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viernes, 30 de octubre de 2020

Este es el camino

Escribo vida y el arroyo de un río montaña abajo yendo a morir a la eternidad recorre mi cuerpo.

Ambas palabras existiendo en el movimiento constante. 

A veces en uno tan brusco y directo que pareciera el tiempo pidiera permiso para congelarse y detener la transformación que lo cambiará todo de un segundo al siguiente.

A veces en uno tan sútil e inapreciable como la erosión de una roca en el desierto acariciada por la sábana del viento cada día en la mañana, década tras década.

Quizá un día el agua de ese río hierva tu sangre y te haga enloquecer y perder por completo el control de tus acciones. Podría quemarte la piel y mil ampollas maquillarían tu cuerpo impidiéndote vestirte a gusto, con el rostro tranquilo, sin romper tu boca, tus ojos, tus mejillas en abruptos y reactivos gestos de dolor. Colerizando tus respuestas antes tranquilas en un volcán ardiente que quemaría todo cuanto crecía a su alrededor.

Ese río podría, en otro momento, congelarse hasta aparantemente detenerse por completo y cortar cualquier atisbo de respiración, de energía o percepción de las extremidades de tu cuerpo. Borrar tu sentido del tacto por completo, hacerte difícil, imposible, la tarea de conocer qué es lo que estás tocando, cuánto corta la hoja sobre la que caminas, cuán de verdad es la piel que te quiere en la intimidad de vuestros cuerpos, antes, candentes.

Podría generarte apatía, desolación, conversión a una fe dogmática en busca de sentido a la era glacial que tus ojos cuentan que vives a todo aquel al que devuelves la mirada.

Y el fin de semana, al principio de un cambio buscado, cuando se disfrazase en equilibrio de claridad y transparencia, de balanza alineada, el río podría mutar en una agradable tarde de verano. Llegaría a ser una fiesta de cumpleaños donde todo aquel ser que has amado haría acto de presencia con algo para tomar bajo el brazo, ladrando, maullando y el agua drenase cada gota de veneno almacenado alguna vez en tu cuerpo para dejarte ser y sentir en todos aquellos que caminan hacia ti queriéndote de la mano, en algún momento, antes de partir para siempre y transformar en energía un último pensamiento que nunca podrá ser recitado.

La corriente te arrastrará unos días, fatigándote, retándote a nadar, a bracear todo aquello que no te gusta lejos de ti para dejarlo atrás. Lo hará, si, pero no te ayudará.

Y cuando estés llorando posado en la culpa, la traición o la soledad de un banco en una calle desconocida, tras el primer reguero de lágrimas, quizá ese día te sorprenda dejándote flotar boca arriba bajo un cielo infinito sin una nota más alta que otra en una partitura que mecerá tu consciencia invitándote a reconciliarte con cada canto rodado en el camino, con cada problema presentado, cada muro levantado.

No peques de inocencia, ya hace tiempo te sabes empapado descendiendo con la corriente a esa nada inabarcable donde todo termina.

No trates de engañarte, no hay trucos de magia que sirvan cuando la certeza del río corriendo a desaparecer te aseguran una muerte irreversible. Un hundimiento final.

Este es el camino. Tú camino. 

No edifiques culpa, germina responsabilidad.

Yo trataré de ser fiel a ese en quien me he conocido.


Nada hará que termine diferente, que el río se detenga en un disfrute infinito, pero qué bonito... 


... qué bonito distinguir en el espesor de cualquier bosque

una mirada certera vestida por un corazón noble 

que se promete jamás dejar de remar, 

subir a su barco a todo aquel náufrago vencido

arrastrado en algún punto del camino

poniendo una venda sobre la herida ajena 

cerrando otra en su corazón herido,

ahora encontrado, una vez perdido.


Qué bonito reconocer la libertad

en un acto heroico 

que condena al propio final

por encontrar responsabilidad

en la vida vivida por uno mismo.









 

lunes, 18 de mayo de 2020

Érase, Es y Será

Érase una vez un poco de polvo flotando en el aire que pensaba y sentía.

Lo hacía, lo hace, lo hará.

Polvo que gana trofeos y lo celebra, 
que sabe cocinar, seducir y drogarse.

Polvo que cree que sueña,
que analiza los elementos que componen sus pesadillas.

Polvo que quiere igualdad, que quiere control, que quiere saberse con la razón.

Polvo que se infecta, se cura y se vuelve a infectar
a través de la tos.

Siente que todo le importa y que nada es suficiente. Y antes de darse cuenta, en lo que pareciera un instante de pasado y presente, llega la corriente y se lo lleva en un viaje que lo transformará en otra cosa diferente.
Entonces, justo antes de medrarse, dejar de sentirse existente, pensante, se dará cuenta de que nada importaba y de que todo era suficiente.

Justo antes de perdonar y olvidarse.
Justo antes del diluvio universal.
Justo antes de levantarse a trabajar.

Justo antes de conocerse entre las piernas de su madre.

Será una vez un poco de polvo recordando en el aire que creerá que siente.

Ya se lo llevó la corriente,
ya cree que sabe que está presente,
ya se lo llevó la corriente,
creando el pasado, olvidando su muerte.

Es una vez un poco de polvo soñando en el aire,
diciendo gilipolleces.



domingo, 2 de febrero de 2020

Confesión

He venido de blanco, avanzando poco a poco, pisando con la planta del pie al completo.

No estoy apresurado. Quizá algo enfermo, pero afortunadamente eso no me ha arrebatado la lucidez suficiente para recordar que las prisas, en cuanto a confesiones, son atajos que producen silencios, silencios que ocultan verdades.

He venido con la serenidad del derrotado pintada en los ojos. Con la vanidad del hombre con nombre que espera ser llamado. Con el sosiego de un cuerpo desnudo que rechaza disfraces.

Y vengo del cementerio. Allí todo pierde relevancia, las manchas en el traje, las batallas en silencio habladas, las imágenes proyectadas, los venenos recibidos y los enviados.

Muerte

He sido testigo de la muerte este mes. Casi su novio. Y he aprovechado para pedir, con la confianza que hemos ganado, que se llevara algunas cosas que ya no necesitaba y guardaba cogiendo polvo.

Es bonita, con todo el miedo y la pena y el vértigo que adhiere en su roce, aún así, sabe hacer que las personas se reúnan y hablen. Distintas generaciones charlan sobre el mundo a un palmo de un cadáver que rememora el momento en que conoció a todas estas personas.

