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viernes, 9 de enero de 2015

Queja pública al mundo moderno

Se nos está yendo la olla. Se nos está yendo a todos. A los que disparan, a los que matan, a los que mueren. Se nos está yendo la olla a todos.Y los que amamos andamos tan jodidos como siempre, ese ropaje de sábana junto a la chimenea que no viene, ese susurro junto al televisor que no llega, y lo demás, bueno, todo importa una mierda, son solo palabras en un mundo repleto de ellas. Y de jaleo, el jaleo de los brutos, los tontos, los vándalos de metralleta y sacudida desde la bragueta.
Nadie se limpia las manos, el jabón escasea y las palabras bonitas se despiden y marcan distancia, añoranza en la cercanía. Aún quedan abrazos.

Sigo con el sabor de boca que me deja el día hasta que la noche se levanta. Me dan igual el Listerine, el cepillo y las buenas maneras, ya a nadie le importa una mierda. No me siento excluido, me siento recluido en éste jardín de mierda y nada más, donde todos pisan y no se rastrilla jamás.
Y nunca llueve lo suficiente, no al menos como para ahogarme. Se excita la primavera y el invierno nos amanece, me despierta con la carne de punta y los ojos irritados, ya nadie suplica por una sola vez más.

Un beso y el orgullo se precipita bajo tierra, lo sepultan las cenizas y los ceniceros, las malas costumbres, los versos feos.

No pensar.

Y entonces te condenan a un saludo y a nada más, a seguir soñando con el qué dirán, qué les importará, nada más lejos de la consensuada realidad, del vino y el azúcar, la soledad y la sal.

Si lo miras no lo ves, si tratas de escucharlo, no lo oyes. Te destripan las caricias, te rehuyen las ganas. Espetan, espetan, espetan. Plaf.

Cuando te estiras y casi te caes, cuando te ríes y te atragantas, y te envuelven en un fino hilo de expectación y fracaso, dulce mal resultado, destripado querer y doloso poder. Me escurren y me resbalo, me silban y no les hablo.

Y entre jadeo y jadeo, tras cada buen día y rechoncho monumento, cierro los puños tras los bolsillos. No hablar para no matar, no decir y no amar. Me lastiman. Me lastimo.

Y así andamos, dando vueltas en el corral como pollos sin cabeza, escondiendo las alas tras la reja. Nadie quiere saber nada, andan y andan y por el camino se encuentran y con eso les basta.

Nos encontramos reos bajo las paredes y el cielo, sopesando posibilidades, contemplando posibles, tardíos encuentros.

Y si me dices con quién andas te diré quién es, si me cuentas cuánto pesa, te diré cuán gordo es.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

¡Que se acaba el año y no se acaba nada, rápido!

Me meo, tengo ganas de vomitar. Es esto de sentarse a escribir, la obligación que nadie me impone. Que se acaba la cuenta atrás, espero que aún haya alguien ahí fuera que no lo sepa, me haría soltar la última gran carcajada del año, hostias que año, ¿verdad, cabrones?

He hecho submarinismo, he evitado en la medida de lo posible asistir indiscriminadamente a... bueno que no he hecho pellas, esto lo leen mis papás. Nada de lo que preocuparse realmente. Además me he vuelto guapo, me he atrincherado en un bar y la he besado, o algo parecido, por ese orden.
En estos doce meses he dado buenos golpes y he recibido otros tantos, y menos mal, en recibir palos soy el mejor, tengo una personalidad que lo certifica. Con el tiempo he perfeccionado el arte de ser dado por culo de forma ininterrumpida, doce meses, quinientas hostias. Y no me ha sobrado ni una, que me han faltado unas tantas, vamos. Y he escrito mi primer relato erótico autobiográfico del que os dejaré un aperitivo al final.

Y si me tengo que poner sentimental porque lo dice el guión, hay una cosa con muy mal carácter, con una lengua que da miedo y fría como la escarcha que me ayuda a levantarme por las mañanas con la suficiente fuerza para ponerme los pantalones y la necesaria para acostarme con mis dos testículos intactos y los arañazos justos y necesarios en mi arquitectónico orgullo. Te lo agradezco pantera del Indostán, me pones de muy mala hostia, te quiero por no dejarme quererte.

