Mostrando entradas con la etiqueta metáfora. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta metáfora. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de octubre de 2019

Los versos de los cojones

No me ralles la puerta del coche con tus medias verdades,
no me regales sofismas envueltos en plástico
que ni yo ni la Tierra queremos.

Deja de contaminar.
Déjame en puto paz.

Je ne t'aime pas.

Te estoy gritando mientras corro una maratón
alrededor de un hígado que se está muriendo.
Se llama víctima. Tú, asesina. El arma, alcohol.

Déjanos en paz, a todos.
Déjanos cerrar el párpado ni que sea de forma tenue y fugaz,
deja de rutilar,
deja de gemir,
deja de jodernos.

Permítenos olvidar que existes en una inhalación sincera.

Crucifícame a chistes en alta mar,
dame un hijo que parir,
anégame en el petróleo de los insultos que proferí contra ti la noche que partiste mi vida en seis porciones de pizza.

No me sale salir, no por si te veo y te pongo a parir.

Dile en qué formas planeas hacerle la vida imposible,
conviértelo en poeta mediante tus desnudos Helenéicos.

Hazlo un Rolling Stone camino a Troya.

Dile que piensas fumártelo.

Chasquéale los dedos.

Que corra, que coja el palito, que coja el puto palito con los dientes.
Que te mueva el rabo entre los dientes.

Dile que vas a comprarle la imaginación y vas a encerrarla con el genio
en la lámpara que tu madre nos regaló de su viaje al continente moreno.

Eres un infierno con clítoris.
El final de los humanos y el principio de algo más.

Estoy estudiando ciencia para destruirte.
Quiero ser el hombre agua y extinguirte.

Voy a ser el supervillano al que todos aplaudan.
Voy a reaprender a tocar el piano para matarte a bemoles.
Voy a mutearte, silenciarte, dejarte sin habla corchea a corchea con mi piano de polla.

Vamos a rezarnos y que gane el mejor.

Eso si, después necesito que te calles, abras, te apartes
y dejes al pájaro que un día creamos
pluma a pluma
echar a volar
dirección L.A.


sábado, 5 de enero de 2019

En terapia

Está sentado en un sillón. Está narrando mi viaje de redención.

Le pago trescientos pavos al mes, ya puede contármelo bien.

Dice el doctor que dicen que mi corazón late cero con cuatro veces más rápido cuando giro sobre mi mismo, dice que saben que le he cogido manía al interruptor con el que ilumino las rutas favoritas de interconexión neuronal de la gente que me rodea.

"Ella mira pero no ve. Está demasiado atenta a si la están escuchando bien para poder oír mis alaridos de lobo abandonado."  le digo yo a él.

Me dice con las gafas puestas y los ojos clavados en la libreta que la fórmula estaba mal y hay que rehacerla entera.

"Tú por tu sombra menos todo lo demás es igual a hogar."

Todo esto es culpa de la gente -me dice- ellos preguntándose que está mal en latín frente a una ecuación y tu chica no se ha dado cuenta aún que no lo es.

Todo esto es culpa de la gente, suspira.

Me levanto del diván otra vez y ya no se qué mes es. ¿Qué pastillas me está dando el doctor?

"Creo que he encontrado un poco de verdad seca entre mis pestañas. Me he sentido como no quería pero sé que debía y ahora mi orgullo juega de último hombre en pie y trata de frenar el acto de agradecimiento a toda esa gente, ¿sabe?" le explico.

El loquero niega.

Dice que debo dejar caer a Dios en ese fondo marino abisal del que manan todas las lágrimas que he echado por culpa de la gente.

Todo esto es culpa de la gente.

Me pregunta si he estado siguiendo sus consejos. Si les he contado que hace ya siglos las cosas son diferentes, si he verbalizado para mostrarlo mejor, si he cumplido mi propósito de año nuevo y he reducido mi lista de amigos en el Facebook de verdad, el que radica servidor en el corazón.

¿Y a ella? -me pregunta.- ¿Le has contado cómo te sientes?

Hago una mueca que es hija de padre asentimiento y madre me escuece la herida en el bazo. Retorcida, muy retorcida.

Dice que no está mal y se coloca las gafas con los dedos vuelta a su posición inicial.

