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miércoles, 16 de octubre de 2019

Los versos de los cojones

No me ralles la puerta del coche con tus medias verdades,
no me regales sofismas envueltos en plástico
que ni yo ni la Tierra queremos.

Deja de contaminar.
Déjame en puto paz.

Je ne t'aime pas.

Te estoy gritando mientras corro una maratón
alrededor de un hígado que se está muriendo.
Se llama víctima. Tú, asesina. El arma, alcohol.

Déjanos en paz, a todos.
Déjanos cerrar el párpado ni que sea de forma tenue y fugaz,
deja de rutilar,
deja de gemir,
deja de jodernos.

Permítenos olvidar que existes en una inhalación sincera.

Crucifícame a chistes en alta mar,
dame un hijo que parir,
anégame en el petróleo de los insultos que proferí contra ti la noche que partiste mi vida en seis porciones de pizza.

No me sale salir, no por si te veo y te pongo a parir.

Dile en qué formas planeas hacerle la vida imposible,
conviértelo en poeta mediante tus desnudos Helenéicos.

Hazlo un Rolling Stone camino a Troya.

Dile que piensas fumártelo.

Chasquéale los dedos.

Que corra, que coja el palito, que coja el puto palito con los dientes.
Que te mueva el rabo entre los dientes.

Dile que vas a comprarle la imaginación y vas a encerrarla con el genio
en la lámpara que tu madre nos regaló de su viaje al continente moreno.

Eres un infierno con clítoris.
El final de los humanos y el principio de algo más.

Estoy estudiando ciencia para destruirte.
Quiero ser el hombre agua y extinguirte.

Voy a ser el supervillano al que todos aplaudan.
Voy a reaprender a tocar el piano para matarte a bemoles.
Voy a mutearte, silenciarte, dejarte sin habla corchea a corchea con mi piano de polla.

Vamos a rezarnos y que gane el mejor.

Eso si, después necesito que te calles, abras, te apartes
y dejes al pájaro que un día creamos
pluma a pluma
echar a volar
dirección L.A.


sábado, 16 de septiembre de 2017

Me enamoraré y no dudaré en hacerlo

Me enamoraré cuando te huela tan fuerte que me pique la nariz por dentro. Lo haré aunque no te conozca lo suficiente, lo haré porque tenerte delante y disfrutarte sonriendo será fácil. Será fácil engancharme entre los huecos que separan tus dientes. Será jodidamente fácil, sencillo, fluido...

mirarte.

Porque ni los versos en prosa de Salinger, Frost o Hemingway podrían enmarcar en palabras el escalofrío que me provocará palpar el contorno de tu cuerpo. Esa fina línea negra inexistente que es horizonte de piel. Ese mapa fino y suave y pálido moteado en pecas, lunares y mis dedos.

Las puntas de mis dedos.

Tu espalda desnuda y yo mareado bajando por ella. Y yo mareado agarrándome a tus caderas para no tropezar y precipitarme a un vacío donde tu voz y tu cabello me envuelvan para siempre, a un lugar desde el que no sepa volver a casa.

Me enamoraré por un abrazo bien dado que al cambio valdrá dos te quieros y cinco bastantes con veinticinco quédate a mi lado. Pagaré al contado, extenderé el cheque firmando en tu cuerpo, siguiendo la línea de puntos que te va desde los tobillos hasta las muñecas recorriendo todo eso que sientes y no me dices para no dejarme sin sueldo, sin un duro, con el bolsillo 'pelao' y la cartera desamueblada.

Para no deshauciarme
desde dentro.

Miraremos juntos por la ventana al sol ponerse para después salir y lo juzgaremos todo. A los que pasean con y sin perro, a las señoras bañadas en colonia y a los vagabundos sin olor ni pelo. Encontraremos algo sobre lo que reír y nos desnudaremos tras los cristales de nuestro altar.

Me enamoraré y me romperás el corazón cuando todo sea demasiado bueno. Lo harás y será justo antes de ese instante en que la felicidad se pose sobre mi nariz para yo entender que he remontado el vuelo, que el huracán ya solo es viento y mi corazón está lleno.

Lleno de ti
de lo que me das sin quitarme nada, ni siquiera el
sueño.

Porque ya duermo. Ya puedo dormir.

Me enamoraré cuando ya no estés y tu cara y tu cuerpo se diluyan en mi memoria con el tiempo. Lo haré de alguien que se parecerá a ti. Le pondré ganas, entusiasmo y un mote que solo utilizaré cuando descanse sobre mi pecho después de tener sexo.

