Dinamitar. Colocar explosivos en una infraestructura, pongamos, por ejemplo, mi corazón. Crear un accionador, un dispositivo de acción remota, un detonador. Digamos que el detonador es tu mirada. Acordemos que no sea cualquier mirada para que pueda mirarte sin miedo a volar por los aires, como personas normales, ya sabes. Entonces, en algún momento, uno que yo no sabré y tú no se si sabes, me mirarás. Lo harás y será diferente.
No estaremos hablando de nada especial, no será sobre el amor ni la vida ni el universo, me dirás algo y giraré mi cabeza hacia ti. Me topare con tu cara, esa que no esperé que tuvieras, y me devolverás la mirada. Y tropezaré contigo, otra vez. Chocaré de bruces contra ti manteniendo una distancia de seguridad y aún así, sin moverme ni un centímetro, chocaré contra ti. El silencio será la música del momento, la calma previa a la tempestad, el punto y aparte antes del siguiente párrafo.
Y continuaremos aquí, sin hablar por unos pocos segundos. Tú porque estarás ocupada atravesando mi alma, yo porque estaré ocupado intentando no partirme en dos. Yo porque estaré ocupado explotando y siendo demolido y arrasado y volando por los aires contenido en este cuerpo de carne y piel. Y esperando una taquicardia no seré capaz de escuchar un solo latido y me acojonaré, lo haré por no saber si quiera si sigo vivo. Y te preguntaré si tengo cáncer, si debería dejar de fumar ya, te preguntaré porque serás la única persona capaz de realizar una radiografía en plena calle, sin instrumento, sin intención de dejar sin aliento.
Y lo volcaré todo en un folio en blanco y me vaciaré por dentro. Y estoy bien y sigo entero y mi novia me preguntará qué coño estoy haciendo.
Porque te amo sin haber tenido la oportunidad de quererte antes.
Y no me hace falta, no es ni tan siquiera levemente necesario, nimiamente indispensable. Te amo y ya.
Lo hago aun cuando no recuerdo el color de tus ojos o el tono exacto que tiene tu voz cuando estallas en una carcajada. Ni falta que me hace, mi vida.
Has cambiado antes de peinado, de sonrisa, incluso tu gusto por la ropa ha variado en todos estos años y nunca, por un solo momento, te encontré menos irresistible que la vez anterior.
A veces no sé cómo llamarte, me equivoco y te menciono por otro nombre, uno que ya no usas. Pero cuando acierto, cariño, siento el mismo orgullo que antes. Es como cuando te conozco, bajo la lluvia de noviembre, bajo las llamaradas solares de agosto, repitiendo curso, estrenando año...
Siempre te he agradecido los malos ratos, casi más que los buenos, los escasos y maravillosos buenos que chispean de vez en cuando. Aún cuando cierro los ojos te veo alejarte y dejarme solo en la estación de Atocha, escupiéndome el café a la cara a causa de una carcajada tan memorable como inesperada o repitiéndome en la cama que cada segundo importaba. Te recuerdo en el primer beso y la sonrisa cómplice de después, te recuerdo en el último y las lágrimas que lo condimentaban casi al instante.
Que ya no te vuelvo a ver porque nos separan kilómetros, que tu otra casa está en el barrio e igual al salir a la calle, todo despreocupado, me topo con uno de tus múltiples andares, estilos, olores.
Llegaste por cinco minutos o cinco años pero jamás me podré olvidar de ti porque estuviste y con eso, aunque parezca mentira, es más que suficiente.
Si uno de estos días te llamo, tómalo como un error. Entiende que es un grito descorazonado, que mi alma chirría, que es mi sombra intentando encontrar la luz en sus horas bajas. Que estoy en los suburbios del color sepia y la corteza cerebral, del hipocampo o donde quiera que sea.
Por favor, recuerda que contigo pasé el momento que era mi vida, que aunque no tuviese barba o me encuentre en silla de ruedas, la tuya será la última voz que escuche antes de desvanecerme para siempre, tu piel la última que sentiré en la mía antes de que ésta deje de ser.
Y como último capricho, como reclamo final, pedirte que jamás dejes de quererme. Que a veces lo hice mal, a veces aún peor, pero que pase lo que pase, la mía fue siempre la misma intención: enseñarte quién era yo y entregarme sin dudas al descanso eterno de tus brazos.
Tira de la cadena si no te gusta, si te da asco, si te repugna. Tira de la cadena si te asusta, si te da calambre, si, por desagracia, ya no te escucha.