Así pensaré mejor, tú déjamelo a mi, me dice.

"Ponte cómodo". E introduce en mi boca una piruleta de color marrón.

¿Qué me está dando ahora, doctor? Yo.

Todo esto es culpa de la gente. Mi Doctor.

"Hazme caso no seas idiota y ponte un disfraz" me señala a mi propio armario que de pronto forma parte del mobiliario de la consulta.

"¿Puedo cagarme en la puta?" pregunto tan drogado como nunca.

No.

Tengo el traje de me sudas la polla, fácilmente confundible con me la sudas de verdad pero de naturaleza artimaña.

Estoy buscando algo mejor.

Encuentro los pantalones de sal echando hostias y no vuelvas antes de un mes pero los cinco euros que nunca metí en el bolsillo chafan mi plan antes si quiera de poder empezar a soñar con todas esas posibilidades de empezar de cero en algún lugar donde las cosas sean como quieres.

"¿Cómo lo ves hijo? Te cagas en la puta gente, ¿eh?"

Su cara ahora es un dragón de escamas doradas y lengua bífida.

"Quizá el próximo día encuentres algo, ahora me temo que se ha acabado la sesión".

Lloro como si me hubieran lanzado a la cara el puto premio de consolación. Me agarra de los tobillos y yo a las patas de la mesa ancladas al suelo de su despacho.

"Yo de aquí no me voy hasta que no deje de tener la culpa la gente" le grito mientras una bandada de búhos blancos me agarran de la chaqueta y los pantalones.

Me están sacando por la ventana. Voy volando.

Has hecho grandes progresos hoy - me sonríe mientras agita la mano - el próximo día trabajaremos estos sueños tan raros que tienes.

Mierda, pienso, creo que me he dejado el carnet de identidad en el sillón.



jueves, 7 de junio de 2018

El hombre más poderoso del mundo

Una habitación repleta de vasos con dudas sobre los distintos enfoques generacionales que reptan en linea recta hasta mi juicio y un estallido de imaginación que abre una ventana donde cobra forma un paisaje.

Podría arreglar el país si alguien viniese a vaciar mi cenicero. Todos sabemos, es más sencillo gobernar un país con la mesa limpia y el caos guardado en el bolsillo de la chaqueta.

Empezaría por lavarme la cara y lavar el cerebro de los televidentes anunciando que he introducido publicidad subliminal que no estaría jamás en otro lugar más que en sus cabezas. Ya puedo ver los montajes en youtube y las teorías sobre mi genética reptiliana y mi afiliación al partido iluminati.

Si me invitaran a una fiesta del Club Bilderberg subiría a lo alto de la más alta mesa y recitaría un poco de poesía, por el bien de la humanidad, a artículo por estrofa. Esa sería la idea que olvidaría empapado en drogas de diseño y altas dosis de influencia en sacos de carne y hueso.

Puedo ver a todo un ejercito de corbatas y modales excelentes detrás de mi plan de dominación mundial. Les oigo hablar en parsel sobre el petróleo robado la semana pasada. Estamos teniendo problemas para blanquearlo, he propuesto añadir Colgate a la mezcla, para algo les subvencionamos.

Imagino la desesperación de caminar por la calle y ver la misma cara en todas las personas, mis pobres y desahuciadas marionetas. Me aflojo el nudo de la corbata que no tengo porque me empiezo a sentir culpable. Ocuparme de mi asfixia no ha aliviado la de los demás y vuelvo a notar que me ahogo.

Deberíamos deportar a los que no saben sonreír.

Me traen cascos para no escuchar los gritos y me siento con mi bola de cristal que emite luces y sonidos en la mesa presidencial, mi Casa Blanca de gotelé. La llamaría Poder y la sostendría entre mis manos como un yonqui su última dosis en el banco de algún parque.

Ya noto como va tomando control sobre mi. Olvidaría las cosas menos prácticas, a qué sabe el amor, quién soy cuando no estoy ocupado o el nombre de mi madre.

Siento ganas de caminar entre las mesas y dictarles a todos esos niños. Dictar lo que me apetezca.

Transformaría la ciencia en un recuerdo lejano y a mi en el nuevo dios de la religión que mi egocentrismo escribiría en forma de novela. Ocho horas de clase cada cinco minutos, ocho días a la semana.

