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miércoles, 17 de julio de 2019

Esto es quien soy cuando no llevo ropa

He perdido al amor de mi vida, he sido rechazado por aquellos a los que he tratado de pertenecer desde que tengo uso de razón, he perdido toda esperanza y el norte en unos ojos que recé me devolvieran la mirada pero permanecieron cerrados.

He caído presa del humo y los espejos donde dejarme engañar era la única forma de afrontar la realidad. De no limitarme a sobrevivir y poder borrar con ignorancia la primera parte de la palabra.

He aprendido que siempre estaré solo cuando la vida me ponga contra las cuerdas; todos los años se repiten en goteo días donde la filosofía aprehendida se va por el desagüe y no hay receta que cure el dolor de mi corazón fracturándose y dejando de latir en mi.

He sentido mi alma apagarse gradualmente extinguiendo la persona que soy.

He perdido oportunidad tras oportunidad tras oportunidad. Lo he hecho luchando con cada músculo de mi cuerpo.

Podría llorar si me parase a recordar todos los besos en los que la he sentido de cartón, ausente, lejos de mi amor, y he tratado de traer su alma de vuelta a este mundo. Todas las veces en que he sentido que lo único con lo que he conectado en mi vida no podía conectarse a mí.

Podrían caerme lágrimas si te confesase que esa es la sensación de soledad más grande del mundo.

Podría llorar si me parase a recordar cada vez que he corrido con fuego en mis pulmones y cristales en mis piernas y la meta permanecía tan distante que se tornaba invisible como una liebre que no se dejará alcanzar por un lobo que, seguro, morirá de hambre.

Podría plañir si pesase en la balanza el esfuerzo que me ha costado el esfuerzo desde que tengo uso de razón per se y cómo cuando me superé a mi mismo como una bala de cañón mi sueño vestido de uniforme me decía "no, vuelve por donde has venido, no eres lo que buscamos, lo que necesitamos, no eres la persona que quieres ser, no eres la persona que en el fondo creíste que eras."

Podría gritar anegado en mi propia tristeza sin más agua en el cuerpo si me detuviese a recordar cada vez que ardí por ella en todos estos años, cada vez que luché contra mi mismo pensando "he perdido una batalla, pero no la guerra" cuando detrás de cada obstáculo lograba distinguir un reflejo de amor en sus ojos, revés tras revés, ladrillo tras ladrillo del muro del material más duro del mundo que juntos construimos y mantenía nuestros cuerpos separados.

Podría morir si me dejase hablar en mi cabeza para decirme "al final lo lograste y tras un par de tropiezos te rendiste, como haces siempre".

Podría cavarme mi propia tumba y elegir un nicho intentando que las personas cercanas a mi jamás notasen nada de todo esto, tratando de no culpar a ninguno cuando al sonreír diesen por hecho que todo está bien.

Soy un penitente sin Dios al que rezar, sin salvador en el que depositar mis más grandes miedos para dejarlos mutar en una fe férrea que me empuje a caminar.

¿Estoy, acaso, acabado?

Puedo asegurarte que a pesar de todo esto me verás levantarme bajo la lluvia, sobre mi propio charco de sangre. Gritaré con el fuego que abrase mis pulmones y volveré a golpear con todos mis nudillos fracturados. Mover el peso muerto de mi cuerpo agotado será como levantar una montaña sobre mis hombros en el día más nevoso del invierno pero me romperé cada hueso en mi cuerpo si es necesario.

No suplicaré, no me arrodillaré. He aceptado el dolor, he curado mi sufrimiento.

Ya no tengo miedo, pues yo soy mi propio diablo y ni castigándome al mayor de los infiernos habrá Dios capaz de someterme.

Ya no tengo miedo.




martes, 30 de octubre de 2018

La caída del pistolero

Puedo oírlos, están cerca.

Miro su cadáver en el suelo y aún puedo olerlo vivo. Mis alforjas están en el suelo, junto a él.

La luna brilla entera en un cielo que no brilla como si estuviera vacío. Allá a lo lejos debe haber más que sueños y estrellas.

El galope de varios caballos aproximándose aceleran mi corazón. No sé si estoy más nervioso porque voy a morir o por no poder hacerlo en paz.

Es un buen sitio, la verdad: en medio de la nada.

La sombra del abeto más cercano se dibuja hasta rozar mi cabeza. Estoy solo pero mi alma sigue con ella. 

Puedo ver sus rizos dibujados en el charco sobre el que estoy parado. Puedo verla sonreír entre el barro y mis espuelas. 

Puedo vernos bajo el sol de algún prado donde ella cabalga libre y yo la contemplo desde nuestro porche, más libre aún.

Oigo los gritos de los hombres que vienen por mi cabeza y rozo el revólver con las puntas de los dedos.

He sido el malo de este cuento, ¿serán treinta segundos suficientes para redimirme y buscar el perdón?

Solo quiero el de ella. Solo quiero el suyo en el bolsillo de mi chaqueta.

Los equinos levantan polvo al frenar en pocos pasos ante mi. En el reflejo de sus miradas creo que entienden como me siento.

