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miércoles, 31 de julio de 2019

Tus neones en mi ciudad

Encontré letreros luminosos la última vez que me acosté.

Habías tallado todo tu respeto por mi en ellos.

Los habías colocado por toda la ciudad para que todos los vieran.

En ninguno aparecía mi nombre, tampoco lo hacía el tuyo.

Ni un ápice de implicación explícita,

ni una gota del sudor que empleaste pensándolas, reuniéndolas, arremangándolas.


Leí frases y frases durante unos minutos que hubiese grabado para reproducir después en bucle.

Conocía bien la ubicación, era un problema de lucidez onírica lo que me hizo temer que,

con casi total seguridad,

no podría volver a leerlos.


"Han salvado cinco mil trescientas dieciséis vidas en el año dos mil quince".


Rezaba amor disfrazado de gratitud, destinatario yo camuflado en el colectivo.

Publicidad destinada a ningún consumidor. Un cráter en mitad del valle anunciándome que

te habías ido

o yo me había marchado

ya no podía recordarlo.


Que mierda importaba la diferencia, pensaba leyéndote tras esos letreros de neón

que me daban las gracias

siendo tú parte de mi cabeza,

estando yo dormido

y

los dos tan despiertos.


Aún temo alzar la vista y leer,

espero que ya nada duela.



"El peor día de tu vida es tan solo su martes".


jueves, 7 de marzo de 2019

Fotografía a piídos

Hay dos pájaros en sendas ramas de un mismo árbol. Ellos no lo saben, están pensando que el otro ha invadido su encina.

La discusión es más un debate que guarda las formas en apariencia que un concierto de voces.

El problema es que no se entienden. Actúan como si lo hicieran pero pían distintas lenguas y sus perspectivas les impiden darse cuenta, realizar, que están en la misma encina.

Uno de ellos infla su pecho como si de pronto una bomba hubiese detonado en su interior y grita algo parecido a: te quiero pero vete a la mierda.

Entiendo entonces que se conocen desde hace tiempo e incluso es posible hayan compartido insectos en algún momento de sus vidas.

Agarro lápiz y papel y trato de enmarcar la escena como si de un cuadro en movimiento se tratase. Me pregunto de qué color debería maquillar la melodía parlanchina de sus diferencias.

Parece que las discrepancias entre ambos crecen segundo tras segundo. Ha pasado ya media hora y ninguno ha cedido en su postura.

Tardo un rato más en percatarme, lo que estoy viendo no es un malentendido que los aleja pues a pesar de no estar follando en reconciliación ninguno se ha dado por vencido.

Me da la sensación de que la fuerza con la que se agarran a la rama que creen les pertenece es en realidad la resolución firme de no abandonarse. El uno al otro, el uno al ellos entendido por los dos como un nosotros.

Se amagan, se insultan y se sienten ofendidos por la falta de consideración del otro.

Creo que se quieren. Probablemente se quieran matar, pero se quieren.

Pronto la naturaleza me regala un sujeto comparativo, otro pájaro unas ramas más allá. Está cantando algo que existe entre la balada y el reggaeton. Un par de metros más abajo, en otra rama, lo que parece el objetivo del flirteo del ave cantarina.

Está intentando ligar.

Sus pequeñas zarpas abrazan con fuerza la rama que le sostiene y su canto merece el adjetivo denodado sin embargo, en su convicción por conquistar, no capto ni un ápice de la verdad que rutilan mis dos amigos enfrentados.

Y siguen discutiendo, y continúan haciéndolo en idiomas ni tan siquiera parecidos.

He conseguido dibujarlos y he añadido detalles que destacan la fuerza de su conexión, la fuerza que los hace chocar y a pesar de todo no los separa.

Algo le dice el uno al otro que debe haber sobrepasado la línea invisible solo cierta para ambos. Sus alas se abren y salen volando en la misma dirección y sentidos opuestos.

¿Habrá sido este el final de algo mayor que jamás presenciaré?

Me he quedado sordo y petrificado, quizá incluso algo azul, con los ojos clavados en un árbol que a pesar de estar repleto de pájaros ahora me parece vacío.

¿Dónde habrán ido? ¿Estarán pensando en ellos en este momento?

Pienso en agarrar la goma con fuerza y borrar todo lo que he representado. Me entristece profundamente la idea de haber sido testigo de la ruptura de un algo que parecía tan grande.

Abrazo la milan blanca con mis dedos y la acerco a la fotografía con licencias que he captado. Me detengo en seco porque escucho un piar que me pone la piel de golondrina.

Son ellos. Están en la misma rama. Creo que se están besando con la mirada.

Creo que son ellos y se han dado cuenta.


viernes, 9 de marzo de 2018

Soy tinta en el cielo y agua en tu piel

Me recuerdo lloviendo sobre tu tejado. Las ventanas empañadas y fuera ese susurro de las cañerías disfrazadas de riachuelos transportándome calle abajo.

Recuerdo deshacerme en una carta que reescribía cada mes de agosto. Una carta donde yo era la tinta que se extendía folio y medio por ambas caras. Tengo ese recuerdo, el del repiqueteo de mi cuerpo en las ventanas, el de la pluma impregnándome en el papel con la mejor ortografía posible.

