Por qué me deshago en cenizas cuando me da el sol.
Por qué la lluvia es aventura.
Por qué me rompo cuando estoy entero.
Por qué parece que me voy y en realidad vuelvo.
Por qué lo simple es tan complicado y lo complicado tan sumamente sencillo.
Por qué florece más en invierno que en primavera.
Por qué el roce de una mano me da tanta pena.
Por qué la felicidad deprime y la tristeza alegra.
Por qué este vacío tras tener la barriga llena.
Por qué el dolor si es primavera.
Por qué la vida no se para cuando debiera.
Por qué la la vejez siempre nos espera.
Por qué la música no se ve si es vida plena.
Por qué la piel de gallina si al contacto quema.
Por qué lloro en primavera.
Por qué el aullido es a la luna si está fuera.
Por qué el sentido no siempre coopera.
Por qué la vida parece tan opaca, tan intermitente, tan plena.
Por qué la peor noche del año se llama nochebuena.
Por qué está nublado durante la primavera.
Por qué pasan los días y son todos tan distintos siendo los mismos. Por qué pasan las cosas tan rápido y se recuerdan durante tanto tiempo. Por qué estoy condenado a recordarlo y no tenerlo.
Enfádate con rizos, muéstrame el color de tu corazón a gritos, que rompan los cristales, que descorchen la pared. Dime alto, tan claro creas que pueda ser, que voy a estudiar una ingeniería para tratar de entender.
Entender tus ojos fulminantes bañados en lágrimas de puro sol, desencriptar ese ceño fruncido que me pone contra la pared, que me cierra las esposas y manda la llave a paseo, de crucero, hasta más ver.
Trataré de entender.
Saber qué es lo que tengo que saber, descubrir las palabras que acarician tu lengua, que se hacen bola en tu piel, que provocan sarpullido en el recuerdo de los besos que pudieron ser. Que te irritan la voz, que nos han secado el querer.
Trataré de juntar las piezas de ese puzzle que dibujan el enfado que me disparas sin querer, arrepentida, desdichada y encogida tras las trincheras que formaron los malentendidos, las casualidades que pasaron sin poder y rezaré, lo haré porque se encasquille el arma, porque no me mates para que antes o después puedas saber.
Saber que no hubo jamás unos labios que no haya besado que sepan tan bien.
Y trataré, intentaré hasta que me duelan los pies, conseguirnos las entradas para este concierto de hojas secas y lluvias intermitentes donde el frío no es frío sino una excusa para poder engancharte de la parca y pegar nuestros abrigos como si de velcro fuera nuestra piel.
Te arrancaré los botones incluso si llevas el arma escondida debajo. Me desnudaré incluso si la hipotermia me arrebata la vergüenza y tú la vida a quemarropa.
Enfádate hasta que deje de cantar, hasta que la lluvia haya calmado tus lloros de sal.
Enfádate y hazme el amor otra vez, atrévete a disparar.
Caduco me vas a tener pero, al final, trataré de entender.
Llovía. Llueve. Con cada gota de agua la cazadora se oscurece más y más aumentando al mismo tiempo de peso. Llueve y la lluvia acrecienta siempre el peso de mi ropa y de mi culpabilidad. Es como un souvenir, cuando la inclemencia del tiempo limpia las calles y colocan falsas lágrimas en los rostros de los viandantes me transporta a otro tiempo, a un recuerdo desgastado con olor a tierra mojada, con sabor a metal, con color a sangre, un cóctel que nadie recibiría, voluntariamente, jamás.
Nunca podré olvidar su última mirada, la última vez que vio antes de no ver nada, los ojos perdidos, distraídos, víctimas del naufragio de su vida, consciente de que el viaje era solo de ida. Murió sobre el asfalto mientras los ángeles lloraban de risa, mientras las alcantarillas vomitaban el agua que les sobraba, mientras su nombre se ahogaba en mi garganta.
Recuerdo mis gritos sordos marcando el compás de los truenos, los recuerdo ahora al son de la melancolía.
Aquellos segundos que en horas se convertían alargaron, elongaron hasta hoy todos y cada uno de los días como si de una cadena perpetua en el infierno se tratara. Hasta hoy.
Si miro aún puedo verla ahí tendida, sin corazón con el que volver a contemplar la vida, sin el pulso necesario para poder sufrirla.
Hoy me pesa la ropa como aquél día, casi tanto como para no notar el revólver en mi mano. Casi lo suficiente para no haberlo levantado hasta mi cabeza.
Hoy es otra vez aquel día, ya me he tumbado donde ella lo perdió todo, bajo ríos de sangre y ceniza.
Me escucho pensar. Una conversación se desarrolla en mi cabeza, debe haber unas cinco o seis voces distintas, cada una defendiendo su punto de vista con argumentos letales y palabras malsonantes. No me gusta el tema que están tratando, no me gusta que se haga una reunión en mi interior y no ser invitado.
Por si no fuese suficiente, estoy condenado a escuchar el debate tras el cristal, soy un tertuliano sin voz ni voto que a ratos va con unos y a ratos con otros. Quizá ésta vez vaya conmigo mismo, quizá sea con otro yo. La verdad es que aún no me he decidido, el tema de hoy es de los importantes, de los abstractos, de los que no se pueden describir si no es con pinceladas sobre un lienzo en blanco.
