domingo, 10 de abril de 2022

Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente.

Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéfalo anterior.

Traté de montarlo pero escapó y ahora parece esperarme enterrado en mi interior.

Lo escucho cuando despierto solo y desorientado.

Relincha desde mi garganta hacia mis oídos.


Creo que es blanco.

No lo será, pero me gustaría que lo fuese.

Espero poder pintarlo si me equivoco, como todo lo demás.

Puedo pintar todo lo demás.


Suenan pisadas cerca pero sé que estoy solo.

Quizá sea ella que viene a gritarme una vez más;

¡Deja de esconderte, sal fuera y mira de frente!


Quizá es un maestro momificado hace dos mil o tres mil años,

cuyo nombre no conozco ni figura en las biografías de los grandes,

olvidado por la historia,

con barba de estética: ¿Qué coño es la estética?

Sería la más apropiada para alguien que trata de contarme lo que importa,

tenderme una soga, dejarme decidir no ponérmela al cuello, agarrarla con fuerza y esperar

resurgir de un mar de sentidos contrapuestos,

de amistades y sociedades que hablan distintas lenguas,

de silencios que hablan por mi cuando esperan mi respuesta,

respuesta que no quieren oír.


Ya ni tan siquiera quiero darla.


Quizá por eso sean míos los pasos que oigo

y ningún cadáver adorne este carnaval en el que a todos invito,

quizá son mías las suelas que raspan el verde de la pradera

que me abraza esta mañana de fuego y lunas llenas.


Quizá soy yo y no hay nadie más.


Quizá lo he conseguido, sigo vivo.


Quizá camino vestido con ropa pero desnudo de todo lo que fui.


Quizá encuentre si doy un par de vueltas bajo el sol con los labios secos,

ese caballo que me llama desde dentro.


Podría ver mar, resurrecciones, vientos que queman la piel, montañas compuestas por mis recuerdos

de otras rocas en otras laderas,

de otros zorros con aparentes ojeras oteando las llanuras,

de otros robles mecidos por otros vientos.


Podría verme en otros cuerpos.


Podría ser un caballo descansando al sol.


Podría asesinarme cada noche al dejarme dormir

para resucitar a la mañana siguiente

con menor carbón en el horno de combustión

que ocultan mis ojos

tras mi rostro

que lo mueve todo.


Así me contaminaría menos.


Podría viajar lo mismo,

podría tejer una vela y echarme al mar,

tatuarme como un marinero que un día respiraba como manda la evolución

y que ahora lo hace con branquias,

rebelado de continentes, islas y archipiélagos.


"Solo el infinito azul, puchero de los dioses, esa es mi casa".


Me levanto, escucho y nada.


Todavía solo. 

Por fin solo.


Mi cuerpo, el azul del cielo, el verde de la pradera. 

Nada más.

Algún susurro quizá, como mucho, de fantasmas antes acechantes,

ahora levantando vuelo. 

Abandonándome.


Y aún así, tan solo, todavía escucho al caballo cansado,

que relincha dentro de mi.


Volteo la cabeza al otro lado de la cordillera

y con una sopa de tristeza, destino, calma y serenidad 

me despido de todos aquellos que alguna vez me vieron.


Voy a montar el caballo que llevo dentro.


El sol sube, la luna lo oculta y yo cabalgo 

a otras tierras,

en otros mundos,

que quizá no existan,

pero que merezco,

que sin duda merezco.


Y si no llego,

no importa.


Nunca importó.


Nazco de nuevo.








viernes, 2 de julio de 2021

Los adjetivos que se creían sustancia

Nos hemos convertido en todo aquello 

patológico que acontece en el ser,

en los síntomas sobre la esencia,

en un intento por aceptarnos,

hemos confundido lo deseable con 

lo necesario.


Reencontremos los dolores que somos, 

lejos de la gripe del olvido,

los plañidos de soledad,

los extremos del ancho de banda,

las reivindicaciones que nos identifican como 

líneas divisorias,

atracadores del sentido,

que separan lo que somos de lo que podríamos 

llegar a ser.


Respétame en prosa lo que visto en verso,

que es la misma verdad con diferente música 

y no tenemos tiempo de pararnos a otra cosa

que no sea bailar.














viernes, 30 de octubre de 2020

Este es el camino

Escribo vida y el arroyo de un río montaña abajo yendo a morir a la eternidad recorre mi cuerpo.

Ambas palabras existiendo en el movimiento constante. 

A veces en uno tan brusco y directo que pareciera el tiempo pidiera permiso para congelarse y detener la transformación que lo cambiará todo de un segundo al siguiente.

A veces en uno tan sútil e inapreciable como la erosión de una roca en el desierto acariciada por la sábana del viento cada día en la mañana, década tras década.

Quizá un día el agua de ese río hierva tu sangre y te haga enloquecer y perder por completo el control de tus acciones. Podría quemarte la piel y mil ampollas maquillarían tu cuerpo impidiéndote vestirte a gusto, con el rostro tranquilo, sin romper tu boca, tus ojos, tus mejillas en abruptos y reactivos gestos de dolor. Colerizando tus respuestas antes tranquilas en un volcán ardiente que quemaría todo cuanto crecía a su alrededor.

Ese río podría, en otro momento, congelarse hasta aparantemente detenerse por completo y cortar cualquier atisbo de respiración, de energía o percepción de las extremidades de tu cuerpo. Borrar tu sentido del tacto por completo, hacerte difícil, imposible, la tarea de conocer qué es lo que estás tocando, cuánto corta la hoja sobre la que caminas, cuán de verdad es la piel que te quiere en la intimidad de vuestros cuerpos, antes, candentes.

Podría generarte apatía, desolación, conversión a una fe dogmática en busca de sentido a la era glacial que tus ojos cuentan que vives a todo aquel al que devuelves la mirada.

