martes, 10 de abril de 2018

A se(p)tiembre con mi vida

Un cuatro de nota final. Como método para demostrar haber aprendido, la repetición.

Leo el letrero al final del camino, a la vuelta de hoja del examen que me ha caído encima como un alud. Es como una biblia para ateos que repite en letra pequeña:

'Por aquí no'. Por aquí ni de coña. Terminarías antes si te sacases el peine del bolsillo y tratases de cortarte con el las venas.

Por aquí se vuelve a empezar.

Es el botón de Start, el que reinicia la partida, el que carga todos tus recuerdos y los dispone en bucle. Sería como susurrarle a todos tus demonios que quieres volver a jugar, que te apetece volver a intentarlo, con la cara roja y las sienes inflamadas.

'Déjame probarlo todo una última vez, caerme y destrozarme las rodillas mientras la busco con la mirada canina, con el hambre en los ojos del hombre que jamás ha probado bocado'.

Y salto el letrero apoyando una sola mano de forma elegante, si se me permite decirlo. Sé que no lo tengo claro pero, joder, no es como si alguna vez lo hubiera hecho. Solo lo hago para volver a aquellos primeros pasos donde el verano olía, me ensuciaba las manos con gusto y la diversión era ambas caras de la moneda.

Pasará rápido. Ya lo he vivido.

Tras unos cuantos baños, tardes de fatigas construidas desde la imaginación y ratos de sacar toda la punta posible al lápiz junto a la papelera la profesora me mandará sentarme.

Sentarme y empezar
a crecer
a enamorarme
a encontrar dentro de mi a un tipo melancólico con la capacidad de dramatizar una carrera de gotas de agua en la ventana del coche.

Esos serán mis deberes y juro que me llevaré tarea a casa.

La frustración se trasformará en un gigante de roca y el dolor en la espada de fuego que blandirá desde el momento en que me de cuenta. Que he vuelto a empezar, que las estrellas no brillarán por siempre y la paz se me escapará entre los dedos escupiéndome a la cara y gritando algo así como:

'Que te follen, bastardo. Espero no tener que volver a verte en un largo tiempo'.

Esa puta paloma blanca
y sus profecías autocumplidas
y sus interminables ganas de volar lejos de mi.

Y a pesar que me parecerá tortura y preguntaré por qué la existencia no respeta mis derechos humanos lo conseguiré. No palmarla por dentro. Aunque habrá algo de mi que se marche para no volver la mayor parte seguirá ahí, en continua mutación, aullando a la luna llena por las noches, escuchando Mecano, sintiéndome cambiar a un hombre cachorro con las orejas demasiado cortas y las garras creciendo hacia dentro.

Serán años que parecerán décadas y me retorceré en mi interior recordando 'por aquí no', el estúpido salto olímpico sobre el letrero y preguntándome por qué tuve que hacerlo, si tan lejos me quedaba la infancia que había olvidado lo rápido que pasa y lo mucho que permanece en la memoria. Tanto que podría volver a nacer y nada me sorprendería. Al final es mi película favorita, la estrenaron el día que nací y no me he perdido ni un solo fotograma.

Me escocerán las discotecas a las que iré por tratar de encajar, los rechazos de todas esas chicas que tenían algo mejor que hacer y los míos propios. Esos que son agua oxigenada vertida a espuertas en alma abierta y supurante.

Tantos debates frente al messenger sobre si yo soy parte del problema, de la solución o simplemente una ecuación toca pelotas con incógnita de imposible resolución.

Las agujas marcarán las cuatro de la tarde en el tiempo que me queda y la veré por primera vez. Y es la historia que tras varios pasodobles y un par de series termina en No pero No te negaré que eres especial.

Pasarán dos años y el reloj se tomará un par de copas, ni él ni yo sabremos que hora marcar en el bar en el que nos encontraremos. Para este momento ya me han querido, he querido, me han dejado y he huido.

Sienta fenomenal beber un trago de vino y encenderse un cigarro mientras mis amigos y yo contemplamos el vuelo de la paloma blanca en el interior del local, atrapada entre cuatro paredes y rehusando posarse, poner pies en tierra firme, darnos un poco de paz.

