Del tipo que parece una señal en el cielo, del que parece una buena razón para aventurarse a intentar, a probar que te equivocas, a que quizá soy yo el que se equivoca.
Del tipo que importa para bien y para mal, del que cruza países, océanos y la muerte. Del que sube escaleras para después bajarlas.
Del tipo que llora sonrisas sin cesar, del que sonríe lágrimas sin final.
Del tipo que vive fuera de ti y transforma el mundo cuando te saca a bailar. Del que te enseña qué es amar.
Ese tipo de amor bajo la almohada, del que es un tipo de ley física que Newton jamás supo explicar. El que no cabía en ecuación alguna que Einstein supiese desarrollar.
Ese que calla para con miradas poder hablar. Ese que truena cuando convergen piel y piel.
No eres de esas que se ponen vestido por si la aventura surge de entre los adoquines y tienes que correr, saltar o Dios sabe qué. Y solo te los pones cuando acompañas con manoletinas o tacones, cuando es obvio que la aventura no exigiría proeza física y que si lo hace te quitarás hasta el último trapo que adorne tu cuerpo.
No eres de esas que se meten, que se burlan, que se ríen de las personas que sufren de alguna discapacidad, física, psíquica o social. No eres tampoco de las que sienten lástima y quieren romper a llorar. Eres de las que ayuda si puede y continua su camino si no debe, si ya está atendido, que por el simple hecho de ser así no se requiere un teatro de lágrimas ni preocupaciones.
Que no eres una niña.
No eres de esas que viven y no piensan, tampoco eres de las que viven y piensan y no reflexionan sobre lo pensado. Eres de las que filosofan porque puede y quiere estallar su cabeza hasta ser la mejor versión de si misma. Quieres poder valerte por ti misma sin ser consciente de todos los superpoderes que tienes, sin ver, desde ahí arriba, como pasas volando sobre nuestras cabezas.
No eres de esas que no lloran. Porque lo haces, los dos lo sabemos. Lloras y te caes, porque eres humana y preciosa por eso. Eres preciosa cuando estás sentada en el suelo con la cabeza entre las rodillas y te veo, juro que veo como luchas con todas tus armas, que son poco menos que todo un ejército, para levantarte y sonreír.
A veces, simplemente, no puedes. Eres humana, eres preciosa.
No eres de esas que viven encerradas en un mundo que las somete, no eres de las que como tú, son mujeres y parecen no querer demostrar que por el hecho de serlo no tienen que pedir perdón. Que no tienen que pedir nada, que son como somos todos, carne y hueso. Que dan vida si se les antoja un día. ¿Algún hombre en la sala puede si quiera soñar con eso?
Que eres una mujer y sabes que puedes con ello. Que si te nace la gana te nace un hijo y cambias el mundo.
No eres de esas que critican a los demás cuando no miran. No insultas, no envidias, no arañas.
No eres de esas que no leen, que no se sientan jamás bajo las estrellas y me agarras con tus ojos y me cuentas lo que crees que hay allá arriba. No eres de esas que me dan su opinión sobre la vida y termina antes de treinta segundos. Joder, no eres de esas y te amo por ello.
No eres de esas que juegan a conocer gente, a querer a gente, a despedirse de gente. No eres de las que se levantan un día y al siguiente son personas diferentes.
Eres de las que te sonríen desde la esquina y un año después lo hacen desde la cama. Eres de las que no te hacen sentir inseguro y te acompañan de la mano en ese camino que es descubriros y fortaleceros a base de risas y llantos recostados en el pecho del otro.
Eres de las que me hacen reír sin final y me da un mordisco en la mejilla cuando no puedo parar.
Eres de esas a las que se ama por encima de todas las cosas.
Hoy es café,
mañana no sé qué podría ser,
tinta, sangre, humo, alcohol,
un buen trago de sudor,
tu boca sobre la mía,
mi respiración asqueada de
tu aliento con resaca por
mi alcohol en vena, en arteria o arteriola si
tu dolor me hace matar neuronas en
mi vaso, botella o barril, comprado con
tu sonrisa, dinero o moneda, por
mi pobreza,
mi desaliento,
mi cartera vacía,
mi sucia avaricia,
mi cara de muerto.
En las dos décadas que llevo caminando por aquí, por nuestras calles, bajo el mismo cielo cambiante, sobre las aceras y las calles y los parques y los corazones rotos y los rostros sangrantes, las mismas farolas, los mismos árboles... en las dos décadas que llevo intentando correr mientras camino torpemente, suplicando por una muleta, por un hombro sobre el que apoyarme, creo haberlo visto todo y sé que no he visto nada.
Me he desplazado de conversación en conversación, semana a semana, mes a mes, beso a beso. las lágrimas me han acompañado ininterrumpidamente formando un caudal lo suficientemente triste, lo suficientemente caudaloso como para descender en la vida a canoa, el color del agua ha cambiado, ha sido blanco, ha sido rojo, ha sido negro. Y las voces han cambiado también, altas y bajas, chrirriantes y melódicas.