Y el fin de semana, al principio de un cambio buscado, cuando se disfrazase en equilibrio de claridad y transparencia, de balanza alineada, el río podría mutar en una agradable tarde de verano. Llegaría a ser una fiesta de cumpleaños donde todo aquel ser que has amado haría acto de presencia con algo para tomar bajo el brazo, ladrando, maullando y el agua drenase cada gota de veneno almacenado alguna vez en tu cuerpo para dejarte ser y sentir en todos aquellos que caminan hacia ti queriéndote de la mano, en algún momento, antes de partir para siempre y transformar en energía un último pensamiento que nunca podrá ser recitado.

La corriente te arrastrará unos días, fatigándote, retándote a nadar, a bracear todo aquello que no te gusta lejos de ti para dejarlo atrás. Lo hará, si, pero no te ayudará.

Y cuando estés llorando posado en la culpa, la traición o la soledad de un banco en una calle desconocida, tras el primer reguero de lágrimas, quizá ese día te sorprenda dejándote flotar boca arriba bajo un cielo infinito sin una nota más alta que otra en una partitura que mecerá tu consciencia invitándote a reconciliarte con cada canto rodado en el camino, con cada problema presentado, cada muro levantado.

No peques de inocencia, ya hace tiempo te sabes empapado descendiendo con la corriente a esa nada inabarcable donde todo termina.

No trates de engañarte, no hay trucos de magia que sirvan cuando la certeza del río corriendo a desaparecer te aseguran una muerte irreversible. Un hundimiento final.

Este es el camino. Tú camino. 

No edifiques culpa, germina responsabilidad.

Yo trataré de ser fiel a ese en quien me he conocido.


Nada hará que termine diferente, que el río se detenga en un disfrute infinito, pero qué bonito... 


... qué bonito distinguir en el espesor de cualquier bosque

una mirada certera vestida por un corazón noble 

que se promete jamás dejar de remar, 

subir a su barco a todo aquel náufrago vencido

arrastrado en algún punto del camino

poniendo una venda sobre la herida ajena 

cerrando otra en su corazón herido,

ahora encontrado, una vez perdido.


Qué bonito reconocer la libertad

en un acto heroico 

que condena al propio final

por encontrar responsabilidad

en la vida vivida por uno mismo.









 

jueves, 11 de junio de 2020

Diario de viaje

Las hojas se han secado a este lado del país.

No estoy acostumbrado a viajar en autobús. Es extraño viajar con tantas personas a un lugar que no conoces. Donde me crié pasé la mayor parte del tiempo sobre la vieja moto de mi padre. Incluso estuve a punto de casarme subido a ella.

Ella trató de entenderlo pero nunca pudo sentir lo que yo sentía cuando subía a esa vieja moto y surcaba todos aquellos montes de día y noche.

Especialmente al atardecer, cuando el cielo se prepara para dormir y todas esas estrellas amenazan con brillar hasta nuestros ojos.

Nunca dejé de necesitarlo, ni siquiera incluso cuando la conocí a ella.

La primera persona de la que no tuve que salir corriendo.

Tras conocernos y mucho antes del cáncer aquella vieja moto tuvo que soportar el peso añadido de mi mujer durante los dos mejores años de mi vida.

Se marcharon a la vez. Sin carreteras, sin ella.

Llevo dos días de viaje y aún no soy capaz de imaginar algo que me haga volver a sentirme vivo en esta ciudad.

Supongo que me dirigiré en cuanto reúna algo de dinero al primer concesionario que encuentre y compraré algún trasto con dos ruedas.

Quizá visite el cementerio local y hable con ella durante un rato, fingiendo que alguna de las lápidas olvidadas es la suya.

No puedo esperar a llegar a la estación, encontrar trabajo y volver a subir al punto más alto a ver el sol esconderse de nosotros otra vez.


Albus H.




lunes, 18 de mayo de 2020

Érase, Es y Será

Érase una vez un poco de polvo flotando en el aire que pensaba y sentía.

Lo hacía, lo hace, lo hará.

Polvo que gana trofeos y lo celebra, 
que sabe cocinar, seducir y drogarse.

Polvo que cree que sueña,
que analiza los elementos que componen sus pesadillas.

Polvo que quiere igualdad, que quiere control, que quiere saberse con la razón.

Polvo que se infecta, se cura y se vuelve a infectar
a través de la tos.

Siente que todo le importa y que nada es suficiente. Y antes de darse cuenta, en lo que pareciera un instante de pasado y presente, llega la corriente y se lo lleva en un viaje que lo transformará en otra cosa diferente.
Entonces, justo antes de medrarse, dejar de sentirse existente, pensante, se dará cuenta de que nada importaba y de que todo era suficiente.

Justo antes de perdonar y olvidarse.
Justo antes del diluvio universal.
Justo antes de levantarse a trabajar.

Justo antes de conocerse entre las piernas de su madre.

Será una vez un poco de polvo recordando en el aire que creerá que siente.

Ya se lo llevó la corriente,
ya cree que sabe que está presente,
ya se lo llevó la corriente,
creando el pasado, olvidando su muerte.

Es una vez un poco de polvo soñando en el aire,
diciendo gilipolleces.



martes, 14 de abril de 2020

Confinamiento en verso

Tener frío de primavera disfrazada de otoño
charlando bajo las luces y sombras naturales
de una libertad prohibida a mediodía.

Salir a través de la ventana en un anhelo de escapismo
descender las enredaderas de olores y viento
y encontrarme con ese rostro amigo a las tres de la tarde
y encorsetarnos en palabras y calles ya transitadas tantas veces
que peinan canas en sus edificios y bares.

Que nos ilumine la exclamación tras el humo del primer cigarrillo
mientras nuestras ganas de relatarnos se agolpen como tambores invisibles en un instante de vida.

Ensuciar la suela de las zapatillas y arrastrarlas calle arriba, calle abajo,
tansitarlas escaleras arriba a alguna casa vecina.
Hablarlo todo en la terraza.
Escupirlo todo en un par de horas, quizá seis.

Y tener calor de verano lisiado en clave de pandemia derrotada. Aplastada.

Y subir esa calle.

Y verlas venir en las caras de la gente.

Y no encontrar bombillas de bajo consumo
iluminando celdas de una cárcel global
robándole a las nubes
su función
de romantizar
el dibujar con la mente.

El roce ruborizará los corazones de la gente
que nunca aprendió a llorar.

