Hay una luz que ilumina mi rostro y todo lo que veo. Es una luz que no existía cuando llegue aquí, cuando comencé a reír, llorar, golpearme y morirme de miedo.
No había nada. Nada hasta el día que sentí morir mi propio corazón y mi vida evaporarse. Recuerdo quedarme petrificado durante semanas en mi propia cabeza. El dolor. Esa cosa que viajaba desde los pelos de la cabeza hasta las uñas de los pies en un grito sordo.
Entonces encendí la luz. Esa luz roja que brilla con fuerza cuando el corazón se salta un latido. "No cruces la línea" canta con el color.
En ocasiones cojo aire justo antes de hacer algo que puede salir mal. Si la luz se torna verde sonrío y me dejo caer sin pestañear. No importa si va a doler, sé que no será para tanto. Será tan solo un esguince, una mala semana, una que dure lo que dure seré capaz de soportar.
Creo que soy valiente, quiero decir, la luz casi siempre está verde. Hay muy pocas situaciones que iluminen mi rostro en el espejo con el color de la prohibición, del error, del dolor.
Tú eres una luz roja. Siempre lo has sido, todo el tiempo desde el primer día hasta el final. Sé que líneas no puedo cruzar, algo he aprendido. Entiendo de luces. Sé que no tiene sentido lanzarse de cabeza a una piscina de cemento armado y nada más.
Es por eso que no lo hago.
Si hablo es porque está en verde. He mirado antes. Solo cruzo en verde. Solo me comprometo en verde. Solo verde.
Tengo un buen candado, uno que mantiene la luz verde para permitirme cruzar. Lo he revisado, estoy seguro, por eso lo hago.
Eso es lo que no entiendo.
Un segundo estoy sonriendo bajo la luz de la seguridad, protegido por la experiencia y la precaución, y al siguiente me distraigo por un instante de más en esa pupila que me enseñó a escribir.
La luz se ha ido. No he visto rojo por ningún sitio. Estoy seguro que tú tampoco lo has visto. Probablemente para ti la luz está verde aún pero yo, bueno, de pronto estoy a oscuras.
Todo lo que veo es el negro de tu ojo paralizándome de nuevo. Todo lo que escucho es el piano de aquella canción donde la casa ardía cuando nos marchabamos llorando. Esa casa que nunca habitamos y había olvidado ya. Esa que construí en soledad durante tanto tiempo. Esa que era la de mis sueños porque habíamos hablado y no me importaba si tenía que hacerla solo.
Jamás me importó.
Perdí la ubicación. No volví. Tiene polvo. Pensé que jamás la vería de nuevo. Está tan vacía como la dejamos.
Juro que no había vuelto a saber de ella hasta el momento en que sentí ese parpadeo pétreo donde se me hace de noche y no me puedo mover. De pronto parece que puedo viajar en el tiempo, de hecho lo acabo de hacer y ni tan siquiera me han preguntado si quería hacerlo.
Simplemente no lo entiendo. Tengo una luz verde, una luz roja y un candado.
Los tengo para ocasiones como esta. ¿Por qué cojones no han funcionado?
Y ahí está otra vez esa canción que me sacude como a un muñeco que tiene miedo a morir de dolor.
Alguien me dijo una vez que no puedes cortar el hilo rojo que une a dos personas de por vida, ni siquiera con una luz del mismo color.
Todavía no creo eso pero, joder, todavía tú.
Solo necesito un poco de luz por aquí, no me importa el color.
En los recovecos de mi mente los colores son fluorescentes y el rosa y el verde parecen destacar sobre los demás. En los recovecos de mi mente el negro es el telón de fondo y la esperanza un gato pardo que salta de escenario en escenario y me impulsa a caminar como si volara por encima de todo lo que veo,
con los ojos cerrados.
Es una película muda que comenzó hace veinte años y aún parecen quedarle otros tantos más. Si su final fuese abrupto y yo no pudiera desgranar todo eso que me pasa, bueno, probablemente abriría la ventana y puentes de colores fluorescentes me guiarían camino a casa.
Sé planear. Lo hago siempre de noche, sin hacer ruido ni molestar. Desciendo como un ave sin plumas que se sabe libre atrapada en un cuento de Dickens.
Hay un piano que ilumina mi alma. Ella lo está tocando, hoy me gusta más.
Levanto una estantería en mi memoria onírica y la lleno de diarios. Diarios ordenados sin sentido, preparados para ser el que yo necesite cuando extienda la mano.
Me he sabido un dios. No se lo he contado a nadie.
He encontrado una montaña vahída en tus pupilas, la he visto cerrar los ojos y volver a levantarse en un lugar que no conoce.
Un prado en ninguna parte.
Lo he creado yo, para ti. Son doce millones de flores y los colores que no existen los encargué al por mayor.
