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sábado, 21 de enero de 2017

Por qué es primavera

Por qué.

Por qué me deshago en cenizas cuando me da el sol.
Por qué la lluvia es aventura.
Por qué me rompo cuando estoy entero.
Por qué parece que me voy y en realidad vuelvo.
Por qué lo simple es tan complicado y lo complicado tan sumamente sencillo.
Por qué florece más en invierno que en primavera.

Por qué el roce de una mano me da tanta pena.
Por qué la felicidad deprime y la tristeza alegra.
Por qué este vacío tras tener la barriga llena.
Por qué el dolor si es primavera.

Por qué la vida no se para cuando debiera.
Por qué la la vejez siempre nos espera.
Por qué la música no se ve si es vida plena.
Por qué la piel de gallina si al contacto quema.
Por qué lloro en primavera.

Por qué el aullido es a la luna si está fuera.
Por qué el sentido no siempre coopera.
Por qué la vida parece tan opaca, tan intermitente, tan plena.
Por qué la peor noche del año se llama nochebuena.
Por qué está nublado durante la primavera.

Por qué pasan los días y son todos tan distintos siendo los mismos. Por qué pasan las cosas tan rápido y se recuerdan durante tanto tiempo. Por qué estoy condenado a recordarlo y no tenerlo.

Quizá sea porque es primavera.


jueves, 10 de noviembre de 2016

Follándonos de miedo

No tenías los ojos de alguien que había sufrido tanto. Tu forma de cuidarme a base de palabras dulces y caricias fuertes te hacía parecer una mujer indestructible, una persona tan cuerda, fuerte y sana que tenía de sobra para cuidarme a mi.

Tú no sufrías ni necesitabas, tú y tus ojos del color del más pálido de los mares nos mantenían a flote. 
Eras la canción de cuna que se sobreponía al estruendo del oleaje en aquellas noches naufragándo sobre el colchón.

Nada más lejos de la realidad, nada más cerca de la verdad: me antepusiste a mi. Me pusiste por delante. Caí redondo, debo admitirlo, nunca nadie lo había hecho. Y no me di cuenta de que estabas enferma y que yo guardaba con recelo todos los antibióticos para mi, que insultante y sin remedio, te pedía que me los suministraras lentamente, como si fuera otro juego de cama.

Estabas enferma y no supe cuidarte porque mi dolor me cegó a mi y se comió tu cerebro. Y lo saboreé antes de percatarme que aquel dolor no tenía que ver con la épica batalla que estaba teniendo lugar dentro de mi, que no era la espada de Aquiles ensartándome desde las entrañas. Que era tu alma, envenenada, bañada en matarratas y pensamientos suicidas, la que me estaba sentando mal, de puto culo.

No parecías tener mayor preocupación que asegurarte de que me encontrase a gusto recostado en tu regazo, que tus piernas fuesen cómodas para mi cabeza de escritor que tanto temías y admirabas. 

Nos asustábamos del otro y nos encontrábamos bellos en el terror. Y follábamos porque era como gritar de miedo pero sin ropa. Entonces dije basta porque me estabas absorbiendo, porque cada vez que fijaba mi pupila en tu iris azul podía notar la sal en la boca y la marea subiendo asfixiándome por dentro.

Fui yo quien acabó contigo y te transformó en un recuerdo silente de lo que una vez me sonrió en el metro y me hizo olvidar hacía dónde iba y de dónde venía. Yo te maté y sé que aún caminas por ahí echándome de menos, intentando recordar en qué momento me puse lo suficientemente bueno como para prescindir de ti, abandonarte, dejar de dejarte cuidar de mi.

Eramos uno y nos dábamos miedo. Ahora creo que fue a ti a quien asaltaron los griegos.


viernes, 5 de agosto de 2016

Fuegos artificiales

Se encienden las mechas, la gente corre hacia los lados, los silbidos abrazan la noche encapotada y como cohetes espaciales cientos de pequeñas unidades de pólvora salen disparadas hacia el cielo dejando tras de si un humo que lo emborrona todo hasta el final, donde allá arriba, en lo alto, los fuegos artificiales trabajan su magia. Y no hace falta fijarse para entender por qué magia, basta con darte la vuelta y ver los colores que se dibujan sobre el lienzo nocturno que es el cielo reflejados en los ojos de todos los presentes. Basta con ver sus caras de admiración, congeladas, boquiabiertas, románticas, cautivadas.

