mi alrededor. Gente más allá de mis necesidades, de mis prioridades, de mis sentimientos y preocupaciones.

Gente viva.

Es algo chocante y por primera vez en mi vida me asalta la posibilidad de comportarme como un hombre y dejar de ser el niño egoísta que no busca, que no mira, que no anhela más allá de su propia inmortalidad.

Resulta complicado asumir una nueva realidad y no olvidarse de respirar.

Estoy cogiendo aire antes de comenzar a caminar porque cuando el día se acabe no quiero tener que pensar "es demasiado tarde, no hay vuelta atrás". Tengo la oportunidad de buscar el cartel luminoso que indica el camino correcto, el que me mantenga lejos de mi propio horno de egoísmo.

Voy a hacerlo lo mejor que pueda con un ojo vago, bajo el eclipse lunar.


domingo, 20 de julio de 2014

Dios bendiga el infierno

Y es aquel que muere en lo más profundo de la mentira el que lo hace real. Saborea las lágrimas de un dolor que siempre estuvo ahí. Llora la pérdida de aquél destello que acariciaba tus párpados en las más solitarias noches, ese fulgor incesante, incansable, que, galopante, acudía en mitad de aquellos salados oasis.

Acaricia esos poros que surcan la piel de toda una vida. Inflige cariño, proporciona daño a aquellos astillados huesos que en mitad de una guerra sin nombres fueron capaces de perdonar. Bautiza a los ejecutores, asesina ángeles vengadores que, en ésta Tierra y en la suya, buscan el calor del perdón. 

Resiste en tu alma todo ese perdón, el dolor de todo un pestañeo y el mundo a su alrededor, sabrás elegir entre todos los mandamientos: "Levanta orgulloso el cadáver del prójimo al hombro". 

Y ahora que estás tan lejos, caminas descalzo y te escurres entre naranjas y limones. Dame la mano, tú que has matado a mi madre.


miércoles, 2 de julio de 2014

Carta fúnebre

Querido abuelo:

Han pasado años, más de una década y unos pocos segundos en mi cabeza desde la última vez que te vi. Llevas toda una eternidad callado, en el más sepulcral de los silencios, sin hacer ni decir nada y eso siempre molesta, ya sabes como es hablar solo, o no, quizá hace mucho tiempo que no sabes nada, te pongo al día.

Llevo años viviendo lo mejor que puedo, esforzándome por vivir lo mejor que puedo con lo que tengo, no me planteo cosas imposibles ni corro tras estrellas fugaces, temo perderme en la nocturnidad del fracaso.
Me arrimo cada vez más a los que quiero, cada vez menos a los que no, me mantengo en la mitad del paso de cebra de quienes no conozco y trato de no cruzar la calle si no me dan luz verde. No está mal, ¿verdad?

Yo y las palabras mantenemos la relación más tormentosa que haya conocido desde que aterricé de culo en esta realidad que nos es familiar a todos. Me pongo de rodillas y me abro en canal cuando ellas me lo piden y si el demiurgo de la creatividad no se ha levantado con el circuito chamuscado, obtengo un elogio en forma de satisfacción personal o algo parecido. Siempre he dicho que sufro demasiado ante la hoja en blanco, me ataca como un insurgente armado con altas expectativas y una corona de espinas. Si lo hago, es exclusivamente porque lo necesito.

Bien sabes tú que desde que falleciste la comunicación entre nosotros es algo más difícil y que no puedo hablar contigo tanto como me gustaría. Y sinceramente no se quién sufre más, si tú intentando oírme o yo tratando de adivinar si enviar las cartas al cementerio o allá arriba en un cohete espacial. Vamos a intentarlo desde aquí, ¿te parece?

Últimamente las cosas parecen desbordarme, me siento incapaz de contener la metralla que me acribilla por los cuatro costados. La violencia de los acontecimientos me deja petrificado en una habitación blanca en el interior de mi cabeza, donde una cama y una ventana son las únicas habitantes de la infraestructura. Me siento sobre la cama, miro por la ventana, y me pregunto cómo he acabado ahí. Me quemo por dentro y por fuera.
Un mal movimiento y se te desencaja el hombro, alguien acaba llorando. ¿Quién pudiera tener pulso de cirujano cuando se trata de abrir sentimientos, de coser emociones?

