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miércoles, 16 de octubre de 2019

Los versos de los cojones

No me ralles la puerta del coche con tus medias verdades,
no me regales sofismas envueltos en plástico
que ni yo ni la Tierra queremos.

Deja de contaminar.
Déjame en puto paz.

Je ne t'aime pas.

Te estoy gritando mientras corro una maratón
alrededor de un hígado que se está muriendo.
Se llama víctima. Tú, asesina. El arma, alcohol.

Déjanos en paz, a todos.
Déjanos cerrar el párpado ni que sea de forma tenue y fugaz,
deja de rutilar,
deja de gemir,
deja de jodernos.

Permítenos olvidar que existes en una inhalación sincera.

Crucifícame a chistes en alta mar,
dame un hijo que parir,
anégame en el petróleo de los insultos que proferí contra ti la noche que partiste mi vida en seis porciones de pizza.

No me sale salir, no por si te veo y te pongo a parir.

Dile en qué formas planeas hacerle la vida imposible,
conviértelo en poeta mediante tus desnudos Helenéicos.

Hazlo un Rolling Stone camino a Troya.

Dile que piensas fumártelo.

Chasquéale los dedos.

Que corra, que coja el palito, que coja el puto palito con los dientes.
Que te mueva el rabo entre los dientes.

Dile que vas a comprarle la imaginación y vas a encerrarla con el genio
en la lámpara que tu madre nos regaló de su viaje al continente moreno.

Eres un infierno con clítoris.
El final de los humanos y el principio de algo más.

Estoy estudiando ciencia para destruirte.
Quiero ser el hombre agua y extinguirte.

Voy a ser el supervillano al que todos aplaudan.
Voy a reaprender a tocar el piano para matarte a bemoles.
Voy a mutearte, silenciarte, dejarte sin habla corchea a corchea con mi piano de polla.

Vamos a rezarnos y que gane el mejor.

Eso si, después necesito que te calles, abras, te apartes
y dejes al pájaro que un día creamos
pluma a pluma
echar a volar
dirección L.A.


miércoles, 17 de julio de 2019

Esto es quien soy cuando no llevo ropa

He perdido al amor de mi vida, he sido rechazado por aquellos a los que he tratado de pertenecer desde que tengo uso de razón, he perdido toda esperanza y el norte en unos ojos que recé me devolvieran la mirada pero permanecieron cerrados.

He caído presa del humo y los espejos donde dejarme engañar era la única forma de afrontar la realidad. De no limitarme a sobrevivir y poder borrar con ignorancia la primera parte de la palabra.

He aprendido que siempre estaré solo cuando la vida me ponga contra las cuerdas; todos los años se repiten en goteo días donde la filosofía aprehendida se va por el desagüe y no hay receta que cure el dolor de mi corazón fracturándose y dejando de latir en mi.

He sentido mi alma apagarse gradualmente extinguiendo la persona que soy.

He perdido oportunidad tras oportunidad tras oportunidad. Lo he hecho luchando con cada músculo de mi cuerpo.

Podría llorar si me parase a recordar todos los besos en los que la he sentido de cartón, ausente, lejos de mi amor, y he tratado de traer su alma de vuelta a este mundo. Todas las veces en que he sentido que lo único con lo que he conectado en mi vida no podía conectarse a mí.

Podrían caerme lágrimas si te confesase que esa es la sensación de soledad más grande del mundo.

Podría llorar si me parase a recordar cada vez que he corrido con fuego en mis pulmones y cristales en mis piernas y la meta permanecía tan distante que se tornaba invisible como una liebre que no se dejará alcanzar por un lobo que, seguro, morirá de hambre.

Podría plañir si pesase en la balanza el esfuerzo que me ha costado el esfuerzo desde que tengo uso de razón per se y cómo cuando me superé a mi mismo como una bala de cañón mi sueño vestido de uniforme me decía "no, vuelve por donde has venido, no eres lo que buscamos, lo que necesitamos, no eres la persona que quieres ser, no eres la persona que en el fondo creíste que eras."

Podría gritar anegado en mi propia tristeza sin más agua en el cuerpo si me detuviese a recordar cada vez que ardí por ella en todos estos años, cada vez que luché contra mi mismo pensando "he perdido una batalla, pero no la guerra" cuando detrás de cada obstáculo lograba distinguir un reflejo de amor en sus ojos, revés tras revés, ladrillo tras ladrillo del muro del material más duro del mundo que juntos construimos y mantenía nuestros cuerpos separados.

Podría morir si me dejase hablar en mi cabeza para decirme "al final lo lograste y tras un par de tropiezos te rendiste, como haces siempre".

Podría cavarme mi propia tumba y elegir un nicho intentando que las personas cercanas a mi jamás notasen nada de todo esto, tratando de no culpar a ninguno cuando al sonreír diesen por hecho que todo está bien.

Soy un penitente sin Dios al que rezar, sin salvador en el que depositar mis más grandes miedos para dejarlos mutar en una fe férrea que me empuje a caminar.

¿Estoy, acaso, acabado?

Puedo asegurarte que a pesar de todo esto me verás levantarme bajo la lluvia, sobre mi propio charco de sangre. Gritaré con el fuego que abrase mis pulmones y volveré a golpear con todos mis nudillos fracturados. Mover el peso muerto de mi cuerpo agotado será como levantar una montaña sobre mis hombros en el día más nevoso del invierno pero me romperé cada hueso en mi cuerpo si es necesario.

No suplicaré, no me arrodillaré. He aceptado el dolor, he curado mi sufrimiento.

Ya no tengo miedo, pues yo soy mi propio diablo y ni castigándome al mayor de los infiernos habrá Dios capaz de someterme.

Ya no tengo miedo.




viernes, 16 de noviembre de 2018

En un lugar en el bosque

Un encuentro en algún lugar al final del camino.

Una noria de soles y lunas desmontándose en gritos y nubes fucsia.

Las palmas de mis manos aplaudiendo en un lugar en el bosque.

Nuestras voces río abajo desbordando el caudal.

Encontré el extremo del hilo rojo que nos une en lo más profundo de mi estómago.

Lo corté con los dientes y un trueno retumbó en Ecuador.

Ha empezado a llover.

