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jueves, 7 de marzo de 2019

Fotografía a piídos

Hay dos pájaros en sendas ramas de un mismo árbol. Ellos no lo saben, están pensando que el otro ha invadido su encina.

La discusión es más un debate que guarda las formas en apariencia que un concierto de voces.

El problema es que no se entienden. Actúan como si lo hicieran pero pían distintas lenguas y sus perspectivas les impiden darse cuenta, realizar, que están en la misma encina.

Uno de ellos infla su pecho como si de pronto una bomba hubiese detonado en su interior y grita algo parecido a: te quiero pero vete a la mierda.

Entiendo entonces que se conocen desde hace tiempo e incluso es posible hayan compartido insectos en algún momento de sus vidas.

Agarro lápiz y papel y trato de enmarcar la escena como si de un cuadro en movimiento se tratase. Me pregunto de qué color debería maquillar la melodía parlanchina de sus diferencias.

Parece que las discrepancias entre ambos crecen segundo tras segundo. Ha pasado ya media hora y ninguno ha cedido en su postura.

Tardo un rato más en percatarme, lo que estoy viendo no es un malentendido que los aleja pues a pesar de no estar follando en reconciliación ninguno se ha dado por vencido.

Me da la sensación de que la fuerza con la que se agarran a la rama que creen les pertenece es en realidad la resolución firme de no abandonarse. El uno al otro, el uno al ellos entendido por los dos como un nosotros.

Se amagan, se insultan y se sienten ofendidos por la falta de consideración del otro.

Creo que se quieren. Probablemente se quieran matar, pero se quieren.

Pronto la naturaleza me regala un sujeto comparativo, otro pájaro unas ramas más allá. Está cantando algo que existe entre la balada y el reggaeton. Un par de metros más abajo, en otra rama, lo que parece el objetivo del flirteo del ave cantarina.

Está intentando ligar.

Sus pequeñas zarpas abrazan con fuerza la rama que le sostiene y su canto merece el adjetivo denodado sin embargo, en su convicción por conquistar, no capto ni un ápice de la verdad que rutilan mis dos amigos enfrentados.

Y siguen discutiendo, y continúan haciéndolo en idiomas ni tan siquiera parecidos.

He conseguido dibujarlos y he añadido detalles que destacan la fuerza de su conexión, la fuerza que los hace chocar y a pesar de todo no los separa.

Algo le dice el uno al otro que debe haber sobrepasado la línea invisible solo cierta para ambos. Sus alas se abren y salen volando en la misma dirección y sentidos opuestos.

¿Habrá sido este el final de algo mayor que jamás presenciaré?

Me he quedado sordo y petrificado, quizá incluso algo azul, con los ojos clavados en un árbol que a pesar de estar repleto de pájaros ahora me parece vacío.

¿Dónde habrán ido? ¿Estarán pensando en ellos en este momento?

Pienso en agarrar la goma con fuerza y borrar todo lo que he representado. Me entristece profundamente la idea de haber sido testigo de la ruptura de un algo que parecía tan grande.

Abrazo la milan blanca con mis dedos y la acerco a la fotografía con licencias que he captado. Me detengo en seco porque escucho un piar que me pone la piel de golondrina.

Son ellos. Están en la misma rama. Creo que se están besando con la mirada.

Creo que son ellos y se han dado cuenta.


martes, 16 de julio de 2013

Crónica roja de un desangrado

El frío plata en su cadera le hace tiritar. Es primero de año y el firmamento lo bendice liberando miles de pequeñas canicas blancas que se van posando sobre el terreno, convirtiendo lo que antes era mundo en una capa gélida y santa.
El dolor ataca con rabia, intentando derribar al hombre que viste de luto. Distintas agujas de distintos tamaños estimulan de forma invisible la superficie de su cerebro. El hombre jura tener al menos una docena de astillas bien asentadas en la zona del cráneo de la que mana sin cese el pegajoso fuego líquido que tiñe la nieve bajo sus pies. 
Mete la mano en el bolsillo interior de su oscuro abrigo y, con dificultad, extrae una cartera de cuero marrón. La abre. Entre sus dedos, el rostro de su esposa y sus dos hijas parecen suplicarle que encuentre el coche lo antes posible, antes de que sea tarde para todos. Entonces, una pequeña peca roja cobra forma en la mejilla de papel de su mujer y, poco a poco, el diámetro de la peca se va ampliando hasta teñir el trío de caras de un rojo oscuro y grumoso, la fotografía pesa cada vez más y más y comienza a doblarse hacia el suelo, perdiendo la rigidez de la que segundos antes había gozado.
Con un elegante descenso digno de reconocimiento, el retrato de su familia se balancea en el aire hasta posarse sobre la nieve roja a los pies del hombre.
El rugido de un motor llega hasta sus oídos. "Un madrugador, estoy salvado". Un minuto, dos, tres.... el ruido mantiene su intensidad y no distingue vehículo en marcha en su campo de visión. "Estoy alucinando, me estoy quedando sin la sangre suficiente para discernir entre lo que es real y lo que no". 
Aquel funerario hombre portador de una Glock 17 con el cargado vacío no atisbaba posibles donantes en las calles y él, en la necesidad de sangre en la nieve como de agua en el desierto, contribuyó en la mayor donación de vida líquida que nadie haya proporcionado a la navidad.

Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...