Haré todo eso y utilizaré las herramientas que me hayas dejado al marcharte para ello. Me enamoraré cuando me dejes hacerlo.

Y un día alguien pronunciará tu nombre y se me pondrá la sonrisa tonta y el humor contento. Sentiré el dorso de tu mano rozarme por completo y el vacío que antes era tu puesto cobrará forma, nombre y apellidos justo delante de mi.

Te veré no estar.

Dolerá no poder no hacerlo.

Me joderá por dentro.

Me enamoraré mientras viva porque después,
después
no podré hacerlo.


jueves, 29 de junio de 2017

Poesía de sexo para dormir

Soy para ratos en un bar, para charlar de tú a yo desde la mesa de billar.

Soy un malabarista cuando camino desde la barra hasta el retrete coordinando la respiración, el pensamiento y mis dos manos.

Soy un submarinista de la declaración, buceo no me mojo. Voy a pelo, sin gafas, y lloraré todo el cloro del mundo por ti si me haces daño.

Soy la ese, la o y la i. Soy el abecedario cuando bebo y se me suelta la lengua, soy de la a a la z entre tus piernas cuando te escribo poesía de sexo para dormir.

Soy el que deja entrar antes de salir, el que firma en el aire para pedir la cuenta si no te enteras de lo que te quiero decir.

Despierta.

Soy de esos que confiesa amor eterno por las mañanas antes de dormir, sea viernes, lunes o Madrid.

Soy ese que lanza cuerdas a las locas para dejar los cuadros psicóticos bien atados.

Soy muy de perder el norte en el Polo y descubrir que Papá Noel ni existe ni lleva gorro.

Soy perro narigudo que no ladra pero muerde pero grita que no te suelto.

Soy mal presagio, mal agüero, agua de mayo.

Soy duro como un callo.

Soy lluvia si paseo en verano y la casilla en la declaración de la renta para pazguatos.

Soy un estúpido, un tonto, un bicho raro, un astronauta en una pecera con poco tiempo y mucho espacio.

Soy quien querías que fuera cuando se abre el cascarón y el pollito de dentro asoma la cabeza aún sin uso de razón.

Soy todo corazón, ambivalente, ambiguo, ámbar, estrellado en el radiador.

Soy calor.

Soy solsticio.

Soy olimpiada, desordenada, atragantada por los verbos que regurgitan en mi interior.

Soy sueño confuso de ron, whisky o licor.

Soy ella sobre el escenario y él cuando pisa fuerte pero camina despacio.

Soy frágil fractura en ese jarrón chino que es tu vida, que empujo con el codo.

Soy la bocanada de aire que falta cuando el corazón se salta un latido.

Soy ruido blanco, materia oscura, ondas de menos cinco decibelios.

Soy música con sordera sin taparrabos ni vergüenza alguna.

Soy fanático del dogma catapultado a discreción.

Soy freno de mano y pie de aceleración.

Soy boca que besa y que peca por falta de contención.

Soy múltiples yoS.

Soy puro aliento y corazón.

Soy el reencuentro entre mis dudas y tu voz. Las miradas que podría haber, el miedo que tendríamos si supiéramos que podríamos querernos antes de amarnos. Somos el párrafo que se expande más allá de los límites queridos por conocer.

Somos el sabor a cereza en la punta del tenedor.

Somos nosotros.




viernes, 16 de diciembre de 2016

Lo que no quiero

En el miedo me armo. Miedo de opresión en el pueblo que vota referéndum en mi pecho, a cada segundo más y más pequeño, que consulta sin permiso si estoy dispuesto a permanecer indispuesto el tiempo necesario, con cuidado, sin aliento.

En el miedo romántico donde me acompañas cuando las estrellas brotan en el cielo haga frío o calor, esté vacío o lleno. Donde me acompañas desde tu habitación sin si quiera mostrar un ápice de intención de comunicarte, de dejarte ver y aparecer en el rincón desde donde se ve mejor. Desde donde allá arriba parece que llueve y son astros y somos amantes en secreto y sólo lo sé yo y tú no y no quieres saberlo.

Asi que me quiero bajo este manto de miedo eterno, del miedo del que lo intenta y se le tensan las facciones y destrozan los nervios, del miedo que afronto sin que sepas como me encuentro y dónde me siento, del que me hace querer huir hacia ti y ofrece pelea al valor que me clava al suelo. Si sigo apretando al final echaré raíces atravesando el pavimento y florecerán todas aquellas inseguridades en forma de girasoles al viento confundidos bajo un cielo gris y una cortina de lluvia que les roban el sustento.

