Cambia su nombre y el color de su pelo, incluso su rostro, pero siempre la encuentro poética cuando se transforma en mi musa.
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miércoles, 4 de enero de 2017
Escribo sobre mi
Siempre escribo sobre mi o sobre cosas que me han pasado o sobre personas que me han sacudido con fuerza y han roto mi corazón porque no hay nada más para mi que sus ojos, el sabor de su risa incontrolada y lo que pienso acerca de ello.
Cambia su nombre y el color de su pelo, incluso su rostro, pero siempre la encuentro poética cuando se transforma en mi musa.
Cambia su nombre y el color de su pelo, incluso su rostro, pero siempre la encuentro poética cuando se transforma en mi musa.
martes, 16 de julio de 2013
Crónica roja de un desangrado
El frío plata en su cadera le hace tiritar. Es primero de año y el firmamento lo bendice liberando miles de pequeñas canicas blancas que se van posando sobre el terreno, convirtiendo lo que antes era mundo en una capa gélida y santa.
El dolor ataca con rabia, intentando derribar al hombre que viste de luto. Distintas agujas de distintos tamaños estimulan de forma invisible la superficie de su cerebro. El hombre jura tener al menos una docena de astillas bien asentadas en la zona del cráneo de la que mana sin cese el pegajoso fuego líquido que tiñe la nieve bajo sus pies.
Mete la mano en el bolsillo interior de su oscuro abrigo y, con dificultad, extrae una cartera de cuero marrón. La abre. Entre sus dedos, el rostro de su esposa y sus dos hijas parecen suplicarle que encuentre el coche lo antes posible, antes de que sea tarde para todos. Entonces, una pequeña peca roja cobra forma en la mejilla de papel de su mujer y, poco a poco, el diámetro de la peca se va ampliando hasta teñir el trío de caras de un rojo oscuro y grumoso, la fotografía pesa cada vez más y más y comienza a doblarse hacia el suelo, perdiendo la rigidez de la que segundos antes había gozado.
Con un elegante descenso digno de reconocimiento, el retrato de su familia se balancea en el aire hasta posarse sobre la nieve roja a los pies del hombre.
El rugido de un motor llega hasta sus oídos. "Un madrugador, estoy salvado". Un minuto, dos, tres.... el ruido mantiene su intensidad y no distingue vehículo en marcha en su campo de visión. "Estoy alucinando, me estoy quedando sin la sangre suficiente para discernir entre lo que es real y lo que no".
Aquel funerario hombre portador de una Glock 17 con el cargado vacío no atisbaba posibles donantes en las calles y él, en la necesidad de sangre en la nieve como de agua en el desierto, contribuyó en la mayor donación de vida líquida que nadie haya proporcionado a la navidad.
viernes, 1 de febrero de 2013
Algunos nacen porque tienen que nacer.
Ni la lluvia aquí diluye mis pensamientos. Voy a juego con la noche y el olor a cigarrillos anula mis sentidos.
El letrero parpadea en un intento por no quedarse de piedra. Bajo el porche me refugio de la peor tormenta que he visto en años.
Mi coche, aparcado a tres metros, se tornaba imposible de distinguir bajo el manto acuático que trataba de acabar con la humanidad. Una figura aparece de la nada con un periódico sobre la cabeza corriendo como alma que lleva al diablo hacia el interior del bar. Durante unos segundos clavo mis ojos en el opaco horizonte casi seguro de poder contemplar a Moisés abriéndose paso bajo las aguas torrenciales.
Mi gabardina está calada y pesa como una capa de hierro sobre mi calavera. El cigarro casi vomita ceniza acuosa mientras me quemo los dedos. "A la mierda".
Acaricio con la palma de la mano el bulto que porto en la cintura para asegurarme de que el agua solo se ha llevado la visión de mis anhelos. "Cielos rosados y columpios en la parte trasera de mi casa-jardín".
Empujo la puerta como Clint Eastwood y entro al local una vez más. No más de diez borrachos y un par de personas. Once borrachos ésta noche.
Algunas personas nacen para mentir frente a un público, otras nacen para vivir entre números y papeles, las hay que expresan sus sentimientos y pagan la renta con ello. Como yo, unos pocos nacemos pensando cuál será el color de nuestra quinta extremidad. ¿Será tal vez un revólver?
Una bola de billar surca el aliento alcohólico del local ante mis narices. Hasta las paredes aquí parecen haber sido aderezadas con whisky de malta.
El dolor de cabeza se ha ido y allí me hacen compañía el barman y un par de vasos medio vacíos. Todos han preferido salir a morir que aguantar allí una hora más.
- No sueles beber ¿cierto?- se jacta de mí al otro lado de la barra con sus gafas y su calva de media pulgada.
- Cierto. ¿Tanto se me nota?
- Todo depende...- me dice mientras se agacha tras la barra- de la atención que pongas a los detalles. - termina levantándose y apoyando los dos cañones de la escopeta sobre el vaso que aún no había terminado.
Un día te levantas despistado y te matan.
El letrero parpadea en un intento por no quedarse de piedra. Bajo el porche me refugio de la peor tormenta que he visto en años.
