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miércoles, 19 de abril de 2017

Me pasas en Amsterdam y en Navidad

Veo la apuesta y subo la mirada dos tercios más.

Tus labios quedan a una altura genial. En ellos la llave, el transporte a un viaje de veinte segundos que desintegra todo ápice de realidad.

Tan solo una nariz por encima un par de ojos, dos de ellos, observan cada movimiento que hago en un intento por alcanzar todo aquello que te intento enseñar. Dos vórtices de límites castaños que mutan en un verde coral cuando tu día tiene melodía y todo te sabe bien, más a sidra que a champán.

También se escribe así.

Y acompañas esa cara que cada día se me antoja más divina, que no angelical, con gestos de épica trivial.

Una torrija en un banco que sabe a navidad.

El shushi sobre la almohada que no sabe lo suficientemente mal para poder parar.

El libro de cabecera que no sabes que leo y que me hace llorar.

El pájaro de Amsterdam que atrapaste con las manos y me pusiste para llevar.

Diez minutos de seriedad, treinta y cuatro de risas desafinadas y energía que no antigua sino ancestral.

Toda una gamma de pequeños trozos de vida que compartes conmigo por algún motivo que no atino a adivinar.

Debe ser por mi sonrisa o mi forma de mirar, por mi inoportunismo o falta de tacto al delirar, por los si si si, no no no, guau guau guau y todos los demás.

O quizá porque te pasa como a mi. Porque se te para lo que se mueve cuando te detienes a mirar. A hacerlo por dentro y hacerlo de verdad.

Me pasa cuando sabes que tengo algo que decir y me llevas a una escalera para subirte un escalón por encima y quedar a mi altura (no sabes que hace tiempo que andas por encima aún estando de rodillas), también cuando te encuentras mal y me dejas decir para que me puedas escuchar cómo te intento consolar.

Me pasas cuando me atrapas con fuerza de amazona contra tu cuerpo y gritas en mitad de cualquier calle, aquí y en Marte.

Eres extraterrestre. Y estás loca. Y tienes defectos.

Y si no los tuvieras, o si lo hicieras pero no fueras capaz de rectificar, jamás te diría que te quiero de verdad.



jueves, 30 de julio de 2015

Suframos, pero hagámoslo bien

Desde hace relativamente poco el planeta y las vidas que me importan parecen encontrarse en un punto de inflexión. Y digo parecen porque no me atrevo a condenar las cabezas de los demás. No estoy hablando de la crisis económica ni educacional, no hablo de la casta política ni de la clase social. Hablo de mis amigos. De la crisis de los veintitantos, de la vida, del parece que la cosa se complica.

Y es que hace cinco minutos habría jurado soltar la pala en el parque lamentando tener que estudiar un par de temas de Conocimiento del medio. Cuando he querido darme cuenta la barba me tapaba la cara haciéndome un gran favor, tenía las llaves del coche en el bolsillo y un tremendo dolor de cabeza. Hablo, ni más ni menos, que de ayer.

No acostumbro a ser tan conciso a la hora de escribir, voy a intentar no cagarla más de lo que os tengo acostumbrados.

Como iba diciendo, la cosa se va complicando. Cada vez resulta MÁS difícil despedirnos los unos de los otros, los cargos de conciencia pesan MÁS, las confesiones se hacen con MÁS miedo que vergüenza y la nostalgia se nos atraganta con MÁS frecuencia que antes. Todo lo malo es MÁS y lo bueno parece tan efímero que no da tiempo a sentarse a saborearlo.

No estoy pidiendo absolución ni rogando una mierda. Estoy plantándome ante la tesitosa dificultad del problema, me rasco los huevos ante el dolor de cabeza que nos ha estado acechando.

Estoy hasta las pelotas del consuelo, del perdón, del arrepentimiento, de las lágrimas a largo plazo con una comisión de apertura tan desorbitada que da risa. El coste, chicos, no es tan alto. Y es que, como una buena hostia, el dolor es tan real e intenso como los rayos del sol en la costa. Nos estamos quemando.

Continuando con la alusión al verano, ahora me estoy pelando. Que no, que no me estoy masturbando, volvedlo a leer. Si, era eso, me estoy pelando como un leproso demasiado pijo para arrancarse algo más profundo que la primera capa de piel.

En este momento escuece, la dermis está roja y al tacto parece la armadura de cuero de un espadachín. Es solo momentáneo. Solo ahora, puede que mañana también. Llegará un momento en que las penas, como a mi la piel, se os comenzarán a caer. Se desprenderá de vuestras almas como cosa vieja que será y tras el picor, el vacío, las ganas de hacer algo más que llorar, volveréis a brillar bajo la luz del sol otra vez.

Es casi una ciencia exacta, os quemaréis más tarde, si, tocará otra vez. Y no hay absolutamente nada que podáis, que podamos hacer, para impedirlo.

No os estoy condenando, os estoy gritando. Estamos aquí. Somos nosotros y os queremos. Ese es el mensaje, espero haberlo comunicado bien.

No nos apetece sufrir y lo estamos haciendo. A mi, chicos, me apetece hacerlo riendo.

Se lo dedico a todos los que lo están pasando mal, a los que conozco desde hace años y a los que conozco desde hace una semana, a los que escuchan, a los que me gusta escuchar, con los que, en definitiva, se puede conversar.

Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...