Siempre cuesta, cuesta arriba y cuesta trabajo encauzar los actos, las motivaciones, los deseos. Me cuesta tanto encauzar las palabras como entender lo que me dicen, lo que escucho y entiendo a medias siempre. ¿Cómo entender lo que me estás llorando, cariño, si en mi cabeza las letras bailan salvajemente al ritmo de una danza frenética y satánica cambiando constantemente de pareja?
Se me caen los dogmas, las imposiciones, los pretéritos se me resbalan, se me queman las posesiones, SE ME ARRANCAN GRITANDO LAS ORDENES, se me resbalan los susurros en cursiva de tus labios entre el martillo, el yunque y el estribo de mi corazón.
No entiendo el orden de los sucesos que nos suceden, me quema la aleatoriedad con que parece golpear la vida, me parece imposible esquivar, evitar, esconderme. Me parece imposible no encontrarme huyendo a mi cama o al polo norte. Me parece lo que me parece, y quién soy yo para dudar de mi propia duda, de yo como un ente perdido, desorganizado, ebrio para respirar, sobrio para beber.
La vida me quema la garganta, me pesa sobre los hombros sonando como en un concierto donde las vibraciones remueven toda la casquería que llevas dentro, desde el hígado hasta los sentimientos.
Ni tan siquiera cuando me rindo tiro la toalla, tengo un por qué. Es un secreto a voces. Te amo. Amo este vórtice estúpido y sin sentido que un día te sostiene sobre las nubes, cogido por las axilas, enseñándote al niño que huye de las bombas países más allá, a la pareja de enfrente follando frenéticamente sobre el mueble de la tele, al hombre que camina por la calle y jamás hace nada que no sea andar por la calle. Al hombre que no se detiene. Al hombre que sabe que es hombre y al asumir las consecuencias asume el fuego que lo devorará por dentro y al cubo de agua que le regenerará las entrañas.
Amo la vida porque me mata mientras estoy vivo, hasta que termine acabando conmigo, para siempre, para nunca más disfrutar lo que me jode mientras respiro.
Estamos en guerra. Las trompetas suenan, el cielo se torna rojo y a Jesús le arde la barba. Corre despavorido, con las manos en alza, no es la palabra de Dios la que proclama a voz en grito.
Si una cosa he descubierto en mis veintiún años de existencia y en los cuatro que llevo de vida es que a todos nos gusta desayunar en Vietnam, merendar en Afganistán, bebernos el vaso de leche antes de dormir en una trinchera donde silban las balas y la sangre lo tiñe todo de rabia y frustración. Anhelamos partirle la cara a alguien que, probablemente, sea menos gilipollas que nosotros. Y como solo hay unos pocos valientes que llevan la hazaña a cabo, necesitamos visualizarlo, repetidas veces.
Conozco los mantras, la buena postura, lo políticamente correcto, lo soberanamente coñazo. Y por eso quiero dejarle claro que mi madre me dio a luz en una ocasión, quiero mandarle una postal directa a la cara, con cuatro posdatas, que recuerde el viaje al día siguiente con un diente menos.
Y el auténtico problema llega cuando despiertas en mitad de la noche, con todos tus músculos contraídos, con el cuerpo tan retorcido que no eres capaz de discernir donde empieza la cama y donde lo haces tú. Te sueñas repartiendo leña a una cara que llevas toda la vida estudiando.
Pregunta. ¿Mamá, por qué quiero destruir al cabrón de mi hermano gemelo? Y ahí está, en el albúm familiar, el muy mamonazo. De pequeño el diablo parece feliz, ¿Qué le ha pasado? ¿Ha sido el amor el que lo ha desfigurado?
Una visita al médico y la única respuesta es una receta con el nombre genérico de unas pastillas que ya has acabado. No hay tiempo para la publicidad, voy directo al grano.
Me han jodido, ya está, es tarde para arreglarlo. Probablemente la culpa sea de aquellos monos que, sin otra cosa que hacer en un mundo de rocas y mares, se cansaron de recolectar y decidieron fornicar hasta terminar precipitándote a un mundo que de sentido tiene más bien poco. Porque no se puede crear un termino como felicidad cuando ya tenemos un sinónimo que lo describe a la perfección, "utopía", hijos de puta. Hijos de puta los monos, los jefazos de la RAE dándosela de amos del universo corrompidos por las almóndigas y los murciégalos andantes y sonantes de éste nuestro maldito planeta.
Y ya poco más nos queda por hacer más que golpearnos hasta dejarnos de ver, de culpar a políticos, religiosos y analfabetos. Un secreto, somos nosotros. Los mismos que besamos, que pensamos, que siempre decimos la verdad. No fue un accidente aquello del ying y el yang, sea lo que coño sea eso.
Así que disfrutad del viaje, veros morir y cuando toque llorar frente al lecho de hormigón y coronas de flores hacedlo jocosos y sin titubear, porque si no fuese por los malos momentos, momentos, lo que se dice haber, no habría ni uno que joder.