Éste nuevo año prometo seguir siendo tan o más desastre, sin caos los agentes del orden harían cola en el INEM, escribir de una puta vez para hacerme rico y vivir en LA, follar más y vaguear menos. Nunca se folla lo suficiente, nunca se vaguea poco.

No pienso alargar ésto mucho más, nadie tiene tiempo para leer cuando no tiene ganas, siempre.

Así os despido un año más y recibo otro que, sorpresa, no será mejor que el anterior, no traerá la paz ni la felicidad que estáis buscando y si lo hace, joder os doy mi más sentido pésame, viviréis aburridos y alineados.

Buenas tardes y buenas noches, bebed y no os dejéis el culo del vaso, follad sin estar demasiado embriagados, tratad bien a los que os rodean excepto a los que no lo merecen, a esos miradles a los ojos y decidles:

"Te deseo un año de paz y felicidad."

"“Me estás jodiendo, te voy a joder... joder que si te voy a joder, joder.” Podría haberla arrancado las bragas allí mismo, bajo los atentos focos de sus iris asfixiantes. Me iba a ahogar en sus océanos expectantes antes de quitarme los pantalones. Y no dijo hola, simplemente me besó y, con ese beso, me enredó. Como una tela de araña, me pegó a su cuerpo y me dejó ahí, inmóvil, para siempre, para cuando quisiera rematarme. Agarrándome de la cazadora me empujó dentro y cerró la puerta con el pie, dejando fuera las dudas y las medias tintas."
 

Nos vemos, blasfemos caminantes.


martes, 21 de enero de 2014

Cisne negro

Y se escurría entre las sábanas de su cama a las tres de la mañana. Caía, deforme, en un negro cada vez menos oxigenado. La velocidad y la falta de aire le hicieron despertar con la mano en el cuello y la cabeza impresa en el pico de la estantería que reposaba a escasos centímetros de su almohada. La sangre enseguida lo manchó todo.
Mareado, se levantó y caminó, cruzando las piernas de forma imposible a cada paso, hacia el cuarto de baño. Estaba oscuro y cada vez había menos aire. Inhalaba con fuerza por la nariz pero tenía la sensación de estar respirando vacío. "Aquí tengo mi setenta por ciento de nitrógeno, ¿y el oxígeno?"
Golpeó con gracia el interruptor y la luz al final del túnel cegó por completo sus ojos, que dejaron de ver doble para ver nada más cosas santas y una capa muy blanca.
Creyó que lloraba.
Se limpió con la toalla. Creyó apreciar una melodía rítmica en el ruido que la toalla hacía secando su cabellera larga con energía. Debía ser la falta de oxígeno.
Salió del baño y apagó la luz, no le importaba desangrarse ni que el cerebro se le saliese poco a poco, creyó que cuando eso pasase lo notaría al ir quedándose sin ideas. Se acercó a la cama y dio la vuelta a la sonrojada almohada, avergonzada de haber presenciado tan estúpido acontecimiento.
Sin precisión pero con un grácil salto se dejó caer de espaldas sobre el colchón, cayendo, con mala suerte, sobre nada. Su cuerpo atravesó la cama y, cuando pudo darse cuenta de lo que sucedía, la cabeza dejo de dolerle.
Y se escurría entre las sábanas de su cama a las tres de la mañana. Caía, deforme, en un negro cada vez menos oxigenado. La velocidad y la falta de aire le hicieron despertar con la mano en el cuello y la cabeza impresa en el pico de la estantería que reposaba a escasos centímetros de su almohada. La sangre enseguida lo manchó todo.
"Otra vez no, por favor" suplicó mirando al techo mientras se ceñía al guión dirigiéndose al baño con terribles jaquecas palpitantes y pasos de bailarina profesional de la liga eristoff.

Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...