Me enamoraré cuando te huela tan fuerte que me pique la nariz por dentro. Lo haré aunque no te conozca lo suficiente, lo haré porque tenerte delante y disfrutarte sonriendo será fácil. Será fácil engancharme entre los huecos que separan tus dientes. Será jodidamente fácil, sencillo, fluido...
mirarte.
Porque ni los versos en prosa de Salinger, Frost o Hemingway podrían enmarcar en palabras el escalofrío que me provocará palpar el contorno de tu cuerpo. Esa fina línea negra inexistente que es horizonte de piel. Ese mapa fino y suave y pálido moteado en pecas, lunares y mis dedos.
Las puntas de mis dedos.
Tu espalda desnuda y yo mareado bajando por ella. Y yo mareado agarrándome a tus caderas para no tropezar y precipitarme a un vacío donde tu voz y tu cabello me envuelvan para siempre, a un lugar desde el que no sepa volver a casa.
Me enamoraré por un abrazo bien dado que al cambio valdrá dos te quieros y cinco bastantes con veinticinco quédate a mi lado. Pagaré al contado, extenderé el cheque firmando en tu cuerpo, siguiendo la línea de puntos que te va desde los tobillos hasta las muñecas recorriendo todo eso que sientes y no me dices para no dejarme sin sueldo, sin un duro, con el bolsillo 'pelao' y la cartera desamueblada.
Para no deshauciarme
desde dentro.
Miraremos juntos por la ventana al sol ponerse para después salir y lo juzgaremos todo. A los que pasean con y sin perro, a las señoras bañadas en colonia y a los vagabundos sin olor ni pelo. Encontraremos algo sobre lo que reír y nos desnudaremos tras los cristales de nuestro altar.
Me enamoraré y me romperás el corazón cuando todo sea demasiado bueno. Lo harás y será justo antes de ese instante en que la felicidad se pose sobre mi nariz para yo entender que he remontado el vuelo, que el huracán ya solo es viento y mi corazón está lleno.
Lleno de ti
de lo que me das sin quitarme nada, ni siquiera el
sueño.
Porque ya duermo. Ya puedo dormir.
Me enamoraré cuando ya no estés y tu cara y tu cuerpo se diluyan en mi memoria con el tiempo. Lo haré de alguien que se parecerá a ti. Le pondré ganas, entusiasmo y un mote que solo utilizaré cuando descanse sobre mi pecho después de tener sexo.
Haré todo eso y utilizaré las herramientas que me hayas dejado al marcharte para ello. Me enamoraré cuando me dejes hacerlo.
Y un día alguien pronunciará tu nombre y se me pondrá la sonrisa tonta y el humor contento. Sentiré el dorso de tu mano rozarme por completo y el vacío que antes era tu puesto cobrará forma, nombre y apellidos justo delante de mi.
Te veré no estar.
Dolerá no poder no hacerlo.
Me joderá por dentro.
Me enamoraré mientras viva porque después,
después
no podré hacerlo.
Querido amigo, llevas toda una vida despierto. Quizá no todo el tiempo fuiste tú mismo, quizá entraste en contacto con los densos humos de tus monstruos más profundos pero llevas toda una vida despierto.
Parece que recientemente has encontrado una nueva forma de abrir tus puertas y tus ventanas.
Parece que ya no eres propiedad privada, parece que has autorizado el acceso, que has habilitado el paso, abierto el flujo.
Has desbloqueado el acceso.
Has entrado en algo nuevo y me sorprende. No que lo hayas hecho, creo que estabas tardando, que tenía que pasar aunque nada tenga jamás que hacerlo. Lo que no sé, ni tampoco dejo de hacerlo, es si te has dado cuenta.
Dónde te has metido. Qué estás haciendo. Escribir.
Llevo un tiempo en esto, me gustaría explicarte sin saber, solo sintiendo, dónde te estás metiendo.
