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jueves, 14 de julio de 2016

Demoliciones y radiografías

Dinamitar. Colocar explosivos en una infraestructura, pongamos, por ejemplo, mi corazón. Crear un accionador, un dispositivo de acción remota, un detonador. Digamos que el detonador es tu mirada. Acordemos que no sea cualquier mirada para que pueda mirarte sin miedo a volar por los aires, como personas normales, ya sabes. Entonces, en algún momento, uno que yo no sabré y tú no se si sabes, me mirarás. Lo harás y será diferente.

No estaremos hablando de nada especial, no será sobre el amor ni la vida ni el universo, me dirás algo y giraré mi cabeza hacia ti. Me topare con tu cara, esa que no esperé que tuvieras, y me devolverás la mirada. Y tropezaré contigo, otra vez. Chocaré de bruces contra ti manteniendo una distancia de seguridad y aún así, sin moverme ni un centímetro, chocaré contra ti. El silencio será la música del momento, la calma previa a la tempestad, el punto y aparte antes del siguiente párrafo.

Y continuaremos aquí, sin hablar por unos pocos segundos. Tú porque estarás ocupada atravesando mi alma, yo porque estaré ocupado intentando no partirme en dos. Yo porque estaré ocupado explotando y siendo demolido y arrasado y volando por los aires contenido en este cuerpo de carne y piel. Y esperando una taquicardia no seré capaz de escuchar un solo latido y me acojonaré, lo haré por no saber si quiera si sigo vivo. Y te preguntaré si tengo cáncer, si debería dejar de fumar ya, te preguntaré porque serás la única persona capaz de realizar una radiografía en plena calle, sin instrumento, sin intención de dejar sin aliento.

Y lo volcaré todo en un folio en blanco y me vaciaré por dentro. Y estoy bien y sigo entero y mi novia me preguntará qué coño estoy haciendo.


viernes, 6 de marzo de 2015

Espejismo veraniego: la epopeya del final feliz y el hombre que no lo quería.

Salgo a la calle o vuelvo a casa y me inundan esas ganas de quedarme fuera y evitar los techos, las puertas y las ventanas. Arte abstracto en las calles, bombarderos de papel, leones de medio metro y señoras con cardados imposibles de hacer, curiosos de ver.

Parece que Jesucristo no es el único resucitado y el sol ilumina las calles que durante meses se reducían a sombras pálidas y siluetas difíciles de reconocer. El mundo está vivo y los buses ya no llegan tarde, no me hacen correr, si, se lo tengo que agradecer.

Míralos, míralas, en manga corta, en falda, en sonrisas y paseos. El buen humor y me llaman hija, los bulos entran mejor muy a mi pesar, los alcohólicos se marchan, las locas se enfadan y yo me encuentro donde siempre me quise ver. Y es que es complicado y aterrador esto de tenerte y poder empezar a escribir un final feliz. Y digo que es complicado porque no me gusta, porque mi pesadilla favorita me sigue rechazando cada noche cuando creo que ya no va a volver.

El rock sigue sonando como siempre y ya es demasiado tarde para mi, me he instalado en mi ecosistema de barro y lágrimas y cuando salgo fuera o duermo en el suelo o no duermo. Si las cosas me salen bien no estoy bien, golpéame con una zarza, ponme la corona y flagélame porque he olvidado querer poder y solo respiro bien si el humo amenaza con quemarme los pulmones.

Es de día toda la noche y las ganas de devolver arremeten. Escuece el sentirme bien y creo que le necesito otra vez, a mi abuelo, al que no existe, al que los gusanos se comieron ante ayer.

Y todavía veo el agosto sin piscina, la hora de silencio, las hojas secas, el último gesto de no te volveré a tener.

Esto se acaba señores, no más vueltas a la mesa para poner la cajonera recta, no más manchas de tiza en mis manos, no más peleas contra las ganas de dormir a cuarta hora. Y lo peor, nunca más a las risas que intentan no ser en el interior de la mochila, pérdidas y pérdidas cuando encuentro lo que siempre quise tener.

Niña bonita, mira que no puedo, que lo intento, que me cuesta más que hacerme uno de esos cardados, más que entender por qué lloran las guitarras, casi más que entender por qué la gente es alérgica a los intermitentes.

Salgo vagabundo a buscar algo lo suficientemente fuerte para destruirme, me quiero incinerar, y para ser feliz, en una casa de cristal, te pido que atentes contra mi integridad y nos hagas a los dos, juntos, explotar.

Un saludo a todos aquellos que creen poder oler ya la sal, las vacaciones están cerca pero vuestras vidas jamás cambiarán mientras sigáis vistiendo las gafas de sol que creéis os hacen estrellas de cine y no os empecéis a preocupar por dejar de estudiar y mirar, mirar lo que hay que mirar y nada más.

Que el sol esté con vosotros y que la mayor de las miserias os acompañe, felices de volveros a ver.

Gatos incandescentes, desacatos físicos, un placer.

miércoles, 11 de junio de 2014

El sótano

Número uno. Me desvelo, trato de respirar, inhalando sombras, toxinas y falsa muerte en éste viejo sótano que recorre mi cuerpo con cada una de mis pulsaciones. En este sótano, de cielo estrellado, la llovizna me refugia de los tiempos pasados, de los recuerdos nublados donde acostumbraba a esperar sentado en la tercera línea del pentagrama, nunca lo suficientemente cerca, nunca demasiado lejos.

Aquí abajo, en éste sótano de paredes sin límite, la inclemencia del tiempo me reconforta, me ayuda a creer que todo cuanto veo no está ahí y que lo que no alcanzan a distinguir mis ojos es tan real como ésta oscuridad que ilumina mis pensamientos.

En un blanco vacío y un negro rebosante, los crujidos y repiqueteos de ésta vieja estructura gritan silencios, desvelando secretos, escondiendo obviedades.

Hoy salgo a la calle, viuda la acera, me deja caminar sosteniendo mis creencias, mi quebrada expectativa de un aire fresco que me quema la piel. Me sanan las epidemias mundiales y acaba matándome la nauseabunda respiración de un futuro prometedor, tan azul como el fuego.

Creo distinguir entre la multitud una sola gota de soledad, de vivencia pura y espiritual, que me acompaña de la mano a la cárcel de Libertad.


lunes, 7 de abril de 2014

¿Tiene acaso algún sentido?

Que se quiera cambiar el mundo sin llegar a creer ni un solo segundo que se puede.

Siento que he estado en todas partes sin moverme de mi habitación, y al mismo tiempo me he perdido entre playas, montañas y océanos interminables que guardan secretos tan evidentes como efímeros. Se hace de día, se deshace en la noche, y sigo escuchando la misma canción desde por la mañana hasta el final del día. Me sueno los mocos con cada calada y al mismo tiempo noto que algo cálido y blando me ha estado abrazando todo el tiempo.

Estoy contento, canto, se apaga la luz de la linterna y cuando me doy cuenta es tarde para reprimir las lágrimas. Cuando termino dudo entre volver a empezar o pasar a la fase alegre. Nunca he sido de sonarme los mocos con pañuelo, solo con cigarros. A decir verdad, no me lleno de mocos cuando lloro, entonces ¿por qué estoy fumando? Supongo que será un reclamo a esas horas tan cortas que se me escapan entre latido y latido, esos ratos muertos donde mis playeras están huecas y mis pies flotan sobre la superficie terrestre. Guardo cada deseo y lo propulso de una patada a la incineradora estelar que ilumina a ratos, según la hora del día, mi vida.

Me pregunto si ésta noche la luz de un Marlboro será suficiente para iluminar el camino de vuelta a casa.


Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...