Adoctrinamiento travestido de educación, esclavitud por trabajo duro y un altar con mi rostro en cada hogar.

Bailaría sobre la luna y la abriría solo los sábados por la noche. La pista de baile más exclusiva del sistema solar. Les obligaría a remarme hasta allí y cuando demandasen algún tipo de reconocimiento dejaría que me mirasen a los ojos.

Rockstar absoluto en cada ciudad por dentro muerto en cada palabra, en cada sonrisa o erróneo gesto de hospitalidad. Tics de un corazón que antaño latía.

Me golpearía con fuerza la polla a la mínima luz que apreciase en el naranja estático de un atardecer.

Solucionaría los problemas del mundo vistiendo un traje blanco y pulsando el botón Apocalipsis en el momento requerido. Lo último que se escucharía una réplica del discurso de siempre y los aplausos de una sociedad que se convierte en ceniza caliente arrastrada por una corriente de aire frío.

Mi bomba sin alma abrazándolos a todos y en el último momento yo abriendo la puerta del búnquer presidencial, saliendo a la carrera a decirte que te quiero con lágrimas en los ojos bajo un enorme foco de luz.

Notaría el dolor posarse sobre mi cuerpo en forma de nieve de color triste.

Quizá toda esa ceniza sea la que veo en mi cenicero, quizá sea más fácil si nadie lo viene a limpiar.

Quizá quemé todo lo que conocía y ahora hay una civilización muerta en mi habitación.

Te quiero.










viernes, 9 de marzo de 2018

Soy tinta en el cielo y agua en tu piel

Me recuerdo lloviendo sobre tu tejado. Las ventanas empañadas y fuera ese susurro de las cañerías disfrazadas de riachuelos transportándome calle abajo.

Recuerdo deshacerme en una carta que reescribía cada mes de agosto. Una carta donde yo era la tinta que se extendía folio y medio por ambas caras. Tengo ese recuerdo, el del repiqueteo de mi cuerpo en las ventanas, el de la pluma impregnándome en el papel con la mejor ortografía posible.

Puedo ver el cielo encapotado de aquel día como si fuera ayer y oler mi perfume a tierra mojada inundando tu ciudad.

Tu tétrica ciudad de barro y gentío y pensamientos recurrentes.

Verte de gota en gota bajar con la carta en la mano dispuesta a leerme.

Recuerdo ser prólogo breve pero intenso, chispear a las cuatro de la tarde sobre tu figura sin paraguas. Recuerdo olvidar la diéresis que no quisimos tener.

Lo veo, el momento en que capitulamos y soy nudo y tromba de agua y caigo sobre tu cabeza con la fuerza de una duda sin resolver. No puedo olvidarlo. Tú corriendo buscando refugio y yo sostenido entre tus manos mojadas corriéndome en rimel negro que transforma mi mensaje en jeroglíficos.

No me pudiste leer. Refugiada bajo una cornisa me intentaste ver, temblando, viéndome fundirme en agua y tinta sobre el papel.

Fundiéndome entre tus dedos, acariciando tu piel. Agua y tinta.

Recuerdo cómo salvaste el final a soplidos que reflejaban la tenacidad con la que me sujetaste la mano tratando de impedir mi partida, mi juego de póquer, mi mano maldita, mi mala suerte, mi azar desabido. Mi larga marcha al apostar y perder. Perderte.

Perder
te
quise.

Lo logré.

Puedo rememorárme desenlanzando con unas últimas palabras las cosas que nunca dije y pensé debías saber y también dejar de lloverme, amainarme la tormenta con las manos frías.

Me recuerdo cesando con un sonido seco y un punto y final. Recuerdo las calles hidratadas y las lágrimas deslizándose por tus mejillas regando tu piel.

Qué puedo decir. Supongo que me deshice intentando hacerme entender.

Espero batir las alas y surcar los cielos sin tratar volverte a ver desde arriba, transformado en pájaro de tinta y agua, que si tengo que volver, ya volveré por otro lado.


domingo, 10 de septiembre de 2017

G de Gómez está escribiendo

Querido amigo, llevas toda una vida despierto. Quizá no todo el tiempo fuiste tú mismo, quizá entraste en contacto con los densos humos de tus monstruos más profundos pero llevas toda una vida despierto. 