El miedo bajo los truenos y tú partiendo con el sol en la mochila, abandonándonos a todos, suena a despedida.

Y al final solo me valgo yo y el aguanta coño y el me cago en la puta, mira qué huevos tengo.
Y el mira es para mi, porque no me lo creo y tengo que verlo.
Entonces me armo con el terror del tiempo de un invierno que tardó en llegar pero se instaló sin dudar en hacerlo. Dijo 'he llegado y aquí me quedo'.

Un minuto de lluvia para todos, para siempre.

Y yo sin paraguas y tan contento temblando de miedo, por si no me mojo y cuando llore parece que lo esté haciendo. No quiero tener que pedirte de nuevo que traigas el buen clima que añoro con anhelo, que cuando exhalo la fuerza se transforma en vaho y desaparece ante mis ojos acuosos de castaño claro y hielo.

Soy el director de una obra de teatro y me he visto perder tantos papeles arrastrados por el viento que no me contrataría como actor principal ni aunque de ello dependiese mi sustento, por supuesto. Por eso me amo en el miedo, acojonado ante tan grande sentimiento. Con el desparpajo del tartaja que no pronuncia palabra sin encasquillarse, que tiembla demasiado para llevar sus sueños en bandeja de plata que paraliza, que atrapa.
Es tarde, es trampa, ya basta de tanta batalla embotellada en el cuello de mi garganta.

Descórchame, córcholis, quítame la tapa, déjame fluir sin miedo al matarratas, al alquitrán, al qué dirán. Desísteme del intento, empújame a la certeza quitándome la ropa sin movimientos bruscos, sin aspavientos, que no eres un molino, que eres un portento. Desvísteme y hazlo lento. Quítamelo, pélame capa a capa todo aquello que me capa, que me incapacita para querer poder querer, para poder hacerlo.

Por eso me armo en Roma, porque soy pequeño, porque el ¡ave cesar! era un dios en la tierra, en su tiempo. Por eso me amo en el miedo, porque es donde crezco, me reproduzco y muero con tiento, al menos de momento.

Será sin ti, al final del cuento, encontraré todo aquello que de momento no tengo y ya no quiero, al tigo que ha dejado en bragas al con, al feo interludio que distancia tu cuerpo del mío, sin vergüenza sinvergüenza, sin miramientos, sin duda, y al mal de ojo de cien tuertos, a la maldición gitana que me quita toda gana y a la patraña que rebana mi cuello con hoja de daga.

A mi miedo, a ti, ha sido un placer conoceros, os espero jamás de los jamases para volver a veros.

Que todo os vaya bien, que bonitos veáis los peros.

Haced muchos cruceros.



domingo, 21 de agosto de 2016

El hombre viejo demasiado joven para morir

Hay cosas en la vida que no puedes escoger, cómo te sientes.

El sol apuntaba desde lo más alto como un francotirador con munición letal de acción lenta. Te calcina hasta que pierdes todo el agua del cuerpo, sudando gota a gota. El ventanal reflejaba cada uno de los disparos del astro rey sirviendo de catalizador. Casi podía notar las ascuas avivándose en mi piel.

Las vistas eran privilegiadas, merecía la pena morir por el calor. En aquel momento merecía la pena morir por cualquier cosa. No era resignación, era un mal concepto de heroicidad. Yo era un mal concepto, el mayor de todos.

La calle se extendía sin miedo veintidós pisos por debajo de mis pies. Ventanas, ladrillos, moho y gente en la calle jugando a vivir algo más. Algo que mereciera la pena, más que la vida.

Días atrás en el calendario había sido uno de ellos, no de los mejores, nunca fui realmente bueno actuando, pero estaba convencido. La vida tenía un sentido y no era demasiado pesado para llevarlo a la espalda.

Ahora mi mochila estaba vacía y pesaba más que nunca. No estaba llevando nada, libros, argumentos, munición o alcohol. Solo un gran vacío más pesado que cualquier otra cosa.

Escuché a mi espalda la puerta intentando resistir y a los ocho tipos detrás intentando ganarle la partida. Estaban abollando la chapa. Parecía que la puerta estaba viva y creciendo, estirando una mano en forma de bulto hasta mi. Iba a atraparme. 

- ¡Vamos chicos, un par más! - dijo uno de ellos en el silencio entre un golpe y el siguiente. 