Todavía me sangran las costras de heridas de días pasados y los minutos, las horas, son elementos perpetuantes de todo aquello que me quema por dentro, que desintegra mis entrañas, que anula mi alma.

Curiosa la esperanza, la fe, que en la más carcelaria de las habitaciones te impulsa a no rendirte, a crear puertas donde no las hay, porque no tiene magia aquel que surca los cielos sin preocuparse de tocar el suelo sino aquel que sin despegar los pies de la tierra lucha por ascender al mayor de los altares.

Y si no peleo, ¿qué me queda? ¿Es rendirse, acaso, una opción, o tan solo una mera ilusión?

Prometo enviarte ésta carta allá donde quiera que estés, pero antes, abuelo, ¿podrías tan solo decirme donde coño te metes?




lunes, 7 de abril de 2014

¿Tiene acaso algún sentido?

Que se quiera cambiar el mundo sin llegar a creer ni un solo segundo que se puede.

Siento que he estado en todas partes sin moverme de mi habitación, y al mismo tiempo me he perdido entre playas, montañas y océanos interminables que guardan secretos tan evidentes como efímeros. Se hace de día, se deshace en la noche, y sigo escuchando la misma canción desde por la mañana hasta el final del día. Me sueno los mocos con cada calada y al mismo tiempo noto que algo cálido y blando me ha estado abrazando todo el tiempo.

Estoy contento, canto, se apaga la luz de la linterna y cuando me doy cuenta es tarde para reprimir las lágrimas. Cuando termino dudo entre volver a empezar o pasar a la fase alegre. Nunca he sido de sonarme los mocos con pañuelo, solo con cigarros. A decir verdad, no me lleno de mocos cuando lloro, entonces ¿por qué estoy fumando? Supongo que será un reclamo a esas horas tan cortas que se me escapan entre latido y latido, esos ratos muertos donde mis playeras están huecas y mis pies flotan sobre la superficie terrestre. Guardo cada deseo y lo propulso de una patada a la incineradora estelar que ilumina a ratos, según la hora del día, mi vida.

Me pregunto si ésta noche la luz de un Marlboro será suficiente para iluminar el camino de vuelta a casa.


domingo, 5 de mayo de 2013

Incoherencias con sentido

Palabras. Segundos de un presente que se evapora con cada sílaba. Picazón en mis entrañas, el sudor en las palmas de mis manos. La perdida del control ante el cuerpo perfecto, ante el alma perfecta.
Una declaración de intenciones para quien jamás... para quien..... Este laberinto de noches y días me hace enloquecer.
Sale el sol y la negrura que guarda las estrellas se tinta de luz. Astros y recuerdos. Un cambio.
Estrangulo mis posibilidades con una cuerda de piano. Una cara nueva que diluye las pautas de mis historias pasadas.

Y en una noche como ésta pierdo las nociones de mi don, olvido como soltar la bestia que radica en todo lo que escribo. La promesa de reencontrarme con todo lo que alguna vez perdí, la remota posibilidad de recuperar lo que merece la pena.

Locuras, candados rotos que rompen la rutina que gobierna mi vida. La formula perfecta, un par de labios, un par de ojos, un par de manos y una persona dispuesta a comenzar un nuevo relato.

Nada de lo que tecleo comprende de coherencia, ninguna de las ideas que me rondan hoy la cabeza se sostienen sobre pilares bien construidos. Hago malabares sobre una cuerda con fecha de caducidad, comprendo la fugacidad del momento con la serenidad que me otorga la pausa en el movimiento. Comprendo y rechazo. Corto las cuerdas que balancean mi cuerpo controlando cada uno de mis gestos. Lucho contracorriente mientras escalo lejos de la negatividad con la que la sociedad me ha enseñado a vivir. Barro la suciedad de mi educación por un mundo mejor.

Soy un juguete roto cansado de ser marioneta.

Yo decido mi suerte.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Fuck.


Estoy cagado de miedo. El dolor que he estado esquivando enérgicamente estos días me ha encontrado tras la cuenta de diez. Soy solo un niño esquivando hachazos que buscan mutilarme . El órgano vital, tu corazón, mi corazón, casquería a buen precio cicatrizada con el devenir de los siglos.

