Cuando duermo con mi perro me late en el costado como si fuera parte de mi pero ajeno a mi.
Lo noto más que ese hígado, ese páncreas o ese futuro cáncer que no siento pero tengo.
No puedo dormir.
Es una batalla por el sitio que te pide el cuerpo. No nos tocamos, no vale empujarse, gritarse, ladrarse o morderse.
Nos hemos intercambiado los lados. No nos hemos tocado, no ha pasado por encima de mi. Somos nadadoras de natación sincronizada.
No me duermo.
Ahora me pica el cuerpo. Me están mordiendo los hijos de puta.
Cuando duermo con mi perro su respiración es tranquimazin y la cama no se mueve y yo no oigo ni veo, solo siento y es más de lo que recomiendo.
Siento.
Mi puta imaginación se ha transformado en mosquitos que zumban en mis oídos como obuses de la segunda guerra mundial. Mi perro es el furher.
Eres tan nazi que jamás te atacarían.
Oh mierda, ahí vienen, demonios, diablos vestidos de doncella. Me llaman gilipollas. Me hacen la cobra. Todas. A la vez.
Mi perro se ha tirado un pedo y se ha cagado de miedo. Yo no me muevo, no puedo. Ellas me han amarrado a la cama y no puedo dejar de ver la cara de Nicolas Cage en el techo.
Cuando duermo con mi perro no duermo. Soy un trozo de piel del reino animal al que le comen por dentro.
La vida es solo un entretiempo y yo un chico con una polla decente y mucho miedo en el cuerpo.
Me despierto. Cuando duermo con mi perro, no duermo.
Me escucho pensar. Una conversación se desarrolla en mi cabeza, debe haber unas cinco o seis voces distintas, cada una defendiendo su punto de vista con argumentos letales y palabras malsonantes. No me gusta el tema que están tratando, no me gusta que se haga una reunión en mi interior y no ser invitado.
Por si no fuese suficiente, estoy condenado a escuchar el debate tras el cristal, soy un tertuliano sin voz ni voto que a ratos va con unos y a ratos con otros. Quizá ésta vez vaya conmigo mismo, quizá sea con otro yo. La verdad es que aún no me he decidido, el tema de hoy es de los importantes, de los abstractos, de los que no se pueden describir si no es con pinceladas sobre un lienzo en blanco.
Hoy el tema a tratar es complicado de expresar, de forma que las voces están utilizando imágenes para mostrar a las demás sus opiniones. Me están poniendo una película, algunos lo llamáis "soñar despierto".
Una calle empapada, quizá alguien allá arriba ha recibido una mala noticia y al lamentarse ha precipitado sus penas sobre el asfalto. Tomo aire por la nariz y me huele a infancia, a aventura. Huele a tierra mojada. Otro gran clásico que nunca falla. Llevo los cascos puestos y los redobles me rebotan en el corazón. Ni un alma se digna a transitar la calle, estoy solo en un lugar que dista mucho de ser real para alguien más aparte de mi. Me he quedado solo. Me he quedado solo.
En un último arrebato de esperanza giro la cabeza. Nadie. Me he quedado solo. Me he quedado solo.
Entonces vuelvo a encontrarme con la página que estoy escribiendo, con el cigarro en la boca, con la desazón en el estómago. Es extraño, juraría que el corazón me late algo más deprisa de lo normal. Tal vez dentro de mi la conversación se esté poniendo interesante y he sido tan tonto de quitar el oído en el mejor momento, en el momento en que se decide mi destino.
Y es que siendo sincero, me importa una puta mierda lo que se decida, la conclusión a la que se llegue, la resolución del diálogo a puerta cerrada. Me importa una mierda porque pasado mañana todas las voces, quizá alguna más, se reúnan de nuevo a tratar otra vez el tema. Es un debate sin final, con punto y aparte para descansar, nada más.
Esclavos de nuestros pensamientos, no de nuestro corazón. Así lo veo yo, así me lo tengo que tragar porque esto... bueno, es un no parar, un te pienso y te vuelvo a pensar.
Una ligera reverencia y estallan los aplausos más cargados de sarcasmo que he podido sacarme de la manga. "¿Sabéis qué?" les digo. "Yo si sé algo con certeza, algo que jamás cambiará, algo que vosotras nunca aceptaréis por más que tratéis de solucionarme la vida. No tenéis ni puta idea".
Se desvanecen, me desvanezco, trato de trepar a un lugar donde las dudas no me agujereen el pecho, donde los miedos no sean capaces de agarrarme del tobillo en el último momento del cuento.
Las vistas desde aquí son maravillosas, no toques nada que lo ensucias.
"Cuando un hombre se sumerge en las profundidades de si mismo rara vez regresa siendo el mismo".
Son esas cosas, las estacas de hielo, las fauces del lobo, las flechas de arena y sal, el dolor en nuestros corazones, estrangulando nuestros estómagos, el tuyo, el mío y el del vagabundo de la calle Sin Remedio.
Trato de arquear las cejas elevando mi frente al signo de interrogación, sorpresa o espanto, una ese más o una té menos, que más da.
Te falta vida muchacho, te falta un último empujón, las piedras en el camino, las grietas en tu corazón. Están todas aliadas, la experiencia de la que hablo y la incertidumbre que guardo, rencoroso y desconfiado, tras las sonrisas apuestas y los halagos improvisados.
Me despido de mi mismo alzando la mano, ¡ah del barco, capitán!. Otro día más zarpando entre olas de asfalto y relámpagos que recuerdan las caídas, de bruces y de otras formas.
Y me sorprendo anhelando el aire que no respiro, la huida que no llevo a cabo. Tal vez sea el miedo a correr lo que me paraliza. En unos cien años me encontrarán envuelto en ámbar, en perfecto estado, con la mano en alza y la queja en los labios. No es así como pretendía acabar cuando te vi calle abajo, en un caos de palabras, desdén, ciclistas y un todoterreno más viejo que tus miradas y desprecios de todo a cien. Eso último probablemente sobraba, buen trabajo.
Hoy esto es lo mejor que puedo hacer.
Las cosas bonitas, las cosas pequeñas, a mi no me hacen ni puta gracia. Yo quiero ir a lo grande, buscando en las cocheras, en los arcenes, en los huracanes de esmalte de uñas y pintalabios veinticuatro horas, bolsos pesados, pelos rizados, tirabuzones en las pestañas, tacones en los escotes, armas de doble filo y flexibilidad imposible.
Es inacatable que me haga caca en los pantalones, que las cuerdas dejen marca y mis intenciones me erosionen convirtiéndome en un acantilado de pega, cartón y cartón pintado.
Hoy ni mi mejor vestido ni el tanga más resultón van a ayudarme a darme cuenta de que las cosas, cuando son, son lo que son, y que mis miedos, más marrones que oscuros, pueden comerse hasta el último pezón del festín.