Esto es el final de tu vida y el principio de tu biografía. Es la última vez que lo cuentas y la primera que lo escribes. Es buscarte en tu refranero y encontrarte a por uvas corriendo tras un verso. Es desnudar tus complejos y vestirlos para la pasarela de la Hoja en Blanco. Es revivir tus espejismos, tus faunas, tus faenas, tus más y tus menos y dejarlos todos locos perdidos y en fila india en una rueda de reconocimiento. Es bautizarlos por capítulos y sentirte preso de una hiena a la que llaman inspiración y que, por fases, se desternillará de risa huyendo entre tus pensamientos. Es jugar al Quidditch con el teclado entre los genitales, volando entre adjetivos, pronombres y adverbios para ganar el partido al final, en la metáfora de descuento. Es echarle huevos a pisar, descalzo, cristales al rojo vivo y uvas, al mismo tiempo. Es desnudar a la mujer que amas y casarte con la que no para saber si al final de la historia los hijos son guapos con alguna de las dos. Es afinar, entonar y entonarte con tonterías que se convierten en dramas griegos. Es puntería y saber disparar, literariamente, al centro. Es hacer arte hasta hartarte sabiéndote atado de pies y manos hasta el punto y final, hasta que acabes, y eso solo si no has de volver a empezar. Es dejar de llamarla cariño y nombrarla musa de todos tus cuentos.
¿Que qué es escribir? Me preguntas sin hacerlo...
Escribir es hacer saber a tus colegas que 'yo no soy un chapas, yo soy el narrador de todo esto que cuento'.
Es, sin querer hacerlo, charlar con Poe, Becquer y Quevedo. Ver gigantes y no molinos al viento. Detenerse por miedo ante un gato negro. Recordar el rostro de tu padre. Beberse las cervezas con sabor a realismo sucio. No intentarlo. Rimarte las asperezas. Hablar el idioma de los dioses. Escupir caligrafía a fuego. Parafrasear menciones de honor. Llamar al rojo sangre y al negro conocimiento descubriendo la nieve en el blanco y en el azul a todos ellos. Vestirte de adjetivos casual y peinarte con el último de aquellos, los suyos y los nuestros, los que tenemos. Cautivar sin pretender hacerlo. Construir relatos y ejercer contratos como arquitectos de poesía, técnicos silábicos, siseantes parlantes mudos en profundo silencio.
El silencio de la concentración, de la debacle de la intención de inspiración al ritmo de un solo tambor que es tu mano sobre la mesa marcando el compás del bolígrafo sobre el folio a punto de estallar en sentimiento.
Y: Solía pensar que la intensidad, ¿sabes? Euforia o depresión, esos pueden ser muy buenos o muy malos pero no cabe duda que son. No puedes perdértelos, los sientes. Solía apreciar como un regalo las grandes explosiones y los recitales de fuegos artificiales. Tanto color, tan alto...
E: Habla en pasado, ¿ya no piensa así?
Y: Sigo creyendo que la intensidad es importante. Simplemente ahora la entiendo de otra forma. No busco la intensidad en las cosas, la busco dentro de mi y la utilizo para sentir lo que tengo delante con todo mi ser. Solo estar mirando al horizonte, la línea imaginaria donde se juntan el cielo y el mar, puede ser lo suficientemente intenso para llorar. Historia real. (ríe).
E: ¿Es más de decir lo que piensa o de pensar lo que dice?
Y: Trato de llevar ambas fórmulas acabo. Creo que hago más lo primero que lo segundo, como casi todos. Mucha gente no hace ninguna de las dos.
E: ¿Hay polémica cuando habla?
Y: No soy de los que buscan el conflicto pero si de los que dicen lo que todo el mundo piensa y calla. A veces la gente necesita escuchar la verdad, incluso si esta es más dura de lo que pensamos.
E: ¿Cree en el amor?
Y: Depende, ¿qué tipo de amor?
E: El de las películas, el que lo hace todo moverse a cámara lenta y llover rosas.