Colores y formas y nuestras cabezas jugando a adivinar cómo de grande y que tonalidad presentará el siguiente movimiento. Si tendrá forma de esfera, de palmera o de ese beso que nunca me diste y siempre imaginé. Fuegos artificiales. Luces de colores. Truenos y tambores bajo la luna, sobre nuestras cabezas, en nuestros corazones.

Hoy el cielo está despejado pero en nuestras cabezas los fuegos resuenan sin cese, pareciera que las pequeñas chispas verdeazuladas pudieran salir por nuestras orejas. Aquí dentro siguen siendo fiestas y hay pólvora para rato. Estamos en época de Fallos, que no de Fallas.

"Soy optimista, hace un rato que ni trompetazos ni destellos de tonalidades, estoy tranquilo, se les ha acabado el material." Lo he pensado antes otras veces y he aprendido a esperar la traca final en el silencio, en el momento de calma que precede a la tempestad. Y como muñecos inertes que existen para contemplar el ritual permanecemos raudos de mente y paralizados de intención sin agachar la cabeza, con el cuello estirado como suplicando a Dios por un mejor mañana, por un descanso eterno.

La traca ha estallado y parece que el espectáculo ha terminado. Sabemos que no es así, que nunca termina mientras podamos seguir respirando, mientras ese humo que se cuela entre todos nosotros termine en nuestros pulmones. Solo nos queda aguantar lo mejor que podamos, dejarnos llevar cuando toque, pelear entre el rojo, el verde y el plateado cuando sea necesario, cuando tenga que ser así. Porque en la gran fiesta también lloramos, caemos y nos desmontamos. En la gran fiesta jamás dejaremos de sorprendernos, aburrirnos y abrumarnos. En la gran fiesta que entre todos decidimos llamar vida y donde los truenos y los relámpagos nunca cesan sólo nosotros podemos decidir cuánto vamos a disfrutar del espectáculo que se está emitiendo ante nosotros. Participa. Acércate con un mechero o con la punta de tus dedos y préndele fuego a la siguiente tanda. Decide cuándo, dónde y por qué.

Como en toda buena sesión de pirotecnia, hay que respetar los ritmos, las alegrías y las depresiones. Pero cuidado, no te distraigas más de la cuenta, los fuegos artificiales no son lo único mágico que vas a ver si tu así lo quieres creer.

Echa un vistazo alrededor, hay otras luces iluminando tu noche.

El olor a pólvora puede no gustarte, pero que no te quite las ganas de vivir.


martes, 17 de mayo de 2016

Si la vida tuviera un rostro ¿cómo sería?

Si la vida tuviera un rostro ¿cómo sería?

Hoy es café,
mañana no sé qué podría ser,
tinta, sangre, humo, alcohol,
un buen trago de sudor,
tu boca sobre la mía,
mi respiración asqueada de
tu aliento con resaca por
mi alcohol en vena, en arteria o arteriola si
tu dolor me hace matar neuronas en
mi vaso, botella o barril, comprado con
tu sonrisa, dinero o moneda, por
mi pobreza,
mi desaliento,
mi cartera vacía,
mi sucia avaricia,
mi cara de muerto.


En las dos décadas que llevo caminando por aquí, por nuestras calles, bajo el mismo cielo cambiante, sobre las aceras y las calles y los parques y los corazones rotos y los rostros sangrantes, las mismas farolas, los mismos árboles... en las dos décadas que llevo intentando correr mientras camino torpemente, suplicando por una muleta, por un hombro sobre el que apoyarme, creo haberlo visto todo y sé que no he visto nada.

Me he desplazado de conversación en conversación, semana a semana, mes a mes, beso a beso. las lágrimas me han acompañado ininterrumpidamente formando un caudal lo suficientemente triste, lo suficientemente caudaloso como para descender en la vida a canoa, el color del agua ha cambiado, ha sido blanco, ha sido rojo, ha sido negro. Y las voces han cambiado también, altas y bajas, chrirriantes y melódicas.

Siempre cuesta, cuesta arriba y cuesta trabajo encauzar los actos, las motivaciones, los deseos. Me cuesta tanto encauzar las palabras como entender lo que me dicen, lo que escucho y entiendo a medias siempre. ¿Cómo entender lo que me estás llorando, cariño, si en mi cabeza las letras bailan salvajemente al ritmo de una danza frenética y satánica cambiando constantemente de pareja?

