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domingo, 25 de febrero de 2018

He tenido un accidente

Esta mañana he tenido un accidente. Lo tengo cada vez que recojo mis párpados y enfoco al techo de mi habitación. Tengo un accidente conmigo mismo al encontrarme existiendo cuando recobro la conciencia.

Logro sobrevivir a semejante choque de trenes todos los días.

Tarea de plañidera enferma por encontrar tu rostro en el momento de perder la conciencia y sumergirme en un mar sarcásticamente onírico.

Cómo me toca los huevos.

Me raspa el mal humor y me lo levanta como una gran erección. Sonrío.

Esta noche te he visto y me he sentido paladín, defensor de tu sonrisa blandiendo una espada fraguada en el brillo de tus ojos.

Te he sentido palpitar dentro de mi. Y en un esfuerzo exangüe tu rostro se deshacía asustado por la luz del amanecer entrando por mi ventana, atravesando mis párpados, resecando el sueño de amor eterno como a una flor marchita el frío del invierno.

El invierno que está por venir.

He intentado abrigarte para mantenerte despierta en mi mente dormida. He intentado ponerte capas de razonamiento abstracto, convencimiento y sal dorada. He tratado de mantenerte con vida con mirada frustrada y voz temblorosa, he sentido el terremoto que eras tú dejándome a mí solo dentro de mi propia cabeza.

He tenido un accidente en un arduo intento por mantenerte despierta. Salí corriendo tras esa nuca que conozco tan bien abjurando a los cuatro vientos, apostatando que jamás fui tu enemigo y siempre creí que eras la diosa que nunca tuvimos.

Que eres la salvación para nuestra especie.

Me he cagado en mi puta vida con todas las ganas cuando no diste media vuelta y enfilaste calzada romana de luz ascendente que propulsaba tu rostro granjeado de pecas al cielo de mi subconsciente.

La mañana y su manía de acometer avulsión, de extirparme los sueños sin pedir permiso ni perdón.

Yo solo quiero volver.

Tengo agujetas en los párpados de tanto llorarte, de forzar mis ojos a cerrarse para dormir y poder volver a generarte, a crearte como a un misero clon de humo y espejos donde el parecido es más que razonable y tu olor permanece para siempre en mi recuerdo. Me cago de miedo cuando me doy cuenta de que estoy dormido y te sigo queriendo como si la barrera de lo que es real y lo que no se nos hubiese quedado pequeña para esta paranoia que generamos el día que nos conocimos y el día que no dijimos cuánto nos quedaría para volver a vernos.

Esto es una casa de locos, reza el letrero que adorna mi órgano encefálico por dentro. Lo pone en color rojo porque sangro porque pienso que me paso de frenada y se me va el santo al cielo. Y me astillo el cerebelo y la corteza prefrontal en otro denodado esfuerzo por volver a ver tus labios mayores susurrarme todos mis recuerdos.

Me falta tinta para recrear la efigie mortecina que deja pintalabios en mi mejilla cuando la muerte se te lleva y sé que no estabas viva pero me duele como si lo estuvieras. Contemplo tu cadáver enjunto acurrucado entre mis brazos y pienso en dar un último sorbo al vaso de whisky con forma de cenicero que es la calavera momificada de nuestro acervo.

Estoy revolviéndome entre las sábanas con esmero por volver a tener delante la pirámide que eramos en ese desierto repleto de oasis que pudieron haber sido y nunca fueron.

Aparece como un recuerdo frugal aquel momento en que me di cuenta que me había dado cuenta para siempre.
De naturaleza ignata, de duración eterna tu idea en mis aposentos.

He tenido un accidente como todas las mañanas donde muero y mi probidad se fuga por el desagüe que hay en mi pecho enfermo.

Me hablo y no me contesto. No tengo respuesta ni pregunta que hacerme en la algarabía que se forma en mis oídos.

He tenido un accidente y me he vuelto a salvar por los pelos. Estoy masticando tierra sentado en mi propio eclipse.