El arma en mi mano estaba pegada y el pegamento era casero: supervivencia y delirios de un hombre viejo demasiado joven para morir. Ya estaba muerto por dentro pero eso no me parecía suficiente para tratar de impedir que agujereasen mi cuerpo con balas de todos los calibres.

Estaba sopesando cómo de largo sería el vuelo cuando me quedé sin opciones. La puerta se abrió y los proyectiles de punta hueca empezaron a correr hacia mi. Giré sobre mis pies y traté de hacer diana por última vez.

Sentí el rojo, el quemazón, el hueso partiéndose y la sangre escapando a presión de mi cuerpo. El primero fue a través de mi cuádriceps. Nunca volveré a correr igual, pensé. Aún había una parte de mi que pensaba que iba a saborear la vida más allá de los cuatro próximos segundos. El segundo acertó en el centro. 

Estaban jugando a los dardos con mi cuerpo y todos querían ganar.

Lo sentí, la sensación de no sentir nada. Mi espina dorsal ya no formaba parte del juego. Un gran golpe en la cabeza y mi cuerpo cayendo sobre los cristales. No iban a aguantar, de hecho, no lo hicieron. 

Ellos, los hombres armados, los jugadores de dardos, me vieron desaparecer como en las películas de superhéroes. Me desvanecí ventanal abajo pero nunca remonté el vuelo.

La brisa en mi nuca y la sensación de caer al vacío, piso por piso. Dí un espasmo, las sábanas se me habían enredado demasiado. 

Era el momento de despertar.


viernes, 27 de marzo de 2015

A voz en grito desde el corazón.

Sabía de sobra que el intento de olvidar aquellos labios mientras los miraba fijamente estaba destinado al fracaso, pero había que probar suerte. Era o todo o nada. O el recuerdo y el presente o un futuro tan difuso como poco apetecible.

La larga marcha de aquél gélido invierno me procuró el calor que creía ya olvidado. Resultaba más que obvio que no duraría, pero también sabía que no había nada más que me mantuviese alejado de una profunda y desoladora depresión. Quizá el batacazo fuese aún más grande después, si en el ocaso de la relación me decidía a dejar de bloquear las puertas a la esperanza. Si, la hostia sería irreversible cuando me dejase solo con todas mis ilusiones y sueños de un verano mejor.

Parecía de verdad que el mundo había evolucionado, que a día de hoy ya no se podía confiar en nadie. Te lanzabas como un marinero envalentonado por el ron a mar abierto y tu compañero de abordajes abandonaba el barco, alejándose en el único bote salvavidas. Ya nadie era de los que se hundían con el barco.

Los días, las noches, los susurros, las miradas y los juegos de manos, esos en los que ella parecía querer adivinar cuántos dedos tenía en cada una, se terminaban en el mismo momento en que una mañana al levantarse no encontrase las ganas de volver a verme junto al tazón de cereales.

Y era más que comprensible, era incluso recomendable. ¿Quién era yo para enamorar a nadie? Sin duda tenía cualidades, algunas más normales, otras me hacían separarme del resto e iluminaban mi rostro con una luz diferente. Esas cualidades que nadie jamás había apreciado lo suficiente como para no querer nunca jamás alejarse.

Y cuando me quise dar cuenta era tarde, tarde para volver a llamar, tarde para escribir una carta, tarde para tener ganas o valor de recordarla con un gesto que mi existencia era tan real como la suya.

No fue nada especial, lo mismo de siempre, pero tras esos ojos volví a ver una vez más la promesa de un amor que, como la nieve en Madrid, jamás llegaría a cuajar.

miércoles, 18 de marzo de 2015

El combate del siglo, mi mano contra tu cara.

Estamos en guerra. Las trompetas suenan, el cielo se torna rojo y a Jesús le arde la barba. Corre despavorido, con las manos en alza, no es la palabra de Dios la que proclama a voz en grito.

Si una cosa he descubierto en mis veintiún años de existencia y en los cuatro que llevo de vida es que a todos nos gusta desayunar en Vietnam, merendar en Afganistán, bebernos el vaso de leche antes de dormir en una trinchera donde silban las balas y la sangre lo tiñe todo de rabia y frustración. Anhelamos partirle la cara a alguien que, probablemente, sea menos gilipollas que nosotros. Y como solo hay unos pocos valientes que llevan la hazaña a cabo, necesitamos visualizarlo, repetidas veces.

Conozco los mantras, la buena postura, lo políticamente correcto, lo soberanamente coñazo. Y por eso quiero dejarle claro que mi madre me dio a luz en una ocasión, quiero mandarle una postal directa a la cara, con cuatro posdatas, que recuerde el viaje al día siguiente con un diente menos.