Tira de la cadena si está feo, si eso no se hace. Agarra la cisterna y tracciona con furia, que por querer que no falte, que si se lo lleva la corriente, eso que te quitas.
Tira de la cadena cuando sientas angustia, cuando te fuercen, cuando opines tan diferente que no quede otra. Tira de la cadena si la cosa ya está demasiado sucia.
Si la rima ya no rima, ni asonando ni de ninguna forma, acércate al váter y tira. Tira con ganas, que para mirar hacia otro lado no hay mejor medicina.
Deshiláchate los errores, hazlos jirones, que salten las costuras, que se te caigan los botones.
Tira de la cadena cuando veas que es mentira, que no te gusta, que te hace llorar, que ya no lucha.
Tira de la cadena si no te quiere como quieres que te quiera, tíralos a él y a ella, los recuerdos, las fotos, las discusiones y las dudas. Que gire el agua, que trague el inodoro, que ruja.
Si te queda pequeño, tira de la cadena, si te queda grande, tira dos veces no vaya a ser que con ello no pueda.
Si te da pereza, palo, desgana, vergüenza, miedo y todas esas cosas que no gustan, tira de la cadena y asómate para asegurarte que nada es lo que queda.
Que te ha abandonado, te ha dejado, que queda feo cacho cabrón, que no te quiere ver ni en pintura y de pintura quería hablar yo contigo, ese color es lo más hortera que he visto. Hazme caso, mujer, tira de la cadena. Y digo mujer, porque si le das consejo a un hombre, tirará de la cadena. A los hombres de verdad nadie debe darles consejo.
Si te hace burla, tira, si ya no sonríe como antes, tira, si ya no ves el brillo en sus ojos, tira una vez más. Si te dice que te quiere demasiado pronto, mi vida, tira de tantas cadenas como puedas.
Si es esclava, si es amo, si somos los dos, tiremos de la cadena con las manos entrelazadas y, te digo una cosa, no se les ocurra tener un hijo antes de tiempo, a ver si voy a tener que tirar de la cadena también por él.
Cuando el ayer duela más de la cuenta, cuando la respuesta que te den no sea la que quieras oír, cuando las cosas no te salgan bien, cuando las princesas mueran de cáncer y los malos de placer, cuando los pétalos no se arranquen y las rosas no florezcan, cuando ni el perro te quiera ver, cuando te moleste la rodilla, te duela la espalda o el cuello no te deje ni estar ni ser, cuando lluevan lanzas y los cuchillos te los claven en la espalda, cuando todo pase y no pase nada, tira de la cadena.
Tira de la cadena, amor mío, y será NADA lo que aprendas.
Desde hace relativamente poco el planeta y las vidas que me importan parecen encontrarse en un punto de inflexión. Y digo parecen porque no me atrevo a condenar las cabezas de los demás. No estoy hablando de la crisis económica ni educacional, no hablo de la casta política ni de la clase social. Hablo de mis amigos. De la crisis de los veintitantos, de la vida, del parece que la cosa se complica.
Y es que hace cinco minutos habría jurado soltar la pala en el parque lamentando tener que estudiar un par de temas de Conocimiento del medio. Cuando he querido darme cuenta la barba me tapaba la cara haciéndome un gran favor, tenía las llaves del coche en el bolsillo y un tremendo dolor de cabeza. Hablo, ni más ni menos, que de ayer.
No acostumbro a ser tan conciso a la hora de escribir, voy a intentar no cagarla más de lo que os tengo acostumbrados.
Como iba diciendo, la cosa se va complicando. Cada vez resulta MÁS difícil despedirnos los unos de los otros, los cargos de conciencia pesan MÁS, las confesiones se hacen con MÁS miedo que vergüenza y la nostalgia se nos atraganta con MÁS frecuencia que antes. Todo lo malo es MÁS y lo bueno parece tan efímero que no da tiempo a sentarse a saborearlo.
No estoy pidiendo absolución ni rogando una mierda. Estoy plantándome ante la tesitosa dificultad del problema, me rasco los huevos ante el dolor de cabeza que nos ha estado acechando.
Estoy hasta las pelotas del consuelo, del perdón, del arrepentimiento, de las lágrimas a largo plazo con una comisión de apertura tan desorbitada que da risa. El coste, chicos, no es tan alto. Y es que, como una buena hostia, el dolor es tan real e intenso como los rayos del sol en la costa. Nos estamos quemando.
Continuando con la alusión al verano, ahora me estoy pelando. Que no, que no me estoy masturbando, volvedlo a leer. Si, era eso, me estoy pelando como un leproso demasiado pijo para arrancarse algo más profundo que la primera capa de piel.