Y: Solía hacerlo, me lo tomaba muy en serio. Me parecía que era algo a lo que darle importancia, el amor de tu vida. Mi idea sobre eso ha cambiado, creo que bastante.
E: ¿La vida?
Y: Creo que la vida nos da motivo a todos para cambiar lo que pensamos, la diferencia radica en una mente activa. Todos pasamos por todo tipo de cosas y tenemos oportunidad de madurar pero solo los que están despiertos y dispuestos a cuestionarse los por qués van adaptando los cimientos de su cabeza.
E: ¿En qué cree usted ahora?
Y: Supongo que en algo más real.
E: Eso suena triste.
Y: No tiene por qué. La realidad puede ser muy triste pero gran parte de lo que es depende de cómo lo vemos. Podemos transformar nuestro alrededor con el enfoque adecuado. Ya no creo en las mariposas.
E: ¿Ya no se emociona?
Y: Claro que lo hago, y siento esas mariposas pero ya no soy adicto a ellas, me he rehabilitado. (sonríe). Ahora creo en conocerse. Todos dibujamos gran parte de la otra persona cuando empezamos a conocerla, es natural, normal y sano. La diferencia radica en que ahora sé que estoy dibujando lo que no conozco de esa persona.
E: Tiene sentido. ¿Está enamorado?
Y: Llevo enamorado toda mi vida.
E: Voy a necesitar que explique eso.
Y: Para que se haga una ligera idea he conocido y continuo conociendo a personas, enamorándome y siguiendo adelante pero hace ya años que conocí a esa persona que se instala en tu corazón para quedarse de por vida.
E: ¿No están juntos?
Y: No y no es algo que me preocupe. Hay que preocuparse por las cosas que uno puede controlar.
E: ¿Por qué está usted entrevistándose a si mismo?
Y: No esperaba esa pregunta. (risas).
E: Tenía que llegar, ya lo sabe.
Y: Claro. Creo que la idea me vino en un sueño donde decía lo que pensaba y necesitaba un entrevistador que realizase las preguntas.
Sol con sabor a naranja en el huerto de sus pecas. Mi pensamiento húmedo y los aspersores regando el aire de gotas de agua templada.
La he dejado dentro y he salido al porche.
Son las once de la mañana, mi hora favorita. He madrugado lo suficiente como para estar despierto y disfrutarla a mi manera. Estoy tan yo como a las cuatro de la madrugada pero no me siento pesado y la oscuridad no nubla las nubes blancas que tapan la luna.
Oigo los acordes de una guitarra dentro de casa. Ella ha subido el volumen de la radio y le ha dado fuerza suficiente a la serenata para atravesar los cristales de las ventanas y llegar hasta mi, dejándose caer en mis oídos, resbalándome por el gusto. Pájaros haciendo los coros y el viento director de escenografía haciendo bailar los árboles, sus sombras tiritando sin saber bien hacia dónde ir.
Los gratuitos efectos especiales de la naturaleza.
Me alcanza por la espalda, con una mano en el hombro y la otra sujetando una taza de café, me pilla con la guardia baja. Me hace olvidar lo que sé de boxear, me quita los guantes con la mirada.
Sonrío de vuelta y tomo el café.
El tacto de la taza me cerciora de lo real de la situación. Podría estar muerto, dormido o con una sobredosis de esquizofrenia engañándome, haciéndome creer lo que no es y olvidar lo que se supone tiene que ser.
Es verano, no importa.
Doy un trago y todos los días es el mejor café de mi vida. No creo que se lo haya dicho nunca, no sé si hace falta. Creo que se lo digo con los ojos y ella lo entiende con una sonrisa.
Tardamos lo nuestro pero al final llegamos, lo conseguimos. No hablo de fabricar el mejor café del mundo sino de nuestro destino. No ese que viene predeterminado, el que uno ha escogido inconscientemente y le hace moverse en una dirección sin saber muy bien por qué. Sin saberlo hasta que llegas, entonces lo entiendes todo; por qué lo querías, por qué no podía ser otro, por qué tenía que ser con ella.