Y el auténtico problema llega cuando despiertas en mitad de la noche, con todos tus músculos contraídos, con el cuerpo tan retorcido que no eres capaz de discernir donde empieza la cama y donde lo haces tú. Te sueñas repartiendo leña a una cara que llevas toda la vida estudiando.

Pregunta. ¿Mamá, por qué quiero destruir al cabrón de mi hermano gemelo? Y ahí está, en el albúm familiar, el muy mamonazo. De pequeño el diablo parece feliz, ¿Qué le ha pasado? ¿Ha sido el amor el que lo ha desfigurado?

Una visita al médico y la única respuesta es una receta con el nombre genérico de unas pastillas que ya has acabado. No hay tiempo para la publicidad, voy directo al grano.

Me han jodido, ya está, es tarde para arreglarlo. Probablemente la culpa sea de aquellos monos que, sin otra cosa que hacer en un mundo de rocas y mares, se cansaron de recolectar y decidieron fornicar hasta terminar precipitándote a un mundo que de sentido tiene más bien poco. Porque no se puede crear un termino como felicidad cuando ya tenemos un sinónimo que lo describe a la perfección, "utopía", hijos de puta. Hijos de puta los monos, los jefazos de la RAE dándosela de amos del universo corrompidos por las almóndigas y los murciégalos andantes y sonantes de éste nuestro maldito planeta.

Y ya poco más nos queda por hacer más que golpearnos hasta dejarnos de ver, de culpar a políticos, religiosos y analfabetos. Un secreto, somos nosotros. Los mismos que besamos, que pensamos, que siempre decimos la verdad. No fue un accidente aquello del ying y el yang, sea lo que coño sea eso.

Así que disfrutad del viaje, veros morir y cuando toque llorar frente al lecho de hormigón y coronas de flores hacedlo jocosos y sin titubear, porque si no fuese por los malos momentos, momentos, lo que se dice haber, no habría ni uno que joder.

martes, 22 de julio de 2014

Me he tropezado

Parece que va de tropiezos, de revolcones de los malos, de traspiés, de "casi me mato" y "casi te matas". Parece que ni frío ni calor. Ni si ni no.
Respetas todo lo que se preocupa por ti, apartas las críticas y transformas aquel asqueroso insecto en la más espléndida de las mariposas, toda una metamorfosis desde lo más profundo de tu corazón.

Pruebas a cantar, recitas de principio a fin las andanzas que te han conducido hasta el mayor de los escenarios y, cuando terminas, la cortina no se cierra, dejándote a la vista de todo el mundo, a la vista de tu reflejo en sus pupilas. Estiras la mano intentando distinguir lo que es real de lo que no y entonces te das cuenta de que no serías capaz de diferenciarlo, nunca has sabido.

Intentas respirar, abrasando por completo tus pulmones. Ángeles y demonios te oyen suplicar una muerte definitiva para el cuerpo de un alma que jamás tirará la toalla. Y, moribunda, te retiras del escenario, dispuesta a morir entre bastidores. Es uno de tantos errores, un error entre tantos errores, tantos errores...

Y al final todo lo que queda es tu rostro en su pupila, un tropiezo, un revolcón de los malos, un traspiés, un "casi me mato", "casi te matas" y un gran e imponente "casi me matas".

domingo, 20 de julio de 2014

Dios bendiga el infierno

Y es aquel que muere en lo más profundo de la mentira el que lo hace real. Saborea las lágrimas de un dolor que siempre estuvo ahí. Llora la pérdida de aquél destello que acariciaba tus párpados en las más solitarias noches, ese fulgor incesante, incansable, que, galopante, acudía en mitad de aquellos salados oasis.

Acaricia esos poros que surcan la piel de toda una vida. Inflige cariño, proporciona daño a aquellos astillados huesos que en mitad de una guerra sin nombres fueron capaces de perdonar. Bautiza a los ejecutores, asesina ángeles vengadores que, en ésta Tierra y en la suya, buscan el calor del perdón. 

Resiste en tu alma todo ese perdón, el dolor de todo un pestañeo y el mundo a su alrededor, sabrás elegir entre todos los mandamientos: "Levanta orgulloso el cadáver del prójimo al hombro". 

Y ahora que estás tan lejos, caminas descalzo y te escurres entre naranjas y limones. Dame la mano, tú que has matado a mi madre.


miércoles, 22 de mayo de 2013

Dos minutos.