Ya no la necesito, para entonces me valdrá con momentos donde la música es más que sonido y cuento historias y me río de las de los demás con la certeza de estar atrapado en el presente durante todo un instante, terminable, finito, tanto como el borde de ese vestido de flores que me abrazó una tarde de verano con un poco de miedo y mucha vergüenza.

Me sé la canción. De cabo a rabo. Hasta el final. Hasta el letrero con letra pequeña preparado para los que abjuran en la plaza del pueblo de su propia comunión y de las ostias de pan. El vino es otro cantar.

Quizá vuelva a pulsar el botón, a repetirlo todo, a volver a start delante del espejo.

'Por aquí no'. O si, si les queda un tinto que no sea muy caro y alguna historia que contar.



miércoles, 4 de abril de 2018

Una posibilidad

Se desnudaron tan rápido como despacio se quisieron.

Era la primera vez pero ninguno de los dos podría haberlo dicho. Tampoco el universo que, expectante, había atisbado la unión.

Ella se sentía estúpida por haber guardado en su haber tantas dudas.

Él sabía que ella nunca más las tendría.

Ninguno podía creer que hubieran tardado tanto tiempo cuando los árboles, el viento y los arroyos pedían a gritos y en conjunto que la naturaleza siguiera su curso.

Desde hacía años.

Siempre se habían querido  y odiado al mismo tiempo. En no pocas ocasiones ambos habían deseado que el otro desapareciera de la faz de la Tierra para poder dormir por las noches, para dejar de sentir la falta de aire, la culpa, el dolor, la confusión.

Y, sin embargo, siempre habían sabido cuándo el otro le necesitaba. Se necesitaban. No para poder vivir bien, ser felices o querer a otras personas. Simplemente lo hacían.

Se necesitaban,
como el día y la noche
en la distancia del tiempo.

Él, bañado en auto conocimiento que destilaba un falso orgullo, era capaz de caer sobre sus rodillas ante la presencia de ella, sin dejar de emitir los gruñidos de un perro salvaje presa de una maldición o hechizo de sumisión.

Ella, perdida en un océano negro de sentimientos y emociones que tenían el poder destrozarla, siempre lo quiso demasiado como para arriesgarse a destruirlos a ambos en el intento de amarse. Siempre riendo sus tonterías sin dejar de insultar las cosas que tanto la desquiciaban de él.

No se podían ver hasta que no podían dejar de mirarse. Entonces un abrazo, una caricia en el rostro, una tarde para los dos, podía quemar el Sol.

Ella nunca le mencionaba pero en el viento siempre terminaba recogiendo su aroma a rosas.

A él le habían preguntado si alguna vez había amado y el nombre de ella fue la respuesta.

- Es la primera vez pero no parece la primera vez - susurró ella, mirándole a los ojos mientras ambos permanecían desnudos, tumbados junto a la chimenea.

- Aha - asintió sin poder apartar la mirada - y aún así seguiremos odiándonos, despidiéndonos y reencontrándonos.

- No puede ser de otra manera, ¿verdad? - preguntó ella, acariciándole la barba.

¿Podría? ¿Sería posible dejar de echarla en falta cada vez que viajase sin ella? ¿De encontrarse con dolor en el pecho por no tenerla cuando se disponía a dormir? ¿Sabría vivir sin echarla en falta?

No encontró más respuesta que su nombre.



viernes, 9 de marzo de 2018

Soy tinta en el cielo y agua en tu piel

Me recuerdo lloviendo sobre tu tejado. Las ventanas empañadas y fuera ese susurro de las cañerías disfrazadas de riachuelos transportándome calle abajo.

Recuerdo deshacerme en una carta que reescribía cada mes de agosto. Una carta donde yo era la tinta que se extendía folio y medio por ambas caras. Tengo ese recuerdo, el del repiqueteo de mi cuerpo en las ventanas, el de la pluma impregnándome en el papel con la mejor ortografía posible.