Los amantes aprenderán a desenredar los nudos
que tanto tiempo
pudo haber provocado en el pelo.

Y todos los demás volveremos a disfrazar
caminar
de
pasos que separan de
cuando realmente son
pasos que preparan
para llegar a.

Quien se salga en una curva
que charle un rato conmigo
antes de volver a ponerse en marcha.

Levantemos el culo de la silla, pongámonos en marcha.





sábado, 28 de marzo de 2020

Estoy aquí

Lo importante.

No soy un hombre de colores, pues todos somos capaces de pintar nuestra piel.

No soy un hombre de banderas pues he sido capaz de encontrar grandeza y dolor en ambos lados de cualquier frontera.

Ningún equipo, bando o ejercito podrá contarme entre sus filas pues no estoy ni jamás estaré dispuesto a cerrar mis puertas.

No seré ciego aunque mis ojos no puedan ver. No vestiré dogma alguno con nudo, doble o simple, atándolo tras mi cabeza.

No dedicaré mi vida, la única que tengo, a perseguir al diferente, a rechazar al igual, a buscar consuelo en sofismas, promesas de salvación o dioses que sostengan el juicio a mi ética en alguna de sus manos.

Miraré. Escucharé. Sentiré.

Buscaré la verdad y la justicia hasta que la muerte que hay en mí asfixie la última cascada de vida en mi cuerpo.

Rascaré cada pepita de oro de la historia que somos en cualquier parte de este planeta y no me importará la lengua que entienda, siempre protegeré al débil.

Y lo haré con mis colores. Los colores de todos.

Caminaré en este desierto de mentiras y presunciones sediento de certeza. Lo haré aunque mis rodillas se hundan en la arena y los dedos de mis manos pierdan sus huellas. Lo haré incluso sin identidad.

A pesar de las vítores de las masas enfervorecidas.

A pesar del discurso del odio.

A pesar del miedo en tu mirada.

A pesar de la falta de fuerzas.

Y cuando te encuentre, necesitándome, necesitándote yo; "enséñame como piensas, píntame de tus ideas. Sé crítica. Sé crítico."

Pregunta de día y te guiaré a casa.

Te lo prometo.







domingo, 9 de febrero de 2020

Mi Padre Nuestro

He ascendido en un destello al cielo en un instante de duda y estupefacción. Casi rezo, casi.

No vi nubes ni puertas doradas, nadie con majestuosas alas de plumaje blanco nieve. Nadie de rostro andrógino se dirigió a mi con la voz más melódica que hubiese escuchado nunca.

Nadie dijo mi nombre y me invitó a acercarme con un gesto agradable.

No sentí dios, ni tan siquiera a Él.

Ninguna cruz en el centro de la plaza.

Ninguna barba blanca abriendo camino al ser con todas las respuestas a mis preguntas.

"¿Por qué este sufrimiento color negro en mi alma?
 ¿Cómo encontrar satisfacción en la constante necesidad?
 ¿Voy a salvarme?
 ¿Me conoces?"

No otra voz además del eco de la mía emprendiendo camino de vuelta a casa.

Y no necesité más. No encontré ni falta que me hacía.

La respuesta era sí, la pregunta era yo.

Yo en compañía del contacto de otra piel. Sí.

Yo en sintonía con las ondas de la conversación que está teniendo lugar. Sí.

Yo siendo acariciado en martillo, yunque y estribo y esa caricia convirtiéndose en amor en el área Broca de mi órgano cerebral. Sí.

Yo tropezando con una situación y su contexto y recuperando el equilibrio en una mano firme que me quiere. Sí.

Yo desplazando el pasado momentáneamente para sustituirlo por un presente casi corpóreo. Sí, por favor.

Yo inquiriendo una señal y dándole un sentido a los dibujos en el cielo, a las palabras de un desconocido, al encuentro del amor, al dolor en el cigarro tras la traición, a las palabras de perdón naciendo de mi roto corazón. Sí.

Si, he ascendido al cielo en un instante de duda, certeza, estupefacción y entendimiento.

Casi rezo, pero al final entendí, la respuesta era él, ella, ellos, vosotros, nosotros, tú. Y la pregunta era por qué.

Mi Padre Nuestro

Por qué disfrazaría de paloma blanca
el cuervo negro del misterio,
el pájaro azul de la poesía,
el fénix en llamas de la pasión,
si encuentro fe en todos los colores juntos
brotando la verdad que soy
más allá de mis entrañas.





domingo, 2 de febrero de 2020

Confesión

He venido de blanco, avanzando poco a poco, pisando con la planta del pie al completo.

No estoy apresurado. Quizá algo enfermo, pero afortunadamente eso no me ha arrebatado la lucidez suficiente para recordar que las prisas, en cuanto a confesiones, son atajos que producen silencios, silencios que ocultan verdades.

He venido con la serenidad del derrotado pintada en los ojos. Con la vanidad del hombre con nombre que espera ser llamado. Con el sosiego de un cuerpo desnudo que rechaza disfraces.

Y vengo del cementerio. Allí todo pierde relevancia, las manchas en el traje, las batallas en silencio habladas, las imágenes proyectadas, los venenos recibidos y los enviados.

Muerte

He sido testigo de la muerte este mes. Casi su novio. Y he aprovechado para pedir, con la confianza que hemos ganado, que se llevara algunas cosas que ya no necesitaba y guardaba cogiendo polvo.

Es bonita, con todo el miedo y la pena y el vértigo que adhiere en su roce, aún así, sabe hacer que las personas se reúnan y hablen. Distintas generaciones charlan sobre el mundo a un palmo de un cadáver que rememora el momento en que conoció a todas estas personas.

He venido vestido de blanco por la muerte, ahora tiene más sentido para mi que el negro. A mí algo que se acaba me recuerda que acabo de empezar en el mismo momento en que lo pienso y una casilla de salida siempre debería venir sin manchar. Después tenemos toda la vida para experimentar el depravio descenso en horizontal al negro nuclear irradiado de todo lo que nos ha tocado.

Depravio significando transición a la corrupción de un sin manchar a un esto lo he vivido yo.