Ahora cabalgas a millas sin mirar atrás.

Ahora la oscuridad lo es sin estrellas y tu luz se me ha perdido en mitad de la batalla.

Estoy luchando contra un gigante que vive en forma de recuerdo.

Veo su cara mejor que las de aquellos que me rodean. Les quiero, pero te quería más a ti.

Veo mis manos y ahora entiendo que nunca estuvieron hechas para acariciar tu rostro.

La música que hablo ya no tiene sonido, me rompí la garganta gritando tu nombre con todo lo que soy.

Incluso si es poco, incluso si nunca fue suficiente.

Tengo miedo porque los oigo rugir en el interior de la cueva que solía ser nuestro hogar.

Mi hogar.

Nunca había perdido la única cosa que me había amado. Nunca tuve una, no de esa manera.

Ahora entiendo que puedes vivir la vida en un limbo donde todo importa y nada lo hace porque ya has perdido.

Ahora noto los años rompiendo cada hueso en mi cuerpo.

Puedo ver al lobo negro que siempre estuvo oculto tras de mi.

Puedo ver sus ojos fluorescentes cortando la noche. En su mirada puedo ver también la falta de apetito.

Puedo verle mirar dentro de mi. Agacha la cabeza. Aúlla a un cielo sin luna. Creo que está llorando.

Está llorando por mi. Está llorando porque he perdido mi hogar. Está llorando porque sabe que yo ya no puedo.

Ven aquí, viejo bastardo. Vamos a sentarnos a la orilla del río tú y yo y veamos que nos devuelve el reflejo en el agua.

Está bien. Todo estará bien. viejo amigo.

Todo estará bien al final.




viernes, 29 de junio de 2018

El diablo y sus escamas

Lo supe. Lo vi en el batir del vuelo infinito de sus pestañas, en la bañera de sangre tras sus pupilas de cartón piedra.

Era él.

Lo había olido en la energía cinética que escupían los vellos de su cuerpo contra la pared. Era el mal bajo una malla de piel robada, camuflado en una especie mamífera bendecida con el virus de la mentira y la costumbre de robar.

Recuerdo la pequeña vibración en el parqué bajo nuestros pies, las paredes amenazando con descorcharse y pensar que sus nudillos eran tierra batida y su mundo un desierto donde jamás la encontraríamos.

Una virgen de dibujos animados, colegio y padres presentes en su ausencia. Una niña. Una mujer con una niña muerta gritando atrapada en su laringe.

Una mentira atlética que corría más rápido que cualquier persona con una placa.

Recuerdo, de puta madre, el picor en mi cerebro queriendo decirme que lo tenía justo delante, riendo, jactando dolor en la realidad como si tuviera el mínimo derecho a hacerlo.

Violándonos a todos por cada vez que la había violado a ella.

En sus dientes de caimán el reflejo del cartel de se busca que habíamos pintado en las pupilas de la población.

Me sonrió expandiendo unos labios oscuros repletos de heridas. Dos puentes al trono del Fuego y la Eternidad, una lengua volcánica cubierta del pus de su naturaleza.

Lo estaba viendo y lo supe pero no lo sabía.

Interrumpió mi visión alguien que creyó que podía ayudar, reconducir mi camino hacia una pista que terminaría siendo nada.

Me despedí de él y pude escucharla dedicarme sus últimas palabras como si Sócrates la hubiese preparado para lo que nunca iba a dejar de vivir.

"Me has condenado".

Con los metros el rosa inundó la atmósfera y mis sentidos liberaron la tensión.

Lo tuve delante. La tuve meses después sobre mis brazos.

Rescaté la carcasa vacía de un ángel de dibujos animados y órganos hechos puré.

Algunas noches le veo tras el cristal de la botella, vistiendo una corona de espinas y escamas en llamas por piel.

A veces puedo oler su risa sin escucharla siquiera en una acuarela de color alcohol.

Para siempre.


domingo, 7 de enero de 2018

La rosa

Te busqué. Lo hice antes de conocerte. Jamás supe que nunca sería capaz de descifrar el mapa de pecas que granjean tu rostro, ese que parece predecir el futuro que podríamos tener.

Te encontré perdida en un mar de emociones que no sabías discernir ni reconocer. Yo no supe decirte jamás que quería ayudarte y lo intenté, joder si lo intenté. Lo hice hasta sentirme arder por dentro.

Te perdí segura de no querer compartir el tiempo que tenemos conmigo y aunque costó al final lo acepté. Me di cuenta, el único alma que necesitaba para seguir respirando, interpretando y disfrutando de la serie de problemas que la vida me pondría delante era la mía.

El problema llega después, cariño. El problema me golpea cuando entiendo que no te necesito pero te quiero sin atisbo de la locura que en algún momento, creo, me llegó a poseer. La dureza de una roca seca contra la que mi espalda resbala en tiempo y dolor.

No puede ser, me digo, que no sea un capricho, que no sean mis demonios buscando una salida, que no sea mi necesidad pidiendo compañía. No puede ser que la quiera. Que la quiera como siempre sospeché sin tener ni puta idea de por qué.

Por qué tú, por qué tú a tu manera, por qué no. Pero por qué. Por qué cojones por qué y no la chimenea, el bosque, nuestros lobos y los cachorros aullando a la luna mientras me miras con esos ojos que parecen de un oro castaño que acaricia mi piel por el mero hecho de ser objeto de mi percepción. 

Mi corta percepción de mierda. Mi limitada percepción.

Y me pregunto una y otra vez si es por ser quien eres, si es por no ser quien quieres. Me cuestiono los dedos de los pies, la barba, mis ideas y el tono de mi voz. Y lo sé, se que están bien pero por qué.

Por qué no pude disfrutar de lo que siempre me pareció que buscabas en mí cuando me escupías encima el café. Reías de aquella manera que me hacía pensar, mierda, esto no se puede romper.

¿Se puede romper?

Y fue mi culpa encima de tu indecisión la que nos sentenció a seguir caminos separados y perder para siempre el beso que nos debemos en navidad. El beso que escucho cuando miro por la ventana y es de noche y alguien menciona tu nombre para referirse a otra persona. Ese al que busco mirando hacia las estrellas estirando el cuello como si se me fuera a romper.