He venido vestido de blanco por la muerte, ahora tiene más sentido para mi que el negro. A mí algo que se acaba me recuerda que acabo de empezar en el mismo momento en que lo pienso y una casilla de salida siempre debería venir sin manchar. Después tenemos toda la vida para experimentar el depravio descenso en horizontal al negro nuclear irradiado de todo lo que nos ha tocado.

Depravio significando transición a la corrupción de un sin manchar a un esto lo he vivido yo.

Realidad

Quiero también, no debo, reconocer un miedo atroz a lo simple, una admiración exorbitada a lo simple.

Es mágico. Es real y verdad.

En la madeja de lo complejo, enrevesado y laberíntico yo siempre he sentido el alivio del que cierra los ojos y deja a su intuición el volante entre pasadizos con la certeza de saberlo todo conectado, pensado y despensado. Siempre fui capaz de volver al centro de la madriguera cuando todo era oníricamente confuso. Tengo mis trucos con las palabras y siempre he sido un observador, nunca temí perderme en esos trabalenguas que nadie conoce.

Pero joder cuando es simple. Entonces viene el frío cristal del pavor en una cajita de plata aterciopelada por dentro con un azul marítimo helador que me pone de rodillas con un nudo en el corazón.
Es entonces cuando las cosas entonan mantra directo, claro y conciso y yo siento la imposibilidad de tomar desvíos, de dejárselo a mi poderosa imaginación. De hacer mio el camino.
De pronto estoy en una autopista con un solo carril y comprendo la belleza de lo que es y del fatal desastre que supondría salirse de un camino que no comprende otras posibilidades.

Es lo que es y doy gracias por ello incluso si me está matando.

Por eso, por si acaso, he venido vestido de blanco.








viernes, 1 de noviembre de 2019

Probablemente tienes cáncer y quieren saberlo

Habrá un día donde un huerto me abrace por la mañana.

Hará tiempo entonces que me sienta viejo y un completo ignorante por dentro, sin embargo sabré acertar a los dardos cuando alguien más joven o menos lúcido que yo se hable en alto ante mi tratando de resolver aquello que le sucede.

Un día cogeré con mi propia mano una de esas naranjas y un coche volador descenderá sobre mis tierras.

Escucharé los violines y el piano lavando los platos en la cocina a través de las paredes de mi casa.

Un hombre y una mujer serán el paquete que el vehículo contendrá y pisarán mi tierra sin pedir permiso porque tendrán el poder.

Me recordarán a mi, "yo solía hacer eso", pensaré. "Me hacía sentir especial", pensaré también, pero caeré en la cuenta que siempre lo hice.

Siempre me sentí especial siendo alguien normal. Siempre fui normal pero creer que no lo era me llevó a tomar decisiones especiales en mi vida.

A eso lo llamaré "la verdadera magia".

Ellos se acercarán entre los naranjos y pedirán disculpas por aterrizar en un huerto que carece de zona habilitada para aterrizajes.

Haré una mueca. "Cuando tenía su edad no cabía la posibilidad de aterrizar nada que no fuera un helicóptero, pero estos dos no estaban ni prediseñados entonces", pensaré socarrón.

Me darán el pésame y lanzarán al tiempo sendas acreditaciones estirando el brazo como un disparo.

Siempre, todos, me darán el pésame cada vez que entablen conversación conmigo. Lo llevarán haciendo al menos una década.

Los odiaré por ello, por lanzarme tu cara a la mía como un insulto. Por remangarse y meter sus manos en el lago de mi memoria y agarrarte de la muñeca para emergerte otra vez de las profundidades sin pedir permiso.

Nunca pediré por ello. Lo harán de todas formas.

Haré otra mueca, esta vez aguantando el infierno dentro.

Me preguntarán por el hijo que no planeé tener y eso será lo único que pueda arreglar todo lo anterior.

El pegamento de mis fracturas. El sol en las gotas de lluvia. El amor en el dolor.

Empezarán a hablar y la mujer dirá algo como "nos gustaría hacerle unas preguntas".

Yo levantaré una ceja porque para entonces seguiré sin entender que se me hable de usted. Siempre fui alguien normal que se sentía especial, humildemente especial.

Y no me gustará ver a través de los cristales de mis gafas mi reflejo en las de sol de la mujer.

Canas y arrugas peinarán mi faz. Estaré atravesando con horror el problema de morir que postergué en mi mente hasta la vejez.

Será tan solo uno de los muchos cajones que habré abierto para entonces. Algunos me habrán hecho mejor persona, otros peor. Casi todos diferente.

Me consideraré a mi mismo un granjero que ha sido un río toda su vida y solo en aquel momento ha sido capaz de ver con claridad cuál es el cauce por el que ha de dejar llevar su caudal.

Su caudal de setenta y ocho años.

"Señor, la pregunta". Me verá distraído, mirando mis naranjos a sus espaldas. Ella se quitará las gafas de sol, él colocará una expresión cóctel de pena y disculpas.

Me harán la pregunta y la contestaré.

Será entonces, la única vez desde mi nacimiento hasta el día de mi muerte, en que sabré exactamente quién soy.

Creo que estará bien.






martes, 30 de enero de 2018

Naces, lloras, mueres.

Naces.

Naces rodeado de batas blancas, estetoscopios y azotes en el culo que te arrancan tu primer llanto.

No sabes por qué te hacen llorar pero todo el mundo parece contento.

Las lunas se van sucediendo y dices tu primera palabra. Es mamá. Sigues llorando para comunicarte, vuelves locos a tus padres.

Llega el invierno y ves el juguete al otro lado del pasillo. De pronto, sin saber muy bien cómo lo has conseguido, estás de pie. Te balanceas y con dificultad das tu primer paso. Tus padres no lo ven, pero días más tarde repites la hazaña delante de ellos.

Lloran. Tú no, no es el momento.

La vida se sucede entre juegos y baños calientes. Es tu primer día de clase. Te llevas tu juguete favorito al colegio, te da seguridad. La profesora está con uno de tus compañeros, está llorando. Coge tu juguete del suelo y se lo da. Notas como se humedecen tus ojos.

Hace ya más de una década de aquello y tienes acné. Te preocupa pero tus padres te dicen que desaparecerá con el tiempo, tú solo quieres que ese momento llegue ya.