Entiendes que no lo entendieras hasta ese momento. Entonces te vuelves un poco loco, cuando llegas quiero decir. Te pasa porque has sufrido gran parte de tu vida luchando por llegar ahí, a ese naranjal y esa casa y ella en la cocina canturreando con el maquillaje de anoche aún adornándola la cara y disfrazándola de mapache. O algo que parece un mapache.
Te vuelves un poco loco y comienzas a tocar, observar, oler, saborear. Has vuelto vivo de la guerra de tu vida y has sobrevivido a todos aquellos problemas y personas contra todo pronóstico. Cuesta creerlo y utilizo mis sentidos para pegarme a la realidad como una mosca poco avispada en la tela de una araña.
Quiero vivirlo y parece que la vida me pide que lo haga.
Estamos bien. Ella, yo y el café. Y los naranjos, los naranjos también.
No ha sido una elección, tampoco una iluminación divina en un día lluvioso. Solo abrí los ojos cuando el sol dejó de cegarme y me di cuenta. Estamos atrapados y yo tengo la respuesta. Si, lo sé, es para descojonarse, yo.
No hablo en sentido literal, tampoco literario, hago referencia a la metáfora que es nuestra sociedad. Esta información me ha llegado en forma de notitas selladas con la marca roja de unos labios que besaron el remitente y ordenaron correr al cartero.
Correr.
El "se" no lo incluyo, eso fue algo que nació de él en la triste oscuridad de su habitación.
Conseguir esta información me ha costado un par de hechizos. Ya me entendéis, de likes, de me gustas, de quizá quiera casarme contigo en una playa de Mallorca si mis pajas mentales se hacen realidad y has estado esperándome toda mi vida. Y la tuya también.
No voy a mentiros, estoy emocionado. Creo con convicción que las buena nueva os aportará algo de conocimiento sobre esta compleja máquina repleta de engranajes que nos conecta a todos y cuyo funcionamiento parece continuar siendo un enigma gigantesco en forma de tela de araña.
Pensad en este mensaje como si de una serenata se tratase. Imaginad, con lo que a estas alturas os quede de imaginación, que contemplo anhelante vuestro rostro asomado a la ventana desde la calle y os canto todo esto alma en grito, en ebullición, que estoy caliente como un perro tostándose bajo el sol. Podéis imaginarme con un estúpido gorro en la cabeza a lo trovador que hace brillar aún más el ridículo tamaño de mi nariz y un ramo de flores prefabricado que he comprado con fervor en la floristería de la calle de al lado, esa en la que jamás habéis entrado, con la pura intención de conquistaros con mi verdad.
Os cuento.
Nada pasa porque tiene que pasar.
¿Lo he cantado bien? Creo que he desafinado un poco al final pero os he transmitido el mensaje de la mejor manera que se me ha ocurrido. Si hubiera perdido mi civismo al salir de casa esta mañana probablemente mi mensaje habría sonado diferente, más a guantazo que a serenata, más sonoro y menos melódico quizá. Lo sé, he sido un poco grosero, pido disculpas. Aún estoy aprendiendo a controlar mis impulsos, coño, joder.
No nos salgamos del guión, pues eso, nada pasa porque tiene que pasar.
No voy a discutirlo, vivir en confuso y aterrador, algunos necesitan excusas, otros a Dios. Para mi es "me duele la tripa y se ha muerto mi tatarabuela, imagina cómo estoy, pídeme perdón por haberme molestado". Más o menos creíble para la otra persona, totalmente convincente para uno mismo. Principalmente porque no importan las palabras, la excusa, el amigo imaginario de barba blanca o la máxima "si ha pasado tenía que pasar", lo que de verdad importa es la acción, el acto, la voluntad de engañarse.
Lo que cuenta es el gesto de engullir el caramelo blanco y relajarse confiando en que todo está solucionado. Un ibuprofeno y las consecuencias de estar vivo se desinflaman. "Ya no parecen tan grandes".
