Érase una vez un poco de polvo flotando en el aire que pensaba y sentía.
Lo hacía, lo hace, lo hará.
Polvo que gana trofeos y lo celebra,
que sabe cocinar, seducir y drogarse.
Polvo que cree que sueña,
que analiza los elementos que componen sus pesadillas.
Polvo que quiere igualdad, que quiere control, que quiere saberse con la razón.
Polvo que se infecta, se cura y se vuelve a infectar
a través de la tos.
Siente que todo le importa y que nada es suficiente. Y antes de darse cuenta, en lo que pareciera un instante de pasado y presente, llega la corriente y se lo lleva en un viaje que lo transformará en otra cosa diferente.
Entonces, justo antes de medrarse, dejar de sentirse existente, pensante, se dará cuenta de que nada importaba y de que todo era suficiente.
Justo antes de perdonar y olvidarse.
Justo antes del diluvio universal.
Justo antes de levantarse a trabajar.
Justo antes de conocerse entre las piernas de su madre.
Será una vez un poco de polvo recordando en el aire que creerá que siente.
Me pisa la cabeza con tacones altos y medias de rejilla puestas en la cabeza. Me atraca con luces de navidad y la nariz de un reno que me brilla el pecho por dentro.
¡Que vuelva, que vuelva!
Que vuelva cuando el sol se acobarde y las murallas del imperio que tengo entre ceja y ceja caigan presas del pánico de no volver a verla.
Joder, ¡que vuelva! Tengo frío en las puertas.
El reloj hace tic y tac y mis deudas crecen compuestas. Me amedranta la ideología que nos veta a ventanas abiertas. Y una rosa en lo alto del castillo que creé en el guiso de una duermevela me pregunta si quiero bailar con ella.
¡Que vuelva! ¡Que lo haga de dentro hacia fuera!
Que no me compre barcos que mis pies no puedan pisar ni faros donde no podamos follar.
¡Que lo entienda! Si el deseo se puede pedir una vez la viuda se vista de verde y la mona se vista de puta, yo me quedo.
Que no queme los libros que me acarician la espalda cuando no puedo dormir y el vampiro se hace un nido en el techo de mi habitación. Tengo una bodega de sangre en los capilares de mi bodega.
No me rompas el ritmo de la botella y la cara enferma.
¡Que vuelva!
Y si lo hace que nazca calva y con polvo de estrellas en esas mejillas donde tantos picnics he soñado.
En esa tierra baldía trabajada con azada y peine rompe-penas que no mata monstruos pero doma bestias.
Dejadme salir, salir fuera y contemplar los campos donde se respira bien y se arquea la espalda mejor.
Dejadme galopar directo hacia la batalla de los cien hombres que fueron infieles y creyeron que un perdóname cariño les ataría los cordones.
¡Que se quede quieta, con las manos en alto, no se mueva!
Apaguen las luces, reembolsen el precio íntegro de las entradas, el espectáculo se ha acabado.
¿A que da pena? Pues a tomar por culo, cierren telón y los estáticos gilipollas fuera.
Esta entrada podría ser la última.. o bien podría ser la primera.
Esta entrada podría tratar de tantas cosas... del amor, de la amistad, las cosas importantes de la vida.
O sobre el tacto de las teclas bajo las yemas de mis dedos, sobre la música que suena en el momento en que escribo esto, sobre los colores que adornan lo que tengo delante.
Podría tratar de todo o nada, ser solo letras que naufragan en busca de un faro que ilumine un rumbo concreto y definido. Un rumbo que las lleve donde se supone deben estar si existe destino, donde ellas quieran terminar si existe libre albedrío.
Esta entrada podría ser la prueba tangible de que existe la inspiración y que aunque no se puede acariciar o agarrar se puede deslizar por la carne hasta convertirse en arte. Las teclas de un piano, el pincel de un Picasso en Móstoles, las teclas mecánicas de una antigua máquina de escribir.
Tratase sobre lo que tratase esta entrada algo es seguro y no cambia.
Estás leyendo esto y yo también. El arte atrae almas.