Parece que recientemente has encontrado una nueva forma de abrir tus puertas y tus ventanas. 

Parece que ya no eres propiedad privada, parece que has autorizado el acceso, que has habilitado el paso, abierto el flujo. 

Has desbloqueado el acceso.

Has entrado en algo nuevo y me sorprende. No que lo hayas hecho, creo que estabas tardando, que tenía que pasar aunque nada tenga jamás que hacerlo. Lo que no sé, ni tampoco dejo de hacerlo, es si te has dado cuenta.

Dónde te has metido. Qué estás haciendo. Escribir.

Llevo un tiempo en esto, me gustaría explicarte sin saber, solo sintiendo, dónde te estás metiendo.

Esto es el final de tu vida y el principio de tu biografía. Es la última vez que lo cuentas y la primera que lo escribes. Es buscarte en tu refranero y encontrarte a por uvas corriendo tras un verso. Es desnudar tus complejos y vestirlos para la pasarela de la Hoja en Blanco. Es revivir tus espejismos, tus faunas, tus faenas, tus más y tus menos y dejarlos todos locos perdidos y en fila india en una rueda de reconocimiento. Es bautizarlos por capítulos y sentirte preso de una hiena a la que llaman inspiración y que, por fases, se desternillará de risa huyendo entre tus pensamientos. Es jugar al Quidditch con el teclado entre los genitales, volando entre adjetivos, pronombres y adverbios para ganar el partido al final, en la metáfora de descuento. Es echarle huevos a pisar, descalzo, cristales al rojo vivo y uvas, al mismo tiempo. Es desnudar a la mujer que amas y casarte con la que no para saber si al final de la historia los hijos son guapos con alguna de las dos. Es afinar, entonar y entonarte con tonterías que se convierten en dramas griegos. Es puntería y saber disparar, literariamente, al centro. Es hacer arte hasta hartarte sabiéndote atado de pies y manos hasta el punto y final, hasta que acabes, y eso solo si no has de volver a empezar. Es dejar de llamarla cariño y nombrarla musa de todos tus cuentos.

¿Que qué es escribir? Me preguntas sin hacerlo...

Escribir es hacer saber a tus colegas que 'yo no soy un chapas, yo soy el narrador de todo esto que cuento'.

Es, sin querer hacerlo, charlar con Poe, Becquer y Quevedo. Ver gigantes y no molinos al viento. Detenerse por miedo ante un gato negro. Recordar el rostro de tu padre. Beberse las cervezas con sabor a realismo sucio. No intentarlo. Rimarte las asperezas. Hablar el idioma de los dioses. Escupir caligrafía a fuego. Parafrasear menciones de honor. Llamar al rojo sangre y al negro conocimiento descubriendo la nieve en el blanco y en el azul a todos ellos. Vestirte de adjetivos casual y peinarte con el último de aquellos, los suyos y los nuestros, los que tenemos. Cautivar sin pretender hacerlo. Construir relatos y ejercer contratos como arquitectos de poesía, técnicos silábicos, siseantes parlantes mudos en profundo silencio.

El silencio de la concentración, de la debacle de la intención de inspiración al ritmo de un solo tambor que es tu mano sobre la mesa marcando el compás del bolígrafo sobre el folio a punto de estallar en sentimiento.

Escríbeme, amigo, hasta dejarme sin aliento.




miércoles, 31 de agosto de 2016

Tú por ti

Se te han caído los mitos y los dioses griegos, las cortinas de la bañera, los pantalones y las penas. Has tardado lo que tenías que tardar, te has tomado tu tiempo. Te han crecido las uñas y el pelo, la seguridad en tu corazón y tu cabeza, te ha crecido la verdad y dicen que se ve por encima de los edificios, que ahora para todos es un punto de referencia, que es como la luna llena.

Pasó la sed de respuestas y te florecen las ideas, que estás en plena primavera y mañana es septiembre. Te sobran la ropa y las pulseras, te vale con la piel que cubren tu voz y tu mirada. Que ya no tienes miedo a dormir sin saber si amanecerá mañana. Que la almohada ha dejado de ser refugio y ahora te lanzas al campo de batalla una y otra y otra vez.