En toda la rosa la púa clavada que es la sensación de que jamás llegaste a entender que no te quería para, que te quería por. Por tu mente jodida, por siempre, por haberte visto delante de mi y haberme hecho dudar de todo aquello que daba por cierto en la corta vida de mierda que me condujo hasta esa chica con sudadera negra y mirada traviesa. 

Esa púa que me dice no te pedí lo que no podías darme, que no quería el sexo por el placer de hacerte gemir hacia nuevos horizontes. Que era por el rato de después.

Y el de antes. Y el de ayer. Y que mañana veríamos qué teníamos que hacer.

Y aún así, a pesar de entender, de conocer, de saber, de haber aprendido a no esperar el milagro a las tres de la mañana ni soñar con mi cabeza en tu almohada, la rosa que crece en tu mirada permanecerá perenne en el jardín de mis recuerdos hasta que la tierra muera y yo cierre los ojos, estéril, para dejar de apreciarla.


miércoles, 2 de agosto de 2017

Miedo

Miedo de tirita, cretino de mierda, miedo a la herida que escuece pero no duele, a la que deja marca pero no mata. Miedo a la herida que cicatriza antes de tiempo.

Miedo a no poder aparentar ser tan guapo como el subnormal que te robó a la novia sin mover un dedo. Que la perdiste tú, que la perdí yo, que se bajó del bus en marcha para no verte mas el pelo.

Te quiso pero se ahogaba.

Seamos claros, abrochémonos las camisas de fuerza, la asfixiabas.

Eso es para ti.

Y sé que no tiene nada que ver pero estamos locos y nos cuesta menos mentirnos que ser honestos. Que la verdad pesa un quintal y una operación de espalda en la que te colocan un hierro y te ponen recto.

Esto es para mi.

Shhh, calla, calla, no hace falta que me lo digas. Silencio. Prefiero no hablarme y no decirme que fue mi culpa, que no puedo cambiar, que es miedo con eme de mentira, de que nadie me lo diga, que se callen su valor y su mirada perdida buscando algo por lo que luchar.

Que no me hagan de celestina ni de alcahueta ni de farsa podrida. Que somos personas y no ovejas, vacas o zorras jodidas. No me convences. No necesito tu bendición malherida.

No haré tratos con escupitajos ni sangre coagulada, no me comprometeré a no mirar al diablo a los ojos y tratar de seducirle. Estamos jodidos.

Véndeme la moto.

Esto es para todos.

No soy yo, somos todos.

Os veo en vuestras habitaciones blancas de paredes acolchadas y locura contenida en gritos que hacen temblar los cimientos de este manicomio bautizado Hospital Vida.

Vamos a dejarlo claro.

No llevo ropa cuando duermo, visto sentimientos que me dan calor, frío y dolor en aumento. Duermo cuando puedo y cuando no, cuando no cierro los ojos y mis párpados viscoelásticos me mecen en un sueño balsámico de colores añejos, risas y juegos.

Puedo volar.

Mi cuerpo no pesa y mis huevos jamás tocan el suelo. Solo cuando me suicido para despertar y abro los ojos y me encuentro de nuevo en un laberinto de palabras y fotogramas que destellan existencia hacia delante, jamás hacia atrás, y tiro el ancla e intento recordar.... cómo era el pasado cuando lo podía parar.
Cuando mi rostro en el espejo no se deformaba y mi mirada fija no se dejaba navegar en un mar desorientado que no sabía dónde naufragar.

Este es mi barco. Soy mi capitán y mi tripulación. Proa y popa se relevan y alternan posiciones.

¿Dónde está mi norte? ¿Hacia dónde debo mirar?

Ya se ha muerto. La he visto caer sin vida en su caja de pino, en su armario anodino, en su féretro.

Soy un niño animal en el patio del colegio, otra vez. Ya no juego a superhéroes, estoy parado, rodeado de peonzas que giran y giran. Me mareo.

Tienen rostro y gritan. Que por qué no estoy cuando me necesitan, que por qué me enfado si las aparto, las abrazo o las masturbo hasta el fin de los días. Y giran, giran y giran.

Que son gigantes, que son molinos, que son pastillas, que son, ¿qué son?

Deme un trago para beber y mojar las estrofas secas que se me atragantan en el paladar. Écheme una mano, pínteme las uñas y dígame que soy la más guapa del bar.

No me quiere dejar estar.

Se me mezclan los olores de amores perdidos, de orina, caca, culo, pedo y pis. Da miedo.

Que alguien me de otra patada en los huevos, que me enchufen al cargador, estoy empezando a tiritar. Tengo fiebre tifoidea y no es buen sitio para palmar.

Llévenme al mar para que pueda descansar, romper con las olas y aprender de nuevo a caminar.

Tráiganme coronas, flores y exfoliantes para limpiar la verdad que si muero en ignorancia sabrá a café bombón y no habrá motivo para llorar.

Déjenme el sarcasmo sin tocar que si hay otra vida lo podré usar y ganarme el trono del otro reino a base de risas y de dejarles mal, a ellos, a los jefes con alas y tridentes del lugar.

No puedo volar porque tengo miedo, miedo del de verdad, miedo con eme de madre mía que hostia me voy a pegar si estas alas no funcionan y la teletienda me ha vuelto a timar.

Mi adiós con miedo horrorizado de terror con celo. Del que levanta la ceja y sospecha, sopesando, si da más miedo una condena perpetua a la ignorancia o una pena de muerte de verdad.

Voy a susurrar las últimas palabras de forma tan ligera que cuando pase por aquí el viento se las lleve de viaje y las transporte tan lejos que apenas nadie pueda recordar que alguna vez fueron dichas, escritas, leídas o escuchadas.

Que alguna vez fueron sentidas.

El miedo es una cárcel sin barrotes, no los necesita, te tiene a ti.











domingo, 30 de abril de 2017

Ensayo humano

Creceremos en la luna sin oxígeno ni agua.

Nos entregaremos a la más profunda de las oscuridades para renacer solo al final .

Seremos tan fieros como nuestra presa nos permita ser.

Construiremos nuestro hogar en la caverna de Platón.

Dormiremos entre ideas afilando nuestras garras.