Hay una persona en el instituto, dos mesas por delante de la tuya. Cuando la miras tus hormonas se disparan. Un día, tras un examen que no habías preparado, sales triste al patio. Te cruzas con ella y te dice hola. La cara se te pone roja. Salís juntos tras hablar un par de días. La tarde es divertida, camináis hasta su portal. Os besáis. Es tu primer beso.

Cinco semanas después te dice que le gusta alguien más, alguien que no eres tú. Ese día tus padres no pueden evitar que llores toda la tarde. Temes deshidratarte hasta morir. No te mueres.

El acné ha desaparecido y han dejado de llamarte adolescente en los sitios. Estudias lo que te gusta, el problema es que no te gusta estudiarlo. Apruebas el último examen y haces una fiesta por todo lo alto.

Has bebido lo suficiente para perder la vergüenza y el miedo. Tus amigos te presentan a alguien nuevo. Habláis un poco y a ti te parece que os conocéis de antes. Te dice que hueles a colonia y alcohol, tú contestas que está de moda beberse las colonias y bañarse en cerveza.

Os vais a vivir juntos.

La vida es maravillosa. Vais a la perrera y ampliáis la familia, se llama Rufo. La idea es suya y no sabes si ya quiere al perro más que a ti. Esa misma noche os vais pronto a la cama y te recuerda que no, que tú eres lo más.

Cenando una pizza en la cama propones matrimonio. Se ríe de ti y tras un par de chistes te dice que si. Os reís y comenzáis a llorar entre carcajadas. Rufo se sube a la cama de un salto y comienza a ladrar, él también se quiere casar.

Si, quiero suena a lo más convincente que has dicho nunca. Te lo devuelven y te retumba por dentro durante el resto de tu vida.

Es vuestra luna de miel. Os bebéis un mojito sobre la orilla de una playa con el agua casi cristalina. Ella se marea y cae inconsciente sobre la arena. Con el corazón en un puño consigues reanimarla, te dice que está bien, que ha sido un golpe de calor. No la crees, es de noche.

Cáncer. No llora, no es el momento. Tú si, más tiempo de lo que jamás lo habías hecho.

En cuestión de tres meses cuelga sobre ti un cartel que dice viudedad. Vas a visitarla al cementerio, sabes que es estúpido y que no puede oírte pero hablas como si nunca se hubiese ido. En ocasiones te parece escuchar su voz riendo por lo bajo, como un susurro que arrastra las hojas por el suelo.

Pero no es así.

Un día te despiertas gritando con lágrimas en los ojos y le pides a Dios que te la devuelva, no importa si regresa junto a tu acné.

No importa. No vuelven ninguno de los dos.

Rufo la echa de menos tanto como tú. De vez en cuando se sienta en mitad del pasillo y mira fijamente a la puerta. Llora. La espera. La escena te rompe el corazón una y otra vez.

Llega el tercer agosto desde que estás solo y con él energías renovadas que te permiten mudarte. Rufo y tú os vais al bosque. Ama dar largos paseos y ver otros animales. La cabaña es bonita, estar lejos de tus amigos es lo único malo. Eso y no poder ir al cementerio. Te dices que puedes hablar en cualquier sitio pero te sientes más lejos de ella.

Te acostumbras con el paso de los años.

Estás en el supermercado, se te cae una naranja al suelo. Una mujer se agacha rápidamente y la recoge.
No puedes creerlo, pero por un instante era ella. Contienes las lágrimas y recoges la naranja.

Es el décimo aniversario de su muerte y Rufo no se despierta. Le entierras en el bosque, junto a su árbol favorito y aprendes a vivir completamente solo durante los siguientes dos años.

Tus huesos suenan cuando te mueves y las arrugas en tu rostro son innegables. El médico no te lo ha dicho pero no parece que vayas a llegar a los noventa años. Tomas seis pastillas al día y hace mucho que no sabes cómo es no tener dolor.

Lo piensas y te asustas. Podría ser hoy. Podría.

Te arrastras en pijama apoyando tu bastón sobre el suelo de la cabaña. Te sientas frente a un papel en blanco con un bolígrafo en la mano y lloras. Quieres contarlo todo pero no sabes cómo.

Te duelen el pecho y el brazo izquierdo.

Escribes esto. Lloras.

Mueres.







domingo, 30 de abril de 2017

Ensayo humano

Creceremos en la luna sin oxígeno ni agua.

Nos entregaremos a la más profunda de las oscuridades para renacer solo al final .

Seremos tan fieros como nuestra presa nos permita ser.

Construiremos nuestro hogar en la caverna de Platón.

Dormiremos entre ideas afilando nuestras garras.

Cazaremos hasta tener la mirada cana.

Correremos hasta derretir nuestras piernas, hasta que el color se deshaga.

Los baños serán de sudor y las noches largas.

Creeremos en un Dios que nos abandonó por destino y decisión.

Dudaremos de la obra de su creación y de nuestros cuerpos como su construcción.

Entenderemos nuestra carne como el material con el que romper los límites que nos intenten castrar.

La piel como el abrigo que nos camuflará en los designios de la vida, la muerte y la razón.

Latiremos con fuerza, bombeando luz más allá de donde podamos llegar.

Los besos serán de verdad, el dolor se encargará de eso.

Y seremos bestias hasta donde nos deje nuestra humanidad.

La poesía el recital caníbal que nuestras voces entonarán.

Al demonio someteremos hasta el final.

Al ángel explicaremos que no respondemos ante la llamada de nadie que no sea nuestra madre.

El rostro de nuestro padres jamás olvidaremos.

Y cuando las flores nazcan y en un susurro lo estéril se convierta en fértil, cuando la nieve se derrita y el calor hierva la mentira y la agonía forme un poso de tristeza y soledad.

Será entonces y solo entonces cuando seremos libres.

Entonces podremos volar.

Partir alto y no regresar.

Hasta donde nunca sea toda la verdad.


jueves, 16 de marzo de 2017

First Letter To Her

Querida cara nueva:

Primero de todo tengo que pedirte perdón por hacer esto público, tengo una tendencia a vociferar al mundo a través de las palabras los susurros más íntimos que tintan mi alma de esas emociones que nos hacen humanos.

Nunca ha sido fácil. No para mi. Soy un desastre, un caos, siempre lo he sido y siempre lo seré.