Hoy el tema a tratar es complicado de expresar, de forma que las voces están utilizando imágenes para mostrar a las demás sus opiniones. Me están poniendo una película, algunos lo llamáis "soñar despierto".
Una calle empapada, quizá alguien allá arriba ha recibido una mala noticia y al lamentarse ha precipitado sus penas sobre el asfalto. Tomo aire por la nariz y me huele a infancia, a aventura. Huele a tierra mojada. Otro gran clásico que nunca falla. Llevo los cascos puestos y los redobles me rebotan en el corazón. Ni un alma se digna a transitar la calle, estoy solo en un lugar que dista mucho de ser real para alguien más aparte de mi. Me he quedado solo. Me he quedado solo.
En un último arrebato de esperanza giro la cabeza. Nadie. Me he quedado solo. Me he quedado solo.
Entonces vuelvo a encontrarme con la página que estoy escribiendo, con el cigarro en la boca, con la desazón en el estómago. Es extraño, juraría que el corazón me late algo más deprisa de lo normal. Tal vez dentro de mi la conversación se esté poniendo interesante y he sido tan tonto de quitar el oído en el mejor momento, en el momento en que se decide mi destino.
Y es que siendo sincero, me importa una puta mierda lo que se decida, la conclusión a la que se llegue, la resolución del diálogo a puerta cerrada. Me importa una mierda porque pasado mañana todas las voces, quizá alguna más, se reúnan de nuevo a tratar otra vez el tema. Es un debate sin final, con punto y aparte para descansar, nada más.
Esclavos de nuestros pensamientos, no de nuestro corazón. Así lo veo yo, así me lo tengo que tragar porque esto... bueno, es un no parar, un te pienso y te vuelvo a pensar.
Una ligera reverencia y estallan los aplausos más cargados de sarcasmo que he podido sacarme de la manga. "¿Sabéis qué?" les digo. "Yo si sé algo con certeza, algo que jamás cambiará, algo que vosotras nunca aceptaréis por más que tratéis de solucionarme la vida. No tenéis ni puta idea".
Se desvanecen, me desvanezco, trato de trepar a un lugar donde las dudas no me agujereen el pecho, donde los miedos no sean capaces de agarrarme del tobillo en el último momento del cuento.
Las vistas desde aquí son maravillosas, no toques nada que lo ensucias.
"Cuando un hombre se sumerge en las profundidades de si mismo rara vez regresa siendo el mismo".
Número uno. Me desvelo, trato de respirar, inhalando sombras, toxinas y falsa muerte en éste viejo sótano que recorre mi cuerpo con cada una de mis pulsaciones. En este sótano, de cielo estrellado, la llovizna me refugia de los tiempos pasados, de los recuerdos nublados donde acostumbraba a esperar sentado en la tercera línea del pentagrama, nunca lo suficientemente cerca, nunca demasiado lejos.
Aquí abajo, en éste sótano de paredes sin límite, la inclemencia del tiempo me reconforta, me ayuda a creer que todo cuanto veo no está ahí y que lo que no alcanzan a distinguir mis ojos es tan real como ésta oscuridad que ilumina mis pensamientos.
En un blanco vacío y un negro rebosante, los crujidos y repiqueteos de ésta vieja estructura gritan silencios, desvelando secretos, escondiendo obviedades.
Hoy salgo a la calle, viuda la acera, me deja caminar sosteniendo mis creencias, mi quebrada expectativa de un aire fresco que me quema la piel. Me sanan las epidemias mundiales y acaba matándome la nauseabunda respiración de un futuro prometedor, tan azul como el fuego.
Creo distinguir entre la multitud una sola gota de soledad, de vivencia pura y espiritual, que me acompaña de la mano a la cárcel de Libertad.
La súplica, llegó tarde, y con la misma facilidad con la que se pronunció, desapareció, acompañada de lluvia, niebla, decadencia y flashazos de luz. La atmósfera trataba de cegarme con incesante turbiedad, con relámpagos que encendían luces que ni siquiera estaban ahí.
Desde pequeño me dijeron que la muerte se llevaba a buenos y malos por igual, lo que jamás me dijeron era que a algunos jamás se los llevaban.
- ¡No, no, no!- escuchaba mientras corría tras el asesino. El gris calado de las lápidas servía como conductor de la luz, cada veinte segundos un relámpago de tinta surcaba el cielo, cegando por completo la persecución. La hierba bajo mis pies impedía el ruido de mis pisadas y su carrera. Su largo abrigo negro le cubría el cráneo con una capucha. A veces, entre incesantes respiraciones forzadas, ni tan siquiera me parecía humano.
Un giro entre las tumbas y otro fogonazo oscuro del cielo nocturno me hicieron perderle de vista. ¿Había seguido de frente, o girado a la derecha o izquierda? Tres caminos se abrían donde, antes de decidir, el corredor oscuro había tomado todas las direcciones posibles a la vez. Simplemente no podía fallar.
