viernes, 16 de diciembre de 2016

Lo que no quiero

En el miedo me armo. Miedo de opresión en el pueblo que vota referéndum en mi pecho, a cada segundo más y más pequeño, que consulta sin permiso si estoy dispuesto a permanecer indispuesto el tiempo necesario, con cuidado, sin aliento.

En el miedo romántico donde me acompañas cuando las estrellas brotan en el cielo haga frío o calor, esté vacío o lleno. Donde me acompañas desde tu habitación sin si quiera mostrar un ápice de intención de comunicarte, de dejarte ver y aparecer en el rincón desde donde se ve mejor. Desde donde allá arriba parece que llueve y son astros y somos amantes en secreto y sólo lo sé yo y tú no y no quieres saberlo.

Asi que me quiero bajo este manto de miedo eterno, del miedo del que lo intenta y se le tensan las facciones y destrozan los nervios, del miedo que afronto sin que sepas como me encuentro y dónde me siento, del que me hace querer huir hacia ti y ofrece pelea al valor que me clava al suelo. Si sigo apretando al final echaré raíces atravesando el pavimento y florecerán todas aquellas inseguridades en forma de girasoles al viento confundidos bajo un cielo gris y una cortina de lluvia que les roban el sustento.

El miedo bajo los truenos y tú partiendo con el sol en la mochila, abandonándonos a todos, suena a despedida.

Y al final solo me valgo yo y el aguanta coño y el me cago en la puta, mira qué huevos tengo.
Y el mira es para mi, porque no me lo creo y tengo que verlo.
Entonces me armo con el terror del tiempo de un invierno que tardó en llegar pero se instaló sin dudar en hacerlo. Dijo 'he llegado y aquí me quedo'.

Un minuto de lluvia para todos, para siempre.

Y yo sin paraguas y tan contento temblando de miedo, por si no me mojo y cuando llore parece que lo esté haciendo. No quiero tener que pedirte de nuevo que traigas el buen clima que añoro con anhelo, que cuando exhalo la fuerza se transforma en vaho y desaparece ante mis ojos acuosos de castaño claro y hielo.

Soy el director de una obra de teatro y me he visto perder tantos papeles arrastrados por el viento que no me contrataría como actor principal ni aunque de ello dependiese mi sustento, por supuesto. Por eso me amo en el miedo, acojonado ante tan grande sentimiento. Con el desparpajo del tartaja que no pronuncia palabra sin encasquillarse, que tiembla demasiado para llevar sus sueños en bandeja de plata que paraliza, que atrapa.
Es tarde, es trampa, ya basta de tanta batalla embotellada en el cuello de mi garganta.

Descórchame, córcholis, quítame la tapa, déjame fluir sin miedo al matarratas, al alquitrán, al qué dirán. Desísteme del intento, empújame a la certeza quitándome la ropa sin movimientos bruscos, sin aspavientos, que no eres un molino, que eres un portento. Desvísteme y hazlo lento. Quítamelo, pélame capa a capa todo aquello que me capa, que me incapacita para querer poder querer, para poder hacerlo.

Por eso me armo en Roma, porque soy pequeño, porque el ¡ave cesar! era un dios en la tierra, en su tiempo. Por eso me amo en el miedo, porque es donde crezco, me reproduzco y muero con tiento, al menos de momento.

Será sin ti, al final del cuento, encontraré todo aquello que de momento no tengo y ya no quiero, al tigo que ha dejado en bragas al con, al feo interludio que distancia tu cuerpo del mío, sin vergüenza sinvergüenza, sin miramientos, sin duda, y al mal de ojo de cien tuertos, a la maldición gitana que me quita toda gana y a la patraña que rebana mi cuello con hoja de daga.

A mi miedo, a ti, ha sido un placer conoceros, os espero jamás de los jamases para volver a veros.

Que todo os vaya bien, que bonitos veáis los peros.

Haced muchos cruceros.



jueves, 8 de diciembre de 2016

Fuimos tú y yo

Fuiste lo mejor que me pasó nunca que nunca pasó. Fuiste eso y mucho más.
Estuviste ahí para mi cuando te necesité, yo estuve ahí para ti para lo mismo. Estuvimos ahí y eso nunca podrá ser borrado, es parte de la memoria del universo, ¿sabes?

Es parte de nosotros.

No fuimos uno, nunca, fuimos tú y yo y nos gustaba de esa manera porque a mi me gustabas tú y yo te gustaba a ti. Si, yo tampoco podía creerlo pero no me dejaste alternativa y no pudo gustarme más.

No fuiste una elección, fuiste una oportunidad. Una oportunidad de refugiarnos en el sofá y solo ser. Ser tú y yo.