La primera vez que me rompieron el corazón me asomé a la grieta que había quedado y descubrí todo un mundo de melancolía y dolor en el que encontré pasión, inspiración y toda una gama de grises con la que pinté el mundo. Lo sé, yo tampoco lo entiendo muy bien, el mundo.
A través de mis ojos todo es hermoso y mortal, todo brilla y todo se seca a la vez. Como yo, como todos.

Siempre he sido un amante. Siempre he estado enamorado del amor y mi hijo favorito siempre ha sido esa soledad que me acariciaba el hombro cuando me sentaba frente a la página en blanco. Encuentro amor en esa historia que no puede ser, la que termina conmigo apoyado en el capó del coche en una gasolinera a kilómetros de mi ciudad contemplando el cielo intentando entender la vida antes de que se consuma el cigarro y tenga que volver.

A veces tengo que irme para poder volver. Algunos de mis mejores amigos te lo podrían confirmar. Soy un escapista, un corredor, corro kilómetros y cuanto más me alejo más me siento cerca de casa. No sé a dónde pertenezco, no sé dónde podría terminar.

Recientemente he conocido a alguien. No lo planeé, no lo buscaba, no estaba preparado. Está loca, loca de una forma que me hace sonreír. A veces digo una palabra y estalla en carcajadas que parecen no tener fin. Es tan cariñosa como puedo querer y parece querer conocerme de verdad. No es fácil, siempre pasa algo, las plantas siempre mueren aunque vivan cien años pero parece que he captado su atención.

No la conozco y no sé cuándo ni cuánto lo haré, pero quiero hacerlo. Esa es la parte importante.

No puedo firmar un futuro con ella, no tengo bolígrafo y no quiero firmar porque la realidad siempre está cambiando y soy libre. ¿Pero sabes qué? Creo que puedo ser libre dándole la mano.

Aún es pronto para saberlo, la estoy idealizando. Estoy dibujando la parte de ella que no conozco y sé que el dibujo no se corresponderá con la realidad. Es defectuosa, ya sabes, es una persona. Eso es lo que me gusta. Es real. Es directa.

Ha sufrido antes, igual que yo. Como todos.

Está aquí y no puedo prometer nada, no sé cuándo terminará la canción si lo hace. Esto no es un cuento donde en la página siguiente apareceremos en un porche peinando canas y rememorando tiempos mejores.

No puedo decir nada que no sepas, excepto que ella eres tú. Y que me haces sonreír y querer gritar más alto "¡¡follar!!" para que tengas que mandarme callar. Solo eso, suficiente por ahora.

La gente se suelta la mano, pestañea y se pierde el momento, se pierde en un mundo donde cada esquina es una realidad y entonces jamás vuelven a verse de la misma manera y no puedo prometerte que jamás nos pasará, sabe Dios que bien podría hacerlo.

Pero quédate con esto y presta atención, no quiero soltar tu mano, aún no.

Sinceramente, yo.


miércoles, 1 de marzo de 2017

La vida no es un poema

Sé que es difícil. Sé que cuando tengo esa mirada triste en mis ojos no puedes verme, que estoy lejos de aquí.

No soy fácil. ¿Quién lo es?

En la vida las cosas ocurren y no tienes que esperar entenderlas. Solo están ahí, ocurren. Ocurren.

Y cuando lo hacen todo cambia y no siempre es para bien. El cambio a mal existe, las cosas se deterioran, la salud se marcha y el amor se acaba.

La vida es una hoja en un árbol que un día fue verde y fuerte pero eventualmente, un día, cambiará de color, se secará al sol y al frío y simplemente caerá. Y cuando lo haga jamás volverá a ser la que era.

El tiempo hace eso. Pasa, avanza hacia delante lo quieras o no. Lo llores mucho o poco. Lo hace.

No soy fácil o merecedor de la pena porque yo también la tengo, pena.

¿Quién no la tiene?

Quién no ha conocido mejores tiempos al sol, enganchando en un árbol a metros del suelo. Quién no ha visto muerte, enfermedad o dolor.

La vida tiene todas esas cosas y algunas más. Simplemente cógela en tus manos y acaricia su pelaje, su carne, hazlo aunque duela, aunque te arranque más lágrimas de las que pensaste derramar cuando llegaste aquí y todo eran trenes de plástico, cubos y palas, olores y rayos de luz atravesando el cristal de cualquier ventana.

No soy fácil, ni si quiera me conozco. Solo sé quién soy algunos días, ya sabes, no pueden ser todos los días porque soy humano y estoy vivo. Tengo dudas y defectos y ellos me hacen ser quien soy, como lo hacen mis facciones o mi dermis o el tono de mi voz.

A veces estoy caduco y abro los ojos y me doy cuenta y me lamento por ello porque estoy vivo. No es triste, no es malo, es vida. Estoy aquí igual que tú.

Somos un bosque y todos nosotros nos marchitamos y caeremos, algún día, y terminaremos rastrillados y dejaremos libre el suelo que ocuparán nuestros cuerpos.

La vida no puede ser cambiada, siempre está cambiando y nosotros con ella. Solo no puedes nadar fuera del río sin morir. No puedes ganar la partida sin abandonarla ahogándote entre las aguas.

No soy fácil y no es una elección. Solo lo es. Solo lo soy.

Esto no es una poesía porque no soy un poeta, solo soy yo.

Y aún así solo somos hojas en árboles que se secan al sol y al frío y algunos días, cuando llueve, beben bajo la lluvia.

Solo hojas que dejarán de ser.


domingo, 26 de junio de 2016

Querida Berenjena

Querida Alberginia:

Ten cuidado, ándate con ojo como dirían algunos. Ten cuidado porque estás viva y puedes llegar a perdértelo todo. Tienes que andar con precaución, sin pasarte, sin pisarte, fíjate bien.

Ten cuidado de arriesgarte, ve con la precaución y la seguridad de lanzarte a la piscina, nunca te quedes demasiado quieta en el mismo sitio, no te pases demasiado tiempo sentada y fíjate bien en este torbellino que son los días, los soles y las lunas, la vida. Fíjate bien para no perder ninguna de todas esas imágenes que amanecerán en tu pupila y que, antes o después, anochecerán hasta desaparecer en el imaginario colectivo.

Sé que la mayoría de las cosas que aquí te diga las hemos hablado pero permíteme rescatar los puntos más importantes y repetir alguna que otra frase en un intento por hacer de estas palabras un todo con una pizca de sentido. 

