martes, 7 de mayo de 2019

Manada

Somos dos extraños que se han conocido hasta olvidarse de quienes son.

Somos dos perros que se ladran amor.

Yo soy el que olfatea rincón a rincón buscando tu olor. Tú la que espera que la encuentren con esa pose de no te esperaba por aquí y sin embargo llevo tanto esperándote.

Somos dos enemigos que se sostienen la mirada sobre las muertes de devotos e inocentes.

Dos genocidas que se hieren.

Yo soy el del bigote de cepillo y tú el calvo con los ojos demasiado pequeños.

Somos la faraona y el emperador callando las ganas de follar, veneno en mano y dolor en el corazón oculto cuando los nuestros nos empujan a asesinarnos.

Somos dos abejas que no saben si se pelean o bailan swing sobre las flores.

Somos el espejo y la mala suerte desternillados de la risa ante la ignorancia.

Somos más de los siete años de maldición que nos han perseguido hasta el confín de aquello nos hemos atrevido a soñar a puerta cerrada.

Soy la duda, tú la certeza. A veces al revés. A veces ninguno.

Nos vi caminar de la mano y ya no sé si sucedió. Creo fue alguien más quien lo hizo, no yo.

Hay algunas cosas que me gustaría decir y no sé si son verdad. Sé que no las querrías oír. Sé las cosas que hemos firmado con silencio callar, al menos, con la boca.

Somos la fría distancia que separa dos puntos que se quieren unir. La línea recta entre tu boca y los latidos de un corazón que esperaba desbocado y encontré remanso de certeza y serenidad.

"Lo sabía" siendo las palabras que una de mis voces quiere gritar.

"No sé por qué te sigo" siendo la duda que una de mis voces cuela entre mi yunque y mi estribo.

"No me importa una mierda" dice mi razón vistiendo de blanco a tus dudas de domingo tarde y chándal.

Somos dos gilipollas que se contradicen cuando tienen las manos uno encima del otro.

Y no las apartes o podría replanteármelo todo desde el principio. Sería capaz de pensarte la mitad restante de mi vida y llegar mal y tarde a una capilla en algún prado de película para gritarte que volvemos a estar en las mismas y decirte todo aquello que firmamos con silencio jamás verbalizar.

Dices que nunca te escribo bonito. Ojalá pudiera leerte lo que tú me escribes por dentro.

Somos dos perdices que intentan no ser devoradas.

Yo tengo miedo y tú no.

Tú eres preciosa y yo soy suficiente. Por mí, genial.

Somos dos personas que se piensan, hieren, miran, entienden, discuten, lloran, abrazan, sienten.

Y aun sin haberlo dicho aquí mancho mis pensamientos, gritándote que.


miércoles, 10 de abril de 2019

Always like a microwave

Recuerdo como si fuera hace dos segundos la intensidad de aquel lugar, aquel que sentí como casa.

Normalmente sueño que estoy allí.

Avanzo sobre mis rodillas para volver a sentir el suelo de piedra.

Veo los colores de todas mis aventuras fundirse con las paredes de aquella casa.

Puedo sentir la adrenalina de creer que todo es posible si se puede pensar.

Aparezco de día, a media tarde o ya entrada la madrugada.

Ceno en la terraza, viajo en mi habitación.

Puedo ver la televisión y elegir donde sentarme.

Me sorprendo con los mismos cuadros como hacía cada vez que volvía a encontrarlos, mudos y manchados.

La luz allí siempre es diferente, la veo como si estuviese cubriéndonos en un manto que trata de proteger lo que sabe siempre será el paraíso.

Si estoy lo suficientemente dormido puedo oírla respirar, inspirar y exhalar todos esos años como si fueran polvo acumulándose en unos muebles que ya no están allí.

Y sin embargo suena a música rebotando en un lugar atestado de objetos y personas.

Suena a ondas cálidas colisionando en un microondas que contiene una civilización infante donde siempre vivirá una parte de mi.

Recuerdo estar ahí por última vez sabiendo que no volvería.

He estado allí desde entonces.




domingo, 24 de marzo de 2019

Botánica en verso


Hay una flor roja,
ni puta idea de su nombre en latín.

Hay una flor roja,
se siente sola y rara.

Ella no sabe que por ella
se me caen las pestañas.

Ella no sabe que me siento igual
cuando me levanto por la mañana
y la sombra es grande y alargada.

Hay una flor roja,
he transitado senderos que me aterraban,
y no ha sido para encontrarla,
no sabía que ahí estaba.