Realidad

Quiero también, no debo, reconocer un miedo atroz a lo simple, una admiración exorbitada a lo simple.

Es mágico. Es real y verdad.

En la madeja de lo complejo, enrevesado y laberíntico yo siempre he sentido el alivio del que cierra los ojos y deja a su intuición el volante entre pasadizos con la certeza de saberlo todo conectado, pensado y despensado. Siempre fui capaz de volver al centro de la madriguera cuando todo era oníricamente confuso. Tengo mis trucos con las palabras y siempre he sido un observador, nunca temí perderme en esos trabalenguas que nadie conoce.

Pero joder cuando es simple. Entonces viene el frío cristal del pavor en una cajita de plata aterciopelada por dentro con un azul marítimo helador que me pone de rodillas con un nudo en el corazón.
Es entonces cuando las cosas entonan mantra directo, claro y conciso y yo siento la imposibilidad de tomar desvíos, de dejárselo a mi poderosa imaginación. De hacer mio el camino.
De pronto estoy en una autopista con un solo carril y comprendo la belleza de lo que es y del fatal desastre que supondría salirse de un camino que no comprende otras posibilidades.

Es lo que es y doy gracias por ello incluso si me está matando.

Por eso, por si acaso, he venido vestido de blanco.








miércoles, 20 de noviembre de 2019

Realidades

Voy a decir una cosa como: llueve sangre, hay que refugiarse en los portales. Y otra como: hay sol y aire y parecen un gato jugando a cazar un pañuelo.

Quiero que estas dos frases se casen y tengan hijos.

No me importa si a priori se sienten en antípodas de lo emocionalmente abstracto. No me molesta que sus adjetivos desprendan frío o calor.

Pueden llevarse bien, como la vida y la muerte, por ejemplo. Dicen que lo hacen porque son la misma cosa, personalmente no lo creo.

Creo que un perderse a uno mismo durante un par de horas a varios kilómetros de casa y pensar sí son una misma cosa, o desbaratar los planes de uno mismo menos cada vez y crecer, esas también son la misma cosa.

La misma cosa disfrazada en halloween, en carnavales o en casa si te sientes un superhéroe, pero la misma cosa.

Nacer y morir, yines y yangheces aparte, no lo son.

Un ladrido a las tres de la mañana y tu tristeza: definitivamente putas almas gemelas.

¿Madrugar e irse a dormir? Ven y defiéndelo.

Vienes como una habichuela, empapado y estás llegando tarde a la oficina. Sin embargo, ¡ay sin embargo el irse!

Lo has hecho todo y en un instante es nada. Claro, que hablo de ti, los que se quedan lo hacen con un legado pero ese es otro tema.

Estoy hablando de juntar las manos de un rayo de sol acompasando la mejor de las brisas y la de una tormenta en el día más negro de tu vida.

Dos cosas que pasan mientras estás vivo, viva, respirando hondo raptando los olores del cuadro que te mece o deseando no hacerlo más tiempo.

Hay una realidad medible, una realidad insultantemente pragmática que muchos niegan y que yo, personalmente, trato de agarrar con uñas y dientes cuando lo veo todo negro o se me hace de noche horas antes de tiempo.

Esa es más bien neutral. Oye, cabréate con otro, las cosas son como son al menos en esto que te estoy contando. No haber preguntado.

Digo que es neutral porque con literalidad despiadada nada le preocupa lo suficiente para interceder. No lo hará por mí, no, por ti ni de coña. Deja de leerme si quieres pero antes respóndeme a esto, ¿cuántas veces el muro de ladrillos que te separa de la tienda al otro lado se ha desvanecido para permitirte el paso?

No me lo digas, estás colocado. Estoy hablando en serio. Así es, nunca.

Esta es la realidad que los científicos dicen que importa. Bueno, no lo dicen pero sin duda lo piensan, quiero decir; no hay ningún país peleándose por estudiar cómo te afecta esa ligera depresión que arrastras a los colores que te rodean. Prefieren investigar sobre el planeta, los átomos, el cáncer...

Sin embargo, a contracorriente y con un solo brazo, diré que esa no es la realidad que importa. Es la otra. Bueno, al menos la que debería importarte a ti.

La que te hace ver la misma habitación un día como la torre de un castillo en un cuento de portada cursi y título Qué Bien Se Está Cuando Se Está Bien y otro como la bóveda húmeda, tenebrosa, asfixiante y tortuosa donde ese demonio de rostro cambiante te ha encerrado para siempre.

Cuando me pasó a mi cierta sensación de euforia me embargó; "ahora si que tendré tiempo para escribir unas buenas y cortas memorias". Off topic de nuevo, mis disculpas.

Esta realidad que se alarga, acorta, palidece, tiembla, grita o quema dependiendo de ti es sobre la que deberíamos centrar cada esfuerzo.

No voy a tomaros por tontos, jamás os diré que cuando lo hagáis podréis manejarla a voluntad, conoceros, ser felices, meditar flotando a dos palmos del suelo.

El autonocimiento no es lsd, ¿de acuerdo?

Pero no me cabe duda, y si cabe ahora la disparo, que en el mismo momento en que descubres por qué el lunes pasado el mundo te agarraba del cuello a dos manos mientras te gritaba "¡estás despedido!" y ahora el verde de los arbustos más feos y secos brillan y la gente que no te conoce por la calle te sonríe con la mirada desbloqueas un logro. Si coño, un trofeo, un doble check. Que te tomas la pastilla roja de Matrix en un tris y ya no hay vuelta atrás.

Te has dado cuenta, que no parece muy útil pero te consuela como un edredón aterciopelado bajo la nieve un veinte de enero.

Ahora puedes jugar. ¿Cómo era?

Hay sol y aire y parecen un gato jugando a cazar un pañuelo, lo ha hecho y lo ha matado. Ahora llueve sangre, hay que refugiarse en los portales. Eso si, el gato es precioso.

Nosotros somos todo lo que existe, ¿entiendes?



viernes, 1 de noviembre de 2019

Probablemente tienes cáncer y quieren saberlo

Habrá un día donde un huerto me abrace por la mañana.