Descuidas las maneras, bailas sin música y hablas lo que piensas. Regalas sin impuestos ni imposiciones, das abrazos con las manos abiertas y para todos hay un descanso en tu espalda, sobre tus hombros.

Hondeas la bandera del planeta y las ganas de vivir la mecen al viento ante la mirada de los terroristas y los proxenetas. Pisas descalzo el asfalto y disfrutas antes de llegar a la meta. Se hace camino al andar y amo tu presencia. Estás en mar abierto y llevas el pecho al descubierto, en canal, se te ve por dentro, se te ve brillar.

Ya no importa quien no te quiere ver porque sonríes ante el espejo y es tu rostro el que te alegra la mañana, el que te acompaña, el que te quiere, el que presentas cuando estrechas la mano y te muestras.

Y a veces nada de esto es así, ni brillas, ni amas, ni sonríes, ni te crece la euforia por las orejas. A veces solo quieres dejar de remar y que te absorba la tormenta. A veces solo quieres no querer nada.

Cuando no tienes fuerzas te recuerdas. Te repites las veces que haga falta que no necesitas un motivo para ganar la guerra, que no estás solo, que por ti vales la pena. Uno desde el primer día y hasta el final.

Se te han caído las ganas de llorar porque te has cansado de llevarlas y en el horizonte aparece la calma. Porque el sol te da fuerza y tú te las ingenias, que eres tan fuerte como el mayor dolor de muelas.

Lúchate, lúchate para ganarte la guerra, lúchate para encontrarte en la cama cada mañana.




jueves, 9 de junio de 2016

Grito del verbo ladrar

Marlboro ha llegado a la fiesta, desde mi bolsillo, siempre puntual, directo a la puerta entre mis labios, vía libre a mi alma, mal real a mis pulmones.

Hoy voy de negro otra vez. Es el color de mi pelaje, bueno, en eso no me he fijado. Esta noche no encuentro el frío que me ordena marcharme a casa, a enrroscarme bajo el edredón.

Barra libre de oportunidades, cerramos con el ocaso, cuando el mar esté en calma, cuando tengas la decencia de hacerme caso. Pórtate bien, sé bueno, me dice la carra de perro que me devuelve el espejo. Me sonrío, el chucho ya ha pensado dónde va a mear, el número de veces que levante la pata lo deja al azar. 

Me sacudo las pulgas de encima, me coloco el tupé con el pulgar, mis cuartos traseros aún están por reaccionar. Vibra el teléfono, conduzco por el barrio de nuevo, bajo la ventanilla, me he sacado a pasear, saco la lengua, comienzo a jadear. 

Camino con el resto de animales, en el zoo sirven cerveza, no me encuentro los dedos para contar. Bebo hasta olfatear. Oigo al gato de al lado maullar. Se ha atragantado con el humo, otra vez, una bola de pelo va a vomitar. 

Los aspersores saltan, el verde comienzan a regar. Reímos sin poder parar, sin saber que nos estamos yendo, en realidad.

De pronto un hueso volando en forma de mensaje en mi teléfono, muevo el rabo, salgo disparado como cohete hiperespacial. La contesto, debería darme igual pero esta noche es especial, incluso el agua lleva gas. Noto las burbujas estallar en mi cerebro, la efervescencia creciendo y aúllo a la luna como si fuese mayor, más salvaje, más letal. Lo tengo claro, es ella a la que debería hacer aullar, la que me quiere castrar. 

La noche ha terminado, todos de vuelta a casa, por la puerta de atrás. Podría ser peor, podría ser el veterinario. 

Cacarean, bufan en tono de burla, croan a modo de despedida. Chocamos huellas, hasta que nos vuelvan a sacar, me separo. Esta noche vuelvo a pata, como buen can.

De camino a casa mi sombra es alargada, como de pastor alemán, y la hija de perra me ha hecho llorar a gimoteo vivo, sin lágrima alguna.