Ahora tengo problemas actuando normal delante de ella.

Hay una flor roja
que parece un jardín gigante.

Depende de cómo la mire puedo verla, se vuelve invisible
o crece dentro de mi.

Hay una flor roja y nos separa un muro
de palabras rotas
oídos sordos
y
miedos tatuados en el tallo.

Pero me cago en dios,
que alguien trate disuadirme
que no es la más bella flor
entre todas las flores
que jamás un ser humano haya visto.

Hay una flor roja.
no sé su puto nombre,
pero sé el tuyo.

Y te pido que te quedes.

Solo si quieres.

¿Quieres?






jueves, 7 de marzo de 2019

Fotografía a piídos

Hay dos pájaros en sendas ramas de un mismo árbol. Ellos no lo saben, están pensando que el otro ha invadido su encina.

La discusión es más un debate que guarda las formas en apariencia que un concierto de voces.

El problema es que no se entienden. Actúan como si lo hicieran pero pían distintas lenguas y sus perspectivas les impiden darse cuenta, realizar, que están en la misma encina.

Uno de ellos infla su pecho como si de pronto una bomba hubiese detonado en su interior y grita algo parecido a: te quiero pero vete a la mierda.

Entiendo entonces que se conocen desde hace tiempo e incluso es posible hayan compartido insectos en algún momento de sus vidas.

Agarro lápiz y papel y trato de enmarcar la escena como si de un cuadro en movimiento se tratase. Me pregunto de qué color debería maquillar la melodía parlanchina de sus diferencias.

Parece que las discrepancias entre ambos crecen segundo tras segundo. Ha pasado ya media hora y ninguno ha cedido en su postura.

Tardo un rato más en percatarme, lo que estoy viendo no es un malentendido que los aleja pues a pesar de no estar follando en reconciliación ninguno se ha dado por vencido.

Me da la sensación de que la fuerza con la que se agarran a la rama que creen les pertenece es en realidad la resolución firme de no abandonarse. El uno al otro, el uno al ellos entendido por los dos como un nosotros.

Se amagan, se insultan y se sienten ofendidos por la falta de consideración del otro.

Creo que se quieren. Probablemente se quieran matar, pero se quieren.

Pronto la naturaleza me regala un sujeto comparativo, otro pájaro unas ramas más allá. Está cantando algo que existe entre la balada y el reggaeton. Un par de metros más abajo, en otra rama, lo que parece el objetivo del flirteo del ave cantarina.

Está intentando ligar.

Sus pequeñas zarpas abrazan con fuerza la rama que le sostiene y su canto merece el adjetivo denodado sin embargo, en su convicción por conquistar, no capto ni un ápice de la verdad que rutilan mis dos amigos enfrentados.

Y siguen discutiendo, y continúan haciéndolo en idiomas ni tan siquiera parecidos.

He conseguido dibujarlos y he añadido detalles que destacan la fuerza de su conexión, la fuerza que los hace chocar y a pesar de todo no los separa.

Algo le dice el uno al otro que debe haber sobrepasado la línea invisible solo cierta para ambos. Sus alas se abren y salen volando en la misma dirección y sentidos opuestos.

¿Habrá sido este el final de algo mayor que jamás presenciaré?

Me he quedado sordo y petrificado, quizá incluso algo azul, con los ojos clavados en un árbol que a pesar de estar repleto de pájaros ahora me parece vacío.

¿Dónde habrán ido? ¿Estarán pensando en ellos en este momento?

Pienso en agarrar la goma con fuerza y borrar todo lo que he representado. Me entristece profundamente la idea de haber sido testigo de la ruptura de un algo que parecía tan grande.

Abrazo la milan blanca con mis dedos y la acerco a la fotografía con licencias que he captado. Me detengo en seco porque escucho un piar que me pone la piel de golondrina.

Son ellos. Están en la misma rama. Creo que se están besando con la mirada.

Creo que son ellos y se han dado cuenta.


viernes, 22 de febrero de 2019

Arquitectura de líquidos

Paso hambre buscando respuestas que comer en un bosque de dudas moradas, maduras y sin responder.

Me arrastro como el mártir que se ha topado con los reaccionarios revolucionarios más malos del cuento, como a aquel al que han robado la hogaza de pan que guardaba en el único bolsillo de su túnica.

Llevo bordado JC en la solapa y de poco me ha servido. Me preguntan por el camino si soy el nuevo portento musical del panorama internacional o el mesías del que ya nadie habla.