Hará tiempo entonces que me sienta viejo y un completo ignorante por dentro, sin embargo sabré acertar a los dardos cuando alguien más joven o menos lúcido que yo se hable en alto ante mi tratando de resolver aquello que le sucede.

Un día cogeré con mi propia mano una de esas naranjas y un coche volador descenderá sobre mis tierras.

Escucharé los violines y el piano lavando los platos en la cocina a través de las paredes de mi casa.

Un hombre y una mujer serán el paquete que el vehículo contendrá y pisarán mi tierra sin pedir permiso porque tendrán el poder.

Me recordarán a mi, "yo solía hacer eso", pensaré. "Me hacía sentir especial", pensaré también, pero caeré en la cuenta que siempre lo hice.

Siempre me sentí especial siendo alguien normal. Siempre fui normal pero creer que no lo era me llevó a tomar decisiones especiales en mi vida.

A eso lo llamaré "la verdadera magia".

Ellos se acercarán entre los naranjos y pedirán disculpas por aterrizar en un huerto que carece de zona habilitada para aterrizajes.

Haré una mueca. "Cuando tenía su edad no cabía la posibilidad de aterrizar nada que no fuera un helicóptero, pero estos dos no estaban ni prediseñados entonces", pensaré socarrón.

Me darán el pésame y lanzarán al tiempo sendas acreditaciones estirando el brazo como un disparo.

Siempre, todos, me darán el pésame cada vez que entablen conversación conmigo. Lo llevarán haciendo al menos una década.

Los odiaré por ello, por lanzarme tu cara a la mía como un insulto. Por remangarse y meter sus manos en el lago de mi memoria y agarrarte de la muñeca para emergerte otra vez de las profundidades sin pedir permiso.

Nunca pediré por ello. Lo harán de todas formas.

Haré otra mueca, esta vez aguantando el infierno dentro.

Me preguntarán por el hijo que no planeé tener y eso será lo único que pueda arreglar todo lo anterior.

El pegamento de mis fracturas. El sol en las gotas de lluvia. El amor en el dolor.

Empezarán a hablar y la mujer dirá algo como "nos gustaría hacerle unas preguntas".

Yo levantaré una ceja porque para entonces seguiré sin entender que se me hable de usted. Siempre fui alguien normal que se sentía especial, humildemente especial.

Y no me gustará ver a través de los cristales de mis gafas mi reflejo en las de sol de la mujer.

Canas y arrugas peinarán mi faz. Estaré atravesando con horror el problema de morir que postergué en mi mente hasta la vejez.

Será tan solo uno de los muchos cajones que habré abierto para entonces. Algunos me habrán hecho mejor persona, otros peor. Casi todos diferente.

Me consideraré a mi mismo un granjero que ha sido un río toda su vida y solo en aquel momento ha sido capaz de ver con claridad cuál es el cauce por el que ha de dejar llevar su caudal.

Su caudal de setenta y ocho años.

"Señor, la pregunta". Me verá distraído, mirando mis naranjos a sus espaldas. Ella se quitará las gafas de sol, él colocará una expresión cóctel de pena y disculpas.

Me harán la pregunta y la contestaré.

Será entonces, la única vez desde mi nacimiento hasta el día de mi muerte, en que sabré exactamente quién soy.

Creo que estará bien.






miércoles, 16 de octubre de 2019

Los versos de los cojones

No me ralles la puerta del coche con tus medias verdades,
no me regales sofismas envueltos en plástico
que ni yo ni la Tierra queremos.

Deja de contaminar.
Déjame en puto paz.

Je ne t'aime pas.

Te estoy gritando mientras corro una maratón
alrededor de un hígado que se está muriendo.
Se llama víctima. Tú, asesina. El arma, alcohol.

Déjanos en paz, a todos.
Déjanos cerrar el párpado ni que sea de forma tenue y fugaz,
deja de rutilar,
deja de gemir,
deja de jodernos.

Permítenos olvidar que existes en una inhalación sincera.

Crucifícame a chistes en alta mar,
dame un hijo que parir,
anégame en el petróleo de los insultos que proferí contra ti la noche que partiste mi vida en seis porciones de pizza.

No me sale salir, no por si te veo y te pongo a parir.

Dile en qué formas planeas hacerle la vida imposible,
conviértelo en poeta mediante tus desnudos Helenéicos.

Hazlo un Rolling Stone camino a Troya.

Dile que piensas fumártelo.

Chasquéale los dedos.

Que corra, que coja el palito, que coja el puto palito con los dientes.
Que te mueva el rabo entre los dientes.

Dile que vas a comprarle la imaginación y vas a encerrarla con el genio
en la lámpara que tu madre nos regaló de su viaje al continente moreno.

Eres un infierno con clítoris.
El final de los humanos y el principio de algo más.

Estoy estudiando ciencia para destruirte.
Quiero ser el hombre agua y extinguirte.

Voy a ser el supervillano al que todos aplaudan.
Voy a reaprender a tocar el piano para matarte a bemoles.
Voy a mutearte, silenciarte, dejarte sin habla corchea a corchea con mi piano de polla.

Vamos a rezarnos y que gane el mejor.

Eso si, después necesito que te calles, abras, te apartes
y dejes al pájaro que un día creamos
pluma a pluma
echar a volar
dirección L.A.


miércoles, 9 de octubre de 2019

Ocho de la tarde en el hipódromo

Mi corazón cabalga en segunda posición, las apuestas del hipódromo lo dan como juego seguro, es el favorito.

El barro me salpica la cara con cada trote, agarro las riendas con tal fuerza que he dejado de sentir las manos.

No voy a soltarme, no en la segunda vuelta. No si he llegado hasta aquí.

He de reconocer que hemos tardado en situarnos a la cabeza. Estuvimos lentos en la salida, el sol brillaba alto frente a mi cuando la explosión de pólvora marcó el momento en que las barreras bajaron y mis competidores gritaron al unísono para lanzarse con sus monturas hacia una victoria con parada final en el podio.

Creo que te vi en las gradas, pero no estoy seguro. Mi corazón arrancó y me metí en la carrera.

El último. Soy de perdedores, no de vencidos. O como lo digan.