Puedo ver el cielo encapotado de aquel día como si fuera ayer y oler mi perfume a tierra mojada inundando tu ciudad.

Tu tétrica ciudad de barro y gentío y pensamientos recurrentes.

Verte de gota en gota bajar con la carta en la mano dispuesta a leerme.

Recuerdo ser prólogo breve pero intenso, chispear a las cuatro de la tarde sobre tu figura sin paraguas. Recuerdo olvidar la diéresis que no quisimos tener.

Lo veo, el momento en que capitulamos y soy nudo y tromba de agua y caigo sobre tu cabeza con la fuerza de una duda sin resolver. No puedo olvidarlo. Tú corriendo buscando refugio y yo sostenido entre tus manos mojadas corriéndome en rimel negro que transforma mi mensaje en jeroglíficos.

No me pudiste leer. Refugiada bajo una cornisa me intentaste ver, temblando, viéndome fundirme en agua y tinta sobre el papel.

Fundiéndome entre tus dedos, acariciando tu piel. Agua y tinta.

Recuerdo cómo salvaste el final a soplidos que reflejaban la tenacidad con la que me sujetaste la mano tratando de impedir mi partida, mi juego de póquer, mi mano maldita, mi mala suerte, mi azar desabido. Mi larga marcha al apostar y perder. Perderte.

Perder
te
quise.

Lo logré.

Puedo rememorárme desenlanzando con unas últimas palabras las cosas que nunca dije y pensé debías saber y también dejar de lloverme, amainarme la tormenta con las manos frías.

Me recuerdo cesando con un sonido seco y un punto y final. Recuerdo las calles hidratadas y las lágrimas deslizándose por tus mejillas regando tu piel.

Qué puedo decir. Supongo que me deshice intentando hacerme entender.

Espero batir las alas y surcar los cielos sin tratar volverte a ver desde arriba, transformado en pájaro de tinta y agua, que si tengo que volver, ya volveré por otro lado.


domingo, 25 de febrero de 2018

He tenido un accidente

Esta mañana he tenido un accidente. Lo tengo cada vez que recojo mis párpados y enfoco al techo de mi habitación. Tengo un accidente conmigo mismo al encontrarme existiendo cuando recobro la conciencia.

Logro sobrevivir a semejante choque de trenes todos los días.

Tarea de plañidera enferma por encontrar tu rostro en el momento de perder la conciencia y sumergirme en un mar sarcásticamente onírico.

Cómo me toca los huevos.

Me raspa el mal humor y me lo levanta como una gran erección. Sonrío.

Esta noche te he visto y me he sentido paladín, defensor de tu sonrisa blandiendo una espada fraguada en el brillo de tus ojos.

Te he sentido palpitar dentro de mi. Y en un esfuerzo exangüe tu rostro se deshacía asustado por la luz del amanecer entrando por mi ventana, atravesando mis párpados, resecando el sueño de amor eterno como a una flor marchita el frío del invierno.

El invierno que está por venir.

He intentado abrigarte para mantenerte despierta en mi mente dormida. He intentado ponerte capas de razonamiento abstracto, convencimiento y sal dorada. He tratado de mantenerte con vida con mirada frustrada y voz temblorosa, he sentido el terremoto que eras tú dejándome a mí solo dentro de mi propia cabeza.

He tenido un accidente en un arduo intento por mantenerte despierta. Salí corriendo tras esa nuca que conozco tan bien abjurando a los cuatro vientos, apostatando que jamás fui tu enemigo y siempre creí que eras la diosa que nunca tuvimos.

Que eres la salvación para nuestra especie.

Me he cagado en mi puta vida con todas las ganas cuando no diste media vuelta y enfilaste calzada romana de luz ascendente que propulsaba tu rostro granjeado de pecas al cielo de mi subconsciente.

La mañana y su manía de acometer avulsión, de extirparme los sueños sin pedir permiso ni perdón.

Yo solo quiero volver.