Tome el camino de la derecha que, de alguna forma, rápidamente se transformo en el sendero que seguía recto al tiempo que era el que se desviaba a la izquierda.
Corría bajo la mayor de las tempestades tras la mayor de las bestias. El pecho me escocía, la ropa ya empapada por las lágrimas de los de arriba comenzaba a calarse de forma extraña por dentro. ¿Notaba el sudor bajo tan inmensa capa de agua?
La adrenalina invadiéndome de pies a cabeza comenzaba a despistarme, la fatiga me hacía escuchar ruidos de criaturas que no podían existir, escondidas en la oscuridad, mirando, esperando, juzgando. Había algo ahí fuera, algo que no permanecería escondido para siempre. Ahora sentía el miedo.
Mis ojos se dirigieron a una de las tumbas y mis piernas se detuvieron de golpe, sin consultar conmigo antes. Estaba abierta. Una sensación tan profunda como indescriptible me empujó a acercarme. En el hoyo un cadáver.
- ¡No, no, no!
Mi cuerpo, con ocho orificios más de la cuenta, permanecía inerte, contemplando, sin expresión, el olimpo infernal.
Ni la lluvia aquí diluye mis pensamientos. Voy a juego con la noche y el olor a cigarrillos anula mis sentidos.
El letrero parpadea en un intento por no quedarse de piedra. Bajo el porche me refugio de la peor tormenta que he visto en años.
Mi coche, aparcado a tres metros, se tornaba imposible de distinguir bajo el manto acuático que trataba de acabar con la humanidad. Una figura aparece de la nada con un periódico sobre la cabeza corriendo como alma que lleva al diablo hacia el interior del bar. Durante unos segundos clavo mis ojos en el opaco horizonte casi seguro de poder contemplar a Moisés abriéndose paso bajo las aguas torrenciales.
Mi gabardina está calada y pesa como una capa de hierro sobre mi calavera. El cigarro casi vomita ceniza acuosa mientras me quemo los dedos. "A la mierda".
Acaricio con la palma de la mano el bulto que porto en la cintura para asegurarme de que el agua solo se ha llevado la visión de mis anhelos. "Cielos rosados y columpios en la parte trasera de mi casa-jardín".
Empujo la puerta como Clint Eastwood y entro al local una vez más. No más de diez borrachos y un par de personas. Once borrachos ésta noche.
Algunas personas nacen para mentir frente a un público, otras nacen para vivir entre números y papeles, las hay que expresan sus sentimientos y pagan la renta con ello. Como yo, unos pocos nacemos pensando cuál será el color de nuestra quinta extremidad. ¿Será tal vez un revólver?
Una bola de billar surca el aliento alcohólico del local ante mis narices. Hasta las paredes aquí parecen haber sido aderezadas con whisky de malta.
El dolor de cabeza se ha ido y allí me hacen compañía el barman y un par de vasos medio vacíos. Todos han preferido salir a morir que aguantar allí una hora más.
- No sueles beber ¿cierto?- se jacta de mí al otro lado de la barra con sus gafas y su calva de media pulgada.
- Cierto. ¿Tanto se me nota?
- Todo depende...- me dice mientras se agacha tras la barra- de la atención que pongas a los detalles. - termina levantándose y apoyando los dos cañones de la escopeta sobre el vaso que aún no había terminado.
Mi piel grita. Está cerca y jamás volverá. Cae la vida, respira el vacío.
Las historias siempre desplazan el tiempo a un lado, marginándolo, transformándolo en un villano más.
Amarro a clavos oxidados la esperanza de un odio aislado. Peleo a ciencia incierta en un puerto ya olvidado. Lucho mano a mano con aquél recuerdo de garras afiladas y extraña figura ajena a la batalla.
Viajo atrás y temí por mi vida, miro por el retrovisor y hallo la sepultura. Rocas frías privatizadoras de oxígeno.
Una sombra se levanta. La lluvia renace arrodillándome ante su tumba.
No contesto. Todo va a cambiar. Y se lo dijo, después, se lo repitió.
Años, siempre en pie justo delante, simplemente está ahí. Un día papelera de reciclaje y: no, no, jamás pero estoy delante. No, nunca más pero.. ¿es sólo lo que veo?
No es algo que lleve en las venas, no es diferente a la peor de las tormentas porque, cuando es perfecta, siempre se acepta.
Hay altares y hay altares. El otro día estuve en uno, pude probarlo con gusto, os lo digo hoy sentado en otro más bajo y menos cómodo.
En aquel altar podía ver ríos de tinta correr, gigantes en lo alto de sus nubes caer. Los tambores ensordecían el dolor que, cuchillo en mano, aguardaba al destendimiento de músculos e intenciones.
Con botas de escalador en sus pies ha olvidado el viajero el ascenso de apenas hora y media. Ahora sentado en el suelo con sangre en la cabeza se pregunta, perplejo: "¿Acaso me está doliendo, me quejo?"
Rezagada queda el alma del moribundo que, con suerte, observa desde una posición ventajosa el asesinato con nudo de corbata alrededor del olvido y una pizca de sal en el picazón de una jaqueca celestial.