Tener frío de primavera disfrazada de otoño
charlando bajo las luces y sombras naturales
de una libertad prohibida a mediodía.
Salir a través de la ventana en un anhelo de escapismo
descender las enredaderas de olores y viento
y encontrarme con ese rostro amigo a las tres de la tarde
y encorsetarnos en palabras y calles ya transitadas tantas veces
que peinan canas en sus edificios y bares.
Que nos ilumine la exclamación tras el humo del primer cigarrillo
mientras nuestras ganas de relatarnos se agolpen como tambores invisibles en un instante de vida.
Ensuciar la suela de las zapatillas y arrastrarlas calle arriba, calle abajo,
tansitarlas escaleras arriba a alguna casa vecina.
Hablarlo todo en la terraza.
Escupirlo todo en un par de horas, quizá seis.
Y tener calor de verano lisiado en clave de pandemia derrotada. Aplastada.
Y subir esa calle.
Y verlas venir en las caras de la gente.
Y no encontrar bombillas de bajo consumo
iluminando celdas de una cárcel global
robándole a las nubes
su función
de romantizar
el dibujar con la mente.
El roce ruborizará los corazones de la gente
que nunca aprendió a llorar.
Los amantes aprenderán a desenredar los nudos
que tanto tiempo
pudo haber provocado en el pelo.
Y todos los demás volveremos a disfrazar
caminar
de
pasos que separan de
cuando realmente son
pasos que preparan
para llegar a.
Quien se salga en una curva
que charle un rato conmigo
antes de volver a ponerse en marcha.
Levantemos el culo de la silla, pongámonos en marcha.
No soy un hombre de colores, pues todos somos capaces de pintar nuestra piel.
No soy un hombre de banderas pues he sido capaz de encontrar grandeza y dolor en ambos lados de cualquier frontera.
Ningún equipo, bando o ejercito podrá contarme entre sus filas pues no estoy ni jamás estaré dispuesto a cerrar mis puertas.
No seré ciego aunque mis ojos no puedan ver. No vestiré dogma alguno con nudo, doble o simple, atándolo tras mi cabeza.
No dedicaré mi vida, la única que tengo, a perseguir al diferente, a rechazar al igual, a buscar consuelo en sofismas, promesas de salvación o dioses que sostengan el juicio a mi ética en alguna de sus manos.
Miraré. Escucharé. Sentiré.
Buscaré la verdad y la justicia hasta que la muerte que hay en mí asfixie la última cascada de vida en mi cuerpo.
Rascaré cada pepita de oro de la historia que somos en cualquier parte de este planeta y no me importará la lengua que entienda, siempre protegeré al débil.
Y lo haré con mis colores. Los colores de todos.
Caminaré en este desierto de mentiras y presunciones sediento de certeza. Lo haré aunque mis rodillas se hundan en la arena y los dedos de mis manos pierdan sus huellas. Lo haré incluso sin identidad.
A pesar de las vítores de las masas enfervorecidas.
A pesar del discurso del odio.
A pesar del miedo en tu mirada.
A pesar de la falta de fuerzas.
Y cuando te encuentre, necesitándome, necesitándote yo; "enséñame como piensas, píntame de tus ideas. Sé crítica. Sé crítico."
Pregunta de día y te guiaré a casa. Te lo prometo.
He ascendido en un destello al cielo en un instante de duda y estupefacción. Casi rezo, casi.
No vi nubes ni puertas doradas, nadie con majestuosas alas de plumaje blanco nieve. Nadie de rostro andrógino se dirigió a mi con la voz más melódica que hubiese escuchado nunca.
Nadie dijo mi nombre y me invitó a acercarme con un gesto agradable.
No sentí dios, ni tan siquiera a Él.
Ninguna cruz en el centro de la plaza.
Ninguna barba blanca abriendo camino al ser con todas las respuestas a mis preguntas.
"¿Por qué este sufrimiento color negro en mi alma?
¿Cómo encontrar satisfacción en la constante necesidad?
¿Voy a salvarme?
¿Me conoces?"
No otra voz además del eco de la mía emprendiendo camino de vuelta a casa.
Y no necesité más. No encontré ni falta que me hacía.
La respuesta era sí, la pregunta era yo.
Yo en compañía del contacto de otra piel. Sí.
Yo en sintonía con las ondas de la conversación que está teniendo lugar. Sí.
Yo siendo acariciado en martillo, yunque y estribo y esa caricia convirtiéndose en amor en el área Broca de mi órgano cerebral. Sí.
Yo tropezando con una situación y su contexto y recuperando el equilibrio en una mano firme que me quiere. Sí.