Puedo ver el cielo encapotado de aquel día como si fuera ayer y oler mi perfume a tierra mojada inundando tu ciudad.

Tu tétrica ciudad de barro y gentío y pensamientos recurrentes.

Verte de gota en gota bajar con la carta en la mano dispuesta a leerme.

Recuerdo ser prólogo breve pero intenso, chispear a las cuatro de la tarde sobre tu figura sin paraguas. Recuerdo olvidar la diéresis que no quisimos tener.

Lo veo, el momento en que capitulamos y soy nudo y tromba de agua y caigo sobre tu cabeza con la fuerza de una duda sin resolver. No puedo olvidarlo. Tú corriendo buscando refugio y yo sostenido entre tus manos mojadas corriéndome en rimel negro que transforma mi mensaje en jeroglíficos.

No me pudiste leer. Refugiada bajo una cornisa me intentaste ver, temblando, viéndome fundirme en agua y tinta sobre el papel.

Fundiéndome entre tus dedos, acariciando tu piel. Agua y tinta.

Recuerdo cómo salvaste el final a soplidos que reflejaban la tenacidad con la que me sujetaste la mano tratando de impedir mi partida, mi juego de póquer, mi mano maldita, mi mala suerte, mi azar desabido. Mi larga marcha al apostar y perder. Perderte.

Perder
te
quise.

Lo logré.

Puedo rememorárme desenlanzando con unas últimas palabras las cosas que nunca dije y pensé debías saber y también dejar de lloverme, amainarme la tormenta con las manos frías.

Me recuerdo cesando con un sonido seco y un punto y final. Recuerdo las calles hidratadas y las lágrimas deslizándose por tus mejillas regando tu piel.

Qué puedo decir. Supongo que me deshice intentando hacerme entender.

Espero batir las alas y surcar los cielos sin tratar volverte a ver desde arriba, transformado en pájaro de tinta y agua, que si tengo que volver, ya volveré por otro lado.


jueves, 29 de junio de 2017

Poesía de sexo para dormir

Soy para ratos en un bar, para charlar de tú a yo desde la mesa de billar.

Soy un malabarista cuando camino desde la barra hasta el retrete coordinando la respiración, el pensamiento y mis dos manos.

Soy un submarinista de la declaración, buceo no me mojo. Voy a pelo, sin gafas, y lloraré todo el cloro del mundo por ti si me haces daño.

Soy la ese, la o y la i. Soy el abecedario cuando bebo y se me suelta la lengua, soy de la a a la z entre tus piernas cuando te escribo poesía de sexo para dormir.

Soy el que deja entrar antes de salir, el que firma en el aire para pedir la cuenta si no te enteras de lo que te quiero decir.

Despierta.

Soy de esos que confiesa amor eterno por las mañanas antes de dormir, sea viernes, lunes o Madrid.

Soy ese que lanza cuerdas a las locas para dejar los cuadros psicóticos bien atados.

Soy muy de perder el norte en el Polo y descubrir que Papá Noel ni existe ni lleva gorro.

Soy perro narigudo que no ladra pero muerde pero grita que no te suelto.

Soy mal presagio, mal agüero, agua de mayo.

Soy duro como un callo.

Soy lluvia si paseo en verano y la casilla en la declaración de la renta para pazguatos.

Soy un estúpido, un tonto, un bicho raro, un astronauta en una pecera con poco tiempo y mucho espacio.

Soy quien querías que fuera cuando se abre el cascarón y el pollito de dentro asoma la cabeza aún sin uso de razón.

Soy todo corazón, ambivalente, ambiguo, ámbar, estrellado en el radiador.

Soy calor.

Soy solsticio.

Soy olimpiada, desordenada, atragantada por los verbos que regurgitan en mi interior.

Soy sueño confuso de ron, whisky o licor.

Soy ella sobre el escenario y él cuando pisa fuerte pero camina despacio.

Soy frágil fractura en ese jarrón chino que es tu vida, que empujo con el codo.

Soy la bocanada de aire que falta cuando el corazón se salta un latido.

Soy ruido blanco, materia oscura, ondas de menos cinco decibelios.

Soy música con sordera sin taparrabos ni vergüenza alguna.

Soy fanático del dogma catapultado a discreción.

Soy freno de mano y pie de aceleración.

Soy boca que besa y que peca por falta de contención.

Soy múltiples yoS.

Soy puro aliento y corazón.

Soy el reencuentro entre mis dudas y tu voz. Las miradas que podría haber, el miedo que tendríamos si supiéramos que podríamos querernos antes de amarnos. Somos el párrafo que se expande más allá de los límites queridos por conocer.

Somos el sabor a cereza en la punta del tenedor.

Somos nosotros.




jueves, 10 de noviembre de 2016

Follándonos de miedo

No tenías los ojos de alguien que había sufrido tanto. Tu forma de cuidarme a base de palabras dulces y caricias fuertes te hacía parecer una mujer indestructible, una persona tan cuerda, fuerte y sana que tenía de sobra para cuidarme a mi.