Esta noche volveré a emocionarme buscando un café azucarado con el que tener una excusa para sentarme contigo de nuevo.

Poned los intermitentes.






domingo, 10 de septiembre de 2017

G de Gómez está escribiendo

Querido amigo, llevas toda una vida despierto. Quizá no todo el tiempo fuiste tú mismo, quizá entraste en contacto con los densos humos de tus monstruos más profundos pero llevas toda una vida despierto. 

Parece que recientemente has encontrado una nueva forma de abrir tus puertas y tus ventanas. 

Parece que ya no eres propiedad privada, parece que has autorizado el acceso, que has habilitado el paso, abierto el flujo. 

Has desbloqueado el acceso.

Has entrado en algo nuevo y me sorprende. No que lo hayas hecho, creo que estabas tardando, que tenía que pasar aunque nada tenga jamás que hacerlo. Lo que no sé, ni tampoco dejo de hacerlo, es si te has dado cuenta.

Dónde te has metido. Qué estás haciendo. Escribir.

Llevo un tiempo en esto, me gustaría explicarte sin saber, solo sintiendo, dónde te estás metiendo.

Esto es el final de tu vida y el principio de tu biografía. Es la última vez que lo cuentas y la primera que lo escribes. Es buscarte en tu refranero y encontrarte a por uvas corriendo tras un verso. Es desnudar tus complejos y vestirlos para la pasarela de la Hoja en Blanco. Es revivir tus espejismos, tus faunas, tus faenas, tus más y tus menos y dejarlos todos locos perdidos y en fila india en una rueda de reconocimiento. Es bautizarlos por capítulos y sentirte preso de una hiena a la que llaman inspiración y que, por fases, se desternillará de risa huyendo entre tus pensamientos. Es jugar al Quidditch con el teclado entre los genitales, volando entre adjetivos, pronombres y adverbios para ganar el partido al final, en la metáfora de descuento. Es echarle huevos a pisar, descalzo, cristales al rojo vivo y uvas, al mismo tiempo. Es desnudar a la mujer que amas y casarte con la que no para saber si al final de la historia los hijos son guapos con alguna de las dos. Es afinar, entonar y entonarte con tonterías que se convierten en dramas griegos. Es puntería y saber disparar, literariamente, al centro. Es hacer arte hasta hartarte sabiéndote atado de pies y manos hasta el punto y final, hasta que acabes, y eso solo si no has de volver a empezar. Es dejar de llamarla cariño y nombrarla musa de todos tus cuentos.

¿Que qué es escribir? Me preguntas sin hacerlo...

Escribir es hacer saber a tus colegas que 'yo no soy un chapas, yo soy el narrador de todo esto que cuento'.

Es, sin querer hacerlo, charlar con Poe, Becquer y Quevedo. Ver gigantes y no molinos al viento. Detenerse por miedo ante un gato negro. Recordar el rostro de tu padre. Beberse las cervezas con sabor a realismo sucio. No intentarlo. Rimarte las asperezas. Hablar el idioma de los dioses. Escupir caligrafía a fuego. Parafrasear menciones de honor. Llamar al rojo sangre y al negro conocimiento descubriendo la nieve en el blanco y en el azul a todos ellos. Vestirte de adjetivos casual y peinarte con el último de aquellos, los suyos y los nuestros, los que tenemos. Cautivar sin pretender hacerlo. Construir relatos y ejercer contratos como arquitectos de poesía, técnicos silábicos, siseantes parlantes mudos en profundo silencio.

El silencio de la concentración, de la debacle de la intención de inspiración al ritmo de un solo tambor que es tu mano sobre la mesa marcando el compás del bolígrafo sobre el folio a punto de estallar en sentimiento.

Escríbeme, amigo, hasta dejarme sin aliento.




domingo, 8 de enero de 2017

El arte atrae almas

Esta entrada podría ser la última.. o bien podría ser la primera.

Esta entrada podría tratar de tantas cosas... del amor, de la amistad, las cosas importantes de la vida.

O sobre el tacto de las teclas bajo las yemas de mis dedos, sobre la música que suena en el momento en que escribo esto, sobre los colores que adornan lo que tengo delante.