Espera, espera un momento. Sé lo que estás pensando. "Qué listo es el tío, cree que le está enseñando algo a alguien, cree que es el más listo porque escribe en un blog".
A ti, que eres tremendamente audaz y si no se te hubiesen adelantado habrías descubierto América en moto de agua nada de esto te suena a nuevo pero te prometo que algunas personas no han tenido la oportunidad de replantearse una cosa así.
"Me ha dejado, no era para mi. Me han echado, no tenía que seguir ahí. Ha enfermado y ha muerto, era como tenía que ser".
Me pongo tan nervioso que me tiemblan hasta los riñones. Déjame cantarte algo más. Nada tiene que pasar. El verbo tener está mal empleado. Lo que tienes que hacer es, a riesgo de sonar neandertal y un poco pandereta, echarle ovarios. Y digo ovarios que no huevos porque es igual pero más inteligente. Tienes que decir lo que quieres decir, tienes que hacer lo que quieres hacer y no porque tengas que hacerlo. Porque nada tiene que. Qué coño va a tener que pasar si ni tan siquiera deberías estar aquí, eres casualidad, eres azar, eres feo seguramente, pero tienes suerte por el simple hecho de ser algo. Y más aún por la oportunidad de poder ser algo más.
Déjame dejarte y también dejarte claro lo mucho que te quiero pegar, porque me estás calentando con esas miradas que me echas desde que he empezado a poner los puntos sobre las ies.
Podrás ser algo más cuando dejes de excusar, escudar, esconder- TE, TÚ, en gilipolleces sin fundamento. Coño, deberías escucharte a veces, suenas muy gilipollas, de verdad.
Piensa, por favor, piensa. Usa esa maldita cabeza que te cualifica como homo, hetero o bi sapiens y piensa por favor.
Eso si, tengo que avisarte. Probablemente te duela, quizá sea la primera vez que pienses de verdad. Si comienzas a convulsionar no te asustes, es lo que tiene hacerlo todo de golpe, puede suponer un shock inicial. Quizá sientas también que el universo se abre ante tus ojos y su belleza te deja babeando como a una de esas personas que no dosifican bien su propia saliva, quizá des un poco de asco, pero nada grave. Los beneficios que reportará a tu vida compensará que en ese momento nadie quiera acercarse a ti porque serás tú quien estará más cerca de si mismo de lo que jamás habría imaginado.
Me estoy quedando sin voz, siempre me enrollo como las persianas, espero que con la edad se me vaya pasando y si no, tampoco es tan malo, podría estar babeándome encima, como nuestra sociedad, al darme cuenta de lo cateto que soy tratando transmitir un mensaje, grosso modo, cuando no me suelo escuchar ni yo mismo.
Jamás he tenido voz para cantar y predicar lo dejo para quien sigue buscando excusas. Yo te cuento las cosas como me las cuento a mi, con mucha mala hostia, para tontos, dando mil vueltas (es una enfermedad congénita) y de palabra modalidad escrita.
Deja de mirarme mal, la canción ha terminado, mi nariz sigue siendo enorme y tú jamás recuperarás la oportunidad de adelantarte a Colón pero, ¿sabes qué?
Ahí estaba ella otra vez. Como si aquello fuera una película vieja de grano y estuviesen reproduciendo las mejores partes, otra vez.
Quiero recalcar el ya repetido 'otra vez'. Que quede claro.
Y aún así jamás me cansaría. De su pelo negro, de sus ojos túneles a otro mundo donde las tinieblas absorbían a todo aquel que se atreviera a ojear. Nunca diría "suficiente" de aquel ligero olor tan familiar e incomparable. Ese tono ajazminado con pequeños destellos de cuerpo humano, feromonas y sudor que evocaba la imagen de su rostro en mi cabeza.
Había instalado mi casa en plena guerra y perdido toda noción de ella. ¿Ganar? El fin en si mismo era luchar, pelear, arrodillarse y temblar hasta que aquel ser de otro planeta se cansase de atormentarme o simplemente escapase lejos y dejase en mí la sola huella de un recuerdo tan intenso como opaco.