La palabra de mi padre ya no me la creo a pies juntillas ni yo y se que podría llegar a cantar con la ayuda de un buen estudio. Les miento, les bailo el agua pisando descalzo las brasas de un fuego que años atrás podía hablar.

Un helicóptero me lleva a un edificio de cristal que se yergue en mitad del desierto.

Me han dado de comer. Les cuento que vengo caminando desde Damasco, que la luna y el sol se convirtieron en lo mismo en algún momento y ya no sé si llevo gafas para no ver o para que no me vean.

Sonríen como si Jimmy Kimmel me estuviera entrevistando en prime time y todos estuvieran obligados a encontrar la gracia en cada una mis palabras.

Me siento como si hubiera vuelto a aquellos días en que vivía en las nubes y San Pedro me saludaba cada vez que cruzaba la puerta de la urbanización.

Me proponen relatar la historia de amor que ha marcado mi carne delante de un compositor. Quieren transformarlo en una canción que se baile.

Yo intento decirles de buena manera que las heridas no entienden de ruidos fuertes ni de luces de color.

Ellos asienten, insisten y vuelven a reír mientras toman nota de mi postura corporal y planifican un nuevo corte de pelo. Van a abigarrar y no puedo evitarlo.

Me vendan las manos para tapar los agujeros de las palmas.

"¿Esto es de algún accidente?"

"Me tiró de la bici una paloma blanca que volaba a mi lado"

"¿Qué pasó?"

"Me dijo que era una estupidez ir a buscar a la chica de la que me había enamorado"

Les cuesta creer que quisiera volver a por esos ojos rutilantes que me llevaron a la alto de la cruz.

Contesto que el dolor de aquello se mezclaba por completo con la certeza de que nada me importaba si iba a resurgir como el primer zombie de una peli de género y serie be.

En el taller tallan a cuchilla los posibles escenarios de un videoclip que toda la población venerará.

"¿Ves como no todo ha cambiado tanto?"

Atrapado en una sociedad compuesta por media docena de personas que hacen el ruido de un millón me dejo modelar desde el cabello hasta la punta de mis creencias.

Alguien dice que no a un café y explica el ramadán.

Me planteo la posibilidad de un primo lejano que susurra en sus viajes Alá con una melodía y prestancia que me recuerdan a la adoración constante de un alma que habita un cuerpo y busca un señor mayor de barba blanca con carnet para poder guiar.

Yo siempre lo he llamado Papá.

Les digo que ya no quiero cantar, que me voy a crucificar esperando no resucitar de nuevo.

Me he enfadado, quedado huérfano y ahora la serpiente más mala del más ficticio de los cuentos se ha enroscado alrededor de mi cuello.

Me ofrece una manzana siseando.

"A mi háblame claro" - le digo.

"Que te comas esto, joder" - me dice.

Me dice.



miércoles, 9 de enero de 2019

Segundos auxilios. Versos que se me enredan en las puntas de los dedos.

Me pregunto si mis órganos saben
por lo que estoy pasando.

Creo que la respuesta es no,
no han abandonado el barco.

Una vez conocí a esta mujer
que me amó sin condiciones,
que me abrió la puerta de su casa.

No pude devolver el favor,
nada en mi cartera,
nada en mi corazón.

Ahora me reflejo en tus ojos
cuando no estás delante.

Me estoy cagando de miedo.

He estado caminando desde ayer
en una soledad no escogida
que me está marchitando el alma,
me está robando la música,
me está cantando villancicos en la piscina.

La musculatura de mis brazos se contrae,
no estoy ordenando que lo haga.

Es mi cuerpo buscando un alma
con quien pueda meditar
a través de las palabras.

Las palabras sedimentadas
en la sustancia gris
del polígono industrial
del cerebro que me enamoró.

Esta no es una de esas veces,
una de esas donde te mueres
y te da gusto como si te rascases.

Esta vez seccioné algo importante.
No sé su nombre,
era un tubo más que importante.

Esencial.

Puedo suponer que la marea bajará,
eventualmente lo hará,
como ha hecho siempre.

Sé que si no lo hace me ahogará.

Sé que por más que chapotee buscando,
esta cosa que anhelo no tiene barco
ni conocimientos de rescate en alta mar.

Siempre he sido uno de estos anuncios
realmente creativos,
realmente aburridos.

Tú, en cambio, toda mi vida fuiste uno imposible de entender,
uno de esos sin sentido que no puedes dejar de cantar,
incluso vidas después.