Cazaremos hasta tener la mirada cana.

Correremos hasta derretir nuestras piernas, hasta que el color se deshaga.

Los baños serán de sudor y las noches largas.

Creeremos en un Dios que nos abandonó por destino y decisión.

Dudaremos de la obra de su creación y de nuestros cuerpos como su construcción.

Entenderemos nuestra carne como el material con el que romper los límites que nos intenten castrar.

La piel como el abrigo que nos camuflará en los designios de la vida, la muerte y la razón.

Latiremos con fuerza, bombeando luz más allá de donde podamos llegar.

Los besos serán de verdad, el dolor se encargará de eso.

Y seremos bestias hasta donde nos deje nuestra humanidad.

La poesía el recital caníbal que nuestras voces entonarán.

Al demonio someteremos hasta el final.

Al ángel explicaremos que no respondemos ante la llamada de nadie que no sea nuestra madre.

El rostro de nuestro padres jamás olvidaremos.

Y cuando las flores nazcan y en un susurro lo estéril se convierta en fértil, cuando la nieve se derrita y el calor hierva la mentira y la agonía forme un poso de tristeza y soledad.

Será entonces y solo entonces cuando seremos libres.

Entonces podremos volar.

Partir alto y no regresar.

Hasta donde nunca sea toda la verdad.


sábado, 21 de enero de 2017

Por qué es primavera

Por qué.

Por qué me deshago en cenizas cuando me da el sol.
Por qué la lluvia es aventura.
Por qué me rompo cuando estoy entero.
Por qué parece que me voy y en realidad vuelvo.
Por qué lo simple es tan complicado y lo complicado tan sumamente sencillo.
Por qué florece más en invierno que en primavera.

Por qué el roce de una mano me da tanta pena.
Por qué la felicidad deprime y la tristeza alegra.
Por qué este vacío tras tener la barriga llena.
Por qué el dolor si es primavera.

Por qué la vida no se para cuando debiera.
Por qué la la vejez siempre nos espera.
Por qué la música no se ve si es vida plena.
Por qué la piel de gallina si al contacto quema.
Por qué lloro en primavera.

Por qué el aullido es a la luna si está fuera.
Por qué el sentido no siempre coopera.
Por qué la vida parece tan opaca, tan intermitente, tan plena.
Por qué la peor noche del año se llama nochebuena.
Por qué está nublado durante la primavera.

Por qué pasan los días y son todos tan distintos siendo los mismos. Por qué pasan las cosas tan rápido y se recuerdan durante tanto tiempo. Por qué estoy condenado a recordarlo y no tenerlo.

Quizá sea porque es primavera.


jueves, 10 de noviembre de 2016

Follándonos de miedo

No tenías los ojos de alguien que había sufrido tanto. Tu forma de cuidarme a base de palabras dulces y caricias fuertes te hacía parecer una mujer indestructible, una persona tan cuerda, fuerte y sana que tenía de sobra para cuidarme a mi.

Tú no sufrías ni necesitabas, tú y tus ojos del color del más pálido de los mares nos mantenían a flote. 
Eras la canción de cuna que se sobreponía al estruendo del oleaje en aquellas noches naufragándo sobre el colchón.

Nada más lejos de la realidad, nada más cerca de la verdad: me antepusiste a mi. Me pusiste por delante. Caí redondo, debo admitirlo, nunca nadie lo había hecho. Y no me di cuenta de que estabas enferma y que yo guardaba con recelo todos los antibióticos para mi, que insultante y sin remedio, te pedía que me los suministraras lentamente, como si fuera otro juego de cama.

Estabas enferma y no supe cuidarte porque mi dolor me cegó a mi y se comió tu cerebro. Y lo saboreé antes de percatarme que aquel dolor no tenía que ver con la épica batalla que estaba teniendo lugar dentro de mi, que no era la espada de Aquiles ensartándome desde las entrañas. Que era tu alma, envenenada, bañada en matarratas y pensamientos suicidas, la que me estaba sentando mal, de puto culo.

No parecías tener mayor preocupación que asegurarte de que me encontrase a gusto recostado en tu regazo, que tus piernas fuesen cómodas para mi cabeza de escritor que tanto temías y admirabas. 

Nos asustábamos del otro y nos encontrábamos bellos en el terror. Y follábamos porque era como gritar de miedo pero sin ropa. Entonces dije basta porque me estabas absorbiendo, porque cada vez que fijaba mi pupila en tu iris azul podía notar la sal en la boca y la marea subiendo asfixiándome por dentro.

Fui yo quien acabó contigo y te transformó en un recuerdo silente de lo que una vez me sonrió en el metro y me hizo olvidar hacía dónde iba y de dónde venía. Yo te maté y sé que aún caminas por ahí echándome de menos, intentando recordar en qué momento me puse lo suficientemente bueno como para prescindir de ti, abandonarte, dejar de dejarte cuidar de mi.

Eramos uno y nos dábamos miedo. Ahora creo que fue a ti a quien asaltaron los griegos.


viernes, 27 de mayo de 2016

La primavera del cambio

El olor ha cambiado, el viento también. Las corrientes de aire ya no me hacen tiritar bajo un sol brillante pero poco acogedor. El astro que nos ilumina tampoco es el mismo de hace unos meses. Yo tampoco lo soy, en realidad ¿algo lo es?

Las relaciones enmudecen, el polen recorre las calles suspendido sobre nuestras cabezas, entre nuestras narices, la luz nos quema y la sombra nos resguarda, llevar gafas de sol ya forma parte del atuendo con el que salimos a tratar de impresionar al mundo. Las pantorrillas del populacho comienzan a asomar y se hace más llevadero permanecer a altas horas de la madrugada fuera de casa.

La primavera ha florecido en nuestros corazones y llueven ángeles del cielo, las suplicas son escuchadas, el perro pasa horas tumbado a la bartola en la terraza y se acerca el día en que abran las piscinas y los niños toquen el cielo de cloro y agua que les hacen olvidar todas aquellas horas de caligrafía que entumecen sus pequeñas muñecas. Madrid tiene un color diferente y a nuestros pies aparece la sombra de un sombrero acompañando a la figura que ha paseado sola durante el invierno.