Ya no reconocía bandos, estrategias o la paz. Solo un profundo ardor en mi corazón avivado por las derrotas que aún no me había perdonado a mi mismo. Era un soldado valiente pero la nostalgia apuntalaba mi bravura al colchón de la cama y algunas noches me sorprendía dando largos paseos por el bosque.
Ahí estaba ella, en cualquier parte. Tras los árboles, en el rostro de la luna, como si de una máscara para el carnaval de los astros se tratase. Ahí descansaba su esencia y tras ella cabalgaba mi locura transportando mi cuerpo por senderos poco transitados con la pequeña esperanza de encontrarla al final del camino.
Olvidarla habría valido. No hacerlo había sido una decisión consciente a lo largo de toda mi vida. No, no era por el placer que siempre me ha causado abrazar las espinas. No era el dolor que sentía al escuchar su voz cuando miraba el trozo de tierra donde la había enterrado, aún viva.
Era la música, los violines que susurraban en mis oídos cuando mi piel rozaba la suya, segando el tiempo y haciéndolo imposible de seguir, los que me habían merecido todo aquel sufrimiento.
Esa melodía tan fina que se me colaba entre los dientes y envenenaba mi cabeza con cuentos de final feliz, noches de sexo y besos por cualquier motivo, a cualquier hora, solo porque ella los pediría.
Ahora era tarde, sabía que su fantasma me seguiría de por vida. No suponía un tormento, la amaba. Ver su rostro reflejado en el primer café de la mañana todos los días no me entristecía más de lo que lo habría hecho la posibilidad de desenterrarla y reanimarla para amarla después.
Alguna vez lo había pensado pero había entendido que eran los violines los que me hablaban, coqueteando con la posibilidad de traspasar mi cordura con un buen concierto y transformarme en un hombre loco con el cadáver de su amada sentado en la mesa para comer día tras día.
Y ahora lo veía claro, ahí estaba ella otra vez. Mis ojos contemplaban las escenas que mi mente proyectaba sobre el gordo y fornido tronco del abeto que tenía justo delante. Eran las mejores partes, los momentos más intensos, aquellos en los que debí haberla besado.
Había pasado varias horas fuera de casa aquella noche, transitando aquellos senderos, hasta que su rostro se había posado sobre aquel tronco y la había mirado a los ojos. En ese momento supe que la sesión de cine había empezado y que la entrada a la sala de proyección no incluía la posibilidad de detener la película o abandonar el espectáculo.
Volví a verla una última vez todas aquellas veces que la había visto a lo largo de mi vida. Con el salto de los segundos, minutos u horas ella iba cambiando y podía notar los años avanzando en el azúcar cada vez más moreno de su voz.
Estuvo preciosa toda mi vida.
Los violines comenzaron a cantar como la mayor soprano del planeta y tocaron por última vez la mejor de sus piezas acompañándome hacia el acantilado.
Ahí estaba ella otra vez, un segundo antes de saltar. Fue lo último que vi.
Miedo de tirita, cretino de mierda, miedo a la herida que escuece pero no duele, a la que deja marca pero no mata. Miedo a la herida que cicatriza antes de tiempo.
Miedo a no poder aparentar ser tan guapo como el subnormal que te robó a la novia sin mover un dedo. Que la perdiste tú, que la perdí yo, que se bajó del bus en marcha para no verte mas el pelo.
Te quiso pero se ahogaba.
Seamos claros, abrochémonos las camisas de fuerza, la asfixiabas.
Eso es para ti.
Y sé que no tiene nada que ver pero estamos locos y nos cuesta menos mentirnos que ser honestos. Que la verdad pesa un quintal y una operación de espalda en la que te colocan un hierro y te ponen recto.
Esto es para mi.