El viento en mi cara me produjo vértigo. Nunca había visto pasar toda mi vida ante mis ojos como un mar de oleaje implacable. Un mar que te mantiene vivo con cada batida. Me acordé de todo sin pensar en nada y luché por alcanzar al último de los competidores con todas mis fuerzas.

No lo hice a lo bruto, no me desgañité, digamos. Medí distancias, calculé latidos, respiré el espacio entre ellos y nosotros, forjé una estrategia no meditada nacida de la experiencia paleolítica que me ha dado estar vivo y luchar.

Por el cambio, por el control, por permanecer en pie tras cada puerta cerrada.

Y los alcanzamos.

Y pasamos a uno de ellos, a otros dos de ellos, pasamos varios de ellos.

Eran ellos o nosotros. Fueron ellos. Ocho de ellos.

Cuarta posición.

Creo que vi más caras en las gradas. Algunas sobre las espaldas de mis tres oponentes incluso. Y recordé el rostro que nunca debí olvidar, tal como me recomendó un viejo pistolero.

Tercera posición.

Los vi a todos ellos.

Segunda posición.

Los estoy oyendo. El barro me salpica la cara con cada trote, agarro las riendas con tal fuerza que he dejado de sentir las manos.

No voy a soltarme, no en la segunda vuelta. No si he llegado hasta aquí. No si estáis vosotros.

Suben las pulsaciones de mi corazón y me pego a él con fuerza, agachando la cabeza.

No si estáis vosotros. Y una mierda.

Somos una bala, mi casco tiembla sobre mi cabeza. La gente se levanta de sus asientos, puedo verlo.

Estamos hundiendo el suelo. Juro que parece que vamos a salir volando.

Una mancha a mi derecha, tenemos al rival al lado.

Grito y me desangro por dentro.

Y una mierda.

Primera posición.

Pasamos la meta en un destello de luz y el frenazo es tan brusco que estoy a punto de caer al suelo.

Descabalgo y pongo los pies sobre el suelo. Hombres a mi alrededor tiran de mi indicándome el camino. Los acompaño, fatigado, voy con ellos. Me tiemblan las piernas pero subo al podio como puedo. Como buenamente puedo.

En segunda posición mi miedo se quita el casco y me sonríe desde unos centímetros más abajo.

- Buena carrera tío. ¿Mañana esperemos a ver, eh?
- Descuida - sonrío recibiendo el trofeo con ambas manos.

Primera posición,
y una mierda.







domingo, 22 de septiembre de 2019

Se monta en la máquina de viajar en el tiempo, sale y...

- Disculpe, ¿qué año es?

- Pues que año va a ser, vaya preguntas... dos mil dieciséis.

- Mierda, me he vuelto a equivocar de siglo

- ¿Cómo?

- Si, que no soy de éste siglo hombre, que yo no debería estar aquí.

- Pero... ¿está usted loco?

- No, los locos son ustedes. Son ustedes los que se conquistan en dos días y al tercero ya no se reconocen, sus para siempre no duran ni lo que se tarda en pronunciarlo y jamás llegan a explorar el alma de la persona que tienen delante. No les interesa, no les satisface, permanecen hambrientos.
Ustedes son los locos, yo solo soy consciente de lo frágiles que son los corazones, de las historias que cuenta si pega usted el oído al pecho del propietario y escucha el latido. Sé lo que vale una mañana enmarañado en la melena de una persona que te apoya y te comprende en una vida de disgustos e imprevistos. Si por puertas decimos corazones ustedes entran derribándolas, sin pedir permiso. Qué mejor que acariciar el pomo con delicadeza y preguntar antes, ¿se puede?
Ustedes son lo locos, yo solo soy alguien que sabe que somos humanos y que perseguimos el amor hasta el final.

(Texto de 2016)


miércoles, 28 de agosto de 2019

Para mi

Me encanta decirle a la gente que nadie es tan importante como para robarte la sonrisa, la felicidad o el sueño. De verdad lo creo, estamos solos hasta que dejamos de estarlo y aprender a aguantar mientras llega esa mano amiga no es una forma de acercarse a la verdad, es una forma de no saber mirarse bien.

Y después me voy a descansar y tu fantasma me mira a mi todas las noches. Me dice que me escuche, que siga adelante, que nadie es tan importante. Y quiero creerlo, pero lo dice mientras brilla como una estrella fugaz y tengo las pupilas demasiado grandes como para no deslumbrarme.

Nadie pide permiso para ser importante. No te dicen que pasarán a ser una voz en tu cabeza por el resto de tus días.

Hay personas, uno pensaría, pasarán a vivir en ese cuarto al que voy cuando estoy conmigo y jamás hacen acto de presencia. Esas personas los demás quizá piensan, bien porque parece lógico, bien porque yo mismo lo di a entender, grabaron su número de serie en mi piel a fuego por tiempo indeterminado.

Ni una sola foto en mi oficina.

Hay personas que, por propiedades curativas, deseo pasen a formar parte de esa casa interior que soy, como personal de limpieza de miedos, traumas, demonios y prejuicios. Pero el timbre jamás avisa de que tengan la menor intención de quedarse una vez se han marchado.

Y luego estás tú. Rompiendo las ventanas, quemando mis papeles, arañando mis muebles.

Gritándome que no importa cuánto trate de obviarte, de darte la espalda y fingir que no te oigo
que esa casa es tan tuya como mía
que no te vas a ir.

Y mientras te ruego que te marches me dejo caer con los brazos abiertos sobre tu regazo, cerca del fuego de la chimenea, para contarte qué es lo que me pasa y qué no me ha pasado aún.

Está en el fondo de mi mirada sin importar a quién esté mirando. Está en el cuadro que aparece ante mi propio reflejo cuando sentencio que mi corazón no le pertenece a nadie vivo en la Tierra.

Y es verdad.

Soy capaz de cegarme y de no mencionar tu nombre a no ser que me pregunten. Soy incluso lo suficientemente valiente para no pronunciarlo a pesar de que quieran saber.