Éramos dos desafortunados desventurados encontrando la suerte en un trébol de cuatro hojas en las manos del otro. Éramos caricias sin final envueltas en una espiral de mirarnos a los ojos y no cansarnos de existir. Era imposible.

Éramos los dos pero nunca existimos. Quizá en universo alternativo, en una realidad paralela donde yo no tuviese que escribir mientras intento adivinar a que huele tu piel, cuánto habrías querido tenerme entre tus brazos siendo solo los dos.

Siempre te quise aunque jamás lo hice... porque no estás aquí y yo... tampoco.


domingo, 27 de noviembre de 2016

Concierto otoñal

Enfádate con rizos, muéstrame el color de tu corazón a gritos, que rompan los cristales, que descorchen la pared. Dime alto, tan claro creas que pueda ser, que voy a estudiar una ingeniería para tratar de entender.

Entender tus ojos fulminantes bañados en lágrimas de puro sol, desencriptar ese ceño fruncido que me pone contra la pared, que me cierra las esposas y manda la llave a paseo, de crucero, hasta más ver.

Trataré de entender.

Saber qué es lo que tengo que saber, descubrir las palabras que acarician tu lengua, que se hacen bola en tu piel, que provocan sarpullido en el recuerdo de los besos que pudieron ser. Que te irritan la voz, que nos han secado el querer.

Trataré de juntar las piezas de ese puzzle que dibujan el enfado que me disparas sin querer, arrepentida, desdichada y encogida tras las trincheras que formaron los malentendidos, las casualidades que pasaron sin poder y rezaré, lo haré porque se encasquille el arma, porque no me mates para que antes o después puedas saber.

Saber que no hubo jamás unos labios que no haya besado que sepan tan bien.

Y trataré, intentaré hasta que me duelan los pies, conseguirnos las entradas para este concierto de hojas secas y lluvias intermitentes donde el frío no es frío sino una excusa para poder engancharte de la parca y pegar nuestros abrigos como si de velcro fuera nuestra piel.

Te arrancaré los botones incluso si llevas el arma escondida debajo. Me desnudaré incluso si la hipotermia me arrebata la vergüenza y tú la vida a quemarropa.

Enfádate hasta que deje de cantar, hasta que la lluvia haya calmado tus lloros de sal.

Enfádate y hazme el amor otra vez, atrévete a disparar.

Caduco me vas a tener pero, al final, trataré de entender.




jueves, 10 de noviembre de 2016

Follándonos de miedo

No tenías los ojos de alguien que había sufrido tanto. Tu forma de cuidarme a base de palabras dulces y caricias fuertes te hacía parecer una mujer indestructible, una persona tan cuerda, fuerte y sana que tenía de sobra para cuidarme a mi.

Tú no sufrías ni necesitabas, tú y tus ojos del color del más pálido de los mares nos mantenían a flote. 
Eras la canción de cuna que se sobreponía al estruendo del oleaje en aquellas noches naufragándo sobre el colchón.

Nada más lejos de la realidad, nada más cerca de la verdad: me antepusiste a mi. Me pusiste por delante. Caí redondo, debo admitirlo, nunca nadie lo había hecho. Y no me di cuenta de que estabas enferma y que yo guardaba con recelo todos los antibióticos para mi, que insultante y sin remedio, te pedía que me los suministraras lentamente, como si fuera otro juego de cama.

Estabas enferma y no supe cuidarte porque mi dolor me cegó a mi y se comió tu cerebro. Y lo saboreé antes de percatarme que aquel dolor no tenía que ver con la épica batalla que estaba teniendo lugar dentro de mi, que no era la espada de Aquiles ensartándome desde las entrañas. Que era tu alma, envenenada, bañada en matarratas y pensamientos suicidas, la que me estaba sentando mal, de puto culo.

No parecías tener mayor preocupación que asegurarte de que me encontrase a gusto recostado en tu regazo, que tus piernas fuesen cómodas para mi cabeza de escritor que tanto temías y admirabas. 

Nos asustábamos del otro y nos encontrábamos bellos en el terror. Y follábamos porque era como gritar de miedo pero sin ropa. Entonces dije basta porque me estabas absorbiendo, porque cada vez que fijaba mi pupila en tu iris azul podía notar la sal en la boca y la marea subiendo asfixiándome por dentro.

Fui yo quien acabó contigo y te transformó en un recuerdo silente de lo que una vez me sonrió en el metro y me hizo olvidar hacía dónde iba y de dónde venía. Yo te maté y sé que aún caminas por ahí echándome de menos, intentando recordar en qué momento me puse lo suficientemente bueno como para prescindir de ti, abandonarte, dejar de dejarte cuidar de mi.

