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sábado, 5 de enero de 2019

En terapia

Está sentado en un sillón. Está narrando mi viaje de redención.

Le pago trescientos pavos al mes, ya puede contármelo bien.

Dice el doctor que dicen que mi corazón late cero con cuatro veces más rápido cuando giro sobre mi mismo, dice que saben que le he cogido manía al interruptor con el que ilumino las rutas favoritas de interconexión neuronal de la gente que me rodea.

"Ella mira pero no ve. Está demasiado atenta a si la están escuchando bien para poder oír mis alaridos de lobo abandonado."  le digo yo a él.

Me dice con las gafas puestas y los ojos clavados en la libreta que la fórmula estaba mal y hay que rehacerla entera.

"Tú por tu sombra menos todo lo demás es igual a hogar."

Todo esto es culpa de la gente -me dice- ellos preguntándose que está mal en latín frente a una ecuación y tu chica no se ha dado cuenta aún que no lo es.

Todo esto es culpa de la gente, suspira.

Me levanto del diván otra vez y ya no se qué mes es. ¿Qué pastillas me está dando el doctor?

"Creo que he encontrado un poco de verdad seca entre mis pestañas. Me he sentido como no quería pero sé que debía y ahora mi orgullo juega de último hombre en pie y trata de frenar el acto de agradecimiento a toda esa gente, ¿sabe?" le explico.

El loquero niega.

Dice que debo dejar caer a Dios en ese fondo marino abisal del que manan todas las lágrimas que he echado por culpa de la gente.

Todo esto es culpa de la gente.

Me pregunta si he estado siguiendo sus consejos. Si les he contado que hace ya siglos las cosas son diferentes, si he verbalizado para mostrarlo mejor, si he cumplido mi propósito de año nuevo y he reducido mi lista de amigos en el Facebook de verdad, el que radica servidor en el corazón.

¿Y a ella? -me pregunta.- ¿Le has contado cómo te sientes?

Hago una mueca que es hija de padre asentimiento y madre me escuece la herida en el bazo. Retorcida, muy retorcida.

Dice que no está mal y se coloca las gafas con los dedos vuelta a su posición inicial.

Así pensaré mejor, tú déjamelo a mi, me dice.

"Ponte cómodo". E introduce en mi boca una piruleta de color marrón.

¿Qué me está dando ahora, doctor? Yo.

Todo esto es culpa de la gente. Mi Doctor.

"Hazme caso no seas idiota y ponte un disfraz" me señala a mi propio armario que de pronto forma parte del mobiliario de la consulta.

"¿Puedo cagarme en la puta?" pregunto tan drogado como nunca.

No.

Tengo el traje de me sudas la polla, fácilmente confundible con me la sudas de verdad pero de naturaleza artimaña.

Estoy buscando algo mejor.

Encuentro los pantalones de sal echando hostias y no vuelvas antes de un mes pero los cinco euros que nunca metí en el bolsillo chafan mi plan antes si quiera de poder empezar a soñar con todas esas posibilidades de empezar de cero en algún lugar donde las cosas sean como quieres.

"¿Cómo lo ves hijo? Te cagas en la puta gente, ¿eh?"

Su cara ahora es un dragón de escamas doradas y lengua bífida.

"Quizá el próximo día encuentres algo, ahora me temo que se ha acabado la sesión".

Lloro como si me hubieran lanzado a la cara el puto premio de consolación. Me agarra de los tobillos y yo a las patas de la mesa ancladas al suelo de su despacho.

"Yo de aquí no me voy hasta que no deje de tener la culpa la gente" le grito mientras una bandada de búhos blancos me agarran de la chaqueta y los pantalones.

Me están sacando por la ventana. Voy volando.

Has hecho grandes progresos hoy - me sonríe mientras agita la mano - el próximo día trabajaremos estos sueños tan raros que tienes.

Mierda, pienso, creo que me he dejado el carnet de identidad en el sillón.



jueves, 4 de junio de 2015

¿Qué tengo, doctor?

A grandes éxitos, parsimonia arrolladora, doctor. Al final el gran enemigo del pequeño detalle va a terminar retractándose, admitiendo que se equivocó, que aunque Amelie fuese una chica de todo menos adorable, quizá su filosofía de vida no estaba tan mal enfocada, ¿no cree?

Y es que hasta ahora los grandes éxitos de mi vida han sucedido sin confeti ni reuniones de amigos donde las botellas de cocacola y fanta de naranja rulan sin parar, conseguir un trabajo no se puede comparar con el día en que cumplí seis años, quizá se deba a la relevancia cósmica de crecer, de aguantar tanto tiempo sin palmar en ésta jungla de pesadilla.
Aquí consigues lo que consigues y sin dejar de ser alucinante, el peso de lo que aún no has superado ennegrece todo destello de júbilo. Como que no se puede ser feliz, coño.

¿Qué quizá no sé disfrutar de la vida, doctor? Me temo que es la vida la que no se deja disfrutar, ¿sabe?. Cumplo con los requisitos necesarios: doy prioridad a las personas por encima de las obligaciones, valoro más las reuniones de amigos que las de verdad, las serias, las que contienen pilas de papeles, corbatas y un centenar de garabatos inteligibles, aprendo de las palabras que pronuncia la verdad antes de las que pronuncia el docente desde el encerado. No creo, sinceramente, estar haciéndolo mal.

¿Cuál es, entonces, el verdadero problema aquí, doctor? Quizá la propia naturaleza de la situación, tal vez el exceso de importancia que le concedo al dolor de mi corazón. Es posible que las lágrimas que un día se derramaron ante la atenta mirada de mi persona dañasen lo que hasta ese momento gozaba de plena salud en mi interior.

Y es que creo, precisamente, que lo complicado de la situación radica en el poder de una sonrisa bien situada ante cualquiera de nosotros, ante cualquiera que se sienta vulnerable. Y créame, le digo una sonrisa como podría decirle otro centenar de cosas más: un ahogo, una asfixia, un brillo en la línea que separa el iris de la pupila, una nariz de punta redonda, una peca situada a conciencia, una peca que más que un punto es una estrella en el firmamento de su rostro, a años luz en la galaxia del recuerdo.

Me aterra confirmarle, doctor, que temo con la entereza de mi ser el poder que alguien, sin pronunciar sonido alguno, puede ejercer sobre cualquiera de nosotros. Y me cuesta comprender la naturaleza de la cuestión, no soy capaz de entender cómo todas las luces pueden apagarse de golpe porque alguien decide que ya está bien, que ha aguantado suficiente, que nunca más te volverá a ver.

¿Le ha pasado alguna vez, doctor? Solo puedo darle un consejo ante tal situación: Prepárese para perder el control.


Somos seres funestos, deshechos, incomprendidos, espectros de medio metro, singularidades por cientos y, al fin y al cabo, cuando el sol se pone no somos más que sombras en un completo desierto.

Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...