En este momento escuece, la dermis está roja y al tacto parece la armadura de cuero de un espadachín. Es solo momentáneo. Solo ahora, puede que mañana también. Llegará un momento en que las penas, como a mi la piel, se os comenzarán a caer. Se desprenderá de vuestras almas como cosa vieja que será y tras el picor, el vacío, las ganas de hacer algo más que llorar, volveréis a brillar bajo la luz del sol otra vez.
Es casi una ciencia exacta, os quemaréis más tarde, si, tocará otra vez. Y no hay absolutamente nada que podáis, que podamos hacer, para impedirlo.
No os estoy condenando, os estoy gritando. Estamos aquí. Somos nosotros y os queremos. Ese es el mensaje, espero haberlo comunicado bien.
No nos apetece sufrir y lo estamos haciendo. A mi, chicos, me apetece hacerlo riendo.
Se lo dedico a todos los que lo están pasando mal, a los que conozco desde hace años y a los que conozco desde hace una semana, a los que escuchan, a los que me gusta escuchar, con los que, en definitiva, se puede conversar.
Explotados. Masacrados, expuestos a las desavenencias del tiempo,
a la intemperie sin el taparrabos, desastrosos y desolados. Si el tiempo
quiere, nos concederá el beneficio de la duda.
Hubo una vez en que las cosas fueron fáciles. Castillos, peleas
con final feliz, una brecha en la coronilla y un seis en conocimiento del
medio. Hubo un tiempo en que los corazones volaban alto y nunca se rompían. Sonrisas sinceras e insultos que se desvanecían
al final de la tarde.
Hemos viajado lejos, nos hemos olvidado de meternos en la maleta y
hemos terminado tan desnudos como alguna vez siempre estuvimos. Somos juguetes
rotos que un día circulaban a toda velocidad, corazón en mano y voz en grito. Y
ahora, corrompidos como yacemos, ensuciados hasta los pulmones, enmudecemos. Te
van a hacer daño, le van a hacer daño, la vas a destrozar, va a acabar contigo.
Este es el disparo final, no hay perdiz que devorar. Tu cuerpo ya no es tuyo y te
desangras en el suelo pidiendo clemencia al cielo donde las nubes dibujaban arte,
donde la luna estaba al alcance de las manos. Y ahora la fuerza se te va en las
intenciones, se nos va momento a momento, exhalando actuaciones, propiciando
daños. Daños en forma de lágrimas, caricias en sepia, tan lejanas en el tiempo
como aquellos años de brincos y combates imaginarios.
Ya no estamos donde estábamos, las cosas han cambiado, tú has
cambiado ¿acaso no lo ves? Se nos van los esfuerzos en sueños, los besos se
quedan en eso, en miradas cargadas de intenciones, de arranques frustrados.
Y la gente se desvanece, envejece, todo pasa al mismo tiempo.
Fantasmas transitando un presente despreciado en busca de un futuro prominente,
uno que se nos escapa a zancadas, huyendo de los monstruos que lo persiguen.
Cada día es un zarpazo, una cicatriz en la mejilla y los gritos
reverberan en las paredes, la ira en nuestras manos, la vida fracturada, los
huesos calcinados.
Qué lejos has quedado, amada mía. Y no nos queda otra que sonreír,
que tomarlo con humor mientras los ojos se nos cierran para no volver a
abrirse. Es una bonita última mirada al nunca jamás, al entierro de la
oportunidad, defenestrados nos hemos dejado.
Es un último intento, un último empujón. El café se queda frío. Se
nos ha ido el momento, se han separado los cuerpos. La sangre sabe bien.
Ahora sabe diferente. Todas las piedras, todas las cañerías, todas las hojas que meto en mi boca, todo saben diferente. Probablemente sea mi lengua, cansada de respirar ambientes de sagrada comunión, de lazos fraternales y besos bajo las farolas de una pequeña plaza abandonada demasiado pronto.
Tal vez tenga algo que ver con dejar los dientes fuera con cada calada, con el escozor que me supone la vida introduciéndose por mis fosas nasales sin permiso de circulación. Todo me supone siempre demasiado para aspirar en una sola noche, demasiado para evitar el nudo que nace, se reproduce y muere en mi garganta.
