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martes, 11 de julio de 2017

La noche más larga

No duermo.

Cuando duermo con mi perro me late en el costado como si fuera parte de mi pero ajeno a mi.
Lo noto más que ese hígado, ese páncreas o ese futuro cáncer que no siento pero tengo.

No puedo dormir.

Es una batalla por el sitio que te pide el cuerpo. No nos tocamos, no vale empujarse, gritarse, ladrarse o morderse.

Nos hemos intercambiado los lados. No nos hemos tocado, no ha pasado por encima de mi. Somos nadadoras de natación sincronizada.

No me duermo.

Ahora me pica el cuerpo. Me están mordiendo los hijos de puta.
Cuando duermo con mi perro su respiración es tranquimazin y la cama no se mueve y yo no oigo ni veo, solo siento y es más de lo que recomiendo.

Siento.

Mi puta imaginación se ha transformado en mosquitos que zumban en mis oídos como obuses de la segunda guerra mundial. Mi perro es el furher.

Eres tan nazi que jamás te atacarían.

Oh mierda, ahí vienen, demonios, diablos vestidos de doncella. Me llaman gilipollas. Me hacen la cobra. Todas. A la vez.

Mi perro se ha tirado un pedo y se ha cagado de miedo. Yo no me muevo, no puedo. Ellas me han amarrado a la cama y no puedo dejar de ver la cara de Nicolas Cage en el techo.

Cuando duermo con mi perro no duermo. Soy un trozo de piel del reino animal al que le comen por dentro.

La vida es solo un entretiempo y yo un chico con una polla decente y mucho miedo en el cuerpo.

Me despierto. Cuando duermo con mi perro, no duermo.

jueves, 9 de junio de 2016

Grito del verbo ladrar

Marlboro ha llegado a la fiesta, desde mi bolsillo, siempre puntual, directo a la puerta entre mis labios, vía libre a mi alma, mal real a mis pulmones.

Hoy voy de negro otra vez. Es el color de mi pelaje, bueno, en eso no me he fijado. Esta noche no encuentro el frío que me ordena marcharme a casa, a enrroscarme bajo el edredón.

Barra libre de oportunidades, cerramos con el ocaso, cuando el mar esté en calma, cuando tengas la decencia de hacerme caso. Pórtate bien, sé bueno, me dice la carra de perro que me devuelve el espejo. Me sonrío, el chucho ya ha pensado dónde va a mear, el número de veces que levante la pata lo deja al azar. 

Me sacudo las pulgas de encima, me coloco el tupé con el pulgar, mis cuartos traseros aún están por reaccionar. Vibra el teléfono, conduzco por el barrio de nuevo, bajo la ventanilla, me he sacado a pasear, saco la lengua, comienzo a jadear. 

Camino con el resto de animales, en el zoo sirven cerveza, no me encuentro los dedos para contar. Bebo hasta olfatear. Oigo al gato de al lado maullar. Se ha atragantado con el humo, otra vez, una bola de pelo va a vomitar. 

Los aspersores saltan, el verde comienzan a regar. Reímos sin poder parar, sin saber que nos estamos yendo, en realidad.

De pronto un hueso volando en forma de mensaje en mi teléfono, muevo el rabo, salgo disparado como cohete hiperespacial. La contesto, debería darme igual pero esta noche es especial, incluso el agua lleva gas. Noto las burbujas estallar en mi cerebro, la efervescencia creciendo y aúllo a la luna como si fuese mayor, más salvaje, más letal. Lo tengo claro, es ella a la que debería hacer aullar, la que me quiere castrar. 

La noche ha terminado, todos de vuelta a casa, por la puerta de atrás. Podría ser peor, podría ser el veterinario. 

Cacarean, bufan en tono de burla, croan a modo de despedida. Chocamos huellas, hasta que nos vuelvan a sacar, me separo. Esta noche vuelvo a pata, como buen can.

De camino a casa mi sombra es alargada, como de pastor alemán, y la hija de perra me ha hecho llorar a gimoteo vivo, sin lágrima alguna.

Esta noche voy a soñar.





Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...