Se me caen los dogmas, las imposiciones, los pretéritos se me resbalan, se me queman las posesiones, SE ME ARRANCAN GRITANDO LAS ORDENES, se me resbalan los susurros en cursiva de tus labios entre el martillo, el yunque y el estribo de mi corazón.

No entiendo el orden de los sucesos que nos suceden, me quema la aleatoriedad con que parece golpear la vida, me parece imposible esquivar, evitar, esconderme. Me parece imposible no encontrarme huyendo a mi cama o al polo norte. Me parece lo que me parece, y quién soy yo para dudar de mi propia duda, de yo como un ente perdido, desorganizado, ebrio para respirar, sobrio para beber.

La vida me quema la garganta, me pesa sobre los hombros sonando como en un concierto donde las vibraciones remueven toda la casquería que llevas dentro, desde el hígado hasta los sentimientos.

Ni tan siquiera cuando me rindo tiro la toalla, tengo un por qué. Es un secreto a voces. Te amo. Amo este vórtice estúpido y sin sentido que un día te sostiene sobre las nubes, cogido por las axilas, enseñándote al niño que huye de las bombas países más allá, a la pareja de enfrente follando frenéticamente sobre el mueble de la tele, al hombre que camina por la calle y jamás hace nada que no sea andar por la calle. Al hombre que no se detiene. Al hombre que sabe que es hombre y al asumir las consecuencias asume el fuego que lo devorará por dentro y al cubo de agua que le regenerará las entrañas.

Amo la vida porque me mata mientras estoy vivo, hasta que termine acabando conmigo, para siempre, para nunca más disfrutar lo que me jode mientras respiro.




viernes, 21 de agosto de 2015

La inferioridad superior o cómo los tontos son felices y los demás no.

Mientras unos sujetan la puerta, otros contemplan las nalgas que se alejan.

Son diferentes tipos de personas las que existimos, no le descubro nada nuevo a nadie, ¿verdad? Bien, al margen de los centenares de personalidades, caracteres, educación y hostias recibidas desde pequeño, a todos nos hace felices determinadas cosas: comida, sexo, drogas, la risa, dormir libre de responsabilidades al día siguiente, concretar con tu jefe una subida de sueldo o pasar tiempo dedicándonos tiempo. ¿Qué nos diferencia a unos de los otros, a ti de aquel gilipollas que, sin dejar de ser un completo idiota a tus ojos, busca exactamente lo mismo que tú? Las formas.

Los habemos de todo tipo, listos, tontos, educados, mal formados, sutiles, directos, vergonzosos, sin sentido del rídiculo, genorosos, avariciosos, ladrones, ladrones de sentimientos.... La lista es interminable, los motivos por los que nos diferenciamos tanto, también. Tal vez tu padre no te dio ese titánico azote en el culo que a día de hoy aún escuece cuando vas a posar tu culo deseando relajarte. Tal vez la chica que debió decirte que no, por tu propio bien, te dejó comer perdices con ella durante un tiempo, el suficiente para que a ti te dejase de interesar y el mal trago, necesario, de sentir el abandono se te hizo mucho más llevadero. Lo siento, mis condolencias.

Es que si el azote mental, la hostia emocional o el ojo maquillado con la sombra de un buen puñetazo no te han llegado todavía, están haciendo cola a la salida para pillarte todas de a una. Y si no, ay si no, lo mal que lo vas a pasar. O no, bueno, lo van a pasar mal los demás. Tú, en tu completa ignoracia vas a pasar, vas a sudar pollas, te va a dar igual. No te va a importar, porque no te vas a fijar en que todos a tu alrededor te miran de aquella manera, que te enfocan con una mirada que no habla lo que tu interpretas, que simplemente dice: menudo gilipollas.

Que en un principio, si no te enteras, te debería dar igual. A estas alturas no sé si avisarte si quiera, quizá prefieras vivir en ese lugar que existe en tu cabeza, donde las cosas malas no solo no pasan si no que ni siquiera son malas.

Por haber, los habemos tontos felices y listos que se lamentan de la ciega ilusión del que no llega al mínimo nivel intelectual. Está mal expresado, no hablo del CI, hablo de inteligencia emocional. Hablo de las ganas que tengo de soltarte una buena hostia en plena cara para que lo veas todo bien, para que veas lo que yo veo, para que dejes de reír en Villa Ignorancia y me acompañes en el baño de lágrimas que descubrí hace tiempo en la calle Realidad.
Hablo de eso y del regusto final que me dejaría el picor en la palma de la mano tras estamparte mi gratitud con todas mis fuerzas in your face. Que te lo digo en español o en el idioma que quieras, pero despierta de una puta vez. Que a la gente no le gustas, que nadie te quiere ver más allá de la primera vez.