Y digo que estoy bien porque lo estoy. Y avanzo. Y me enamoro. Y dejo que la gente entre y salga a un lugar inhabitado donde preparo una cena para dos y mis ganas y mi voluntad son nuevas.

Todo es verdad.

Y después vengo aquí, a hablarme, y me dices que todo estará bien sin haberme pedido permiso para quedarte a vivir en mi.


miércoles, 31 de julio de 2019

Tus neones en mi ciudad

Encontré letreros luminosos la última vez que me acosté.

Habías tallado todo tu respeto por mi en ellos.

Los habías colocado por toda la ciudad para que todos los vieran.

En ninguno aparecía mi nombre, tampoco lo hacía el tuyo.

Ni un ápice de implicación explícita,

ni una gota del sudor que empleaste pensándolas, reuniéndolas, arremangándolas.


Leí frases y frases durante unos minutos que hubiese grabado para reproducir después en bucle.

Conocía bien la ubicación, era un problema de lucidez onírica lo que me hizo temer que,

con casi total seguridad,

no podría volver a leerlos.


"Han salvado cinco mil trescientas dieciséis vidas en el año dos mil quince".


Rezaba amor disfrazado de gratitud, destinatario yo camuflado en el colectivo.

Publicidad destinada a ningún consumidor. Un cráter en mitad del valle anunciándome que

te habías ido

o yo me había marchado

ya no podía recordarlo.


Que mierda importaba la diferencia, pensaba leyéndote tras esos letreros de neón

que me daban las gracias

siendo tú parte de mi cabeza,

estando yo dormido

y

los dos tan despiertos.


Aún temo alzar la vista y leer,

espero que ya nada duela.



"El peor día de tu vida es tan solo su martes".


miércoles, 17 de julio de 2019

Esto es quien soy cuando no llevo ropa

He perdido al amor de mi vida, he sido rechazado por aquellos a los que he tratado de pertenecer desde que tengo uso de razón, he perdido toda esperanza y el norte en unos ojos que recé me devolvieran la mirada pero permanecieron cerrados.

He caído presa del humo y los espejos donde dejarme engañar era la única forma de afrontar la realidad. De no limitarme a sobrevivir y poder borrar con ignorancia la primera parte de la palabra.

He aprendido que siempre estaré solo cuando la vida me ponga contra las cuerdas; todos los años se repiten en goteo días donde la filosofía aprehendida se va por el desagüe y no hay receta que cure el dolor de mi corazón fracturándose y dejando de latir en mi.

He sentido mi alma apagarse gradualmente extinguiendo la persona que soy.

He perdido oportunidad tras oportunidad tras oportunidad. Lo he hecho luchando con cada músculo de mi cuerpo.

Podría llorar si me parase a recordar todos los besos en los que la he sentido de cartón, ausente, lejos de mi amor, y he tratado de traer su alma de vuelta a este mundo. Todas las veces en que he sentido que lo único con lo que he conectado en mi vida no podía conectarse a mí.

Podrían caerme lágrimas si te confesase que esa es la sensación de soledad más grande del mundo.

Podría llorar si me parase a recordar cada vez que he corrido con fuego en mis pulmones y cristales en mis piernas y la meta permanecía tan distante que se tornaba invisible como una liebre que no se dejará alcanzar por un lobo que, seguro, morirá de hambre.

Podría plañir si pesase en la balanza el esfuerzo que me ha costado el esfuerzo desde que tengo uso de razón per se y cómo cuando me superé a mi mismo como una bala de cañón mi sueño vestido de uniforme me decía "no, vuelve por donde has venido, no eres lo que buscamos, lo que necesitamos, no eres la persona que quieres ser, no eres la persona que en el fondo creíste que eras."

Podría gritar anegado en mi propia tristeza sin más agua en el cuerpo si me detuviese a recordar cada vez que ardí por ella en todos estos años, cada vez que luché contra mi mismo pensando "he perdido una batalla, pero no la guerra" cuando detrás de cada obstáculo lograba distinguir un reflejo de amor en sus ojos, revés tras revés, ladrillo tras ladrillo del muro del material más duro del mundo que juntos construimos y mantenía nuestros cuerpos separados.

Podría morir si me dejase hablar en mi cabeza para decirme "al final lo lograste y tras un par de tropiezos te rendiste, como haces siempre".

Podría cavarme mi propia tumba y elegir un nicho intentando que las personas cercanas a mi jamás notasen nada de todo esto, tratando de no culpar a ninguno cuando al sonreír diesen por hecho que todo está bien.

Soy un penitente sin Dios al que rezar, sin salvador en el que depositar mis más grandes miedos para dejarlos mutar en una fe férrea que me empuje a caminar.

¿Estoy, acaso, acabado?

Puedo asegurarte que a pesar de todo esto me verás levantarme bajo la lluvia, sobre mi propio charco de sangre. Gritaré con el fuego que abrase mis pulmones y volveré a golpear con todos mis nudillos fracturados. Mover el peso muerto de mi cuerpo agotado será como levantar una montaña sobre mis hombros en el día más nevoso del invierno pero me romperé cada hueso en mi cuerpo si es necesario.

No suplicaré, no me arrodillaré. He aceptado el dolor, he curado mi sufrimiento.

Ya no tengo miedo, pues yo soy mi propio diablo y ni castigándome al mayor de los infiernos habrá Dios capaz de someterme.

Ya no tengo miedo.




domingo, 19 de mayo de 2019

Apuntes Gran Reserva

Hay una ola en esta copa de vino que podría ahogarme de rojo.

Podría hacerlo por siempre y nunca viviría fuera del vientre materno.

Me siento seguro y alguien con la mano floja rompe la placenta de cristal que me transforma en superhéroe. Solo soy un anti-algo ahora. Me he contaminado con realidad y la complejidad de mis acciones navega desde la Biblia hasta Cincuenta sombras de Grey.

No puedo borrar el holocausto ni tu mirada de las cosas que han pasado y me cambiaron para siempre.

No puedo desdecir todas las quejas que la resaca de ser y estar traen a la orilla de mi boca. Quizá escupa un poco de sal, tal vez sea veneno que cure el carbón en la piel.