Me he roto mil veces yo solo en mi habitación con mis sentimientos. La melancolía corta, la nostalgia asfixia, puede llegar a apretar fuerte tu cuello mientras, despistada, lo analices todo en blanco y negro. O sepia. O con cualquier otro filtro que se antoje romántico. 

Y hablando de romanticismo, y de eso se un poco, sé como te hace sentirlo todo. Sé que es una forma de vivir la realidad que entre todos hemos creado y que cada uno ve de una manera especial. La tuya lo es, especial. Esa sensibilidad que tienes te hará pasarlo realmente mal, te lo dice un llorica empedernido, pero merece la pena. Merece sentir a los demás dentro de ti, porque antes o después lo harás, de eso no me cabe ninguna duda. Te tirarán piedras a la ventana, esperaran en tu puerta a las cinco de la madrugada y con un corazón maltrecho irán en busca de remedios, remendados por dentro.

Se que son millones las preguntas que se te antojan sin respuesta y que eso también te enamora. Se que estás enamorada de las cosas. Me dijiste que hablaba de forma muy bella de ella y te dije que aunque la había olvidado no había olvidado el amor. También te dije que una vez que un ser humano conoce el amor jamás puede olvidarlo, que lo transforma para siempre. También te dije que estoy enamorado del amor. No es malo, puede ser peligroso, pero nos gusta vivir así, a nosotros, a los románticos, ¿verdad?

Hasta lo malo, lo feo, lo triste es bonito, porque somos una especia capaz de crear belleza, ¿cierto? No tengas miedo porque al final vas a amarlo todo. 

Es bonito saber lo bonito que sería lo que no puede ser. Es bonita la idea, es bonito el sonido cuando se te escapa entre los labios viendo amanecer. 

Te van a hacer daño y en ocasiones querrás hacer desaparecer esa parte de ti que siente el motor del universo funcionando en tu interior. No lo hagas, ningún dolor debería jamás poder con eso, nadie debería ser jamás capaz de demostrarte que todo sería mejor si la ingeniería del corazón no funcionase, si sus trabajadores se recrearan en huelga, que todo sería mejor si una coraza te resguardase.

Tu piel es suficiente limitación, no te impongas más, no te endurezcas por fuera, no madures de la forma equivocada, no te alejes de esa llama que desprende calor con cada una de tus palabras.

Anoche me reconocí en tu interior, y por fin pude verme desde el exterior. Fue precioso. Te doy el relevo en cierta parte, de forma inevitable, inequívoca, con lágrimas en los ojos. De romántico a romántico, de alma a alma. 

Te sentirás morir, tu propia voz perderá sentido y la locura del corazón arañará tu cerebro en una llamada de atención general. "Estoy sufriendo", está bien, jamás estarás sola. Porque somos uno con diferente rostro, somos uno en la multitud, somos luz.

Vive, querida berenjena, para que cuando mueras puedas notar la diferencia.


martes, 21 de junio de 2016

Poesía de entretiempo

¿Has parado a mirar alguna vez?
El reflejo del sol en las hojas de los árboles,
a las aves de dos en dos, rozándose como salvajes,
con la puerta entre abierta,
con los cordones desatados,
con la mente en jaque mate.

¿Has visto lo que no se ve?
El nudo en su pecho,
las palabras que no salen y que se cuelan por el desagüe,
los trozos de carne, los trazos en el lienzo,
la rima muda, la que no se escribe, la que no sale.

¿Qué te parece lo que te he enseñado,
lo que con el dedo ahora te señalo?
Las galaxias en mi cabeza expandiéndose
cuando rozas mi cabello.
Las algas del mar enredándose en tu garganta
como un sello.
Las cataratas erosionando mi rostro, tu busto,
nuestro querido y precioso aquello.

A las horas los segundos sometieron,
las espadas en el aire silbaron,
los dientes rechinaron bajo la almohada,
la sangre fluyendo descontrolada.

Que sean cincuenta los guerreros,
que sean diez veces menos los litros de vida que ya no tienes,
que se te escapan,
que abandonan tu cuerpo,
que te dejan en paz,
que ya no te molestan,
cuando te traga el agujero negro.

Y aún ese brillo en tu mirada,
como si fueras universo,
como si fueras mi amada.
Al cuerno con todo esto,
nunca me dejaste nada.


domingo, 6 de marzo de 2016

Llueve

Llovía. Llueve. Con cada gota de agua la cazadora se oscurece más y más aumentando al mismo tiempo de peso. Llueve y la lluvia acrecienta siempre el peso de mi ropa y de mi culpabilidad. Es como un souvenir, cuando la inclemencia del tiempo limpia las calles y colocan falsas lágrimas en los rostros de los viandantes me transporta a otro tiempo, a un recuerdo desgastado con olor a tierra mojada, con sabor a metal, con color a sangre, un cóctel que nadie recibiría, voluntariamente, jamás.

Nunca podré olvidar su última mirada, la última vez que vio antes de no ver nada, los ojos perdidos, distraídos, víctimas del naufragio de su vida, consciente de que el viaje era solo de ida. Murió sobre el asfalto mientras los ángeles lloraban de risa, mientras las alcantarillas vomitaban el agua que les sobraba, mientras su nombre se ahogaba en mi garganta.
Recuerdo mis gritos sordos marcando el compás de los truenos, los recuerdo ahora al son de la melancolía.

Aquellos segundos que en horas se convertían alargaron, elongaron hasta hoy todos y cada uno de los días como si de una cadena perpetua en el infierno se tratara. Hasta hoy.

Si miro aún puedo verla ahí tendida, sin corazón con el que volver a contemplar la vida, sin el pulso necesario para poder sufrirla.

Hoy me pesa la ropa como aquél día, casi tanto como para no notar el revólver en mi mano. Casi lo suficiente para no haberlo levantado hasta mi cabeza.

Hoy es otra vez aquel día, ya me he tumbado donde ella lo perdió todo, bajo ríos de sangre y ceniza.

La veo, la oigo. Estoy cerca. la siento.

El gatillo está frío, casi demasiado.

Llueve por última vez en toda mi vida.



martes, 10 de noviembre de 2015

Concédeme éste último deseo

Porque te amo sin haber tenido la oportunidad de quererte antes.

Y no me hace falta, no es ni tan siquiera levemente necesario, nimiamente indispensable. Te amo y ya.

Lo hago aun cuando no recuerdo el color de tus ojos o el tono exacto que tiene tu voz cuando estallas en una carcajada. Ni falta que me hace, mi vida.