Esta noche voy a soñar.





viernes, 11 de diciembre de 2015

La he vuelto a cagar

Como un gato intentando pescar peces en la pantalla de una tablet, como un ciego contemplando la puesta de sol, como un manazas manipulando el calentamiento global.
Tengo más tiento que capacidad, más valor que elegancia en mi forma de actuar. En mi filosofía: No hay nada que un paseo no pueda arreglar.

Y es que está todo en nuestra cabeza, la discusión, el acuerdo, la muerte y la fascinación, las ganas de triunfar, el desaliento del que comprende que no hay meta final, que corre por correr, como pollo sin cabeza, hasta que un muro bien grande lo haga parar.

Soy tan peligroso como el que más, para mi mismo y para los demás. No atino a la primera ni a la segunda ni a la duodécima. Por qué demonios iba yo a querer terminar cuando puedo pasarme el resto de mi vida acomodado en el verbo intentar, con sus reposabrazos de terciopelo y ese azul del color del mar.

Puedo oler la libertad, desgranar el tiempo, volverla a cagar. Soy más que capaz. Mi habilidad no conoce parangón, mi insistencia más afilada que la espada con la que se mataron dragones durante eones de fuego y escamas. Se me caen los calzones, reaparecen las ganas materializándose en el alfeizar de mi ventana. La he vuelto a cagar, ésta vez en el mejor momento, al final.

Soy un proverbio por el que da pereza empezar, soy el punto de inflexión tras el cual jamás volverá a ser igual. Soy el agua bendita y el cenicero maldito, soy el bien y el mal. Soy el recipiente dérmico y calcificado con nombre propio del lugar. Soy el abecedario empezando por la letra A y terminando por Zopenco. Bastante es, joder, como para pedir más.

Soy el sin sentido de un texto que pelea consigo mismo por dejar algo claro, por constatar, por hacer ver que si se lee de verdad se puede llegar a entender, que de verdad, siempre la puedes volver a cagar.

Es un error pensar e ir más allá, pensar que el error solo son los demás. Tan elegante como Batman, tan chiste como Abe Simpson en su momento final, tan error como el lector que se equivoca, con o sin su boca.

Es el momento de decir adiós y hoy lo hago corto, por si me equivoco, por si tropiezo, por si fallo, por si se me da peor de lo que espero, por si nadie queda contento, por si son pocos los que quedan y contento ninguno, por si, otra vez, la vuelvo a cagar.








viernes, 16 de octubre de 2015

Mi conversación con Dios

Caminaba por inercia, me movía. El tráfico gritando, mis pisadas susurrando. Giré la esquina y me encontré con Dios. Estaba fumándose su último cigarro, solo.

-¿Dónde has estado? - le pregunté.

- Pregunta lo que quieras - me respondió sin fijarse en mi, con la mirada perdida.

Clavé la mirada en su cazadora de cuero negra, en el fornido cuerpo que la vestía, en su larga melena blanca a juego con la barba. Estaba apoyado contra la pared, un pie en el suelo, el otro flotando.

- ¿Existes?

Su respuesta fue una negación con la cabeza.

-¿Estás aquí?

- Claro, ¿acaso no me estás preguntando?

Me saco un par de cigarrillos y le ofrezco uno. Levanta la mano en la que sostiene el suyo, está servido. Sonrío.

- ¿Dónde estabas cuando más te necesitaba? - quiero saber. Quiero respuestas.

- Aquí.

- ¿Por qué no te he encontrado antes?

- ¿Me has buscado antes?

Su tono burlón me pone nervioso. Tiene una respuesta entre signos de interrogación para cada pregunta que le formulo.

- Te he necesitado antes.

- Yo a ti no.

Y me mira, me mira por primera vez en mi vida, me mira por primera vez desde que él es Él y yo soy yo.

- Pregúntame lo que tienes que preguntarme - me pide en un tono que suena más a orden celestial que a petición.

Sonrío una última vez.

- ¿Quieres preguntarme algo?

Asiente con la cabeza. Despega su pie y la espalda de la pared y se acerca a mi con una forma de caminar tan pura como el bien y el mal.

-¿Tienes un cigarro?










jueves, 21 de mayo de 2015

Cirujano de colchón y edredón

Era una sinfonía rara, diferente. Las teclas no se sentían igual, el amor despilfarrado entre sus piernas, el dolor ahogado tras los acordes del señor Richards, la casa del júbilo y el ardor estomacal.