Podría tratar de todo o nada, ser solo letras que naufragan en busca de un faro que ilumine un rumbo concreto y definido. Un rumbo que las lleve donde se supone deben estar si existe destino, donde ellas quieran terminar si existe libre albedrío.

Esta entrada podría ser la prueba tangible de que existe la inspiración y que aunque no se puede acariciar o agarrar se puede deslizar por la carne hasta convertirse en arte. Las teclas de un piano, el pincel de un Picasso en Móstoles, las teclas mecánicas de una antigua máquina de escribir.

Tratase sobre lo que tratase esta entrada algo es seguro y no cambia.

Estás leyendo esto y yo también. El arte atrae almas.


martes, 28 de octubre de 2014

Discapacitado

Me miras desde tu esquina, oscura, muerta, dolida. Me respondes con un gesto que simula alcohol. Me lloras desde un pedestal, divina comedia, las jodidas burlas de un ente ancestral. 
Esperas encontrar en mi un amor, un animal, algo donde esconder toda tu mirada, refulgente, pálida.
Recuperas el aliento queriendo más, inspiras por tu nariz tragando los sentimientos que no te dejan, si quiera, respirar.
Me has mirado otra vez, me has mirado para mal. La hiel en tus dientes y la aguja en un dedal, todas tus poesías bajo aquella blusa harapienta y sucia, hilada por segundos de derrotismo y poco afán de todo y nada.
Moqueas en un festival de gritos y sangre, tu tinta carmesí en el asiento de mi coche. Mi cabeza a mis pies, señoría.
Respondo con un sonido seco, altruismo del medieval, y espero paciente al roce del más frío metal. 
Me susurras arcadas y yo, también.
Lame mis ciudades, responde a mis escapadas, anhela mis inquisiciones. 
Espera a cubrir mi rostro con legañas, desvela cuando ambos nos movemos, si nos reímos, en este cuento. Friega mis entrañas y espera, despacio, a recubrir todos mis recuerdos.

sábado, 26 de abril de 2014

Duelo a muerte: escritor contra cafetería

En el rincón más ruidoso del planeta, las voces y los gestos se entremezclan en una vorágine de apasionadas relaciones intrascendentes. Las luces se encienden cuando el manto oscurece y todos los deseos, encadenados al sonido de los vasos y las cucharillas, se sientan a conversar sobre sus mayores miedos.  

Palabras que se cruzan en el aire, viajando de mesa en mesa, chocando las unas con las aquellas. Se respira soledad con leche templada entre el tumulto. El río suena y comunicación lleva. Hablan todos excepto yo, receptor involuntario de coloquios, discusiones y reconciliaciones. Y todo lo que escucho es el enorme nada sentado delante de mí, que se hace visible con cada silencio que precede al idioma. Mis sueños se evaporan ante la cafeinómana parsimonia de todos los que me rodean. Me encuentro encerrado en los confines más armoniosos del indestructible coro de lenguas bífidas que serpentean delante, detrás y bajo mi mesa. 



El puto Lacoste en la televisión, mezclando el intercambio de fluidos voluntario con el homocaimán que reviste sus polos, la sorda, solo oyente a ratos, invocando a Satán mientras le revela a su marido la larga condena con olor a azufre que tendrá que soportar por no haber puesto el programa de lavado frío antes de cruzar la puerta. Ataco con desgana y aguantando la orina en mi adormecido pincel el café con leche templada pero no mientras soy testigo de besos negros en unas mejillas, en otros labios, en un alma que, sin anal duda, no es la mía.
Reposo mis santos cojones sobre una silla que ahora me parece demasiado cómoda en un antro quiero y no puedo con demasiadas pretensiones. Me da la sensación, agarrémonos los machos, de que cada coronilla sin pelo, cada negra con manchas de esclavitud en la piel, cada puto escritor perdido entre las cuatro esquinas de una mesa, no tiene ni puta idea de qué puñetas hace aquí. Perdón por la palabras, pero mi santa cola le arrebata, por momentos, el control a mi sesgado corazón. Corazón que bombea cada vez menos sentido a la realidad que perciben mis entrañas. 