Que no quiero tener que desarmarte desde mi depresión natural, no quiero tener que ser el depredador de la palabra que la genética, las llantinas o el azote de mi padre me llevaron a ser.

En el fondo, quizá demasiado como para jamás llegarlo a reconocer, me das envidia. Si, cabrón, me das envidia pero no eres lo que me gustaría llegar a ser. Es tarde para plantearse cómo sería si no supiese lo que soy, cuántas veces al día reiría si no viese las dos caras de la moneda. Es tarde para soñar con ser feliz cuando he descubierto el placer de llorar.

No me entiendes, sé que te suena a chino desde el español en que te hablo, y por eso, en mi situación, siento lástima por ti cuando te alegras de no comprender una sola de las cuatro sílabas que salen por mi boca: Eres tonto.

Al final del cuento parece que los listos pierden, que los que entienden, al comprenderlo, se lamentan.
Al final del cuento parece que los tontos ganan, que no entienden y se jactan.

Al final del cuento parece que los que pierden ganan y que los que ganan, bueno, esos ni se enteran.

jueves, 30 de julio de 2015

Suframos, pero hagámoslo bien

Desde hace relativamente poco el planeta y las vidas que me importan parecen encontrarse en un punto de inflexión. Y digo parecen porque no me atrevo a condenar las cabezas de los demás. No estoy hablando de la crisis económica ni educacional, no hablo de la casta política ni de la clase social. Hablo de mis amigos. De la crisis de los veintitantos, de la vida, del parece que la cosa se complica.

Y es que hace cinco minutos habría jurado soltar la pala en el parque lamentando tener que estudiar un par de temas de Conocimiento del medio. Cuando he querido darme cuenta la barba me tapaba la cara haciéndome un gran favor, tenía las llaves del coche en el bolsillo y un tremendo dolor de cabeza. Hablo, ni más ni menos, que de ayer.

No acostumbro a ser tan conciso a la hora de escribir, voy a intentar no cagarla más de lo que os tengo acostumbrados.

Como iba diciendo, la cosa se va complicando. Cada vez resulta MÁS difícil despedirnos los unos de los otros, los cargos de conciencia pesan MÁS, las confesiones se hacen con MÁS miedo que vergüenza y la nostalgia se nos atraganta con MÁS frecuencia que antes. Todo lo malo es MÁS y lo bueno parece tan efímero que no da tiempo a sentarse a saborearlo.

No estoy pidiendo absolución ni rogando una mierda. Estoy plantándome ante la tesitosa dificultad del problema, me rasco los huevos ante el dolor de cabeza que nos ha estado acechando.

Estoy hasta las pelotas del consuelo, del perdón, del arrepentimiento, de las lágrimas a largo plazo con una comisión de apertura tan desorbitada que da risa. El coste, chicos, no es tan alto. Y es que, como una buena hostia, el dolor es tan real e intenso como los rayos del sol en la costa. Nos estamos quemando.

Continuando con la alusión al verano, ahora me estoy pelando. Que no, que no me estoy masturbando, volvedlo a leer. Si, era eso, me estoy pelando como un leproso demasiado pijo para arrancarse algo más profundo que la primera capa de piel.

En este momento escuece, la dermis está roja y al tacto parece la armadura de cuero de un espadachín. Es solo momentáneo. Solo ahora, puede que mañana también. Llegará un momento en que las penas, como a mi la piel, se os comenzarán a caer. Se desprenderá de vuestras almas como cosa vieja que será y tras el picor, el vacío, las ganas de hacer algo más que llorar, volveréis a brillar bajo la luz del sol otra vez.

Es casi una ciencia exacta, os quemaréis más tarde, si, tocará otra vez. Y no hay absolutamente nada que podáis, que podamos hacer, para impedirlo.

No os estoy condenando, os estoy gritando. Estamos aquí. Somos nosotros y os queremos. Ese es el mensaje, espero haberlo comunicado bien.

No nos apetece sufrir y lo estamos haciendo. A mi, chicos, me apetece hacerlo riendo.