Me dijeron que podría curar el cáncer con mis manos, deshacer lo hecho, justificar el miedo. Promesas, votos de confianza, palabras de orgullo bajo un manto de perturbada redención. Las sílabas siseantes de unos labios destinados por siempre a callar. Un montón de miserables desechos envueltos en castidad auto-infligida, reciclaje de pensamiento, "calla de una puta vez".

Y fueron dos o tal vez tres los momentos de debilidad donde la desazón se convirtió en una suerte de picor irrisorio, de gozo polivalente, lágrimas hirientes, deshuesados trozos de cartel. El miedo al no ser, al jamás de los jamases por siempre te recordaré.

Escrutinio entre tus dientes, falsas mordidas recorriendo mi piel, ojos verdes, veda prohibida, caza deportiva. 

Llego y me voy, fantaseo con la posibilidad de no haber provocado chuzos de punta, de haber secado las calles, de irradiar todas vuestras cabezas con los rayos del sol. Puedo cantar y lo he estado haciendo, creyendo poder olvidar el dolor causado, el dolor perpetrado bajo coacción, la sangre hervida, las vísceras desvirgadas, la cabeza dando vueltas en un remolino imposible amainar.

Y a riesgo de que todo suene vacuo, inherente, incandescente, voluptuoso como una bola de humo ascendente, siento en cada palabra la verdad de un universo que no concibe arrepentimiento ni entendimiento, donde todos nos sentimos especiales al reflejarnos en pupila ajena. Son las gafas de sol.

Y te entiendo cuando no me hablas mientras tratamos de descifrar la nada, el ying y el yang, nuestra parte más oscura, más real, nuestro instinto animal. Cigarros que unen, que inmortalizan el momento. Nicotina para recordar. 

Ha sido un placer con todos ustedes, machos o damas, amistades o desamores, conversaciones a las puertas del bar. 

Me retiro en un momento, soñando con la tapicería, olfateando el sudor garrafal de un par de instantes. Gracias por no dejar olvidar, por forzarme a meditar. 

Solo en un universo incapaz de entenderse podrían habitar semejantes seres. 

"Dios cree que no existe".

miércoles, 11 de junio de 2014

El sótano

Número uno. Me desvelo, trato de respirar, inhalando sombras, toxinas y falsa muerte en éste viejo sótano que recorre mi cuerpo con cada una de mis pulsaciones. En este sótano, de cielo estrellado, la llovizna me refugia de los tiempos pasados, de los recuerdos nublados donde acostumbraba a esperar sentado en la tercera línea del pentagrama, nunca lo suficientemente cerca, nunca demasiado lejos.

Aquí abajo, en éste sótano de paredes sin límite, la inclemencia del tiempo me reconforta, me ayuda a creer que todo cuanto veo no está ahí y que lo que no alcanzan a distinguir mis ojos es tan real como ésta oscuridad que ilumina mis pensamientos.

En un blanco vacío y un negro rebosante, los crujidos y repiqueteos de ésta vieja estructura gritan silencios, desvelando secretos, escondiendo obviedades.

Hoy salgo a la calle, viuda la acera, me deja caminar sosteniendo mis creencias, mi quebrada expectativa de un aire fresco que me quema la piel. Me sanan las epidemias mundiales y acaba matándome la nauseabunda respiración de un futuro prometedor, tan azul como el fuego.

Creo distinguir entre la multitud una sola gota de soledad, de vivencia pura y espiritual, que me acompaña de la mano a la cárcel de Libertad.