Tengo agujetas en los párpados de tanto llorarte, de forzar mis ojos a cerrarse para dormir y poder volver a generarte, a crearte como a un misero clon de humo y espejos donde el parecido es más que razonable y tu olor permanece para siempre en mi recuerdo. Me cago de miedo cuando me doy cuenta de que estoy dormido y te sigo queriendo como si la barrera de lo que es real y lo que no se nos hubiese quedado pequeña para esta paranoia que generamos el día que nos conocimos y el día que no dijimos cuánto nos quedaría para volver a vernos.

Esto es una casa de locos, reza el letrero que adorna mi órgano encefálico por dentro. Lo pone en color rojo porque sangro porque pienso que me paso de frenada y se me va el santo al cielo. Y me astillo el cerebelo y la corteza prefrontal en otro denodado esfuerzo por volver a ver tus labios mayores susurrarme todos mis recuerdos.

Me falta tinta para recrear la efigie mortecina que deja pintalabios en mi mejilla cuando la muerte se te lleva y sé que no estabas viva pero me duele como si lo estuvieras. Contemplo tu cadáver enjunto acurrucado entre mis brazos y pienso en dar un último sorbo al vaso de whisky con forma de cenicero que es la calavera momificada de nuestro acervo.

Estoy revolviéndome entre las sábanas con esmero por volver a tener delante la pirámide que eramos en ese desierto repleto de oasis que pudieron haber sido y nunca fueron.

Aparece como un recuerdo frugal aquel momento en que me di cuenta que me había dado cuenta para siempre.
De naturaleza ignata, de duración eterna tu idea en mis aposentos.

He tenido un accidente como todas las mañanas donde muero y mi probidad se fuga por el desagüe que hay en mi pecho enfermo.

Me hablo y no me contesto. No tengo respuesta ni pregunta que hacerme en la algarabía que se forma en mis oídos.

He tenido un accidente y me he vuelto a salvar por los pelos. Estoy masticando tierra sentado en mi propio eclipse.

Esta noche volveré a emocionarme buscando un café azucarado con el que tener una excusa para sentarme contigo de nuevo.

Poned los intermitentes.






martes, 30 de enero de 2018

Naces, lloras, mueres.

Naces.

Naces rodeado de batas blancas, estetoscopios y azotes en el culo que te arrancan tu primer llanto.

No sabes por qué te hacen llorar pero todo el mundo parece contento.

Las lunas se van sucediendo y dices tu primera palabra. Es mamá. Sigues llorando para comunicarte, vuelves locos a tus padres.

Llega el invierno y ves el juguete al otro lado del pasillo. De pronto, sin saber muy bien cómo lo has conseguido, estás de pie. Te balanceas y con dificultad das tu primer paso. Tus padres no lo ven, pero días más tarde repites la hazaña delante de ellos.

Lloran. Tú no, no es el momento.

La vida se sucede entre juegos y baños calientes. Es tu primer día de clase. Te llevas tu juguete favorito al colegio, te da seguridad. La profesora está con uno de tus compañeros, está llorando. Coge tu juguete del suelo y se lo da. Notas como se humedecen tus ojos.

Hace ya más de una década de aquello y tienes acné. Te preocupa pero tus padres te dicen que desaparecerá con el tiempo, tú solo quieres que ese momento llegue ya.

Hay una persona en el instituto, dos mesas por delante de la tuya. Cuando la miras tus hormonas se disparan. Un día, tras un examen que no habías preparado, sales triste al patio. Te cruzas con ella y te dice hola. La cara se te pone roja. Salís juntos tras hablar un par de días. La tarde es divertida, camináis hasta su portal. Os besáis. Es tu primer beso.

Cinco semanas después te dice que le gusta alguien más, alguien que no eres tú. Ese día tus padres no pueden evitar que llores toda la tarde. Temes deshidratarte hasta morir. No te mueres.

El acné ha desaparecido y han dejado de llamarte adolescente en los sitios. Estudias lo que te gusta, el problema es que no te gusta estudiarlo. Apruebas el último examen y haces una fiesta por todo lo alto.