Comienzo a planear mi huida. Mira que culo, estoy seguro de que podría comprar un billete con mi majestuosa sonrisa y salir de aquí montado en uno de esos ferris negros. Creo que ese que tiene delante lleva un cartel, desde aquí atisbo a leer: "Glúteo desproporcionado preparado para partir hacia la frontera fecal del WC Mediterráneo. Ponte chubasquero, el viaje es una mierda".



Viajo a Desembarco del Gilipollas unos días, ha sido un placer tomar este último café sintigo. Siempre te recordaré con esa sonrisa hueca y esa mirada inexistente.

Buen viaje, bon voyage, mucha mierda, que sé yo. Y recordad, quien mucho quiere, acaba meando sangre.





domingo, 5 de mayo de 2013

Incoherencias con sentido

Palabras. Segundos de un presente que se evapora con cada sílaba. Picazón en mis entrañas, el sudor en las palmas de mis manos. La perdida del control ante el cuerpo perfecto, ante el alma perfecta.
Una declaración de intenciones para quien jamás... para quien..... Este laberinto de noches y días me hace enloquecer.
Sale el sol y la negrura que guarda las estrellas se tinta de luz. Astros y recuerdos. Un cambio.
Estrangulo mis posibilidades con una cuerda de piano. Una cara nueva que diluye las pautas de mis historias pasadas.

Y en una noche como ésta pierdo las nociones de mi don, olvido como soltar la bestia que radica en todo lo que escribo. La promesa de reencontrarme con todo lo que alguna vez perdí, la remota posibilidad de recuperar lo que merece la pena.

Locuras, candados rotos que rompen la rutina que gobierna mi vida. La formula perfecta, un par de labios, un par de ojos, un par de manos y una persona dispuesta a comenzar un nuevo relato.

Nada de lo que tecleo comprende de coherencia, ninguna de las ideas que me rondan hoy la cabeza se sostienen sobre pilares bien construidos. Hago malabares sobre una cuerda con fecha de caducidad, comprendo la fugacidad del momento con la serenidad que me otorga la pausa en el movimiento. Comprendo y rechazo. Corto las cuerdas que balancean mi cuerpo controlando cada uno de mis gestos. Lucho contracorriente mientras escalo lejos de la negatividad con la que la sociedad me ha enseñado a vivir. Barro la suciedad de mi educación por un mundo mejor.

Soy un juguete roto cansado de ser marioneta.

Yo decido mi suerte.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Fuck.


Estoy cagado de miedo. El dolor que he estado esquivando enérgicamente estos días me ha encontrado tras la cuenta de diez. Soy solo un niño esquivando hachazos que buscan mutilarme . El órgano vital, tu corazón, mi corazón, casquería a buen precio cicatrizada con el devenir de los siglos.

No hay lágrimas que reflejen las toneladas de hormigón que soporto sobre mi pecho, en mi rostro solo un ceño fruncido, en mis manos un cigarro individual y no un hábito de matanza. La electricidad de mi organismo transforma melancólicamente cualquier armonía de más de tres notas en el eco de tu risa, que rebota por las paredes de tu casa, por el martillo, yunque y estribo de mis martirizados oídos. 

Soy un soñador que ha despertado contra su voluntad, con las manos frías y el grito ahogado en sus entrañas. Te echo de menos sabiendo que ésta vez no hubo señal alguna de reconciliación. ¿Cómo pedir perdón cuando no hubo discusión? Nada salvo simples y mortíferos acuerdos de separación. Llevo en mi frente, orgulloso de haberte abrazado, la firma del contrato que divorcia nuestras vidas, que otorga a nuestras almas la desazón de no poder, tal vez jamás, encontrarnos en otros cuerpos.

Si digo que te sigo amando pierdo, si digo que no te pertenezco, miento. 

Se me llena la boca al decir tu nombre para repetir un "nunca más".


Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...