Mi coche, aparcado a tres metros, se tornaba imposible de distinguir bajo el manto acuático que trataba de acabar con la humanidad. Una figura aparece de la nada con un periódico sobre la cabeza corriendo como alma que lleva al diablo hacia el interior del bar. Durante unos segundos clavo mis ojos en el opaco horizonte casi seguro de poder contemplar a Moisés abriéndose paso bajo las aguas torrenciales.
Mi gabardina está calada y pesa como una capa de hierro sobre mi calavera. El cigarro casi vomita ceniza acuosa mientras me quemo los dedos. "A la mierda".
Acaricio con la palma de la mano el bulto que porto en la cintura para asegurarme de que el agua solo se ha llevado la visión de mis anhelos. "Cielos rosados y columpios en la parte trasera de mi casa-jardín".
Empujo la puerta como Clint Eastwood y entro al local una vez más. No más de diez borrachos y un par de personas. Once borrachos ésta noche.
Algunas personas nacen para mentir frente a un público, otras nacen para vivir entre números y papeles, las hay que expresan sus sentimientos y pagan la renta con ello. Como yo, unos pocos nacemos pensando cuál será el color de nuestra quinta extremidad. ¿Será tal vez un revólver?
Una bola de billar surca el aliento alcohólico del local ante mis narices. Hasta las paredes aquí parecen haber sido aderezadas con whisky de malta.
El dolor de cabeza se ha ido y allí me hacen compañía el barman y un par de vasos medio vacíos. Todos han preferido salir a morir que aguantar allí una hora más.
- No sueles beber ¿cierto?- se jacta de mí al otro lado de la barra con sus gafas y su calva de media pulgada.
- Cierto. ¿Tanto se me nota?
- Todo depende...- me dice mientras se agacha tras la barra- de la atención que pongas a los detalles. - termina levantándose y apoyando los dos cañones de la escopeta sobre el vaso que aún no había terminado.
Un día te levantas despistado y te matan.
miércoles, 24 de octubre de 2012
¿Estoy yo viendo o llueve pasado?
Hay altares y hay altares. El otro día estuve en uno, pude probarlo con gusto, os lo digo hoy sentado en otro más bajo y menos cómodo.
En aquel altar podía ver ríos de tinta correr, gigantes en lo alto de sus nubes caer. Los tambores ensordecían el dolor que, cuchillo en mano, aguardaba al destendimiento de músculos e intenciones.
Con botas de escalador en sus pies ha olvidado el viajero el ascenso de apenas hora y media. Ahora sentado en el suelo con sangre en la cabeza se pregunta, perplejo: "¿Acaso me está doliendo, me quejo?"
Rezagada queda el alma del moribundo que, con suerte, observa desde una posición ventajosa el asesinato con nudo de corbata alrededor del olvido y una pizca de sal en el picazón de una jaqueca celestial.
lunes, 10 de septiembre de 2012
Over
Roma arde, pienso mientras sostengo mis temblorosas manos a unos metros de la cajetilla. Me arden los ojos, arde la esencia de la humanidad en mis riñones.
Duele el color fosfato que ilumina el derrumbamiento de los gigantes. Caen ciudades y caen diamantes.
Y aquí estoy yo, sin una botella de whisky conduciendo mi mente a planos inferiores, restregando los oxidados metales que me atrapan entre pestañeo y pestañeo con agua y sal.
Duele el color fosfato que ilumina el derrumbamiento de los gigantes. Caen ciudades y caen diamantes.
Y aquí estoy yo, sin una botella de whisky conduciendo mi mente a planos inferiores, restregando los oxidados metales que me atrapan entre pestañeo y pestañeo con agua y sal.
domingo, 19 de agosto de 2012
God and the Dev/bil
Ahí estaba, en medio de nada. El grís diurno cede su puesto al cielo nocturno. Luna sobre nuestras cabezas, blanco mortecino adorna las malezas.
Mafia y dolor en el corazón de teflón. Ruidos espectrales en casas encantadas de expectativas y pequeñas caricias animales.
Y sigue el caballero manteniendo el escudo en alza, la cabeza por debajo del dolor.
Sucesión interminable de gritos que atraviesan cristales como balas, rituales satánicos en las gradas.
La tormenta perfecta en mi cabeza: gira la esquina, ahí está de nuevo, es ella.
Y dejo pequeñas partes de un ventrículo roto para que siga el camino de vuelta a casa, para que no me abandone sin comida ni agua sobre la mesa.
Con el culo sobre la madera podrida del porche la veo de vuelta, con paso cansado y mirada ausente. Está muerta, ya no reconoce su propia mente. Ojos negros, carbón en sus pupilas, azabache en su mirada furtiva. Está muerta, yo la he matado. Me la han robado. Hija de lobos, princesa de los bosques.
Y vuelve mi alma sobre sus pasos, camino del lago. Está destrozada la ciudad que un día fue poblado. Las llamas engullen cometiendo pecado. La gula del fuego es un martirio en un día tan preciado.