Un coche entra en escena y me dice que tengo que irme, que coja un avión.
Me lo meto en el bolsillo y monto por la puerta del copiloto.
Colores fluorescentes en obras cortas, obras de dos páginas, obras de aquí podrás descansar mientras sueñas si te dejas vencer hacia atrás y confías en que sus manos muertas te mantendrán con vida.
Esta mañana he tenido un accidente. Lo tengo cada vez que recojo mis párpados y enfoco al techo de mi habitación. Tengo un accidente conmigo mismo al encontrarme existiendo cuando recobro la conciencia.
Logro sobrevivir a semejante choque de trenes todos los días.
Tarea de plañidera enferma por encontrar tu rostro en el momento de perder la conciencia y sumergirme en un mar sarcásticamente onírico.
Cómo me toca los huevos.
Me raspa el mal humor y me lo levanta como una gran erección. Sonrío.
Esta noche te he visto y me he sentido paladín, defensor de tu sonrisa blandiendo una espada fraguada en el brillo de tus ojos.
Te he sentido palpitar dentro de mi. Y en un esfuerzo exangüe tu rostro se deshacía asustado por la luz del amanecer entrando por mi ventana, atravesando mis párpados, resecando el sueño de amor eterno como a una flor marchita el frío del invierno.
El invierno que está por venir.
He intentado abrigarte para mantenerte despierta en mi mente dormida. He intentado ponerte capas de razonamiento abstracto, convencimiento y sal dorada. He tratado de mantenerte con vida con mirada frustrada y voz temblorosa, he sentido el terremoto que eras tú dejándome a mí solo dentro de mi propia cabeza.
He tenido un accidente en un arduo intento por mantenerte despierta. Salí corriendo tras esa nuca que conozco tan bien abjurando a los cuatro vientos, apostatando que jamás fui tu enemigo y siempre creí que eras la diosa que nunca tuvimos.
Que eres la salvación para nuestra especie.
Me he cagado en mi puta vida con todas las ganas cuando no diste media vuelta y enfilaste calzada romana de luz ascendente que propulsaba tu rostro granjeado de pecas al cielo de mi subconsciente.
La mañana y su manía de acometer avulsión, de extirparme los sueños sin pedir permiso ni perdón.
Yo solo quiero volver.
Tengo agujetas en los párpados de tanto llorarte, de forzar mis ojos a cerrarse para dormir y poder volver a generarte, a crearte como a un misero clon de humo y espejos donde el parecido es más que razonable y tu olor permanece para siempre en mi recuerdo. Me cago de miedo cuando me doy cuenta de que estoy dormido y te sigo queriendo como si la barrera de lo que es real y lo que no se nos hubiese quedado pequeña para esta paranoia que generamos el día que nos conocimos y el día que no dijimos cuánto nos quedaría para volver a vernos.
Esto es una casa de locos, reza el letrero que adorna mi órgano encefálico por dentro. Lo pone en color rojo porque sangro porque pienso que me paso de frenada y se me va el santo al cielo. Y me astillo el cerebelo y la corteza prefrontal en otro denodado esfuerzo por volver a ver tus labios mayores susurrarme todos mis recuerdos.
Me falta tinta para recrear la efigie mortecina que deja pintalabios en mi mejilla cuando la muerte se te lleva y sé que no estabas viva pero me duele como si lo estuvieras. Contemplo tu cadáver enjunto acurrucado entre mis brazos y pienso en dar un último sorbo al vaso de whisky con forma de cenicero que es la calavera momificada de nuestro acervo.
Estoy revolviéndome entre las sábanas con esmero por volver a tener delante la pirámide que eramos en ese desierto repleto de oasis que pudieron haber sido y nunca fueron.
Aparece como un recuerdo frugal aquel momento en que me di cuenta que me había dado cuenta para siempre.
De naturaleza ignata, de duración eterna tu idea en mis aposentos.
He tenido un accidente como todas las mañanas donde muero y mi probidad se fuga por el desagüe que hay en mi pecho enfermo.
Me hablo y no me contesto. No tengo respuesta ni pregunta que hacerme en la algarabía que se forma en mis oídos.
He tenido un accidente y me he vuelto a salvar por los pelos. Estoy masticando tierra sentado en mi propio eclipse.
Esta noche volveré a emocionarme buscando un café azucarado con el que tener una excusa para sentarme contigo de nuevo.
Ven y siéntate un rato con tu abuelo en la mesa. La hora del café es de verdad, existe, no es una excusa cualquiera.
Y antes de sentarte tráeme una rodaja de melón, date prisa, quiero poder saborear su azúcar antes de que todo esto se derrita como acuarela aguada y abra los ojos. Quiero escuchar al hombre del tiempo sin novedades repitiendo sol y calor, sol y calor, como hizo ayer y como hará mañana.