Tú no sufrías ni necesitabas, tú y tus ojos del color del más pálido de los mares nos mantenían a flote. 
Eras la canción de cuna que se sobreponía al estruendo del oleaje en aquellas noches naufragándo sobre el colchón.

Nada más lejos de la realidad, nada más cerca de la verdad: me antepusiste a mi. Me pusiste por delante. Caí redondo, debo admitirlo, nunca nadie lo había hecho. Y no me di cuenta de que estabas enferma y que yo guardaba con recelo todos los antibióticos para mi, que insultante y sin remedio, te pedía que me los suministraras lentamente, como si fuera otro juego de cama.

Estabas enferma y no supe cuidarte porque mi dolor me cegó a mi y se comió tu cerebro. Y lo saboreé antes de percatarme que aquel dolor no tenía que ver con la épica batalla que estaba teniendo lugar dentro de mi, que no era la espada de Aquiles ensartándome desde las entrañas. Que era tu alma, envenenada, bañada en matarratas y pensamientos suicidas, la que me estaba sentando mal, de puto culo.

No parecías tener mayor preocupación que asegurarte de que me encontrase a gusto recostado en tu regazo, que tus piernas fuesen cómodas para mi cabeza de escritor que tanto temías y admirabas. 

Nos asustábamos del otro y nos encontrábamos bellos en el terror. Y follábamos porque era como gritar de miedo pero sin ropa. Entonces dije basta porque me estabas absorbiendo, porque cada vez que fijaba mi pupila en tu iris azul podía notar la sal en la boca y la marea subiendo asfixiándome por dentro.

Fui yo quien acabó contigo y te transformó en un recuerdo silente de lo que una vez me sonrió en el metro y me hizo olvidar hacía dónde iba y de dónde venía. Yo te maté y sé que aún caminas por ahí echándome de menos, intentando recordar en qué momento me puse lo suficientemente bueno como para prescindir de ti, abandonarte, dejar de dejarte cuidar de mi.

Eramos uno y nos dábamos miedo. Ahora creo que fue a ti a quien asaltaron los griegos.


jueves, 22 de enero de 2015

El recuerdo, nada más lejos de la realidad.

Arrugar recuerdos como si fueran papel, darlos de si como goma de mascar hasta que una masa amorfa sea lo único apreciable. Y aunque no lo he comprobado, dicen que los recuerdos cortan, pueden arañarte o irritarte el colon hasta en el mejor momento de tu vida. Cuando cierras los ojos o dejas la mirada en stand by, los recuerdos pueden obstruirte las arterias, darte cáncer de pulmón o empeorar tu ortografía. Las canciones dejan de sonar a canciones y comienzan a sonar a días y las películas pasan de los actores, convirtiéndote en protagonista de, lo que a ti te parece, tu propia vida.
Tu casa en Estados Unidos, tu ex con una ciento cinco de pecho, tu grupo de colegas ampliado a veinte y tu cara convertida en una de las más sexys de Hollywood.

Cuando dejas de estar aquí y ahora y te paseas por lo que crees recordar, aderazado con imaginación, crees poder ver lo que no ha sido y olvidas cada palabra que sí fue. La ropa te quedaba mejor, tu voz sonaba cortante y las lágrimas caían por su rostro y no visitaban el tuyo. Quizá chispeaba y coño, a ti te parece que llovía a mares, crees incluso poder recordar cómo volviste a casa remando en el arca de Noé. Nada más lejos de la realidad, los recuerdos.

La plata no era plata, era oro y el cuello de tu camisa se mantenía fuerte, sin amenazar con haber sido maltratada en el armario. ¿Y qué me dices de esa peca característica que ella no tiene? Qué bien le sentaba mientras discutíais en lo que te parece fue todo un debate de filosofía.

Los vaqueros, los más suaves de la tienda, tu camiseta sin letras la más seria de las negras. Y su vestido, bueno, ese si que recuerdas que te gustó tan poco como el punto y aparte que le siguió a la verborrea que desencadenaste bajo el cielo gris. Y es que no había luz, pero casi podrías jurar que un foco iluminaba todo el parque. 
Cuando te marchaste, pensabas que todo iba sobre ruedas cuando en realidad  iba, como mucho, sobre pedales. 
Ella tan estrambótica y tú tan denigrante. 
Los ladrillos no lo eran tanto y sus ojos abarcaban el lienzo durante toda la tarde. Tartamudeabas y jurarías que tu discurso estaba más trabajado que el de Hitler. Nada más lejos de la realidad, los recuerdos.

Y por aquel entonces ni siquiera fumabas, pero el cigarro se te cayó de la mano en la parada del autobús, cuando te preguntabas si aquella sería la última de las últimas veces que la veías. Porque admítelo, en ese momento, aún no lo sabías.

Tú tan poderoso, ella tan pequeña. Y más grande que una montaña lucía ella, tan débil como un perro de nadie en la calle peor asfaltada.

Y se te acaba el aire, sales a la superficie y emerges del recuerdo sintiéndote importante, nadie estaba mirando.

Allí, el único público eran tu vejiga apunto de explotar y sus respuestas monosilábicas entre llanto y risa.

Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...