Eramos uno y nos dábamos miedo. Ahora creo que fue a ti a quien asaltaron los griegos.


martes, 1 de noviembre de 2016

Limpiando mi casa

Se me han caído al suelo, las cosas que me dijiste, las cosas que recuerdo, el calor intermitente que me arropaba durante el día. Me he quedado fuerte y aún así con las ganas colgando.

Estoy acatarrado, la garganta me castiga cuando trago saliva y han atrasado la hora. Se hace de noche demasiado pronto, ahora lo hago desde la oscuridad, pero te sigo insultando. No es lenguaje violento, nada horrible, nada feo, solo un pensamiento. Uno que me reverbera en la cabeza y que me califica a mi mismo por mucha rabia que me de admitirlo; ´cobarde'.

Estoy terminando de barrer los restos del último desastre que tiempo atrás se erguía robusto y edificado y ahora es polvo sobre el parqué de mi memoria y pienso, pienso varias cosas. Pienso y no entiendo por qué sigo insultándote si no debería estar haciéndolo, si me encuentro bien, si solo fue un momento, aunque si, echar, te echo de menos. Pienso la práctica que tengo, lo bien que cojo la escoba, cómo me desenvuelvo.

Pienso en lo cansado que estoy de cansarme de barrer y en lo tranquilo que me quedo después.

No te extraño de una forma que duela, más de una forma que da bajona por perder algo bueno. Algo a lo que no me dio tiempo a acostumbrarme pero que suavizaba las asperezas con las que tenemos que lidiar día a día. La vida, ya sabes.

Ya solo me queda la cocina, en poco tiempo no quedará nada de lo que hoy son los restos y lo que ayer eran cuerpos enteros, imágenes claras y pequeños gestos que se sentían como el principio de algo nuevo. Solo queda la cocina y aún en el último momento, en el repaso final de los acontecimientos, aún no estoy seguro de haber vivido nada más allá de un cuento que yo mismo me contaba, con los dedos de la mano, a susurros en la cama, antes de cerrar los ojos y decirme 'hasta mañana'.

Y como siempre, al despedirme, una parte de mi mismo me abandona, marchando de la mano con la persona. Es esa parte de mi que existía al tiempo que lo hacías tú, esa parte que te dijo todo lo que ya sabes y lo que no también. Perdóname si quedó algo en el tintero, si pareció que todo esto me importaba demasiado o demasiado poco, solo me importó lo que lo hizo, ni más, ni menos.

Se me ha caído al suelo tu nombre, has manchado, estoy escurriendo la fregona. Lo reconozco, soy un melancólico y ahora anochece antes. Quizá sea por eso, quizá no, quise echar un último vistazo a todo esto, eso es todo.

¿Sabes? Incluso puede que esto no sea un adiós, puede que aunque ya haya limpiado el recuerdo un nuevo castillo se plante inamovible en mi pasillo, quizá al final del todo, en el futuro. Puede que lo hagamos juntos, ya sabes, ladrillo a ladrillo.

Estoy pasando la fregona y pienso....

'¿Cuánto tardará todo esto en volverse a manchar?'


domingo, 16 de octubre de 2016

Apostando contra la vida

¿Cómo lo hemos hecho? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Las posibilidades eran remotas, casi nulas, inexistentes. La probabilidad nos susurraba al oído que jamás nos miraríamos a la cara. Encontrarnos y reconocernos, vernos una primera vez y tatuarlo en el tejido del tiempo.

¿Cómo ha pasado si era imposible, si el universo nos decía que las apuestas eran claras?

Habíamos perdido el combate antes de subir al ring. Nuestro entrenador nos estaba consolando por un ko que todavía no habíamos recibido pero estaba claro, ya nos dolía la mandíbula, ya sentíamos el puño cerrado del rival arrancándonos las muelas, mandándonos a la lona, apagando las luces del local.

Nuestro caballo era claro perdedor, nos abucheaban en el hipódromo y el resto de jinetes nos miraban por encima del hombro como si ya nos hubiesen adelantado. Y he de admitirte, en la intimidad de este escrito, que yo tampoco confiaba. Reconozcámoslo, era difícil hacer una buena salida, de facto no la hicimos.

El árbitro aún no había pitado el inicio del partido y nos pesaba un hat-trick en las redes de nuestra portería. Contábamos con un guardameta ciego y diez cojos sofocados corriendo tras el balón. Eran superiores, eran el claro ganador. Recuerdo ver a nuestro entrenador tras el primer tiempo llorando a lágrima viva en el banquillo, recuerdo a nuestros suplentes enfundándose los vaqueros y marchando a casa, abandonándonos en el campo, a nuestra suerte, al azar, a la voluntad del cosmos.