Se sonríe más, se piensa peor, se quiere follar, los insectos han vuelto y su conquista del mundo está, otra vez, un paso más cerca. Cuesta más estudiar, eso también lo sé.

Se abren rosas, se marchitan corazones, se crean nuevas canciones, se revuelven las hormonas, se forman nuevas uniones.

Ella sigue mal y yo navego entre las promesas de nuevos amores, eso no ha cambiado.

El mundo se oscurece y el termómetro sube, no sé cuánto más podré aguantar, el calor me consume.

Las cartas están sobre la mesa y desde la orilla la marea sube, vienen las olas de cambio, el miedo prevalece, yo también lo hago.

Sigo aquí, en la primavera del cambio.


martes, 12 de abril de 2016

Una entrada que habla de la realidad de la vida y ya está

No soy perfecto ni la mejor versión de mi mismo. ¿Y sabéis qué? Nunca lo voy a ser.

Pareciera que todos hemos nacido con esa extraña obsesión, una obsesión programada para asaltar nuestro pensamiento consciente en algún punto de nuestra vida. "La cagué, no fui constante, la deje ir, no supe pedir perdón, suspendí, defraudé, no conseguí el trabajo, lo arruiné".

Gran parte de las historias de nuestras vidas terminan en un cóctel de lágrimas y desolación antes o después de forma, aparentemente, inevitable. Aceptamos el fracaso solo cuando nos hemos prometido que todo mejorará en el futuro, que nos volveremos a enamorar, que conseguiremos no joderlo todo la próxima vez., por nosotros, por nuestros seres queridos, porque se supone que así debe ser. Lo conseguiré, alcanzaré la felicidad la próxima vez porque... bueno, una vez más, se supone que así debe ser.

Y lo logramos. He mejorado, he entrado, me quiere, me han aceptado, importo... o al menos por un tiempo, antes de volver a caer. "Solo es otra piedra en el camino, la próxima la saltaré, le pegaré una patada intentando no romperme un dedo del pie o qué se yo... quizá simplemente la rodee y evitaré volverla a ver".

Pero vuelve a pasar una y otra y otra vez. ¿Por qué?

Lo que voy a decir aquí no es algo fácil de asumir si se le presta atención de verdad, no es solo una reflexión nocturna inducida por una serie de dibujos animados sobre un caballo depresivo que busca la felicidad, esto, señores, es la puta cruda realidad: es imposible.

Jamás llegaremos a ser quienes queremos ser, pacientes, atractivos, inteligentes, resolutivos, amables, sin complejos, los héroes impecables de nuestras vidas y de las de los demás, en definitiva, inmortalmente felices.

Porque incluso comiendo perdices se pasa mal.

Es solo una ilusión, sin más, así de fácil, así de difícil. No tienes que perseguir la felicidad, no tienes que engañarte pensando que es lo único por lo que merece la pena vivir, no puedes dejar que algo que no es real, la esperanza de un mañana mejor y que ese mejor sea para siempre, que una mentira, sea la que le de sentido a tu vida. Con esforzarse vale. No se trata de superar la puta piedra para caminar por un camino perfectamente asfaltado, se trata de caer una y otra y de nuevo otra vez y, simplemente, aceptarlo. Porque es así, porque no tiene porque ser algo malo, porque depende de ti.

Vas a caer, y no te hablo de la semana que viene, te hablo de esa idea perfecta de que en un futuro todo será mejor, que lograrás todas tus metas, qué jamás volverás a tener que esforzarte, a pasar miedo o a sentirte mal.
Déjame decirte algo: siempre estarás anhelando algo, siempre te faltará una cosa más, siempre habrá algo que te robará el sueño por las noches, algo que hará que dentro de veinte años vuelvas a llorar de pena como lo hiciste tiempo atrás, como lo llevas haciendo desde que estás vivo.

Tu vida va a cambiar, la vida jamás lo hará.

Está bien, no pasa nada, estoy contigo, sé que duele.

"- Se vuelve más fácil.
- ¿Qué?
- Cada día se vuelve un poco más fácil.
-¿Si...?
- Tienes que hacerlo cada día, esa es la parte difícil.... pero se vuelve más fácil.
- Vale."

lunes, 21 de septiembre de 2015

Adiós

Almas en un patio de juegos, sádicos, inevitables, juegos de muerte y desolación.

Caminamos, nos encontramos y nos decimos adiós. Adiós antes de que te vaya mejor, adiós antes de que me destroces el corazón, adiós por si acaso nos morimos antes o después. Solo adiós. Un adiós que duele en el recuerdo, que araña por dentro, que nos deja solos en un claro de sombras y lamentos, un adiós que se disipa en el viento.

Ni la mayor de las fuerzas impedirá que nos demos la mano y un abrazo, quizá un par de besos. Adiós por las lágrimas que hemos contado, por los polvos que hemos echado, por el apoyo mutuo que no sabemos darnos.

Adiós si te quiero, adiós si el odio nos une como a dos gotas de lluvia en un charco de palabras y sentimientos, de momentos. Adiós por todos los días que nos levantamos pensando que jamás íbamos a volver a vernos, que lo que pasó pasó y puede jurarlo el firmamento. Adiós cuando doblemos la esquina, por si al dar la vuelta ya no nos vemos. 

Adiós para siempre, adiós hasta que vuelva a salir el sol, adiós si haces las maletas, adiós si nos perdemos. Adiós por un hasta luego, adiós si ya no podemos más con ello.

Adiós hasta que lloremos alcohol, adiós cuando separemos nuestros cuerpos, que si los juntamos la despedida será intermitente mientras nos miremos. 

Adiós con sangre, adiós cuando las velas se apaguen. Nos tenemos y no nos podemos. Adiós si alguna vez dijimos para siempre, si siempre fue un tonto juramento. 

Adiós con firmeza, adiós, desde luego.

Adiós en el momento en que nuestras rodillas tocaron el suelo, en el que los espejos se rompieron, adiós con mala suerte, adiós sin comerlo ni beberlo. Adiós por encima del hombro, adiós entrelazado entre nuestros besos. Adiós tejido a mano, adiós mecánico, adiós artificial, adiós forzado.

Nos despedimos en el fuego, adiós blanco, adiós despiertos, adiós en sueños.