Cáncer. ¿Qué haces cuando ante tus ojos encuentras el bloque de ceniza perfecto? Un bloque sin sierras, sin máximos ni mínimos, sin grietas. No quieres tirarlo, lo has hecho a propósito, no deseas que se aleje un centímetro de ti., quieres poder agarrar su cintura, sus pechos, y decirle que todo ira bien por el simple hecho de que te pertenece. Aprovechas hasta el final, quemándote los labios. Tal vez te salgan llagas, no importa.

No bebes agua, no respiras aire que no haya sido previamente contaminado, porque sería faltar al respeto a todos tus principios. Te acercas por detrás, despacio, apartando mechones despuntados y madejas enredadas hasta desnudarla. El bloque perfecto.

Inhalas, respiras y cierras los ojos. La música se detiene........ . . . ahí está de nuevo, resurge como un eco repleto de matices. ¿Cómo se lo explicas? ¿cómo expresas cada uno de esos extraños, sucios e indeseados matices que te apuñalan una y otra vez? No puedes. Lo guardas bajo llave, tras tu corbata y tu traje y esperas. Esperas a que suceda, al zumbido, a la vibración.
Y poco a poco, gradualmente, una punzada crea ese escalofrío en lo más bajo de tu espalda. Sube acompañado de sensaciones que desconoces. Se produce la magia. La sientes, su intensidad, su dulzura y la confianza que viene con ella durante un rato. No importa cuanto tiempo haya pasado, se ha ido. La máquina del tiempo lo ha extinguido. No quedan rastros del incendio, ni una sola pizca que aprovechar.
Te acuestas una noche pensando que jamás volverá.

Con el tiempo te darás cuenta de lo que realmente importa en todo esto. Vuelve, siempre vuelve para después desaparecer dejando abierto el oscuro pozo del que saliste la noche anterior.


martes, 14 de mayo de 2013

Mira mamá, sin dientes

Hablo sobre creatividad. No de la que gozan los pro-habilidistas que careciendo de ella, afirman haberla desarrollado con trabajo, disciplina y perseverancia, hablo sobre el talento que algunos traen bajo el brazo momentos antes de despojarse de su cordón umbilical. Hablo de ese foco de luz que se abre paso entre las más nubes grises que pueblan la mente en un momento de bloqueo. Dure minutos, horas, días o semanas. Click. "¿Qué coño haces aquí, no te dije que no entrases y que bajo ningun concepto, encendieses la luz? Oh espera, gracias."

La sensación que me embiraga sin aviso, rezándome que todo es gris y monótono. No hay cura para eso, soy consciente de ello. Hoy descendía la pendiente atento a los escaparates de cada farmacia, de cada herbolario, repasando una y otra vez las vivencias pasadas en las que el viento era capaz de arrastrar las nubes como castillos de arena en un mundo sin esperanza para la esperanza. Y sucedió, de forma diferente, para el mismo problema. Un pequeño y delicado frasco de cristal, frágil como las cenizas que quedan cuando el fuego se ha extinguido. No contenía el remedio definitivo, solo algo para paliar los efectos del dolor, la desilusión y la ansiedad.

Aquí terminaría el relato de ser un cuento para inocentes infantes despreocupados de la existencia de cielo alguno. No es el caso. El frasco, tan frágil y delicado como era, salió rodando colina abajo, resquebrajándose en el traqueteo constante de malos tragos y baches.

Ahora estoy donde siempre he estado, con los pies sobre las huellas que mis zapatos han dejado en el cemento. Puedo ver, atemorizado y con un agudo pitido perforándome los oídos, cómo la pequeña quimera se dirige con precisión a los pies de otro. Él está abajo, con los brazos abiertos y esperando, como yo, que la fragilidad del recipiente soporte la travesía que casi ha terminado. Cree que ya la tiene pero se ha olvidad de darle el cariño y la atención que merece.

Analfabetos pidiendo El Quijote para los reyes magos. La risa es irreprimible, irrespetuosa, impetuosa. La desesperación ciega mis ojos con pólvora de aroma a fuegos artificiales.

Hablo sobre creatividad, la que algunos hombres portan con elegancia y enigma. Hablo sobre mi creatividad, mi don, el que me hace correr cuesta abajo sin frenos, directo y dispuesto a interceptar la trayectoria del bólido sin chaleco antibalas. Porque, ¿quién coño soy si no corro como un idiota plenamente dedicado a dejarse los piños sobre el asfalto?

Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...