Has cambiado antes de peinado, de sonrisa, incluso tu gusto por la ropa ha variado en todos estos años y nunca, por un solo momento, te encontré menos irresistible que la vez anterior.

A veces no sé cómo llamarte, me equivoco y te menciono por otro nombre, uno que ya no usas. Pero cuando acierto, cariño, siento el mismo orgullo que antes. Es como cuando te conozco, bajo la lluvia de noviembre, bajo las llamaradas solares de agosto, repitiendo curso, estrenando año...

Siempre te he agradecido los malos ratos, casi más que los buenos, los escasos y maravillosos buenos que chispean de vez en cuando. Aún cuando cierro los ojos te veo alejarte y dejarme solo en la estación de Atocha, escupiéndome el café a la cara a causa de una carcajada tan memorable como inesperada o repitiéndome en la cama que cada segundo importaba. Te recuerdo en el primer beso y la sonrisa cómplice de después, te recuerdo en el último y las lágrimas que lo condimentaban casi al instante.

Que ya no te vuelvo a ver porque nos separan kilómetros, que tu otra casa está en el barrio e igual al salir a la calle, todo despreocupado, me topo con uno de tus múltiples andares, estilos, olores.

Llegaste por cinco minutos o cinco años pero jamás me podré olvidar de ti porque estuviste y con eso, aunque parezca mentira, es más que suficiente.

Si uno de estos días te llamo, tómalo como un error. Entiende que es un grito descorazonado, que mi alma chirría, que es mi sombra intentando encontrar la luz en sus horas bajas. Que estoy en los suburbios del color sepia y la corteza cerebral, del hipocampo o donde quiera que sea.

Por favor, recuerda que contigo pasé el momento que era mi vida, que aunque no tuviese barba o me encuentre en silla de ruedas, la tuya será la última voz que escuche antes de desvanecerme para siempre, tu piel la última que sentiré en la mía antes de que ésta deje de ser.

Y como último capricho, como reclamo final, pedirte que jamás dejes de quererme. Que a veces lo hice mal, a veces aún peor, pero que pase lo que pase, la mía fue siempre la misma intención: enseñarte quién era yo y entregarme sin dudas al descanso eterno de tus brazos.


viernes, 30 de octubre de 2015

Creo

Siete pecados capitales, millones de humanos para cometerlos, para caer en la tentación, para caer bajo el yugo del señor del infierno.

No soy creyente, soy ateo. No creo en demonios ni en el fuego eterno. Tampoco en Dios ni en la misericordia del mayor asesino de todos los tiempos. No me subiré al arca para huir de mis problemas, no me postraré ante el Señor en una iglesia para calmar mi alma. No espero el milagro ni la bendición, no espero vivir para siempre.

Creo en la alegría, felicidad efímera, y también en el dolor que somos capaces de infligir y padecer.

Creo en las personas, en las que resplandecen y en las que te incineran. En las malas y un poco menos en las buenas.

Creo en los acontecimientos, en las palabras, en las células, en el conflicto externo e interno.

Creo en la psique humana y en su derrumbamiento, en la fragilidad de sus cimientos. En eso es en lo que yo creo.

Creo en los sabios, los científicos, los filósofos, los poetas y los matemáticos. En los médicos, en los bomberos. Creo en los héroes, en los terroristas que, desgraciadamente, son tan reales como el miedo.

El demonio no viste de negro, se disfraza de bala y mata.

Mi fe no transciende a los confines de este reino, mi voluntad no es de hierro. Soy humano, me doblego.

Creo en la amistad, en el te veo luego, en las grandes gestas, en los pequeños gestos. Creo en la leyenda del amor eterno, en la vejez, en el nacimiento.

Creo en la vida después de nacer, en la muerte para siempre, en el ya no volveremos a vernos.

Jamás es eterno, tu voz la música que me guía cuando no veo.

Creo en lo que siento, no creo en lo divino, creo en lo que creo.

Los cuentos para antes de ir a dormir, la esperanza para los que caminan con los pies sobre el suelo.

Creo que te quiero.


viernes, 16 de octubre de 2015

Mi conversación con Dios

Caminaba por inercia, me movía. El tráfico gritando, mis pisadas susurrando. Giré la esquina y me encontré con Dios. Estaba fumándose su último cigarro, solo.

-¿Dónde has estado? - le pregunté.

- Pregunta lo que quieras - me respondió sin fijarse en mi, con la mirada perdida.

Clavé la mirada en su cazadora de cuero negra, en el fornido cuerpo que la vestía, en su larga melena blanca a juego con la barba. Estaba apoyado contra la pared, un pie en el suelo, el otro flotando.

- ¿Existes?

Su respuesta fue una negación con la cabeza.

-¿Estás aquí?

- Claro, ¿acaso no me estás preguntando?

Me saco un par de cigarrillos y le ofrezco uno. Levanta la mano en la que sostiene el suyo, está servido. Sonrío.

- ¿Dónde estabas cuando más te necesitaba? - quiero saber. Quiero respuestas.

- Aquí.

- ¿Por qué no te he encontrado antes?

- ¿Me has buscado antes?

Su tono burlón me pone nervioso. Tiene una respuesta entre signos de interrogación para cada pregunta que le formulo.

- Te he necesitado antes.

- Yo a ti no.

Y me mira, me mira por primera vez en mi vida, me mira por primera vez desde que él es Él y yo soy yo.

- Pregúntame lo que tienes que preguntarme - me pide en un tono que suena más a orden celestial que a petición.

Sonrío una última vez.

- ¿Quieres preguntarme algo?

Asiente con la cabeza. Despega su pie y la espalda de la pared y se acerca a mi con una forma de caminar tan pura como el bien y el mal.

-¿Tienes un cigarro?










viernes, 28 de agosto de 2015

Ficción. La realidad que no quiso ser.

En el planeta somos muchos, quizá demasiados, eso ya lo sabemos. También somos conocedores de que en cada parte, en cada país, en cada calle, la gente es de una manera y no de otra. Algunos se sonríen, otros caminan de la mano, los hay que no pueden besarse públicamente si aman a otro con el mismo tipo de genitales, los hay que hablan con los animales de la selva como otros lo hacemos a través de un smartphone.