A Dios, adiós.

Almas en un patio de juegos, sádicos, inevitables, juegos de muerte y desolación. Adiós en nosotros, adiós por saludo, por reencuentro.

Adiós, ¿te conozco de algo?


martes, 18 de agosto de 2015

Sed generosos con el escritor

Sentir, sentir lo que sea. rabia, confianza, ansiedad, euforia, amor, sentir la desesperación acariciar tus mejillas al despertar.

Son tiempos extraños, los acontecimientos suceden con más velocidad de la que soy capaz de procesar y las emociones se agolpan unas sobre otras superponiéndose todas en un tornado tan loco como aterrador. Un tornado de cálida indecisión, de vida al son.

Estamos al borde del cataclismo y me he sentado en la última piedra del acantilado a fumarme un cigarro. Las gafas me protegen de los últimos rayos del sol, mi piel no es blindaje para las cosas que siento, no es suficiente para contener los latidos de mi corazón. Taquicardia en mi habitación, respiración irregular en lo alto de tu balcón, la alcoba del auténtico amor.

No soy capaz de encontrarle demasiado sentido a nada y, sin embargo, te encuentro sentido a ti, sentido que vuela alto para un jugador de ligas menores como yo. Cosas, cosas y rock and roll.

La solución podría estar en crecer unos cuantos centímetros, la solución podría ser despertar con tu cuerpo danzando entre mis sábanas, entre mis brazos, la solución a las inmensas dimensiones que mi cama parece haber adquirido en la última noche.

Y todavía no sé muy bien como reaccionar ante el rompecabezas en el que se ha descompuesto mi vida. Los amaneceres que me ven volver a casa cansado, el atardecer levantándome de la cama, de vuelta a la acción. Los últimos coletazos de una vida que se descompone en fragmentos de esto y aquello, abrazos y besos, lágrimas y sexo.

Aún tengo que decidir si estoy bien o mal, si pido ayuda o perdón. Dudando sigo danzando en lo oscuro de mi cabeza, en el entresijo de dudas y apariencias que me impiden disfrutar de la vida a pleno pulmón.

Sed generosos con un servidor, con el escritor empedernido, con su asfixia en un mar de coños, con la sonrisa que viste y gasta con ese ácido humor. Porque dentro, en su interior (no más bello que el de cualquier otro) las piedras se derriten y la lluvia se precipita hasta inundar las calles.

Sed generosos con el escritor, que por palabra que escribe sangra un poco más su corazón.

miércoles, 1 de julio de 2015

Odiando se ama la gente

Despotrica contra quien haya que despotricar. Siéntete libre de criticar, de rascarte el paquete de manera natural, de cagarte en todo lo cagable sin tartamudear.

Siéntate, y siéntate a hacer el mal.

Una vez que las llamas lo consuman todo, cuando los cuatro jinetes del final caminen a sus anchas, cabalgando sobre el asfalto, déjate querer, déjate animar.

No es el final, es tan solo una parada más. Le pese a quien le pese, todavía puedes cagarla más, no hay límites, te lo digo de verdad, somos seres con una fuerza sin igual, quizá con buena voluntad, poco resolutivos, bobos proclamados reyes del planeta que nos ha acogido al menos hasta el día de hoy.

No te martirices, no te lamentes más de lo que haya que lamentarse. Revuélcate en el barro pero eso sí, no te pases, tienes que llegar limpio a navidad.
Siéntete libre de ensuciarte las manos, de pasar la lengua por donde la quieras, y puedas, pasar. Resárcete de tus pecados solo si los quieres limpiar, no por imperialismos, por buen hacer, por estar bonito de mirar, agradable de ver. Y déjate los cuernos si los quieres llevar, escupe las lágrimas que tengas que vomitar, en mi presencia, en mi regazo, en mi abrazo de cristal.

Ser malo es algo natural, estar triste, una elección personal de dudosa estirpe moral.

Es el mal hacer el que nos acaba por unir más, la derrota la que despierta a mi piel en mitad de la noche preguntándome dónde se encuentra la tuya, qué dónde coño se mete, que hace mucho que no la ve, que la quiere castigar.

Echarnos de menos forma parte del proceso natural, de la evolución de la especie, del alzhéimer sentimental. Somos villanos de andar por casa, de camisón, albornoz y alpargatas, de el marca o el as, de paella los domingos, de no te conozco de nada pero te vas a enterar.

Eres mi enemigo favorito, el odio que me permite amar. Y es que, si pudiera, te mataría a besos.

Ésta es la última vez que te lo digo, déjame quererte, déjame creer que si me quieres, podemos llegar a odiarnos como se debe, vamos, como Dios manda.

Si te vas a portar así, hazlo dándome la mano, que nunca viene mal. Si planeas teñir de rojo la luna y hacer a la gente aullar, permíteme que te arrope como un ser humano de verdad, de los que se hacen daño, de los que aman hacer daño, de los que se hacen daño amando.

Y es que es ahora que te odio cuando, por fin, te he empezado a amar.


viernes, 13 de febrero de 2015

San Clítoris

Que si ésta se parece a la otra, que si ahora se tiñe el pelo aquella, que si la de más allá ahora se lo ha pensado bien, que si lo había entendido mal.

Y cómo quien no quiere la cosa, las manos se te enfrían y un sudor más glaciar que desértico te da un baño de realidad y acerca a los miedos que creías olvidados decenios atrás.

Demasiado ocupado para responder, para pensar, demasiado ocupado para dejar de estar. Y se abre el telón, los focos te iluminan la cara y espantas al personal. La gente corre despavorida y las salidas se bloquean, overbooking en mis pantalones, suspiros en todas las demás.
Ahí queda ella, ajena a toda realidad "mientras me ahogo en un mar de coños".

No hay puesta de sol en ésta playa de parqué y gotelé en las paredes, azul cían desgastado y póster reinando la oscuridad. La persiana a media asta y la puerta sin pestillo a cal y canto encerrándome en mi sala de estar dejando de estar.