Uno de sus jinetes habla.

- ¡Maldito hijo de puta has matado a dos de nuestros amigos!

Mis botas están pegadas al barro, la mano de mi ángel parece agarrarme desde el espejo de agua en el suelo. Ya es tarde para mi, cariño, pienso.

- ¡Maldito cabrón mírame a la cara cuando te hable!

Desenfundo y busco su mirada para concederle un último deseo.

Como si ya todo estuviese congelado soy el primero que dispara y el único muerto. O eso creo hasta que veo caer tres de los cuatro cuerpos del caballo justo al tiempo en que yo toco el suelo con el mío.

Una luz se abre paso en el cielo ante la atenta mirada de un hombre muerto.

Dejadme pasar, ya casi la veo. 

Hola cariño, cuánto tiempo.




martes, 30 de enero de 2018

Naces, lloras, mueres.

Naces.

Naces rodeado de batas blancas, estetoscopios y azotes en el culo que te arrancan tu primer llanto.

No sabes por qué te hacen llorar pero todo el mundo parece contento.

Las lunas se van sucediendo y dices tu primera palabra. Es mamá. Sigues llorando para comunicarte, vuelves locos a tus padres.

Llega el invierno y ves el juguete al otro lado del pasillo. De pronto, sin saber muy bien cómo lo has conseguido, estás de pie. Te balanceas y con dificultad das tu primer paso. Tus padres no lo ven, pero días más tarde repites la hazaña delante de ellos.

Lloran. Tú no, no es el momento.

La vida se sucede entre juegos y baños calientes. Es tu primer día de clase. Te llevas tu juguete favorito al colegio, te da seguridad. La profesora está con uno de tus compañeros, está llorando. Coge tu juguete del suelo y se lo da. Notas como se humedecen tus ojos.

Hace ya más de una década de aquello y tienes acné. Te preocupa pero tus padres te dicen que desaparecerá con el tiempo, tú solo quieres que ese momento llegue ya.

Hay una persona en el instituto, dos mesas por delante de la tuya. Cuando la miras tus hormonas se disparan. Un día, tras un examen que no habías preparado, sales triste al patio. Te cruzas con ella y te dice hola. La cara se te pone roja. Salís juntos tras hablar un par de días. La tarde es divertida, camináis hasta su portal. Os besáis. Es tu primer beso.

Cinco semanas después te dice que le gusta alguien más, alguien que no eres tú. Ese día tus padres no pueden evitar que llores toda la tarde. Temes deshidratarte hasta morir. No te mueres.

El acné ha desaparecido y han dejado de llamarte adolescente en los sitios. Estudias lo que te gusta, el problema es que no te gusta estudiarlo. Apruebas el último examen y haces una fiesta por todo lo alto.

Has bebido lo suficiente para perder la vergüenza y el miedo. Tus amigos te presentan a alguien nuevo. Habláis un poco y a ti te parece que os conocéis de antes. Te dice que hueles a colonia y alcohol, tú contestas que está de moda beberse las colonias y bañarse en cerveza.

Os vais a vivir juntos.

La vida es maravillosa. Vais a la perrera y ampliáis la familia, se llama Rufo. La idea es suya y no sabes si ya quiere al perro más que a ti. Esa misma noche os vais pronto a la cama y te recuerda que no, que tú eres lo más.

Cenando una pizza en la cama propones matrimonio. Se ríe de ti y tras un par de chistes te dice que si. Os reís y comenzáis a llorar entre carcajadas. Rufo se sube a la cama de un salto y comienza a ladrar, él también se quiere casar.

Si, quiero suena a lo más convincente que has dicho nunca. Te lo devuelven y te retumba por dentro durante el resto de tu vida.

Es vuestra luna de miel. Os bebéis un mojito sobre la orilla de una playa con el agua casi cristalina. Ella se marea y cae inconsciente sobre la arena. Con el corazón en un puño consigues reanimarla, te dice que está bien, que ha sido un golpe de calor. No la crees, es de noche.

Cáncer. No llora, no es el momento. Tú si, más tiempo de lo que jamás lo habías hecho.

En cuestión de tres meses cuelga sobre ti un cartel que dice viudedad. Vas a visitarla al cementerio, sabes que es estúpido y que no puede oírte pero hablas como si nunca se hubiese ido. En ocasiones te parece escuchar su voz riendo por lo bajo, como un susurro que arrastra las hojas por el suelo.

Pero no es así.

Un día te despiertas gritando con lágrimas en los ojos y le pides a Dios que te la devuelva, no importa si regresa junto a tu acné.

No importa. No vuelven ninguno de los dos.

Rufo la echa de menos tanto como tú. De vez en cuando se sienta en mitad del pasillo y mira fijamente a la puerta. Llora. La espera. La escena te rompe el corazón una y otra vez.

Llega el tercer agosto desde que estás solo y con él energías renovadas que te permiten mudarte. Rufo y tú os vais al bosque. Ama dar largos paseos y ver otros animales. La cabaña es bonita, estar lejos de tus amigos es lo único malo. Eso y no poder ir al cementerio. Te dices que puedes hablar en cualquier sitio pero te sientes más lejos de ella.