Se lo dedico a todos los que lo están pasando mal, a los que conozco desde hace años y a los que conozco desde hace una semana, a los que escuchan, a los que me gusta escuchar, con los que, en definitiva, se puede conversar.

miércoles, 18 de marzo de 2015

El combate del siglo, mi mano contra tu cara.

Estamos en guerra. Las trompetas suenan, el cielo se torna rojo y a Jesús le arde la barba. Corre despavorido, con las manos en alza, no es la palabra de Dios la que proclama a voz en grito.

Si una cosa he descubierto en mis veintiún años de existencia y en los cuatro que llevo de vida es que a todos nos gusta desayunar en Vietnam, merendar en Afganistán, bebernos el vaso de leche antes de dormir en una trinchera donde silban las balas y la sangre lo tiñe todo de rabia y frustración. Anhelamos partirle la cara a alguien que, probablemente, sea menos gilipollas que nosotros. Y como solo hay unos pocos valientes que llevan la hazaña a cabo, necesitamos visualizarlo, repetidas veces.

Conozco los mantras, la buena postura, lo políticamente correcto, lo soberanamente coñazo. Y por eso quiero dejarle claro que mi madre me dio a luz en una ocasión, quiero mandarle una postal directa a la cara, con cuatro posdatas, que recuerde el viaje al día siguiente con un diente menos.

Y el auténtico problema llega cuando despiertas en mitad de la noche, con todos tus músculos contraídos, con el cuerpo tan retorcido que no eres capaz de discernir donde empieza la cama y donde lo haces tú. Te sueñas repartiendo leña a una cara que llevas toda la vida estudiando.

Pregunta. ¿Mamá, por qué quiero destruir al cabrón de mi hermano gemelo? Y ahí está, en el albúm familiar, el muy mamonazo. De pequeño el diablo parece feliz, ¿Qué le ha pasado? ¿Ha sido el amor el que lo ha desfigurado?

Una visita al médico y la única respuesta es una receta con el nombre genérico de unas pastillas que ya has acabado. No hay tiempo para la publicidad, voy directo al grano.

Me han jodido, ya está, es tarde para arreglarlo. Probablemente la culpa sea de aquellos monos que, sin otra cosa que hacer en un mundo de rocas y mares, se cansaron de recolectar y decidieron fornicar hasta terminar precipitándote a un mundo que de sentido tiene más bien poco. Porque no se puede crear un termino como felicidad cuando ya tenemos un sinónimo que lo describe a la perfección, "utopía", hijos de puta. Hijos de puta los monos, los jefazos de la RAE dándosela de amos del universo corrompidos por las almóndigas y los murciégalos andantes y sonantes de éste nuestro maldito planeta.

Y ya poco más nos queda por hacer más que golpearnos hasta dejarnos de ver, de culpar a políticos, religiosos y analfabetos. Un secreto, somos nosotros. Los mismos que besamos, que pensamos, que siempre decimos la verdad. No fue un accidente aquello del ying y el yang, sea lo que coño sea eso.

Así que disfrutad del viaje, veros morir y cuando toque llorar frente al lecho de hormigón y coronas de flores hacedlo jocosos y sin titubear, porque si no fuese por los malos momentos, momentos, lo que se dice haber, no habría ni uno que joder.

viernes, 6 de marzo de 2015

Espejismo veraniego: la epopeya del final feliz y el hombre que no lo quería.

Salgo a la calle o vuelvo a casa y me inundan esas ganas de quedarme fuera y evitar los techos, las puertas y las ventanas. Arte abstracto en las calles, bombarderos de papel, leones de medio metro y señoras con cardados imposibles de hacer, curiosos de ver.

Parece que Jesucristo no es el único resucitado y el sol ilumina las calles que durante meses se reducían a sombras pálidas y siluetas difíciles de reconocer. El mundo está vivo y los buses ya no llegan tarde, no me hacen correr, si, se lo tengo que agradecer.

Míralos, míralas, en manga corta, en falda, en sonrisas y paseos. El buen humor y me llaman hija, los bulos entran mejor muy a mi pesar, los alcohólicos se marchan, las locas se enfadan y yo me encuentro donde siempre me quise ver. Y es que es complicado y aterrador esto de tenerte y poder empezar a escribir un final feliz. Y digo que es complicado porque no me gusta, porque mi pesadilla favorita me sigue rechazando cada noche cuando creo que ya no va a volver.