Yo desplazando el pasado momentáneamente para sustituirlo por un presente casi corpóreo. Sí, por favor.
Yo inquiriendo una señal y dándole un sentido a los dibujos en el cielo, a las palabras de un desconocido, al encuentro del amor, al dolor en el cigarro tras la traición, a las palabras de perdón naciendo de mi roto corazón. Sí.
Si, he ascendido al cielo en un instante de duda, certeza, estupefacción y entendimiento.
Casi rezo, pero al final entendí, la respuesta era él, ella, ellos, vosotros, nosotros, tú. Y la pregunta era por qué.
Mi Padre Nuestro
Por qué disfrazaría de paloma blanca el cuervo negro del misterio, el pájaro azul de la poesía, el fénix en llamas de la pasión, si encuentro fe en todos los colores juntos brotando la verdad que soy más allá de mis entrañas.
He venido de blanco, avanzando poco a poco, pisando con la planta del pie al completo.
No estoy apresurado. Quizá algo enfermo, pero afortunadamente eso no me ha arrebatado la lucidez suficiente para recordar que las prisas, en cuanto a confesiones, son atajos que producen silencios, silencios que ocultan verdades.
He venido con la serenidad del derrotado pintada en los ojos. Con la vanidad del hombre con nombre que espera ser llamado. Con el sosiego de un cuerpo desnudo que rechaza disfraces.
Y vengo del cementerio. Allí todo pierde relevancia, las manchas en el traje, las batallas en silencio habladas, las imágenes proyectadas, los venenos recibidos y los enviados.
Muerte
He sido testigo de la muerte este mes. Casi su novio. Y he aprovechado para pedir, con la confianza que hemos ganado, que se llevara algunas cosas que ya no necesitaba y guardaba cogiendo polvo.
Es bonita, con todo el miedo y la pena y el vértigo que adhiere en su roce, aún así, sabe hacer que las personas se reúnan y hablen. Distintas generaciones charlan sobre el mundo a un palmo de un cadáver que rememora el momento en que conoció a todas estas personas.
He venido vestido de blanco por la muerte, ahora tiene más sentido para mi que el negro. A mí algo que se acaba me recuerda que acabo de empezar en el mismo momento en que lo pienso y una casilla de salida siempre debería venir sin manchar. Después tenemos toda la vida para experimentar el depravio descenso en horizontal al negro nuclear irradiado de todo lo que nos ha tocado.
Depravio significando transición a la corrupción de un sin manchar a un esto lo he vivido yo.
Realidad
Quiero también, no debo, reconocer un miedo atroz a lo simple, una admiración exorbitada a lo simple.
Es mágico. Es real y verdad.
En la madeja de lo complejo, enrevesado y laberíntico yo siempre he sentido el alivio del que cierra los ojos y deja a su intuición el volante entre pasadizos con la certeza de saberlo todo conectado, pensado y despensado. Siempre fui capaz de volver al centro de la madriguera cuando todo era oníricamente confuso. Tengo mis trucos con las palabras y siempre he sido un observador, nunca temí perderme en esos trabalenguas que nadie conoce.
Pero joder cuando es simple. Entonces viene el frío cristal del pavor en una cajita de plata aterciopelada por dentro con un azul marítimo helador que me pone de rodillas con un nudo en el corazón.
Es entonces cuando las cosas entonan mantra directo, claro y conciso y yo siento la imposibilidad de tomar desvíos, de dejárselo a mi poderosa imaginación. De hacer mio el camino.
De pronto estoy en una autopista con un solo carril y comprendo la belleza de lo que es y del fatal desastre que supondría salirse de un camino que no comprende otras posibilidades.
Es lo que es y doy gracias por ello incluso si me está matando.
Por eso, por si acaso, he venido vestido de blanco.
Voy a decir una cosa como: llueve sangre, hay que refugiarse en los portales. Y otra como: hay sol y aire y parecen un gato jugando a cazar un pañuelo.
Quiero que estas dos frases se casen y tengan hijos.
No me importa si a priori se sienten en antípodas de lo emocionalmente abstracto. No me molesta que sus adjetivos desprendan frío o calor.
Pueden llevarse bien, como la vida y la muerte, por ejemplo. Dicen que lo hacen porque son la misma cosa, personalmente no lo creo.
Creo que un perderse a uno mismo durante un par de horas a varios kilómetros de casa y pensar sí son una misma cosa, o desbaratar los planes de uno mismo menos cada vez y crecer, esas también son la misma cosa.