Has bebido lo suficiente para perder la vergüenza y el miedo. Tus amigos te presentan a alguien nuevo. Habláis un poco y a ti te parece que os conocéis de antes. Te dice que hueles a colonia y alcohol, tú contestas que está de moda beberse las colonias y bañarse en cerveza.

Os vais a vivir juntos.

La vida es maravillosa. Vais a la perrera y ampliáis la familia, se llama Rufo. La idea es suya y no sabes si ya quiere al perro más que a ti. Esa misma noche os vais pronto a la cama y te recuerda que no, que tú eres lo más.

Cenando una pizza en la cama propones matrimonio. Se ríe de ti y tras un par de chistes te dice que si. Os reís y comenzáis a llorar entre carcajadas. Rufo se sube a la cama de un salto y comienza a ladrar, él también se quiere casar.

Si, quiero suena a lo más convincente que has dicho nunca. Te lo devuelven y te retumba por dentro durante el resto de tu vida.

Es vuestra luna de miel. Os bebéis un mojito sobre la orilla de una playa con el agua casi cristalina. Ella se marea y cae inconsciente sobre la arena. Con el corazón en un puño consigues reanimarla, te dice que está bien, que ha sido un golpe de calor. No la crees, es de noche.

Cáncer. No llora, no es el momento. Tú si, más tiempo de lo que jamás lo habías hecho.

En cuestión de tres meses cuelga sobre ti un cartel que dice viudedad. Vas a visitarla al cementerio, sabes que es estúpido y que no puede oírte pero hablas como si nunca se hubiese ido. En ocasiones te parece escuchar su voz riendo por lo bajo, como un susurro que arrastra las hojas por el suelo.

Pero no es así.

Un día te despiertas gritando con lágrimas en los ojos y le pides a Dios que te la devuelva, no importa si regresa junto a tu acné.

No importa. No vuelven ninguno de los dos.

Rufo la echa de menos tanto como tú. De vez en cuando se sienta en mitad del pasillo y mira fijamente a la puerta. Llora. La espera. La escena te rompe el corazón una y otra vez.

Llega el tercer agosto desde que estás solo y con él energías renovadas que te permiten mudarte. Rufo y tú os vais al bosque. Ama dar largos paseos y ver otros animales. La cabaña es bonita, estar lejos de tus amigos es lo único malo. Eso y no poder ir al cementerio. Te dices que puedes hablar en cualquier sitio pero te sientes más lejos de ella.

Te acostumbras con el paso de los años.

Estás en el supermercado, se te cae una naranja al suelo. Una mujer se agacha rápidamente y la recoge.
No puedes creerlo, pero por un instante era ella. Contienes las lágrimas y recoges la naranja.

Es el décimo aniversario de su muerte y Rufo no se despierta. Le entierras en el bosque, junto a su árbol favorito y aprendes a vivir completamente solo durante los siguientes dos años.

Tus huesos suenan cuando te mueves y las arrugas en tu rostro son innegables. El médico no te lo ha dicho pero no parece que vayas a llegar a los noventa años. Tomas seis pastillas al día y hace mucho que no sabes cómo es no tener dolor.

Lo piensas y te asustas. Podría ser hoy. Podría.

Te arrastras en pijama apoyando tu bastón sobre el suelo de la cabaña. Te sientas frente a un papel en blanco con un bolígrafo en la mano y lloras. Quieres contarlo todo pero no sabes cómo.

Te duelen el pecho y el brazo izquierdo.

Escribes esto. Lloras.

Mueres.







domingo, 7 de enero de 2018

La rosa

Te busqué. Lo hice antes de conocerte. Jamás supe que nunca sería capaz de descifrar el mapa de pecas que granjean tu rostro, ese que parece predecir el futuro que podríamos tener.

Te encontré perdida en un mar de emociones que no sabías discernir ni reconocer. Yo no supe decirte jamás que quería ayudarte y lo intenté, joder si lo intenté. Lo hice hasta sentirme arder por dentro.

