Número uno. Me desvelo, trato de respirar, inhalando sombras, toxinas y falsa muerte en éste viejo sótano que recorre mi cuerpo con cada una de mis pulsaciones. En este sótano, de cielo estrellado, la llovizna me refugia de los tiempos pasados, de los recuerdos nublados donde acostumbraba a esperar sentado en la tercera línea del pentagrama, nunca lo suficientemente cerca, nunca demasiado lejos.
Aquí abajo, en éste sótano de paredes sin límite, la inclemencia del tiempo me reconforta, me ayuda a creer que todo cuanto veo no está ahí y que lo que no alcanzan a distinguir mis ojos es tan real como ésta oscuridad que ilumina mis pensamientos.
En un blanco vacío y un negro rebosante, los crujidos y repiqueteos de ésta vieja estructura gritan silencios, desvelando secretos, escondiendo obviedades.
Hoy salgo a la calle, viuda la acera, me deja caminar sosteniendo mis creencias, mi quebrada expectativa de un aire fresco que me quema la piel. Me sanan las epidemias mundiales y acaba matándome la nauseabunda respiración de un futuro prometedor, tan azul como el fuego.
Creo distinguir entre la multitud una sola gota de soledad, de vivencia pura y espiritual, que me acompaña de la mano a la cárcel de Libertad.
Ni la lluvia aquí diluye mis pensamientos. Voy a juego con la noche y el olor a cigarrillos anula mis sentidos.
El letrero parpadea en un intento por no quedarse de piedra. Bajo el porche me refugio de la peor tormenta que he visto en años.
Mi coche, aparcado a tres metros, se tornaba imposible de distinguir bajo el manto acuático que trataba de acabar con la humanidad. Una figura aparece de la nada con un periódico sobre la cabeza corriendo como alma que lleva al diablo hacia el interior del bar. Durante unos segundos clavo mis ojos en el opaco horizonte casi seguro de poder contemplar a Moisés abriéndose paso bajo las aguas torrenciales.
Mi gabardina está calada y pesa como una capa de hierro sobre mi calavera. El cigarro casi vomita ceniza acuosa mientras me quemo los dedos. "A la mierda".
Acaricio con la palma de la mano el bulto que porto en la cintura para asegurarme de que el agua solo se ha llevado la visión de mis anhelos. "Cielos rosados y columpios en la parte trasera de mi casa-jardín".
Empujo la puerta como Clint Eastwood y entro al local una vez más. No más de diez borrachos y un par de personas. Once borrachos ésta noche.
Algunas personas nacen para mentir frente a un público, otras nacen para vivir entre números y papeles, las hay que expresan sus sentimientos y pagan la renta con ello. Como yo, unos pocos nacemos pensando cuál será el color de nuestra quinta extremidad. ¿Será tal vez un revólver?
Una bola de billar surca el aliento alcohólico del local ante mis narices. Hasta las paredes aquí parecen haber sido aderezadas con whisky de malta.
El dolor de cabeza se ha ido y allí me hacen compañía el barman y un par de vasos medio vacíos. Todos han preferido salir a morir que aguantar allí una hora más.
- No sueles beber ¿cierto?- se jacta de mí al otro lado de la barra con sus gafas y su calva de media pulgada.
- Cierto. ¿Tanto se me nota?
- Todo depende...- me dice mientras se agacha tras la barra- de la atención que pongas a los detalles. - termina levantándose y apoyando los dos cañones de la escopeta sobre el vaso que aún no había terminado.
Mi piel grita. Está cerca y jamás volverá. Cae la vida, respira el vacío.
Las historias siempre desplazan el tiempo a un lado, marginándolo, transformándolo en un villano más.
Amarro a clavos oxidados la esperanza de un odio aislado. Peleo a ciencia incierta en un puerto ya olvidado. Lucho mano a mano con aquél recuerdo de garras afiladas y extraña figura ajena a la batalla.
Viajo atrás y temí por mi vida, miro por el retrovisor y hallo la sepultura. Rocas frías privatizadoras de oxígeno.
Una sombra se levanta. La lluvia renace arrodillándome ante su tumba.
No contesto. Todo va a cambiar. Y se lo dijo, después, se lo repitió.
Años, siempre en pie justo delante, simplemente está ahí. Un día papelera de reciclaje y: no, no, jamás pero estoy delante. No, nunca más pero.. ¿es sólo lo que veo?
No es algo que lleve en las venas, no es diferente a la peor de las tormentas porque, cuando es perfecta, siempre se acepta.
Era una mañana madrugadora, estaba nervioso, contento. Estaba sintiéndome como más me gusta: con las pelotas de corbata y la visión sensibilizada, regalo directo de la señorita adrenalina, que nos regala síntomas en los mejores y peores momentos de nuestra vida.
Me duché, no desayuné, y me arreglé un poco. Salí a la calle con prisa, había olvidado coger dinero, el paquete de tabaco, el móvil… tuve que darme la vuelta. Algo había cambiado.
La mañana era una tarde de tormenta, las farolas cedían sus puestos a las antorchas del firmamento que, con una brevedad espasmódicamente natural, resaltaban cada átomo a mi alrededor: el suelo, los árboles, mis ojos.
El sueño de la luciérnaga controladora de mundos.
No me dejo impresionar y tirando de mi cuerpo en la dirección opuesta a la que mi subconsciente me empuja, camino con la tragedia eléctrica a mis espaldas. Me está esperando, otro día tal vez.
Continué sin teléfono, sin reloj… las gafas de sol ya no eran necesarias, los cigarrillos eran siempre prescindibles por aquel momento.
El punzante y agitador miedo que revolvía mis entrañas me aconsejaba de forma altruista algo de alcohol para soltar ese nudo que aprisionaba mis intestinos y mi aliento ya no tan matutino.
Era momento de afrontar la sobria realidad. Era la hora, había llegado.
Un par de bocinazos y los neumáticos abrazando el asfalto como un niño rodea a su madre tras la caída de un ángel.
- Llegaste.
-Llegué, puntual. Un poco más y me habrías hecho pensar que me habías dejado tirado como todas estas colillas.
- Hablando de colillas, ¿tienes fuego?
- Deja que suba al fuerte antes, ya echaremos la culpa a mi perturbada cabeza cuando hallamos rodado lo suficiente para que no puedas cambiar de opinión.
- Todos evolucionamos ¿sabes? Intentas ser tan increíble como alguien de quince años más que tú y no llegas al nivel. Espera, superarás lo que quieres con creces.
- Déjame mirar- le dije inclinándome a la ventanilla del coche y abriendo sus ojos con mis dedos- tus pupilas no han reaccionado a la droga o realmente has enloquecido sin necesidad de colocarte, pequeña majara.
Ella reía y yo rodeando el vehículo me dispuse a subir de copiloto.
El motor acelerando y las ruedas chillando. No puedo decir que no me avisasen a grito pelado. Mi cuerpo rodó por encima del capó y se estrelló con el cristal que refugiaba, al otro lado, la sonrisa macabra y languideciente, maníaca y prepotente, de aquella muchacha de corazón roto y felicidad fingida permanente.
En el asfalto, vagabundo boca arriba sobre el gris resplandeciente, un morado en mis costillas y el del cielo relampagueánte anunciaban otro fallo en el intento de vida de un gilipollas integral que recibía casi tanto como pagaba.