La misma cosa disfrazada en halloween, en carnavales o en casa si te sientes un superhéroe, pero la misma cosa.
Nacer y morir, yines y yangheces aparte, no lo son.
Un ladrido a las tres de la mañana y tu tristeza: definitivamente putas almas gemelas.
¿Madrugar e irse a dormir? Ven y defiéndelo.
Vienes como una habichuela, empapado y estás llegando tarde a la oficina. Sin embargo, ¡ay sin embargo el irse!
Lo has hecho todo y en un instante es nada. Claro, que hablo de ti, los que se quedan lo hacen con un legado pero ese es otro tema.
Estoy hablando de juntar las manos de un rayo de sol acompasando la mejor de las brisas y la de una tormenta en el día más negro de tu vida.
Dos cosas que pasan mientras estás vivo, viva, respirando hondo raptando los olores del cuadro que te mece o deseando no hacerlo más tiempo.
Hay una realidad medible, una realidad insultantemente pragmática que muchos niegan y que yo, personalmente, trato de agarrar con uñas y dientes cuando lo veo todo negro o se me hace de noche horas antes de tiempo.
Esa es más bien neutral. Oye, cabréate con otro, las cosas son como son al menos en esto que te estoy contando. No haber preguntado.
Digo que es neutral porque con literalidad despiadada nada le preocupa lo suficiente para interceder. No lo hará por mí, no, por ti ni de coña. Deja de leerme si quieres pero antes respóndeme a esto, ¿cuántas veces el muro de ladrillos que te separa de la tienda al otro lado se ha desvanecido para permitirte el paso?
No me lo digas, estás colocado. Estoy hablando en serio. Así es, nunca.
Esta es la realidad que los científicos dicen que importa. Bueno, no lo dicen pero sin duda lo piensan, quiero decir; no hay ningún país peleándose por estudiar cómo te afecta esa ligera depresión que arrastras a los colores que te rodean. Prefieren investigar sobre el planeta, los átomos, el cáncer...
Sin embargo, a contracorriente y con un solo brazo, diré que esa no es la realidad que importa. Es la otra. Bueno, al menos la que debería importarte a ti.
La que te hace ver la misma habitación un día como la torre de un castillo en un cuento de portada cursi y título Qué Bien Se Está Cuando Se Está Bien y otro como la bóveda húmeda, tenebrosa, asfixiante y tortuosa donde ese demonio de rostro cambiante te ha encerrado para siempre.
Cuando me pasó a mi cierta sensación de euforia me embargó; "ahora si que tendré tiempo para escribir unas buenas y cortas memorias". Off topic de nuevo, mis disculpas.
Esta realidad que se alarga, acorta, palidece, tiembla, grita o quema dependiendo de ti es sobre la que deberíamos centrar cada esfuerzo.
No voy a tomaros por tontos, jamás os diré que cuando lo hagáis podréis manejarla a voluntad, conoceros, ser felices, meditar flotando a dos palmos del suelo.
El autonocimiento no es lsd, ¿de acuerdo?
Pero no me cabe duda, y si cabe ahora la disparo, que en el mismo momento en que descubres por qué el lunes pasado el mundo te agarraba del cuello a dos manos mientras te gritaba "¡estás despedido!" y ahora el verde de los arbustos más feos y secos brillan y la gente que no te conoce por la calle te sonríe con la mirada desbloqueas un logro. Si coño, un trofeo, un doble check. Que te tomas la pastilla roja de Matrix en un tris y ya no hay vuelta atrás.
Te has dado cuenta, que no parece muy útil pero te consuela como un edredón aterciopelado bajo la nieve un veinte de enero.
Ahora puedes jugar. ¿Cómo era?
Hay sol y aire y parecen un gato jugando a cazar un pañuelo, lo ha hecho y lo ha matado. Ahora llueve sangre, hay que refugiarse en los portales. Eso si, el gato es precioso.
Habrá un día donde un huerto me abrace por la mañana.
Hará tiempo entonces que me sienta viejo y un completo ignorante por dentro, sin embargo sabré acertar a los dardos cuando alguien más joven o menos lúcido que yo se hable en alto ante mi tratando de resolver aquello que le sucede.
Un día cogeré con mi propia mano una de esas naranjas y un coche volador descenderá sobre mis tierras.
Escucharé los violines y el piano lavando los platos en la cocina a través de las paredes de mi casa.
Un hombre y una mujer serán el paquete que el vehículo contendrá y pisarán mi tierra sin pedir permiso porque tendrán el poder.