Te perdí segura de no querer compartir el tiempo que tenemos conmigo y aunque costó al final lo acepté. Me di cuenta, el único alma que necesitaba para seguir respirando, interpretando y disfrutando de la serie de problemas que la vida me pondría delante era la mía.

El problema llega después, cariño. El problema me golpea cuando entiendo que no te necesito pero te quiero sin atisbo de la locura que en algún momento, creo, me llegó a poseer. La dureza de una roca seca contra la que mi espalda resbala en tiempo y dolor.

No puede ser, me digo, que no sea un capricho, que no sean mis demonios buscando una salida, que no sea mi necesidad pidiendo compañía. No puede ser que la quiera. Que la quiera como siempre sospeché sin tener ni puta idea de por qué.

Por qué tú, por qué tú a tu manera, por qué no. Pero por qué. Por qué cojones por qué y no la chimenea, el bosque, nuestros lobos y los cachorros aullando a la luna mientras me miras con esos ojos que parecen de un oro castaño que acaricia mi piel por el mero hecho de ser objeto de mi percepción. 

Mi corta percepción de mierda. Mi limitada percepción.

Y me pregunto una y otra vez si es por ser quien eres, si es por no ser quien quieres. Me cuestiono los dedos de los pies, la barba, mis ideas y el tono de mi voz. Y lo sé, se que están bien pero por qué.

Por qué no pude disfrutar de lo que siempre me pareció que buscabas en mí cuando me escupías encima el café. Reías de aquella manera que me hacía pensar, mierda, esto no se puede romper.

¿Se puede romper?

Y fue mi culpa encima de tu indecisión la que nos sentenció a seguir caminos separados y perder para siempre el beso que nos debemos en navidad. El beso que escucho cuando miro por la ventana y es de noche y alguien menciona tu nombre para referirse a otra persona. Ese al que busco mirando hacia las estrellas estirando el cuello como si se me fuera a romper.

En toda la rosa la púa clavada que es la sensación de que jamás llegaste a entender que no te quería para, que te quería por. Por tu mente jodida, por siempre, por haberte visto delante de mi y haberme hecho dudar de todo aquello que daba por cierto en la corta vida de mierda que me condujo hasta esa chica con sudadera negra y mirada traviesa. 

Esa púa que me dice no te pedí lo que no podías darme, que no quería el sexo por el placer de hacerte gemir hacia nuevos horizontes. Que era por el rato de después.

Y el de antes. Y el de ayer. Y que mañana veríamos qué teníamos que hacer.

Y aún así, a pesar de entender, de conocer, de saber, de haber aprendido a no esperar el milagro a las tres de la mañana ni soñar con mi cabeza en tu almohada, la rosa que crece en tu mirada permanecerá perenne en el jardín de mis recuerdos hasta que la tierra muera y yo cierre los ojos, estéril, para dejar de apreciarla.


jueves, 14 de diciembre de 2017

Cuento de navidad. Sylvia y Dan, Dan y Sylvia.

No sabía por qué lo había hecho. Recordaba su nombre, qué hacía allí, el dolor de haberla perdido y la fecha de nacimiento de su última mascota.

Lo recordaba todo excepto por qué la había matado.

Sylvia y Dan, Dan y Sylvia. Dos en uno, pack perfecto. Eran lo que se conoce popularmente como la pareja perfecta. Lo hacían todo juntos, no se soltaban, no se dejaban y ambos eran felices, de verdad, felices era su segundo apellido. Sus amigos no lo entendían pero lo veían, el agobio o la necesidad de espacio entre ellos brillaba por su ausencia. Todos sabían con certeza que Sylvia y Dan, Dan y Sylvia jamás se perdían de vista, de hecho, se enamoraban cada vez que sus miradas se cruzaban a lo largo del día.

Todos los envidiaban en silencio mientras fingían ser felices con la persona que tenían al lado aunque era imposible odiarlos, eran tan felices que maldecirlos en silencio se sentiría como una ofensa directa al mismísimo amor. Ellos eran amor, y lo sabían.