Sube el volumen de la televisión. Si le das una oportunidad, la película de esta tarde te gustará. Se que los argumentos de estas obras son siempre el mismo, creo que por eso son tan importantes. Dejas de prestar atención a la historia y te sumerges en sus bosques, en sus casas perfectas, en sus malas actuaciones y en el lago junto a la casa donde siempre sucede lo mismo.
Podría contar los pedazos en los que rompo las hojas caducas del suelo.
Quiero pensar que vivo en este recuerdo que se esfuma, se eleva y disuelve en mi cerebro como una invención, la de un viejo aburrido que habita en las callejuelas más recónditas de sus sinapsis.
No sé como huele el azafrán pero lo recuerdo como si lo tuviera delante.
Siéntate hijo y acércame el cenicero. No voy a molestarte, no quiero hablar, solo mirar por la misma ventana de siempre y ver transformarse el más soleado de los días en la tormenta perfecta.
Perfecta
por nosotros
y la lluvia que nos envuelve.
Y que lo haga sin avisar, con la sola advertencia de un olor fantástico que atraviesa ventanas y paredes.
Sentarnos,
tumbarnos en la terraza,
y esforzarme por escuchar las palabras que dijiste mientras las estrellas,
ellas
y nosotros
y ahora tú,
brillamos en el cielo.
Tranquilo pequeño, todo esto ya ha pasado. Sigue vivo dentro de ti y permanecerá en el universo mucho tiempo después de que hayas desaparecido. Y volveremos a ver esa película, una y otra y otra vez mientras te comes un helado o un chocolate caliente, mientras el ventilador nos tape la televisión o la chimenea nos dé calor.
Acércame tu mano ahora que me ves cuando cierras los ojos. Coge fuerza, te queda todo por hacer y pude ver en ti desde el primer momento que conseguirías todo aquello que te propusieras. Todo lo que siempre soñaste ser.
No te pongas nervioso, puedes jugar un rato en el suelo, tranquilo hijo, tranquilo.
Puedes jugar un rato conmigo. Podemos intentar recordarnos hasta que me desvanezca con una sonrisa y mi corazón latiendo dentro del tuyo.
Tus labios quedan a una altura genial. En ellos la llave, el transporte a un viaje de veinte segundos que desintegra todo ápice de realidad.
Tan solo una nariz por encima un par de ojos, dos de ellos, observan cada movimiento que hago en un intento por alcanzar todo aquello que te intento enseñar. Dos vórtices de límites castaños que mutan en un verde coral cuando tu día tiene melodía y todo te sabe bien, más a sidra que a champán.
También se escribe así.
Y acompañas esa cara que cada día se me antoja más divina, que no angelical, con gestos de épica trivial.
Una torrija en un banco que sabe a navidad.
El shushi sobre la almohada que no sabe lo suficientemente mal para poder parar.
El libro de cabecera que no sabes que leo y que me hace llorar.
El pájaro de Amsterdam que atrapaste con las manos y me pusiste para llevar.
Diez minutos de seriedad, treinta y cuatro de risas desafinadas y energía que no antigua sino ancestral.
Toda una gamma de pequeños trozos de vida que compartes conmigo por algún motivo que no atino a adivinar.
Debe ser por mi sonrisa o mi forma de mirar, por mi inoportunismo o falta de tacto al delirar, por los si si si, no no no, guau guau guau y todos los demás.
O quizá porque te pasa como a mi. Porque se te para lo que se mueve cuando te detienes a mirar. A hacerlo por dentro y hacerlo de verdad.
Me pasa cuando sabes que tengo algo que decir y me llevas a una escalera para subirte un escalón por encima y quedar a mi altura (no sabes que hace tiempo que andas por encima aún estando de rodillas), también cuando te encuentras mal y me dejas decir para que me puedas escuchar cómo te intento consolar.
Me pasas cuando me atrapas con fuerza de amazona contra tu cuerpo y gritas en mitad de cualquier calle, aquí y en Marte.
Eres extraterrestre. Y estás loca. Y tienes defectos.
Y si no los tuvieras, o si lo hicieras pero no fueras capaz de rectificar, jamás te diría que te quiero de verdad.
Hay cosas en la vida que no puedes escoger, cómo te sientes.
El sol apuntaba desde lo más alto como un francotirador con munición letal de acción lenta. Te calcina hasta que pierdes todo el agua del cuerpo, sudando gota a gota. El ventanal reflejaba cada uno de los disparos del astro rey sirviendo de catalizador. Casi podía notar las ascuas avivándose en mi piel.
Las vistas eran privilegiadas, merecía la pena morir por el calor. En aquel momento merecía la pena morir por cualquier cosa. No era resignación, era un mal concepto de heroicidad. Yo era un mal concepto, el mayor de todos.