Nunca pude dejar de tararearte y ahora,
bueno,
ahora parece que no tengo voz.

La marea no está bajando,
me pregunto si mis órganos abandonarán el barco
o si el barco me abandonará en estos muelles de nunca jamás
a mi.

A mi y a todo ese ejército de pesadilla que acaricia el lóbulo de mi oreja como si fuera mi propio padre preparado para despertarme.



sábado, 5 de enero de 2019

En terapia

Está sentado en un sillón. Está narrando mi viaje de redención.

Le pago trescientos pavos al mes, ya puede contármelo bien.

Dice el doctor que dicen que mi corazón late cero con cuatro veces más rápido cuando giro sobre mi mismo, dice que saben que le he cogido manía al interruptor con el que ilumino las rutas favoritas de interconexión neuronal de la gente que me rodea.

"Ella mira pero no ve. Está demasiado atenta a si la están escuchando bien para poder oír mis alaridos de lobo abandonado."  le digo yo a él.

Me dice con las gafas puestas y los ojos clavados en la libreta que la fórmula estaba mal y hay que rehacerla entera.

"Tú por tu sombra menos todo lo demás es igual a hogar."

Todo esto es culpa de la gente -me dice- ellos preguntándose que está mal en latín frente a una ecuación y tu chica no se ha dado cuenta aún que no lo es.

Todo esto es culpa de la gente, suspira.

Me levanto del diván otra vez y ya no se qué mes es. ¿Qué pastillas me está dando el doctor?

"Creo que he encontrado un poco de verdad seca entre mis pestañas. Me he sentido como no quería pero sé que debía y ahora mi orgullo juega de último hombre en pie y trata de frenar el acto de agradecimiento a toda esa gente, ¿sabe?" le explico.

El loquero niega.

Dice que debo dejar caer a Dios en ese fondo marino abisal del que manan todas las lágrimas que he echado por culpa de la gente.

Todo esto es culpa de la gente.

Me pregunta si he estado siguiendo sus consejos. Si les he contado que hace ya siglos las cosas son diferentes, si he verbalizado para mostrarlo mejor, si he cumplido mi propósito de año nuevo y he reducido mi lista de amigos en el Facebook de verdad, el que radica servidor en el corazón.

¿Y a ella? -me pregunta.- ¿Le has contado cómo te sientes?

Hago una mueca que es hija de padre asentimiento y madre me escuece la herida en el bazo. Retorcida, muy retorcida.

Dice que no está mal y se coloca las gafas con los dedos vuelta a su posición inicial.

Así pensaré mejor, tú déjamelo a mi, me dice.

"Ponte cómodo". E introduce en mi boca una piruleta de color marrón.

¿Qué me está dando ahora, doctor? Yo.

Todo esto es culpa de la gente. Mi Doctor.

"Hazme caso no seas idiota y ponte un disfraz" me señala a mi propio armario que de pronto forma parte del mobiliario de la consulta.

"¿Puedo cagarme en la puta?" pregunto tan drogado como nunca.

No.

Tengo el traje de me sudas la polla, fácilmente confundible con me la sudas de verdad pero de naturaleza artimaña.

Estoy buscando algo mejor.

Encuentro los pantalones de sal echando hostias y no vuelvas antes de un mes pero los cinco euros que nunca metí en el bolsillo chafan mi plan antes si quiera de poder empezar a soñar con todas esas posibilidades de empezar de cero en algún lugar donde las cosas sean como quieres.

"¿Cómo lo ves hijo? Te cagas en la puta gente, ¿eh?"

Su cara ahora es un dragón de escamas doradas y lengua bífida.

"Quizá el próximo día encuentres algo, ahora me temo que se ha acabado la sesión".

Lloro como si me hubieran lanzado a la cara el puto premio de consolación. Me agarra de los tobillos y yo a las patas de la mesa ancladas al suelo de su despacho.

"Yo de aquí no me voy hasta que no deje de tener la culpa la gente" le grito mientras una bandada de búhos blancos me agarran de la chaqueta y los pantalones.

Me están sacando por la ventana. Voy volando.

Has hecho grandes progresos hoy - me sonríe mientras agita la mano - el próximo día trabajaremos estos sueños tan raros que tienes.

Mierda, pienso, creo que me he dejado el carnet de identidad en el sillón.



Eclipse

Hay un caballo corriendo en mi mente. Se aleja de mi frente al galope y cabalga sobre los cuerpos callosos, las circunvalaciones de mi encéf...