Me recordarán a mi, "yo solía hacer eso", pensaré. "Me hacía sentir especial", pensaré también, pero caeré en la cuenta que siempre lo hice.
Siempre me sentí especial siendo alguien normal. Siempre fui normal pero creer que no lo era me llevó a tomar decisiones especiales en mi vida.
A eso lo llamaré "la verdadera magia".
Ellos se acercarán entre los naranjos y pedirán disculpas por aterrizar en un huerto que carece de zona habilitada para aterrizajes.
Haré una mueca. "Cuando tenía su edad no cabía la posibilidad de aterrizar nada que no fuera un helicóptero, pero estos dos no estaban ni prediseñados entonces", pensaré socarrón.
Me darán el pésame y lanzarán al tiempo sendas acreditaciones estirando el brazo como un disparo.
Siempre, todos, me darán el pésame cada vez que entablen conversación conmigo. Lo llevarán haciendo al menos una década.
Los odiaré por ello, por lanzarme tu cara a la mía como un insulto. Por remangarse y meter sus manos en el lago de mi memoria y agarrarte de la muñeca para emergerte otra vez de las profundidades sin pedir permiso.
Nunca pediré por ello. Lo harán de todas formas.
Haré otra mueca, esta vez aguantando el infierno dentro.
Me preguntarán por el hijo que no planeé tener y eso será lo único que pueda arreglar todo lo anterior.
El pegamento de mis fracturas. El sol en las gotas de lluvia. El amor en el dolor.
Empezarán a hablar y la mujer dirá algo como "nos gustaría hacerle unas preguntas".
Yo levantaré una ceja porque para entonces seguiré sin entender que se me hable de usted. Siempre fui alguien normal que se sentía especial, humildemente especial.
Y no me gustará ver a través de los cristales de mis gafas mi reflejo en las de sol de la mujer.
Canas y arrugas peinarán mi faz. Estaré atravesando con horror el problema de morir que postergué en mi mente hasta la vejez.
Será tan solo uno de los muchos cajones que habré abierto para entonces. Algunos me habrán hecho mejor persona, otros peor. Casi todos diferente.
Me consideraré a mi mismo un granjero que ha sido un río toda su vida y solo en aquel momento ha sido capaz de ver con claridad cuál es el cauce por el que ha de dejar llevar su caudal.
Su caudal de setenta y ocho años.
"Señor, la pregunta". Me verá distraído, mirando mis naranjos a sus espaldas. Ella se quitará las gafas de sol, él colocará una expresión cóctel de pena y disculpas.
Me harán la pregunta y la contestaré.
Será entonces, la única vez desde mi nacimiento hasta el día de mi muerte, en que sabré exactamente quién soy.
No me ralles la puerta del coche con tus medias verdades,
no me regales sofismas envueltos en plástico
que ni yo ni la Tierra queremos.
Deja de contaminar.
Déjame en puto paz.
Je ne t'aime pas.
Te estoy gritando mientras corro una maratón
alrededor de un hígado que se está muriendo.
Se llama víctima. Tú, asesina. El arma, alcohol.
Déjanos en paz, a todos.
Déjanos cerrar el párpado ni que sea de forma tenue y fugaz,
deja de rutilar,
deja de gemir,
deja de jodernos.
Permítenos olvidar que existes en una inhalación sincera.
Crucifícame a chistes en alta mar,
dame un hijo que parir,
anégame en el petróleo de los insultos que proferí contra ti la noche que partiste mi vida en seis porciones de pizza.
No me sale salir, no por si te veo y te pongo a parir.
Dile en qué formas planeas hacerle la vida imposible,
conviértelo en poeta mediante tus desnudos Helenéicos.
Hazlo un Rolling Stone camino a Troya.
Dile que piensas fumártelo.
Chasquéale los dedos.
Que corra, que coja el palito, que coja el puto palito con los dientes.
Que te mueva el rabo entre los dientes.
Dile que vas a comprarle la imaginación y vas a encerrarla con el genio
en la lámpara que tu madre nos regaló de su viaje al continente moreno.
Eres un infierno con clítoris.
El final de los humanos y el principio de algo más.
Estoy estudiando ciencia para destruirte.
Quiero ser el hombre agua y extinguirte.
Voy a ser el supervillano al que todos aplaudan.
Voy a reaprender a tocar el piano para matarte a bemoles.
Voy a mutearte, silenciarte, dejarte sin habla corchea a corchea con mi piano de polla.
Vamos a rezarnos y que gane el mejor.
Eso si, después necesito que te calles, abras, te apartes
y dejes al pájaro que un día creamos
pluma a pluma
echar a volar
dirección L.A.