Ahora estoy condenado a ver llover bajo techo. Si entrecierro los ojos como cuando voy a besarte puedo notar mis huesos calarse de plomo, del tuétano al periostio. He sido un esqueleto malo y ni siquiera es Halloween. 

Sudo frío que viene de la tundra que me abriga por dentro.

Despacho a todos aquellos que no dudan, se retienen el llorar o tratan de cambiar la bandera del mundo de color. De verde a roja, de transitable a "precaución, vais a naufragar".

Le abro la puerta a perros y personas que saludan al entrar, en ese orden. Solo quiero a los mejores si vamos a tener que luchar contra tantos miedos y dolores. 

En ocasiones recuerdo aquel tiempo en que vivía en una copa de vino. Miro las suelas de mis zapatos y encuentro sorprendido un chicle que jamás podría haber pisado si a alguien no se le hubiese caído mi copa.

Extraño soñar entre taninos. Estoy satisfecho de poder pisar el suelo. Sueno como un cartel de autopista indicando ambos polos en el misma sentido, si me piensas con detenimiento, tengo dirección.

Gas es todo lo que necesito. Y tú, mi motor.

Podría cambiar de vehículo pero hazme el favor, no me hagas apearme, no me hagas rezar, no me hagas arrancarte, no me hagas cambiar, no me hagas llamar, no me hagas. 

Dame.

Color tinto escribo las horas de insomnio en las peores noches, cuadros de gotelé sobre mis ojos en el museo del techo de mi habitación. Podría decir impresionismo pero quiero tu voz susurrando rococó desde mi almohada, desde tus cojines. Tenemos que negociar eso.

Cuando vivía flotando tras el cristal de un vaso me di cuenta de algo:

"La gente ahí fuera parece tener problemas. Creo que estará bien si te tengo a ti."

Y tal vez no sea ese el mensaje que esconden las trampas de nuestra percepción, tal vez era mi visión difuminada por la grasa de la huella dactilar del borracho que me quiere beber, pero tal vez no.

Tal vez siempre encuentre un motivo pero, elijo decir, espero que tú siempre me encuentres a mi.

Solo búscame, soy fácil de encontrar.







martes, 7 de mayo de 2019

Manada

Somos dos extraños que se han conocido hasta olvidarse de quienes son.

Somos dos perros que se ladran amor.

Yo soy el que olfatea rincón a rincón buscando tu olor. Tú la que espera que la encuentren con esa pose de no te esperaba por aquí y sin embargo llevo tanto esperándote.

Somos dos enemigos que se sostienen la mirada sobre las muertes de devotos e inocentes.

Dos genocidas que se hieren.

Yo soy el del bigote de cepillo y tú el calvo con los ojos demasiado pequeños.

Somos la faraona y el emperador callando las ganas de follar, veneno en mano y dolor en el corazón oculto cuando los nuestros nos empujan a asesinarnos.

Somos dos abejas que no saben si se pelean o bailan swing sobre las flores.

Somos el espejo y la mala suerte desternillados de la risa ante la ignorancia.

Somos más de los siete años de maldición que nos han perseguido hasta el confín de aquello nos hemos atrevido a soñar a puerta cerrada.

Soy la duda, tú la certeza. A veces al revés. A veces ninguno.

Nos vi caminar de la mano y ya no sé si sucedió. Creo fue alguien más quien lo hizo, no yo.

Hay algunas cosas que me gustaría decir y no sé si son verdad. Sé que no las querrías oír. Sé las cosas que hemos firmado con silencio callar, al menos, con la boca.

Somos la fría distancia que separa dos puntos que se quieren unir. La línea recta entre tu boca y los latidos de un corazón que esperaba desbocado y encontré remanso de certeza y serenidad.

"Lo sabía" siendo las palabras que una de mis voces quiere gritar.

"No sé por qué te sigo" siendo la duda que una de mis voces cuela entre mi yunque y mi estribo.

"No me importa una mierda" dice mi razón vistiendo de blanco a tus dudas de domingo tarde y chándal.

Somos dos gilipollas que se contradicen cuando tienen las manos uno encima del otro.

Y no las apartes o podría replanteármelo todo desde el principio. Sería capaz de pensarte la mitad restante de mi vida y llegar mal y tarde a una capilla en algún prado de película para gritarte que volvemos a estar en las mismas y decirte todo aquello que firmamos con silencio jamás verbalizar.

Dices que nunca te escribo bonito. Ojalá pudiera leerte lo que tú me escribes por dentro.

Somos dos perdices que intentan no ser devoradas.

Yo tengo miedo y tú no.

Tú eres preciosa y yo soy suficiente. Por mí, genial.

Somos dos personas que se piensan, hieren, miran, entienden, discuten, lloran, abrazan, sienten.

Y aun sin haberlo dicho aquí mancho mis pensamientos, gritándote que.


miércoles, 10 de abril de 2019

Always like a microwave

Recuerdo como si fuera hace dos segundos la intensidad de aquel lugar, aquel que sentí como casa.

Normalmente sueño que estoy allí.

Avanzo sobre mis rodillas para volver a sentir el suelo de piedra.

Veo los colores de todas mis aventuras fundirse con las paredes de aquella casa.

Puedo sentir la adrenalina de creer que todo es posible si se puede pensar.

Aparezco de día, a media tarde o ya entrada la madrugada.

Ceno en la terraza, viajo en mi habitación.

Puedo ver la televisión y elegir donde sentarme.

Me sorprendo con los mismos cuadros como hacía cada vez que volvía a encontrarlos, mudos y manchados.

La luz allí siempre es diferente, la veo como si estuviese cubriéndonos en un manto que trata de proteger lo que sabe siempre será el paraíso.

Si estoy lo suficientemente dormido puedo oírla respirar, inspirar y exhalar todos esos años como si fueran polvo acumulándose en unos muebles que ya no están allí.

Y sin embargo suena a música rebotando en un lugar atestado de objetos y personas.

Suena a ondas cálidas colisionando en un microondas que contiene una civilización infante donde siempre vivirá una parte de mi.

Recuerdo estar ahí por última vez sabiendo que no volvería.

He estado allí desde entonces.




Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...