Y entonces conspiramos, o fueron las estrellas, o el destino, o una puta suerte que aún no me puedo creer. Que digo suerte, ni buena ni mala, la neutral, la despreocupada de andar por casa, la que no deseas porque aún no conoces, la que golpea en tu puerta y recibes con los ojos como platos y el corazón galopándote en el pecho intentando adelantar a los caballos rivales.

Sabes que tengo razón, era imposible, improbable, inverosímil, inviable, era desalentador. Demasiadas variables, demasiadas rutas en el laberinto, demasiada vida por ahí delante como para encontrarte. Sencillamente no podía pasar.

Pero pasó. Pasamos. Sucedimos.

Y con una vez bastó.

Porque tenía que haber una primera vez antes de la segunda, porque si ha sucedido una vez ha sucedido para siempre. Jamás podremos desencontrarnos, no reconocernos cuando lo hicimos.

Nos levantamos en ese inmortal tercer asalto y en un fugaz intercambio de palabras, de miradas y caricias noqueamos al rival y sonó la campana tras la cuenta de diez.
Susurramos a la oreja del equino y le mentimos, nos pusimos de acuerdo, le dijimos que había una yegua tremenda esperando su victoria en los establos. Y corrió como un rayo, cuando quisimos darnos cuenta era tarde para echarse atrás, los habíamos adelantado, nos habíamos ido hacia delante sin preguntar.
Empatamos en el minuto final y en la prórroga nuestro equipo de segunda be se transformó en estelar, en nuestra selección y defendieron nuestra bandera con los pies y el corazón.
Hombres del partido, encuentro del año.

Tenemos la victoria en forma de oro sobre las manos, lo hemos conseguido, hemos ganado, ha sucedido.

No es el último de los combates, ni de las carreras, ni de los partidos. Es el comienzo de la temporada y no podemos desinflarnos ahora, el entrenador nos está alentando. "Ya estáis aquí, lo imposible ha sucedido, luchad con todas vuestras fuerzas, merece la pena".

Salgamos a ganar.





lunes, 10 de octubre de 2016

Coloréame

Coloréame.

Hazlo como si tuvieses cinco años otra vez. Agarra la pintura con la fuerza con que solías hacerlo y destapa el entusiasmo que te llevaba a sacar la lengua entre los dientes cuando la cera rozaba colonizadoramente el papel. Enséñame esa concentración que te hacía perder noción de todo lo demás de tal manera que terminabas mordiéndote la lengua. Que terminabas manchando de sangre ese dibujo que era yo.

Coloréame.

Demuéstrame los primeros destellos de talento sin pulir que anticipaban una técnica de campeonato. Dame forma de manera sencilla, bicolorista, bocetéame. Déjame aparecer en blanco y negro, construido a base de sombras y reflejos. Usa el carboncillo sobre mi y mancha tu dedo tratando de pulir esos pequeños detalles que en tu juventud comenzaste a apreciar. Refleja en mi cuerpo todas las dudas sobre el mundo que te envolvía y te hacía perder la cabeza. Hazlo tranquila, hazlo adolescente.

Coloréame.

Acaríciame en tu mente, proyéctame con tus superpoderes sobre el lienzo en blanco. Enfoca el trazo, encuentra el estilo, delinéame con la sabiduría que te han otorgado los años. Bórrame cuanto necesites hasta que no dudes más. Hasta que sepas que me quieres. Y déjame así, porque no soy perfecto y ambos lo sabemos. Soy quien tú sabes que soy, con mis ojos desalineados, con mis gestos desproporcionados. Retrátame como me sientes, no como me ves.

Coloréame.

Con o sin temblores, con calva o canas. Transfórmame en la caricatura que tu sentido del humor exija. Sonríeme como cuando eras una niña y salpicate las gafas al mezclar los colores en la paleta. Déjame sin respiración a base de historias, porque ahora hablas cuando te concentras, aprendiste cómo no morderte la lengua. Susúrrame las aventuras que te otorgaron la habilidad de la que ahora haces gala. Tómate tu tiempo, aprendiste a ser paciente, lo hiciste al final, después de todo. Déjame reposar durante días al sol y que se seque la pintura, que se resquebraje mi mirada acuosa y desteñida por el calor. Por la vida. Por el color.

Salte de los bordes si lo ves necesario. Píntame fuera de tu vida, dibújame cuando estés lista y las ganas se deslicen por tus mejillas como acuarelas de sal.

Hazlo como quieras, pero coloréame, dame vida, dame color.



Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...