Y salta la publicidad, las parabólicas dejan de captar, la marmita de la verdad envenenada, mi cabeza se queja de jaquecas que no la dejan descansar.
Ciento cincuenta años que llevo de soledad, rodeado de sherpas ligeras de ropa, poseedoras y sabedoras de caminos inciertos hasta lo más profundo de ese pequeño hueco donde antes descansaba, alimentando mi cuerpo, mi alma, mi infancia, mis recuerdos de leche, el plástico agrietado de mi cubo y mi pala, de mis castillos de barro y piedra.

Y jocosas, estridentes como truenos potentes, galácticas como el culo de Nicki Minaj, como el retoque de Uma Thruman, devoran mi puta vida hasta quedar saciadas de sexo y palabras. Cartas al remitente, calzoncillos a los pies de la cama.

Me suplico ser un hombre, empezar a llorar como un niño recién estrenado en la capilla de la iglesia del barrio. Traumas inciertos de un pasado color sepia, de un bajo despistado y una guitarra rítmica con hipertensión. Se me agotan la saliva, las ganas, se me acaban los botones de la bragueta, el desodorante sabor frambuesa, el dentífrico olor menta.

Y no sé que más quitarlas, qué puedo darle en las escaleras del portal, echarle un capote bajo la atenta mirada de Piccasso, besarla mientras a Dalí se le derrite el tiempo.

Y espero paciente a que vuelva a cantar, hasta que las uñas amarilleen, siempre que nos extingamos cuando ya no quedé nada que decir, cuando las marmotas dejen de dormir y los castores se coman a los bisontes. Los leones sin presa y mi nórdico y mi polla sin tus súplicas de cincuenta céntimos.

Nos hemos quedado tan vacíos como mi cartera, tan ásperos como el minuto cinco de cualquier canción.


domingo, 30 de noviembre de 2014

Diario de Vien. Primera entrada.

El cielo estaba como hoy, amenazando con dejar escapar la luz entre las nubes. Meras amenazas, no iba a hacerlo. Ella si le echó cojones. Se marchó horas después de matar a nuestro hijo.
No la guardo especial rencor, jamás había podido mirarle a los ojos y explicarle que el mundo es enteramente negro.
No es que no destruyese mi vida entera, me despojó de la esperanza de tener esperanza, ilusiones y una vida plena, me robó la posibilidad de leerles a ambos la caja de cereales cada mañana. Tampoco hace falta hacer leña del árbol caído, era la mujer de mi vida y me dejó húmedo y vagabundo en un callejón cualquiera, fuera del alcance de la gran mayoría. Antes era rico, ahora solo tenía dinero.

El cielo ha dejado al sol acariciar mi hombro en la justa medida y se ha retirado de nuevo allá arriba.

¿Debería reconfortarme la idea de saber a ciencia cierta que Dios siente lástima por mi? ¿Que al mismo diablo se le ha escapado una lágrima de azufre en su trono de lujuria y perdición?

Cuando salgo a caminar hasta los ladrillos me gritan que no mire atrás.

Ya saben por qué me visto siempre de negro. Me dan el pésame y yo entierro sus palabras. No creo a nadie, no me fío del rostro en el espejo ni de la música que dice empezará a sonar. Solo me quedan la ceniza y los muros donde han quedado sepultados aquellos orgasmos que antes me regalaba.

Paseo mis dedos por el cerco dorado de la oveja descarriada, me trasquiló la casa, el coche, la puta vida.

Aún guardo tras los párpados la escena con la maleta y la nota de confesión que descuartizó nuestras vidas y a nuestro hijo nonato.

martes, 28 de octubre de 2014

Discapacitado

Me miras desde tu esquina, oscura, muerta, dolida. Me respondes con un gesto que simula alcohol. Me lloras desde un pedestal, divina comedia, las jodidas burlas de un ente ancestral. 
Esperas encontrar en mi un amor, un animal, algo donde esconder toda tu mirada, refulgente, pálida.
Recuperas el aliento queriendo más, inspiras por tu nariz tragando los sentimientos que no te dejan, si quiera, respirar.
Me has mirado otra vez, me has mirado para mal. La hiel en tus dientes y la aguja en un dedal, todas tus poesías bajo aquella blusa harapienta y sucia, hilada por segundos de derrotismo y poco afán de todo y nada.
Moqueas en un festival de gritos y sangre, tu tinta carmesí en el asiento de mi coche. Mi cabeza a mis pies, señoría.
Respondo con un sonido seco, altruismo del medieval, y espero paciente al roce del más frío metal. 
Me susurras arcadas y yo, también.
Lame mis ciudades, responde a mis escapadas, anhela mis inquisiciones. 
Espera a cubrir mi rostro con legañas, desvela cuando ambos nos movemos, si nos reímos, en este cuento. Friega mis entrañas y espera, despacio, a recubrir todos mis recuerdos.

miércoles, 2 de julio de 2014

Carta fúnebre

Querido abuelo:

Han pasado años, más de una década y unos pocos segundos en mi cabeza desde la última vez que te vi. Llevas toda una eternidad callado, en el más sepulcral de los silencios, sin hacer ni decir nada y eso siempre molesta, ya sabes como es hablar solo, o no, quizá hace mucho tiempo que no sabes nada, te pongo al día.

Llevo años viviendo lo mejor que puedo, esforzándome por vivir lo mejor que puedo con lo que tengo, no me planteo cosas imposibles ni corro tras estrellas fugaces, temo perderme en la nocturnidad del fracaso.
Me arrimo cada vez más a los que quiero, cada vez menos a los que no, me mantengo en la mitad del paso de cebra de quienes no conozco y trato de no cruzar la calle si no me dan luz verde. No está mal, ¿verdad?

Yo y las palabras mantenemos la relación más tormentosa que haya conocido desde que aterricé de culo en esta realidad que nos es familiar a todos. Me pongo de rodillas y me abro en canal cuando ellas me lo piden y si el demiurgo de la creatividad no se ha levantado con el circuito chamuscado, obtengo un elogio en forma de satisfacción personal o algo parecido. Siempre he dicho que sufro demasiado ante la hoja en blanco, me ataca como un insurgente armado con altas expectativas y una corona de espinas. Si lo hago, es exclusivamente porque lo necesito.