Dan y Sylvia, Sylvia y Dan, mantenían el equilibrio perfecto en sus vidas, apoyaban el mismo pie en el suelo a cada paso y utilizaban el mismo número de prendas para vestir de la cabeza a los pies. "El cincuenta por ciento para todo, la mitad es el todo, somos dos partes de un mismo todo" predicaban si algún despistado se sorprendía al verlos quererse tanto de tantas maneras.

La mitad, si, la mitad de los días salían con sus amigos, los amigos de ambos, no tenían amigos que esconderse al otro. La otra mitad pasaban el tiempo solos y al contrario de lo que la mayoría pensaría, Sylvia y Dan, Dan y Sylvia, de verdad disfrutaban el tiempo que pasaban a solas.

Para él ella era todo aquello que una mujer puede llegar a querer ser y su olor le transportaba a los mejores recuerdos de una infancia feliz. Para ella él era el compañero que la ayudaba a remar a lo largo del río de la vida, el que nunca la fallaría, el que siempre la apoyaría y valoraría como persona. Lo amaba de verdad y él a ella, bueno, él a ella también. Dan y Sylvia, Sylvia y ya sabéis quién.

Cuando se acercaba la navidad y la nieve decoraba la ciudad, nuestra perfecta pareja repetía el mismo ritual año tras año. Cogían el coche y conducían hasta la montaña, donde Dan tenía acceso a la antigua cabaña de sus abuelos. Ah, que días tan maravillosos aquellos que pasaban año tras año en la casa de campo.

Sylvia y Dan, Dan y ella se amaban en la cama, en la bañera y en el sofá. Cuando caía la noche ejecutaban su plan perfecto. Cogían mantas y cojines y se acurrucaban en el suelo, junto a la chimenea. Cómo rugía la chimenea.

Se turnaban. A Dan le tocaba tumbarse, coger un libro de poesía de los cientos que sus abuelos tenían y recitar en voz alta algo que le pareciese digno de ser escuchado y saboreado por el exquisito paladar lingüístico de su amada mientras Sylvia, sentada a los pies de Dan, masajearía con sumo cariño y delicadeza los perfectos pies de su pareja y bebería de su copa de vino al compás de los versos que él recitase.

Valía todo, tenían todo, Frost, Dickens, Plath, Bukowski o Poe... la lista era interminable. Pilas de libros, pilas de poesía solo para ellos.

Cambiaron puestos. Sylvia a la lectura y Dan a beber y masajear, beber y escuchar.

Eso hizo, bebió, masajeó y cerró los ojos un instante. El calor de la chimenea abrigando su rostro, la suave piel de Sylvia entre sus manos, su voz entrando en sus oídos y el vino en su paladar. Todo le relajaba, era un combo perfecto, eso lo entendía. Lo que no podía entender era qué elemento de todos ellos podía haberle empujado a abalanzarse de golpe sobre Sylvia para machacarle la cara con sus puños repetidamente, uno tras otro.

Había saltado diente tras diente, a Dan le parecían palomitas.

Le había roto por completo el tabique de la nariz y su cara era un amasijo de bultos morados y sangre. Tampoco entendía qué lo había hecho pensar en, al terminar de golpearla como a un saco de boxeo, agarrarla del pelo e introducir su cabeza entre las llamas de la chimenea. Decidió meterla hasta los hombros. Cómo rugía la chimenea.

Todo olía a pollo quemado, la casa entera. Dan quedó paralizado contemplando la mitad del cuerpo que reposaba fuera del fuego. "Sylvia, no has terminado de leer el poema", pensó. Agarró la copa de vino, se recostó y acomodó la cabeza en el cojín ensangrentado. Estiró la mano mientras sostenía el libro de poemas en la otra y acarició con delicadeza el pie desnudo de su amada. Sylvia y Dan, Dan y...

Y si esa esperanza de orgullo y de poderío,
me fuera ofrecida ahora acompañada de un 
dolor semejante al que experimento, no quisiera
revivir esa hora brillante.

Porque bajo su ala llevaba una oscura
mezcla y mientras volaba, dejaba caer una
esencia todopoderosa para consumir un alma que
tan bien la conocía.




Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...