Shhh, calla, calla, no hace falta que me lo digas. Silencio. Prefiero no hablarme y no decirme que fue mi culpa, que no puedo cambiar, que es miedo con eme de mentira, de que nadie me lo diga, que se callen su valor y su mirada perdida buscando algo por lo que luchar.
Que no me hagan de celestina ni de alcahueta ni de farsa podrida. Que somos personas y no ovejas, vacas o zorras jodidas. No me convences. No necesito tu bendición malherida.
No haré tratos con escupitajos ni sangre coagulada, no me comprometeré a no mirar al diablo a los ojos y tratar de seducirle. Estamos jodidos.
Véndeme la moto.
Esto es para todos.
No soy yo, somos todos.
Os veo en vuestras habitaciones blancas de paredes acolchadas y locura contenida en gritos que hacen temblar los cimientos de este manicomio bautizado Hospital Vida.
Vamos a dejarlo claro.
No llevo ropa cuando duermo, visto sentimientos que me dan calor, frío y dolor en aumento. Duermo cuando puedo y cuando no, cuando no cierro los ojos y mis párpados viscoelásticos me mecen en un sueño balsámico de colores añejos, risas y juegos.
Puedo volar.
Mi cuerpo no pesa y mis huevos jamás tocan el suelo. Solo cuando me suicido para despertar y abro los ojos y me encuentro de nuevo en un laberinto de palabras y fotogramas que destellan existencia hacia delante, jamás hacia atrás, y tiro el ancla e intento recordar.... cómo era el pasado cuando lo podía parar.
Cuando mi rostro en el espejo no se deformaba y mi mirada fija no se dejaba navegar en un mar desorientado que no sabía dónde naufragar.
Este es mi barco. Soy mi capitán y mi tripulación. Proa y popa se relevan y alternan posiciones.
¿Dónde está mi norte? ¿Hacia dónde debo mirar?
Ya se ha muerto. La he visto caer sin vida en su caja de pino, en su armario anodino, en su féretro.
Soy un niño animal en el patio del colegio, otra vez. Ya no juego a superhéroes, estoy parado, rodeado de peonzas que giran y giran. Me mareo.
Tienen rostro y gritan. Que por qué no estoy cuando me necesitan, que por qué me enfado si las aparto, las abrazo o las masturbo hasta el fin de los días. Y giran, giran y giran.
Que son gigantes, que son molinos, que son pastillas, que son, ¿qué son?
Deme un trago para beber y mojar las estrofas secas que se me atragantan en el paladar. Écheme una mano, pínteme las uñas y dígame que soy la más guapa del bar.
No me quiere dejar estar.
Se me mezclan los olores de amores perdidos, de orina, caca, culo, pedo y pis. Da miedo.
Que alguien me de otra patada en los huevos, que me enchufen al cargador, estoy empezando a tiritar. Tengo fiebre tifoidea y no es buen sitio para palmar.
Llévenme al mar para que pueda descansar, romper con las olas y aprender de nuevo a caminar.
Tráiganme coronas, flores y exfoliantes para limpiar la verdad que si muero en ignorancia sabrá a café bombón y no habrá motivo para llorar.
Déjenme el sarcasmo sin tocar que si hay otra vida lo podré usar y ganarme el trono del otro reino a base de risas y de dejarles mal, a ellos, a los jefes con alas y tridentes del lugar.
No puedo volar porque tengo miedo, miedo del de verdad, miedo con eme de madre mía que hostia me voy a pegar si estas alas no funcionan y la teletienda me ha vuelto a timar.
Mi adiós con miedo horrorizado de terror con celo. Del que levanta la ceja y sospecha, sopesando, si da más miedo una condena perpetua a la ignorancia o una pena de muerte de verdad.
Voy a susurrar las últimas palabras de forma tan ligera que cuando pase por aquí el viento se las lleve de viaje y las transporte tan lejos que apenas nadie pueda recordar que alguna vez fueron dichas, escritas, leídas o escuchadas.
Que alguna vez fueron sentidas.
El miedo es una cárcel sin barrotes, no los necesita, te tiene a ti.