Bien sabes tú que desde que falleciste la comunicación entre nosotros es algo más difícil y que no puedo hablar contigo tanto como me gustaría. Y sinceramente no se quién sufre más, si tú intentando oírme o yo tratando de adivinar si enviar las cartas al cementerio o allá arriba en un cohete espacial. Vamos a intentarlo desde aquí, ¿te parece?

Últimamente las cosas parecen desbordarme, me siento incapaz de contener la metralla que me acribilla por los cuatro costados. La violencia de los acontecimientos me deja petrificado en una habitación blanca en el interior de mi cabeza, donde una cama y una ventana son las únicas habitantes de la infraestructura. Me siento sobre la cama, miro por la ventana, y me pregunto cómo he acabado ahí. Me quemo por dentro y por fuera.
Un mal movimiento y se te desencaja el hombro, alguien acaba llorando. ¿Quién pudiera tener pulso de cirujano cuando se trata de abrir sentimientos, de coser emociones?

Todavía me sangran las costras de heridas de días pasados y los minutos, las horas, son elementos perpetuantes de todo aquello que me quema por dentro, que desintegra mis entrañas, que anula mi alma.

Curiosa la esperanza, la fe, que en la más carcelaria de las habitaciones te impulsa a no rendirte, a crear puertas donde no las hay, porque no tiene magia aquel que surca los cielos sin preocuparse de tocar el suelo sino aquel que sin despegar los pies de la tierra lucha por ascender al mayor de los altares.

Y si no peleo, ¿qué me queda? ¿Es rendirse, acaso, una opción, o tan solo una mera ilusión?

Prometo enviarte ésta carta allá donde quiera que estés, pero antes, abuelo, ¿podrías tan solo decirme donde coño te metes?




martes, 21 de enero de 2014

Cisne negro

Y se escurría entre las sábanas de su cama a las tres de la mañana. Caía, deforme, en un negro cada vez menos oxigenado. La velocidad y la falta de aire le hicieron despertar con la mano en el cuello y la cabeza impresa en el pico de la estantería que reposaba a escasos centímetros de su almohada. La sangre enseguida lo manchó todo.
Mareado, se levantó y caminó, cruzando las piernas de forma imposible a cada paso, hacia el cuarto de baño. Estaba oscuro y cada vez había menos aire. Inhalaba con fuerza por la nariz pero tenía la sensación de estar respirando vacío. "Aquí tengo mi setenta por ciento de nitrógeno, ¿y el oxígeno?"
Golpeó con gracia el interruptor y la luz al final del túnel cegó por completo sus ojos, que dejaron de ver doble para ver nada más cosas santas y una capa muy blanca.
Creyó que lloraba.
Se limpió con la toalla. Creyó apreciar una melodía rítmica en el ruido que la toalla hacía secando su cabellera larga con energía. Debía ser la falta de oxígeno.
Salió del baño y apagó la luz, no le importaba desangrarse ni que el cerebro se le saliese poco a poco, creyó que cuando eso pasase lo notaría al ir quedándose sin ideas. Se acercó a la cama y dio la vuelta a la sonrojada almohada, avergonzada de haber presenciado tan estúpido acontecimiento.
Sin precisión pero con un grácil salto se dejó caer de espaldas sobre el colchón, cayendo, con mala suerte, sobre nada. Su cuerpo atravesó la cama y, cuando pudo darse cuenta de lo que sucedía, la cabeza dejo de dolerle.
Y se escurría entre las sábanas de su cama a las tres de la mañana. Caía, deforme, en un negro cada vez menos oxigenado. La velocidad y la falta de aire le hicieron despertar con la mano en el cuello y la cabeza impresa en el pico de la estantería que reposaba a escasos centímetros de su almohada. La sangre enseguida lo manchó todo.
"Otra vez no, por favor" suplicó mirando al techo mientras se ceñía al guión dirigiéndose al baño con terribles jaquecas palpitantes y pasos de bailarina profesional de la liga eristoff.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Metodología del dolor

El puto dolor. Ese fantasma hogareño y asilvestrado que nos agarra por los hombros, a nuestras espaldas, desgarrándonos la carne con sus enormes y afiladas garras. Ese peso invisible que aparece tras las palabras y justo antes de las primeras lágrimas, ese que nos pone de rodillas y doblega nuestra voluntad. Sentimos como nos molestan los latidos de nuestro propio corazón que, a pesar de nuestros deseos, insiste en mantenernos vivos, contrayéndose una y otra vez, forzándonos a sentir el escozor de nuestros hombros desgarrados, de nuestras espaldas rotas por el opresor peso que el mismo Dios, por orden de Satán u obedeciendo a su innata crueldad, ha soltado sobre nosotros.

Nuestra faringe y laringe se ponen de acuerdo en abrazarse y formar un nudo de proporciones épicas en nuestra garganta, inmovilizando el ruido que pronunciamos tras la voluntad de hablar, ni un puto: "eh, espera". Es entonces, cuando crees que has tenido suficiente, cuando nuestro ordenador principal, refugiado tras un humilde cráneo que piensa que debe proteger al cerebro de las amenazas exteriores, sufre el peor de los golpes. La coherencia que creemos poseer se desvanece en un magistral truco de magia sin humo ni efectos especiales. Acaba de realizar el mejor de los escapismos. Nos quedamos solos, sin respuesta, en un umbral en el que pensamos que estamos más muertos que vivos, decidimos creer que hemos dejado de existir, de sentir, cuando estamos sintiendo con toda intensidad.

"Parece un sueño" pensamos, y entonces nos dejamos llevar. Cuando nuestro pecho ha dejado de arder y somos capaces de respirar, en ese momento encontramos paz, todo duele pero ya no puede doler más. Creemos poder recordar qué nos ha llevado a ese momento, si es nuestro hijo que ha muerto, si hemos perdido nuestro trabajo, si hemos perdido al amor de nuestra vida, pero lo único que podemos hacer es escuchar el eco de las palabras de ese fantasma de garras largas y afiladas que nos susurra al oído que la paz ha acabado. Entonces sonreímos, en ese preciso momento una macabra y desaliñada sonrisa se dibuja en nuestro rostro. Hemos abrazado la más absoluta oscuridad, hemos mantenido un mano a mano con nuestros demonios y, mutilados y heridos de gravedad, hemos resurgido de nuestras tinieblas.




Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...