Hace unos días tuve el desagradable placer de contemplar la mayor barbarie que mis ojos hayan podido ver proyectada en la pantalla táctil de un teléfono móvil. Una chica, apaleada ante la atenta mirada de decenas de personas, terminaba quemada viva en plena calle. Lugar, cualquiera, realidad, una tan distante de la nuestra que bien podría ser considerada ficción. Una realidad que, si me preguntan, prefiero creer que no es.
A miles de kilómetros y con unos pocos días de diferencia, me encuentro en la terraza de un restaurante. A mi lado una chica que promete sonreír hasta el último de sus días, en mi cabeza el pensamiento de que me encuentro en otro cuento, que esto no puede estar pasando si en aquel vídeo "casero" la chica sintió las llamas devorar su cuerpo de la misma forma en que yo saboreo el pollo que me acabo de meter en la boca. Viva la salsa Jack Daniels.

Esta noche he salido a cenar con un ángel, aquella muchacha fue arrancada de raíz de su vida por fuerza y voluntad de un ejercito de demonios. Entonces tengo que entender, tengo que aceptar, que todos somos lo mismo. Que pertenecemos al mismo reino animal, si quiera al mismo universo.

Noto su pie chocar con el mío y un intercambio de carcajadas tras un pícaro comentario me devuelve al momento. Aquí estás, dónde estará ella ahora. En qué se equivocó para ver su vida desaparecer golpe tras golpe, qué hice yo bien para tener el placer de acompañarte hoy.
Suerte. Suerte de nacer y de hacerlo en el lugar indicado, pura potra, de chiripa, que ella está muerta y yo recoloco cómodamente mi culo en la silla. Que me han puesto un cenicero, señores, tengo un cenicero limpio para fumar, puedo jurar que mucho más limpio que el suelo donde aquella mujer fue enterrada antes de tiempo.

¿Qué se supone que debo hacer al respecto? ¿Sentir lástima, pena, lamentar tan espantoso final? ¿Cómo si quiera puedo plantearme entristecerme un mínimo si mi acompañante ilumina la noche de diente a diente con cada comentario que tengo levemente ocurrente?

Qué alguien me explique por qué diablos soy capaz de prestarle mi cazadora en un acto de galantería cuando ninguna de las treinta, cuarenta o cincuenta personas allí presentes fueron capaces de decir no ante tan salvaje ejecución. Cómo si quiera plantearme que compartimos casa, rellano y escaleras. Que como mucho, un pequeño trozo de mar nos separa.

Esto no es una crítica social ni pretende serlo, tampoco es una declaración a la belleza intermitente que me regaló la vista unos instantes. Es todo eso y más. Es un llanto al mundo, una réplica a todo comienzo y todo final. Es un llamamiento a cualquiera que esté leyendo esto.

Tú y yo compartimos vida, intentemos no defraudarnos el uno al otro.

viernes, 9 de enero de 2015

Queja pública al mundo moderno

Se nos está yendo la olla. Se nos está yendo a todos. A los que disparan, a los que matan, a los que mueren. Se nos está yendo la olla a todos.Y los que amamos andamos tan jodidos como siempre, ese ropaje de sábana junto a la chimenea que no viene, ese susurro junto al televisor que no llega, y lo demás, bueno, todo importa una mierda, son solo palabras en un mundo repleto de ellas. Y de jaleo, el jaleo de los brutos, los tontos, los vándalos de metralleta y sacudida desde la bragueta.
Nadie se limpia las manos, el jabón escasea y las palabras bonitas se despiden y marcan distancia, añoranza en la cercanía. Aún quedan abrazos.

Sigo con el sabor de boca que me deja el día hasta que la noche se levanta. Me dan igual el Listerine, el cepillo y las buenas maneras, ya a nadie le importa una mierda. No me siento excluido, me siento recluido en éste jardín de mierda y nada más, donde todos pisan y no se rastrilla jamás.
Y nunca llueve lo suficiente, no al menos como para ahogarme. Se excita la primavera y el invierno nos amanece, me despierta con la carne de punta y los ojos irritados, ya nadie suplica por una sola vez más.

Un beso y el orgullo se precipita bajo tierra, lo sepultan las cenizas y los ceniceros, las malas costumbres, los versos feos.

No pensar.

Y entonces te condenan a un saludo y a nada más, a seguir soñando con el qué dirán, qué les importará, nada más lejos de la consensuada realidad, del vino y el azúcar, la soledad y la sal.

Si lo miras no lo ves, si tratas de escucharlo, no lo oyes. Te destripan las caricias, te rehuyen las ganas. Espetan, espetan, espetan. Plaf.

Cuando te estiras y casi te caes, cuando te ríes y te atragantas, y te envuelven en un fino hilo de expectación y fracaso, dulce mal resultado, destripado querer y doloso poder. Me escurren y me resbalo, me silban y no les hablo.

Y entre jadeo y jadeo, tras cada buen día y rechoncho monumento, cierro los puños tras los bolsillos. No hablar para no matar, no decir y no amar. Me lastiman. Me lastimo.

Y así andamos, dando vueltas en el corral como pollos sin cabeza, escondiendo las alas tras la reja. Nadie quiere saber nada, andan y andan y por el camino se encuentran y con eso les basta.

Nos encontramos reos bajo las paredes y el cielo, sopesando posibilidades, contemplando posibles, tardíos encuentros.

Y si me dices con quién andas te diré quién es, si me cuentas cuánto pesa, te diré cuán gordo es.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Diario de Vien. Primera entrada.

El cielo estaba como hoy, amenazando con dejar escapar la luz entre las nubes. Meras amenazas, no iba a hacerlo. Ella si le echó cojones. Se marchó horas después de matar a nuestro hijo.
No la guardo especial rencor, jamás había podido mirarle a los ojos y explicarle que el mundo es enteramente negro.
No es que no destruyese mi vida entera, me despojó de la esperanza de tener esperanza, ilusiones y una vida plena, me robó la posibilidad de leerles a ambos la caja de cereales cada mañana. Tampoco hace falta hacer leña del árbol caído, era la mujer de mi vida y me dejó húmedo y vagabundo en un callejón cualquiera, fuera del alcance de la gran mayoría. Antes era rico, ahora solo tenía dinero.

El cielo ha dejado al sol acariciar mi hombro en la justa medida y se ha retirado de nuevo allá arriba.

¿Debería reconfortarme la idea de saber a ciencia cierta que Dios siente lástima por mi? ¿Que al mismo diablo se le ha escapado una lágrima de azufre en su trono de lujuria y perdición?

Cuando salgo a caminar hasta los ladrillos me gritan que no mire atrás.