Ruegas sobre tus rodillas al señor, pides clemencia y suplicas perdón.
Espesor de tinieblas en bosques de ricos. Silencios aguardan lugares recónditos. Aullidos en la noche, la luna llena sangrando tinta sobre frondosos horizontes.
El cielo acuarela nocturna, se diluye firmamento abajo buscando un nombre.
Está muerta.
Mafia y dolor en el corazón de teflón. Ruidos espectrales en casas encantadas de expectativas y pequeñas caricias animales.
Y sigue el caballero manteniendo el escudo en alza, la cabeza por debajo del dolor.
Sucesión interminable de gritos que atraviesan cristales como balas, rituales satánicos en las gradas.
La tormenta perfecta en mi cabeza: gira la esquina, ahí está de nuevo, es ella.
Y dejo pequeñas partes de un ventrículo roto para que siga el camino de vuelta a casa, para que no me abandone sin comida ni agua sobre la mesa.
Con el culo sobre la madera podrida del porche la veo de vuelta, con paso cansado y mirada ausente. Está muerta, ya no reconoce su propia mente. Ojos negros, carbón en sus pupilas, azabache en su mirada furtiva. Está muerta, yo la he matado. Me la han robado. Hija de lobos, princesa de los bosques.
Y vuelve mi alma sobre sus pasos, camino del lago. Está destrozada la ciudad que un día fue poblado. Las llamas engullen cometiendo pecado. La gula del fuego es un martirio en un día tan preciado.
Ruegas sobre tus rodillas al señor, pides clemencia y suplicas perdón.
Espesor de tinieblas en bosques de ricos. Silencios aguardan lugares recónditos. Aullidos en la noche, la luna llena sangrando tinta sobre frondosos horizontes.
El cielo acuarela nocturna, se diluye firmamento abajo buscando un nombre.
Está muerta.
martes, 31 de julio de 2012
Descarga eléctrica de un corazón roto
Directo desde mi otro blog: http://theaccompaniedsolitary.wordpress.com/
Era una mañana madrugadora, estaba nervioso, contento. Estaba sintiéndome como más me gusta: con las pelotas de corbata y la visión sensibilizada, regalo directo de la señorita adrenalina, que nos regala síntomas en los mejores y peores momentos de nuestra vida.
Me duché, no desayuné, y me arreglé un poco. Salí a la calle con prisa, había olvidado coger dinero, el paquete de tabaco, el móvil… tuve que darme la vuelta. Algo había cambiado.
La mañana era una tarde de tormenta, las farolas cedían sus puestos a las antorchas del firmamento que, con una brevedad espasmódicamente natural, resaltaban cada átomo a mi alrededor: el suelo, los árboles, mis ojos.
El sueño de la luciérnaga controladora de mundos.
No me dejo impresionar y tirando de mi cuerpo en la dirección opuesta a la que mi subconsciente me empuja, camino con la tragedia eléctrica a mis espaldas. Me está esperando, otro día tal vez.
Continué sin teléfono, sin reloj… las gafas de sol ya no eran necesarias, los cigarrillos eran siempre prescindibles por aquel momento.
El punzante y agitador miedo que revolvía mis entrañas me aconsejaba de forma altruista algo de alcohol para soltar ese nudo que aprisionaba mis intestinos y mi aliento ya no tan matutino.
Era momento de afrontar la sobria realidad. Era la hora, había llegado.
Un par de bocinazos y los neumáticos abrazando el asfalto como un niño rodea a su madre tras la caída de un ángel.
- Llegaste.
-Llegué, puntual. Un poco más y me habrías hecho pensar que me habías dejado tirado como todas estas colillas.
- Hablando de colillas, ¿tienes fuego?
- Deja que suba al fuerte antes, ya echaremos la culpa a mi perturbada cabeza cuando hallamos rodado lo suficiente para que no puedas cambiar de opinión.
- Todos evolucionamos ¿sabes? Intentas ser tan increíble como alguien de quince años más que tú y no llegas al nivel. Espera, superarás lo que quieres con creces.
- Déjame mirar- le dije inclinándome a la ventanilla del coche y abriendo sus ojos con mis dedos- tus pupilas no han reaccionado a la droga o realmente has enloquecido sin necesidad de colocarte, pequeña majara.
Ella reía y yo rodeando el vehículo me dispuse a subir de copiloto.
El motor acelerando y las ruedas chillando. No puedo decir que no me avisasen a grito pelado. Mi cuerpo rodó por encima del capó y se estrelló con el cristal que refugiaba, al otro lado, la sonrisa macabra y languideciente, maníaca y prepotente, de aquella muchacha de corazón roto y felicidad fingida permanente.
En el asfalto, vagabundo boca arriba sobre el gris resplandeciente, un morado en mis costillas y el del cielo relampagueánte anunciaban otro fallo en el intento de vida de un gilipollas integral que recibía casi tanto como pagaba.
En el asfalto, vagabundo boca arriba sobre el gris resplandeciente, un morado en mis costillas y el del cielo relampagueánte anunciaban otro fallo en el intento de vida de un gilipollas integral que recibía casi tanto como pagaba.
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