No hay lágrimas que reflejen las toneladas de hormigón que soporto sobre mi pecho, en mi rostro solo un ceño fruncido, en mis manos un cigarro individual y no un hábito de matanza. La electricidad de mi organismo transforma melancólicamente cualquier armonía de más de tres notas en el eco de tu risa, que rebota por las paredes de tu casa, por el martillo, yunque y estribo de mis martirizados oídos. 

Soy un soñador que ha despertado contra su voluntad, con las manos frías y el grito ahogado en sus entrañas. Te echo de menos sabiendo que ésta vez no hubo señal alguna de reconciliación. ¿Cómo pedir perdón cuando no hubo discusión? Nada salvo simples y mortíferos acuerdos de separación. Llevo en mi frente, orgulloso de haberte abrazado, la firma del contrato que divorcia nuestras vidas, que otorga a nuestras almas la desazón de no poder, tal vez jamás, encontrarnos en otros cuerpos.

Si digo que te sigo amando pierdo, si digo que no te pertenezco, miento. 

Se me llena la boca al decir tu nombre para repetir un "nunca más".


sábado, 9 de febrero de 2013

Llamarada

Escucha la rutinaria vibración de los engranajes al detener el coche junto al árbol. Apaga el motor y baja del coche.
Es de noche y lo espeso del olivar oculta bajo las estrellas al caballo de metal que lo ha llevado hasta allí. Sin  conocer el camino, guiado por un haz de luz que surca el cielo sobre las hojas de los árboles, camina asustado. No teme el daño físico. Le asusta la verdad que en unos segundos le será revelada.

En el horizonte temprano, una estructura de dos pisos, rodeada por los árboles y el césped, se yergue imponente. El hombre puede ver, apoyado en un olivo, la ventana en la segunda planta de la cabaña donde nace la estrella de belén que le ha guiado.

Infortunio para él, ha llegado a tiempo para presenciar un nacimiento. No se siente mago, no se siente rey. Trepa, ensordecido por los latidos de su corazón, el olivo más alto que encuentra a su alrededor.

Desde las sombras, sobre la madera, recoge la imagen de dos sombras que bailan sin ropa sobre la cama que existe. El hombre en el árbol reconoce las figuras. Un blues muerto penetra en sus oídos y toca la caja de cerillas por encima del pantalón.

Desciende sin cuidado del árbol y emprende el camino de vuelta.

Camina, con sonrisas y carcajadas, entre el fuego del olivar.


domingo, 28 de octubre de 2012

To death in a storm.

Mi piel grita. Está cerca y jamás volverá. Cae la vida, respira el vacío.
Las historias siempre desplazan el tiempo a un lado, marginándolo, transformándolo en un villano más.

Amarro a clavos oxidados la esperanza de un odio aislado. Peleo a ciencia incierta en un puerto ya olvidado. Lucho mano a mano con aquél recuerdo de garras afiladas y extraña figura ajena a la batalla.

Viajo atrás y temí por mi vida, miro por el retrovisor y hallo la sepultura. Rocas frías privatizadoras de oxígeno. 

Una sombra se levanta. La lluvia renace arrodillándome ante su tumba. 
 
No contesto. Todo va a cambiar. Y se lo dijo, después, se lo repitió.
Años, siempre en pie justo delante, simplemente está ahí. Un día papelera de reciclaje y: no, no, jamás pero estoy delante. No, nunca más pero.. ¿es sólo lo que veo? 
No es algo que lleve en las venas, no es diferente a la peor de las tormentas porque, cuando es perfecta, siempre se acepta.

Esperanza D.E.P





lunes, 10 de septiembre de 2012

Over

Roma arde, pienso mientras sostengo mis temblorosas manos a unos metros de la cajetilla. Me arden los ojos, arde la esencia de la humanidad en mis riñones.

Duele el color fosfato que ilumina el derrumbamiento de los gigantes. Caen ciudades y caen diamantes.
Y aquí estoy yo, sin una botella de whisky conduciendo mi mente a planos inferiores, restregando los oxidados metales que me atrapan entre pestañeo y pestañeo con agua y sal.


Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...