Ya saben por qué me visto siempre de negro. Me dan el pésame y yo entierro sus palabras. No creo a nadie, no me fío del rostro en el espejo ni de la música que dice empezará a sonar. Solo me quedan la ceniza y los muros donde han quedado sepultados aquellos orgasmos que antes me regalaba.

Paseo mis dedos por el cerco dorado de la oveja descarriada, me trasquiló la casa, el coche, la puta vida.

Aún guardo tras los párpados la escena con la maleta y la nota de confesión que descuartizó nuestras vidas y a nuestro hijo nonato.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Seguridad vial

Veo al hijo de puta esperándome, se enciende un cigarro y se sienta en el capó del coche. Le hago un repulsivo gesto con desprecio y me siento tras el volante. Giro el contacto y espero hasta que el tipo se sienta a mi lado. Es un pésimo copiloto, las indicaciones llegan tarde, su compañía me desanima, tengo ganas de vomitar.
Conduzco porque no sé que otra cosa hacer. Y me evado. Me voy.
Se quita el sombrero y me comenta, altivo, que la estoy volviendo a joder. Qué bien se me da escuchar, que bien, que bien.
Pero qué quiere que le diga, maldito cabrón. Se enciende otro cigarro y me hace pisar más a fondo.
"He conocido a alguien, ayer, mientras dormía" , se ríe. A mi no me hace tanta gracia.
El humo se nos mete por los ojos, por la boca, el humo se mete en mis entrañas. Me recrimina que me olvido de él, tengo cosas más importantes que hacer, Se quita el sombrero otra vez, no le ha sentado bien.
"Era preciosa, clavó sus pies en mi espalda y me sonreía como si de verdad supiese quién soy". Dice que vivo hace tiempo, que todo lo veo sepia. Quizá voy demasiado deprisa cuando intento derribar la farola.
Hace rato que no le veo, quizá siga dentro del coche, estoy demasiado cómodo intentando dejar un ángel de asfalto en la carretera.
"No hay tanta diferencia, a día de hoy, los árboles siguen donde estaban, el cielo justo ahí arriba, el mismo pálido nudo estrangulando mi cuerpo etéreo".
Dice que me he olvidado de escribirle, que sigue sentado en la página en blanco. Le muestro el esplendor de uno de mis dedos, jamás al azar, y apago la colilla en el lago tinto que humedece mi pelo.
Puedo verla, tumbada a mi lado, reposando a la orilla del mar de vida que he vertido sobre el cemento.
"Me está sonriendo, tú lo estás viendo también, ¿verdad? ¿Lo ves?"
Se aleja caminando y lo que más me duele es la respuesta. Intento no cerrar los ojos para hacerla permanecer a mi lado, que se quede, que se joda, hasta que no me muera ninguno de los dos se levanta del suelo.

sábado, 6 de septiembre de 2014

La última resaca

Como una serie de números, como un suceso de acontecimientos unidos por la férrea cadena de lo insuperable, lo inadmisible, la negación de los hechos, tan sombríos, tan mudos.

Su lengua esparcida por la habitación, piezas de un carnoso puzzle, sus palabras hundidas en charcos de gasolina. Ahogado en el foso que la muerte y su cuerpo habían formado en la cama donde días anteriores su sexo y su mujer habían puesto nombre al instinto animal. La putrefacción, el dolor y el asco, abrazados en un solo olor. 

Y cuando probé a respirar aquella estancia, la madera crujió, mis entrañas palidecieron y los miedos, mis miedos, se asomaron bajo la cama para invitarme a aquella fiesta donde nadie volvía a casa jamás.

La resaca devoró mi carne y nunca más volví a ser como antes.

- ¡Los gritos se oyen desde aquí!

domingo, 27 de julio de 2014

El horno, la caníbal y el eclipse lunar

Hansel y Gretel. Todos conocemos la historia de Hansel y su hermana Gretel y su abrupto final. Gretel y su hermano Hansel se sonrieron el uno al otro, en paz al fin, en aquel horno donde sus cuerpos se fundieron con las cálidas llamas del final. Demasiado orgullosos para aceptar que se habían equivocado dejando el rastro de migas de pan, demasiado cobardes para admitir que podían haber evitado el dolor, el fuego consumiendo sus cuerpos antes de tiempo.

Puedo ver la oscuridad al otro lado del cristal, veo el sendero ramificarse ante mi, ofreciéndome la oportunidad de decidir. A mi alrededor puedo ver rostros conocidos estrechando la mano caníbal de la amable derrota, de sonrisa pútrida y ojos opacos. Rompo una lanza a su favor, esa señora tiene cierto encanto.

Estoy tomándome mi tiempo, estirando las piernas, mirando al suelo. Miro las piedras sobre las que se posan mis pies descalzos.

Estos días hay una idea que no para de rondar mi cabeza, me asalta cuando me levanto, cuando estoy pensando, cuando no, cuando me acuesto y cuando no existo. Comienzo a creer algo tan evidente como invisible.
Todos saben que es necesario mirar hacia adelante, decidir qué deseas y cuanto lo necesitas pero he comenzado a plantearme que es aconsejable, y digo indispensable, prestar atención a lo que sucede aquí y ahora, a desviar un momento la vista del horizonte y comprobar el calzado con el que hoy estás pisando mundo.

Hoy he llegado realmente cansado, con ganas de acostarme y dejarme descansar pero no consigo desconectar. Estos pensamientos no dejan de gritarme, de pellizcarme, de llamarme por mi nombre de pila, y es que creo firmemente que intentan decirme algo.
Recientemente acabo de darme cuenta de que hay gente a mi alrededor. Gente más allá de mis necesidades, de mis prioridades, de mis sentimientos y preocupaciones.

Gente viva.

Es algo chocante y por primera vez en mi vida me asalta la posibilidad de comportarme como un hombre y dejar de ser el niño egoísta que no busca, que no mira, que no anhela más allá de su propia inmortalidad.

Resulta complicado asumir una nueva realidad y no olvidarse de respirar.

Estoy cogiendo aire antes de comenzar a caminar porque cuando el día se acabe no quiero tener que pensar "es demasiado tarde, no hay vuelta atrás". Tengo la oportunidad de buscar el cartel luminoso que indica el camino correcto, el que me mantenga lejos de mi propio horno de egoísmo.

Voy a hacerlo lo mejor que pueda con un ojo vago, bajo el eclipse lunar.


Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...