El triunfo ajeno me hace parpadear, no por sorpresa ni recreación, nada espacial, son las legañas del ermitaño las que me hacen abrir y cerrar. Teníamos una especie de acuerdo tú y yo, un acuerdo que me ha mantenido vivo, crucificado en la iglesia de la castidad sentimental durante algo más de dos décadas, un trato que se desvanece y que me hace caminar con las manos en los bolsillos, ocultando con vergüenza ajena los orificios de los clavos con los que me fijaste a la cruz del jamás de los jamases en la iglesia de Solo Palabras, Lo Demás En Tu Imaginación.
Pasé dos noches en vela prorrogables en la eternidad. Dantesca hija de puta. Juntos ganamos el Oscar al beso más extraño jamás consensuado en una tartana estacionada en doble fila.
Ahora siento la necesidad de resucitar a Carl Sagan para asegurarle que el gran misterio no yace oculto en lo profundo de un agujero negro, que está entre tus piernas, cerrado a cal y canto para nadie excepto para mi.
Nunca llegamos a llorar juntos, pero hizo tan poca falta que el cielo nos brindó lágrimas cuando la orquesta la formamos tú, yo y nuestra eterna discusión de si no si no.
Derribaron el muro de Berlín y jamás fuimos capaces de imitarles por más fuerte que golpeásemos el gran muro de mierda que nos mantenía tan unidos en la distancia. Nunca fui capaz de definirme sin referirme a esa comezón intestinal que me mantenía erguido sobre mis dos patas traseras, como un chucho que busca la recompensa a tan sacrílego esfuerzo. Participar es lo que cuenta, me han dicho siempre los calvos del día a día.
Y ahora me hablas del puto sol y yo sigo siendo un niñato de veintiún años con el mismo problema de siempre.
Quizá por eso te hago huir antes de que lances rocas como el puto monte Roushmore sobre mi tejado. Siempre pensé que estaba poco preparado para esto, no soy competente, soy el cuarto cerdito, el que se construyó un refugio antibombas pensando que serviría de algo.
Pregúntame que tal estoy, y quizá sea capaz de enseñarte los nudillos que tan duro he estado entrenando.
Hansel y Gretel. Todos conocemos la historia de Hansel y su hermana Gretel y su abrupto final. Gretel y su hermano Hansel se sonrieron el uno al otro, en paz al fin, en aquel horno donde sus cuerpos se fundieron con las cálidas llamas del final. Demasiado orgullosos para aceptar que se habían equivocado dejando el rastro de migas de pan, demasiado cobardes para admitir que podían haber evitado el dolor, el fuego consumiendo sus cuerpos antes de tiempo.
Puedo ver la oscuridad al otro lado del cristal, veo el sendero ramificarse ante mi, ofreciéndome la oportunidad de decidir. A mi alrededor puedo ver rostros conocidos estrechando la mano caníbal de la amable derrota, de sonrisa pútrida y ojos opacos. Rompo una lanza a su favor, esa señora tiene cierto encanto.
Estoy tomándome mi tiempo, estirando las piernas, mirando al suelo. Miro las piedras sobre las que se posan mis pies descalzos.
Estos días hay una idea que no para de rondar mi cabeza, me asalta cuando me levanto, cuando estoy pensando, cuando no, cuando me acuesto y cuando no existo. Comienzo a creer algo tan evidente como invisible.
Todos saben que es necesario mirar hacia adelante, decidir qué deseas y cuanto lo necesitas pero he comenzado a plantearme que es aconsejable, y digo indispensable, prestar atención a lo que sucede aquí y ahora, a desviar un momento la vista del horizonte y comprobar el calzado con el que hoy estás pisando mundo.
Hoy he llegado realmente cansado, con ganas de acostarme y dejarme descansar pero no consigo desconectar. Estos pensamientos no dejan de gritarme, de pellizcarme, de llamarme por mi nombre de pila, y es que creo firmemente que intentan decirme algo.
Recientemente acabo de darme cuenta de que hay gente a mi alrededor. Gente más allá de mis necesidades, de mis prioridades, de mis sentimientos y preocupaciones.
Gente viva.
Es algo chocante y por primera vez en mi vida me asalta la posibilidad de comportarme como un hombre y dejar de ser el niño egoísta que no busca, que no mira, que no anhela más allá de su propia inmortalidad.
Resulta complicado asumir una nueva realidad y no olvidarse de respirar.
Estoy cogiendo aire antes de comenzar a caminar porque cuando el día se acabe no quiero tener que pensar "es demasiado tarde, no hay vuelta atrás". Tengo la oportunidad de buscar el cartel luminoso que indica el camino correcto, el que me mantenga lejos de mi propio horno de egoísmo.
Voy a hacerlo lo mejor que pueda con un ojo vago, bajo el eclipse lunar.