martes, 21 de enero de 2014

Cisne negro

Y se escurría entre las sábanas de su cama a las tres de la mañana. Caía, deforme, en un negro cada vez menos oxigenado. La velocidad y la falta de aire le hicieron despertar con la mano en el cuello y la cabeza impresa en el pico de la estantería que reposaba a escasos centímetros de su almohada. La sangre enseguida lo manchó todo.
Mareado, se levantó y caminó, cruzando las piernas de forma imposible a cada paso, hacia el cuarto de baño. Estaba oscuro y cada vez había menos aire. Inhalaba con fuerza por la nariz pero tenía la sensación de estar respirando vacío. "Aquí tengo mi setenta por ciento de nitrógeno, ¿y el oxígeno?"
Golpeó con gracia el interruptor y la luz al final del túnel cegó por completo sus ojos, que dejaron de ver doble para ver nada más cosas santas y una capa muy blanca.
Creyó que lloraba.
Se limpió con la toalla. Creyó apreciar una melodía rítmica en el ruido que la toalla hacía secando su cabellera larga con energía. Debía ser la falta de oxígeno.
Salió del baño y apagó la luz, no le importaba desangrarse ni que el cerebro se le saliese poco a poco, creyó que cuando eso pasase lo notaría al ir quedándose sin ideas. Se acercó a la cama y dio la vuelta a la sonrojada almohada, avergonzada de haber presenciado tan estúpido acontecimiento.
Sin precisión pero con un grácil salto se dejó caer de espaldas sobre el colchón, cayendo, con mala suerte, sobre nada. Su cuerpo atravesó la cama y, cuando pudo darse cuenta de lo que sucedía, la cabeza dejo de dolerle.
Y se escurría entre las sábanas de su cama a las tres de la mañana. Caía, deforme, en un negro cada vez menos oxigenado. La velocidad y la falta de aire le hicieron despertar con la mano en el cuello y la cabeza impresa en el pico de la estantería que reposaba a escasos centímetros de su almohada. La sangre enseguida lo manchó todo.
"Otra vez no, por favor" suplicó mirando al techo mientras se ceñía al guión dirigiéndose al baño con terribles jaquecas palpitantes y pasos de bailarina profesional de la liga eristoff.

martes, 14 de mayo de 2013

Mira mamá, sin dientes

Hablo sobre creatividad. No de la que gozan los pro-habilidistas que careciendo de ella, afirman haberla desarrollado con trabajo, disciplina y perseverancia, hablo sobre el talento que algunos traen bajo el brazo momentos antes de despojarse de su cordón umbilical. Hablo de ese foco de luz que se abre paso entre las más nubes grises que pueblan la mente en un momento de bloqueo. Dure minutos, horas, días o semanas. Click. "¿Qué coño haces aquí, no te dije que no entrases y que bajo ningun concepto, encendieses la luz? Oh espera, gracias."

La sensación que me embiraga sin aviso, rezándome que todo es gris y monótono. No hay cura para eso, soy consciente de ello. Hoy descendía la pendiente atento a los escaparates de cada farmacia, de cada herbolario, repasando una y otra vez las vivencias pasadas en las que el viento era capaz de arrastrar las nubes como castillos de arena en un mundo sin esperanza para la esperanza. Y sucedió, de forma diferente, para el mismo problema. Un pequeño y delicado frasco de cristal, frágil como las cenizas que quedan cuando el fuego se ha extinguido. No contenía el remedio definitivo, solo algo para paliar los efectos del dolor, la desilusión y la ansiedad.

Aquí terminaría el relato de ser un cuento para inocentes infantes despreocupados de la existencia de cielo alguno. No es el caso. El frasco, tan frágil y delicado como era, salió rodando colina abajo, resquebrajándose en el traqueteo constante de malos tragos y baches.

Ahora estoy donde siempre he estado, con los pies sobre las huellas que mis zapatos han dejado en el cemento. Puedo ver, atemorizado y con un agudo pitido perforándome los oídos, cómo la pequeña quimera se dirige con precisión a los pies de otro. Él está abajo, con los brazos abiertos y esperando, como yo, que la fragilidad del recipiente soporte la travesía que casi ha terminado. Cree que ya la tiene pero se ha olvidad de darle el cariño y la atención que merece.

Analfabetos pidiendo El Quijote para los reyes magos. La risa es irreprimible, irrespetuosa, impetuosa. La desesperación ciega mis ojos con pólvora de aroma a fuegos artificiales.

Hablo sobre creatividad, la que algunos hombres portan con elegancia y enigma. Hablo sobre mi creatividad, mi don, el que me hace correr cuesta abajo sin frenos, directo y dispuesto a interceptar la trayectoria del bólido sin chaleco antibalas. Porque, ¿quién coño soy si no corro como un idiota plenamente dedicado a dejarse los piños sobre el asfalto?

Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...