La calle se extendía sin miedo veintidós pisos por debajo de mis pies. Ventanas, ladrillos, moho y gente en la calle jugando a vivir algo más. Algo que mereciera la pena, más que la vida.
Días atrás en el calendario había sido uno de ellos, no de los mejores, nunca fui realmente bueno actuando, pero estaba convencido. La vida tenía un sentido y no era demasiado pesado para llevarlo a la espalda.
Ahora mi mochila estaba vacía y pesaba más que nunca. No estaba llevando nada, libros, argumentos, munición o alcohol. Solo un gran vacío más pesado que cualquier otra cosa.
Escuché a mi espalda la puerta intentando resistir y a los ocho tipos detrás intentando ganarle la partida. Estaban abollando la chapa. Parecía que la puerta estaba viva y creciendo, estirando una mano en forma de bulto hasta mi. Iba a atraparme.
- ¡Vamos chicos, un par más! - dijo uno de ellos en el silencio entre un golpe y el siguiente.
El arma en mi mano estaba pegada y el pegamento era casero: supervivencia y delirios de un hombre viejo demasiado joven para morir. Ya estaba muerto por dentro pero eso no me parecía suficiente para tratar de impedir que agujereasen mi cuerpo con balas de todos los calibres.
Estaba sopesando cómo de largo sería el vuelo cuando me quedé sin opciones. La puerta se abrió y los proyectiles de punta hueca empezaron a correr hacia mi. Giré sobre mis pies y traté de hacer diana por última vez.
Sentí el rojo, el quemazón, el hueso partiéndose y la sangre escapando a presión de mi cuerpo. El primero fue a través de mi cuádriceps. Nunca volveré a correr igual, pensé. Aún había una parte de mi que pensaba que iba a saborear la vida más allá de los cuatro próximos segundos. El segundo acertó en el centro.
Estaban jugando a los dardos con mi cuerpo y todos querían ganar.
Lo sentí, la sensación de no sentir nada. Mi espina dorsal ya no formaba parte del juego. Un gran golpe en la cabeza y mi cuerpo cayendo sobre los cristales. No iban a aguantar, de hecho, no lo hicieron.
Ellos, los hombres armados, los jugadores de dardos, me vieron desaparecer como en las películas de superhéroes. Me desvanecí ventanal abajo pero nunca remonté el vuelo.
La brisa en mi nuca y la sensación de caer al vacío, piso por piso. Dí un espasmo, las sábanas se me habían enredado demasiado.
Sabes, estoy tratando de averiguarlo, cómo vivir. Todos lo hacemos, todos estamos intentándolo y fallamos. Entonces nos hacemos las mismas preguntas una y otra vez: "¿Cómo se hace esto, cómo se supone que debo hacer aquello? ¿Está bien así? ¿Esto importa? ¿Importa algo de todo esto?"
Sabes, importa para mi. Pero no toda esa mierda por la que se supone que debemos preocuparnos, todas esas cosas que deben mantenernos despiertos por la noche haciéndonos sentir ansiedad, angustia y mil cosas más que empiezan por a y no son nada placenteras. No son nada que debiese existir, nada que merezca una sola letra en el poema de la humanidad, pero están ahí y casi puedes tocarlas, tan reales, tan desesperanzadoras.
Me preocupa, ¿sabes?. Importa. Estoy hablando de las cosas que hacen brillar los ojos de la gente. Estoy hablando de sentimientos, estoy hablando de amor, risas, susurros, lágrimas drenando los miedos más profundos del alma humana, estoy hablando de sueños, música, recuerdos, el sol aclarando tu pelo en verano, la libertad a la que huele el mar tras un año sin costas, sin sentirlo, sin tocarlo, sin tocarte.
Me importa la gente y quiénes son.
Todos tiene un trabajo, una pareja posesiva, algún tipo de alergia o una nueva rutina de gimnasio. No me importa una mierda. Estoy siendo honesto, no me habléis de eso. Me importas tú, tú no eres nada de eso, no eres el mal humor que te asalta cuando tienes que levantarte de la cama cada mañana, no eres el sentimiento de culpa cuando no estás estudiando y se acercan los exámenes y definitivamente no eres toda esa mierda que la gente dice sobre ti, sea buena o mala.
Eres lo que me dices, eres lo que veo en ti, eres ese relámpago que atraviesa mi corazón cuando hablas con pasión. Eres lo que desearías hacer en este momento si nada importase, si alguien te hubiese enseñado a escribir tu propio destino.
Ahora te lo he contado, estoy intentando averiguar como vivir, como tú, como todos los demás.
Algo ha cruzado tu mente, un pensamiento, un deseo, un sueño. Piensa otra vez, ¿quién eres tú?