Dinamitar. Colocar explosivos en una infraestructura, pongamos, por ejemplo, mi corazón. Crear un accionador, un dispositivo de acción remota, un detonador. Digamos que el detonador es tu mirada. Acordemos que no sea cualquier mirada para que pueda mirarte sin miedo a volar por los aires, como personas normales, ya sabes. Entonces, en algún momento, uno que yo no sabré y tú no se si sabes, me mirarás. Lo harás y será diferente.
No estaremos hablando de nada especial, no será sobre el amor ni la vida ni el universo, me dirás algo y giraré mi cabeza hacia ti. Me topare con tu cara, esa que no esperé que tuvieras, y me devolverás la mirada. Y tropezaré contigo, otra vez. Chocaré de bruces contra ti manteniendo una distancia de seguridad y aún así, sin moverme ni un centímetro, chocaré contra ti. El silencio será la música del momento, la calma previa a la tempestad, el punto y aparte antes del siguiente párrafo.
Y continuaremos aquí, sin hablar por unos pocos segundos. Tú porque estarás ocupada atravesando mi alma, yo porque estaré ocupado intentando no partirme en dos. Yo porque estaré ocupado explotando y siendo demolido y arrasado y volando por los aires contenido en este cuerpo de carne y piel. Y esperando una taquicardia no seré capaz de escuchar un solo latido y me acojonaré, lo haré por no saber si quiera si sigo vivo. Y te preguntaré si tengo cáncer, si debería dejar de fumar ya, te preguntaré porque serás la única persona capaz de realizar una radiografía en plena calle, sin instrumento, sin intención de dejar sin aliento.
Y lo volcaré todo en un folio en blanco y me vaciaré por dentro. Y estoy bien y sigo entero y mi novia me preguntará qué coño estoy haciendo.
Hacía calor, llovía, estaba nevando. Nos achicharrabamos, cambiábamos de acera buscando la sombra más larga, refugiándonos de los chuzos de punta bajo las terrazas, pisando las hojas secas con las que el otoño había regado las calles.
Empezaban las vacaciones y volvíamos a las clases, era la primera vez que quedábamos y la última que recordaríamos. Era rubia y castaña y morena. Era ella y ella también. Yo era yo, quizá un poco más que de costumbre y con eso era suficiente.
Madrid acogía otra de mis aventuras y mi cabeza había desconectado de todo lo que no tuviese que ver con ese momento, apenas podía recordar mi nombre sin titubear un par de veces hasta pronunciarlo del principio hasta el final. Caminábamos lo suficientemente cerca como para que la fragancia de su champú se colase entre los dos y mis fosas nasales la absorbieran cada pocas inspiraciones. Era como si la calle oliese a jazmín y me encantaba, eso solía crear en mi una necesidad de parar en seco y tomarla por la cintura, explicarle que las estrellas también se podían contar de día y terminar con la tensión del momento con un beso que nos deslizase a mejores momentos. Nunca me atreví a hacerlo.
Sus palabras se sucedían sin cesar en un mar de ideas y explicaciones que a mí se me antojaban las más interesantes del universo. Me limitaba a asentir con la cabeza de vez en cuando y a pronunciar pequeños "aha, si, claro". Con eso a ella le parecía suficiente para continuar con el discurso.
Con la conversación mitad monólogo mitad biografía de fondo y el olor a su pelo en el viento el escenario era digno de admirar. Me deleitaba ojeando a la gente con la que nos cruzábamos, las nubes que corrían por el cielo, los baldosines manchados o los semáforos cambiando de color, cediéndonos el paso o prohibiéndonoslo. Cuando me había recreado bien en los detalles para asegurarme de que aquello estaba sucediendo de verdad, que era real, giraba la cabeza y la dedicaba plena atención.
Daba miedo mirarla más de unos pocos segundos. La sensación era demasiado compleja, agridulce, importante. Cuando analizaba su rostro en mi pecho sonaba el chirrido de la maquinaria que acaba de sufrir una avería capital, de las que conllevan el cierre de la fábrica al completo. Tenía miedo de quedarme en el paro. Tenía miedo de que su agujero negro absorbiese mi galaxia, mi vida entera.
-¿Me has escuchado?
- Si, si, sigue - la espeté dándome cuenta de que llevaba un largo rato sin atender a una sola de sus palabras. Aún así tenía la extraña sensación de que me había enterado de absolutamente todo.
Sonreí sin darle importancia al asunto y prosiguió. Sonreí y volví a perderme a kilómetros de cualquier lugar conocido por el hombre.
- Mi padre encontró tres, ¡tres cucarachas debajo de la cama! Así que puedes imaginarte cómo se puso mi madre cuando se enteró de que había unas cuantas más....
- Me lo puedo imaginar.
Reímos, reímos un rato en la siguiente conversación, reímos mientras bebíamos y mientras follábamos, reímos hasta que dejamos de vernos.