Te acostumbras con el paso de los años.

Estás en el supermercado, se te cae una naranja al suelo. Una mujer se agacha rápidamente y la recoge.
No puedes creerlo, pero por un instante era ella. Contienes las lágrimas y recoges la naranja.

Es el décimo aniversario de su muerte y Rufo no se despierta. Le entierras en el bosque, junto a su árbol favorito y aprendes a vivir completamente solo durante los siguientes dos años.

Tus huesos suenan cuando te mueves y las arrugas en tu rostro son innegables. El médico no te lo ha dicho pero no parece que vayas a llegar a los noventa años. Tomas seis pastillas al día y hace mucho que no sabes cómo es no tener dolor.

Lo piensas y te asustas. Podría ser hoy. Podría.

Te arrastras en pijama apoyando tu bastón sobre el suelo de la cabaña. Te sientas frente a un papel en blanco con un bolígrafo en la mano y lloras. Quieres contarlo todo pero no sabes cómo.

Te duelen el pecho y el brazo izquierdo.

Escribes esto. Lloras.

Mueres.







domingo, 30 de noviembre de 2014

Diario de Vien. Primera entrada.

El cielo estaba como hoy, amenazando con dejar escapar la luz entre las nubes. Meras amenazas, no iba a hacerlo. Ella si le echó cojones. Se marchó horas después de matar a nuestro hijo.
No la guardo especial rencor, jamás había podido mirarle a los ojos y explicarle que el mundo es enteramente negro.
No es que no destruyese mi vida entera, me despojó de la esperanza de tener esperanza, ilusiones y una vida plena, me robó la posibilidad de leerles a ambos la caja de cereales cada mañana. Tampoco hace falta hacer leña del árbol caído, era la mujer de mi vida y me dejó húmedo y vagabundo en un callejón cualquiera, fuera del alcance de la gran mayoría. Antes era rico, ahora solo tenía dinero.

El cielo ha dejado al sol acariciar mi hombro en la justa medida y se ha retirado de nuevo allá arriba.

¿Debería reconfortarme la idea de saber a ciencia cierta que Dios siente lástima por mi? ¿Que al mismo diablo se le ha escapado una lágrima de azufre en su trono de lujuria y perdición?

Cuando salgo a caminar hasta los ladrillos me gritan que no mire atrás.

Ya saben por qué me visto siempre de negro. Me dan el pésame y yo entierro sus palabras. No creo a nadie, no me fío del rostro en el espejo ni de la música que dice empezará a sonar. Solo me quedan la ceniza y los muros donde han quedado sepultados aquellos orgasmos que antes me regalaba.

Paseo mis dedos por el cerco dorado de la oveja descarriada, me trasquiló la casa, el coche, la puta vida.

Aún guardo tras los párpados la escena con la maleta y la nota de confesión que descuartizó nuestras vidas y a nuestro hijo nonato.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Microrelato nº1

Cerré los ojos esperando encontrar un atisbo de vida en mi interior. La oscuridad emergente me subyugaba a creer que jamás podría volver a tenerla entre mis brazos. Las sábanas de seda se transformaban en zarzas cortantes bajo el velo del resentimiento, de todo el dolor y el tormento.

Un beso bajo la luz de la luna, un disparo en la oscuridad.

Un aura de tinta embriagaba mis sentidos, la sangre fluía por el río. No estaba, ella se había ido.

Su voz rasgaba el aire llegando a mis oídos, gemidos de auxilio desgarrando mi mente como papel mojado. Creí adivinar la dirección correcta entre los gigantes de madera que arropaban mis peores pesadillas.
-¡Zach!

El aire escocía en mis fatigados pulmones, mis piernas flaqueaban tras interminables minutos de inútil carrera. No me acercaba, no llegaría a tiempo. Ellie...

Unos metros más adelante el cielo perdía profundidad. Corrí desaforado, angustiado, rezando por la frágil vida de aquél ángel arrancado de mis manos, despojado de sus alas...
-¡Ellie!- grité con la intensidad de mis sentimientos.

Me detuve en seco, congelado. Una luz intensa como el sol emergía tras los arbustos en mi camino.
Indefenso como un espectador retrocedí unos pocos pasos.

Las lágrimas se sucedían en su rostro en un reguero imparable de tristeza y despedida. Caminaba lentamente, atravesando la luz que parecía acompañarla.
-¿Qué coño está pasando? ¿Estás bien?
-Zach...
Era ella, estaba bien, a salvo otra vez.
Me acerqué apresurado, motivado por la incontrolable llama que nacía en mi interior. No se había ido.
Estire mi brazo para acariciar su mejilla.
- Ellie...
Me derrumbé sobre mis rodillas y sentí como mi alma abandonaba mi cuerpo con cada suspiro para huir, presa del dolor.

Pasos toscos y pesados transportaron a Charlie al relato de mi pérdida.
-¿Qué pasa, estás bien?
- Se ha ido Charlie, ya no está.

La noche se cerró sobre nosotros sepultándonos en un baúl de oscuridad y locura.












Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...