El rock sigue sonando como siempre y ya es demasiado tarde para mi, me he instalado en mi ecosistema de barro y lágrimas y cuando salgo fuera o duermo en el suelo o no duermo. Si las cosas me salen bien no estoy bien, golpéame con una zarza, ponme la corona y flagélame porque he olvidado querer poder y solo respiro bien si el humo amenaza con quemarme los pulmones.

Es de día toda la noche y las ganas de devolver arremeten. Escuece el sentirme bien y creo que le necesito otra vez, a mi abuelo, al que no existe, al que los gusanos se comieron ante ayer.

Y todavía veo el agosto sin piscina, la hora de silencio, las hojas secas, el último gesto de no te volveré a tener.

Esto se acaba señores, no más vueltas a la mesa para poner la cajonera recta, no más manchas de tiza en mis manos, no más peleas contra las ganas de dormir a cuarta hora. Y lo peor, nunca más a las risas que intentan no ser en el interior de la mochila, pérdidas y pérdidas cuando encuentro lo que siempre quise tener.

Niña bonita, mira que no puedo, que lo intento, que me cuesta más que hacerme uno de esos cardados, más que entender por qué lloran las guitarras, casi más que entender por qué la gente es alérgica a los intermitentes.

Salgo vagabundo a buscar algo lo suficientemente fuerte para destruirme, me quiero incinerar, y para ser feliz, en una casa de cristal, te pido que atentes contra mi integridad y nos hagas a los dos, juntos, explotar.

Un saludo a todos aquellos que creen poder oler ya la sal, las vacaciones están cerca pero vuestras vidas jamás cambiarán mientras sigáis vistiendo las gafas de sol que creéis os hacen estrellas de cine y no os empecéis a preocupar por dejar de estudiar y mirar, mirar lo que hay que mirar y nada más.

Que el sol esté con vosotros y que la mayor de las miserias os acompañe, felices de volveros a ver.

Gatos incandescentes, desacatos físicos, un placer.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Metodología del dolor

El puto dolor. Ese fantasma hogareño y asilvestrado que nos agarra por los hombros, a nuestras espaldas, desgarrándonos la carne con sus enormes y afiladas garras. Ese peso invisible que aparece tras las palabras y justo antes de las primeras lágrimas, ese que nos pone de rodillas y doblega nuestra voluntad. Sentimos como nos molestan los latidos de nuestro propio corazón que, a pesar de nuestros deseos, insiste en mantenernos vivos, contrayéndose una y otra vez, forzándonos a sentir el escozor de nuestros hombros desgarrados, de nuestras espaldas rotas por el opresor peso que el mismo Dios, por orden de Satán u obedeciendo a su innata crueldad, ha soltado sobre nosotros.

Nuestra faringe y laringe se ponen de acuerdo en abrazarse y formar un nudo de proporciones épicas en nuestra garganta, inmovilizando el ruido que pronunciamos tras la voluntad de hablar, ni un puto: "eh, espera". Es entonces, cuando crees que has tenido suficiente, cuando nuestro ordenador principal, refugiado tras un humilde cráneo que piensa que debe proteger al cerebro de las amenazas exteriores, sufre el peor de los golpes. La coherencia que creemos poseer se desvanece en un magistral truco de magia sin humo ni efectos especiales. Acaba de realizar el mejor de los escapismos. Nos quedamos solos, sin respuesta, en un umbral en el que pensamos que estamos más muertos que vivos, decidimos creer que hemos dejado de existir, de sentir, cuando estamos sintiendo con toda intensidad.

"Parece un sueño" pensamos, y entonces nos dejamos llevar. Cuando nuestro pecho ha dejado de arder y somos capaces de respirar, en ese momento encontramos paz, todo duele pero ya no puede doler más. Creemos poder recordar qué nos ha llevado a ese momento, si es nuestro hijo que ha muerto, si hemos perdido nuestro trabajo, si hemos perdido al amor de nuestra vida, pero lo único que podemos hacer es escuchar el eco de las palabras de ese fantasma de garras largas y afiladas que nos susurra al oído que la paz ha acabado. Entonces sonreímos, en ese preciso momento una macabra y desaliñada sonrisa se dibuja en nuestro rostro. Hemos abrazado la más absoluta oscuridad, hemos mantenido un mano a mano con nuestros demonios y, mutilados y heridos de gravedad, hemos resurgido de nuestras tinieblas.




Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...